Héroes de papel, princesas de plástico

Hoy vamos a hablar de pucheros, de caballeros andantes y de gente malagradecida.

Aparentemente, estas tres cosas no tienen mucho en común, pero son los componentes esenciales de esta historia.

Comencemos por el puchero.

Según el diccionario de la lengua española, un puchero es una especie de cocido. También tiene otras acepciones, como la de «antesala del llanto», ya sea éste real o fingido.

El comentario que me llevó a esta reflexión, no obstante, hacía alusión al plato en sí. Aparecía en mitad de un exagerado elogio, una semblanza laudatoria aumentada de forma artificiosa por una lente tan enorme que dejaba enano al Hubble. Y yo me había quedado a cuadros por lo infantil de la referencia, que surgía del escrito como una de las excusas más tontas y forzadas con las que me haya topado en mucho tiempo.

Se trataba de una carta con mucho veneno, plagada de ataques insidiosos y de verborrea embadurnada de la más agria ponzoña, que pintaban un escenario rojo fuego de cuyo suelo emergía mi figura, rodeada de llamas y de vapores de azufre. Para realizar un oportuno contraste, además, había bosquejado un retrato apologético de quienes, en opinión de su autora, constituían mis antípodas. Y apareció el susodicho puchero.

Frente a la reivindicación por las dádivas recibidas de la mano de dos personas que la habían amado y cuidado, las cuales le habían expuesto su pesar por haber sido utilizadas de manera egoísta para luego ser abandonadas, ella argumentó que eran mucho más de agradecer los platos de sopa y las obligadas atenciones médicas durante los resfriados de sus primeros años y que, a su entender, empequeñecían unos esfuerzos -los nuestros- de toda una vida de entrega para proporcionarle una educación, un ámbito de cultura, cariño, apoyo y un mundo más diverso y amplio en el que moverse.

Pero todo eso era peccata minuta. Lo importante, al parecer, eran las habilidades culinarias de sus tutores legales, así como el hecho de que le hubieran estado limpiando los mocos durante su infancia. Así y a pesar de que, durante veinte años, sus necesidades emocionales e intelectuales habían sido cubiertas por dos personas ajenas a su familia, ella, en la búsqueda de una excusa con la que menospreciar tales atenciones, optó por ensalzar a los patrones de su fonda, en un intento de eclipsar el afecto recibido desde fuera de la misma. Y, dadas las limitaciones espirituales de las personas con las que convivía, no halló otra cosa que agradecer excepto los litros de caldo consumidos y los comprimidos de Termalgin 500.

He de decir que nunca había visto una exposición encomiástica tan encendida en torno a un plato de puchero y una caja de paracetamol. Y eso que las personas aludidas en su escrito no habían hecho más que lo que les tocaba: darle comida y cama a una persona que estaba bajo su custodia, una persona que les había sido endonada como un quinto hijo muy a su pesar, a raíz del abandono por parte de su madre biológica, la menor de sus vástagos. Tuve que contenerme para no explicarle que una actuación mínimamente por debajo de aquello que ella tanto loaba habría llevado a sus abuelos a la cárcel y a ella al servicio tutelar de menores.

En su carta ella misma hizo un par de pucheros; el primero, en la forma de unas lágrimas virtuales que no necesitaron de pañuelo alguno, pues no eran sino una impostura. El segundo fue un caldo aguado hecho con los escasos ingredientes que había en la nevera emocional e intelectual de la familia, en la que tuvo que rascar muy hondo para encontrar algo aprovechable. Y es que, si uno se empeña, de cualquier cosa puede hacer una sopa.

De no haber constituido una mera excusa para aplastar la realidad sobre sus acreedores, lo cierto es que habría sido incluso un gesto bonito; qué duda cabe de que es de bien nacidos ser agradecidos. Sin embargo, al tratarse de una artimaña para deslucir el esfuerzo y la entrega de otros, lo único que hizo en realidad fue utilizar a ambas partes para su propósito, que no era sino el de despedir de su vida a quienes la habían ayudado a medrar, unas personas que habían sido sustituidas por un ejemplar que, además de supuestamente proporcionarle apoyo y ayuda económica, tenía otras prestaciones más apetecibles.

Así, como si se tratara de un coche viejo al que se le ha dado el más salvaje de los trotes durante los años de juventud, fuimos reemplazados por un nuevo modelo, más elegante y cómodo, más adaptado a las necesidades del momento. En esa nueva vida, ya de persona treintañera y centrada, no había cabida para el viejo trasto.

Y aquí es donde entra en escena el arriba mencionado caballero andante. Se trataba de un mozo bien aparente, de exteriores ornados e intenciones afiladas, como una estilosa daga damasquinada que lo mismo sirve de adorno que para degollar corderos.

Fue en esta última utilidad en la que se aplicó con nosotros, en la forma de ataques sibilinos que buscaban cercenar el vínculo que habíamos forjado con su nueva novia durante más de dos décadas.

El interés era, desde luego, apartar a la dama de cualquier voz que pudiera alertarla sobre los deslices cometidos. Y es que, a pesar de los dones que le adornaban, el flamante caballero tenía un pequeño defecto; era un poco descuidado, e iba dejándose piezas de su lustrosa armadura en castillos ajenos, tras rescatar damiselas en apuros aquí y allá.

Pero la consigna lanzada al viento era la de que todo su afán era el de protegerla a ella de nosotros.

Él.

Protegerla.

Él.

De nosotros.

ÉL.

El estupor que me produjo esa afirmación sólo me dejó cabida para una frase del poeta Juvenal. «¿Quién vigila al vigilante?».

La princesita, por su parte, estaba encantada. Lejos de manifestar que se hallaba ciega de amor, voy a afirmar de forma categórica que, sencillamente, el devenir de los acontecimientos estaba siendo muy oportuno para ella. Ahora que lucía un último modelo, la vieja tartana tenía que ir al desguace y quién mejor para retirar la chatarra que su romeo.

Sin embargo y a pesar de la cosificación de la que nos había hecho objeto, nosotros seguíamos siendo personas, seguíamos teniendo una voz para protestar, reclamar y reivindicar.

Por eso, ante la negativa a retirarnos silenciosa y pacíficamente, y al exigir las explicaciones oportunas, la dama se desplegó en una letanía de insultos e imprecaciones totalmente improcedentes en una señorita de su pretendida posición, enredándose en una retahíla en la que desataba una cólera biliosa que habría asustado a la niña de El exorcista.

Aunque la propuesta de mi compañero había sido la de dejarla ir con tanta paz como descanso dejaba, yo no estaba dispuesta a rendirme sin luchar y entré en liza con toda la dignidad que me proporcionaba una trayectoria imperfecta, sí, pero honesta. Para mi sorpresa, y a pesar de que durante años yo había procurado transmitirle todos mis conocimientos y habilidades, a pesar de su constante presunción de que el alumno superaba al maestro, al parecer su espada no estaba tan afilada como la mía, ni su brazo era tan poderoso como yo esperaba, por lo que el embate la dejó sentada en el barro. Pudiera ser esa la razón, quizá, o puede que simplemente mi insospechada fuerza se debiera al hecho de que nada te asiste de manera tan sólida como el poder de la convicción. Al no precisar de excusas, mi respuesta fue tan contundente como clara, si bien yo sabía que sería la última lucha en esa plaza. Con ello contaba y por ello me batí con fiereza y determinación. Entonces ella cayó al suelo y estimé que todo estaba dicho.

La miré por última vez y abandoné el campo de batalla, en la certidumbre de que el golpe de gracia no me tocaba a mí darlo.

Para eso ya estaba el caballero.

Y los pucheros… los pucheros vendrían luego, pero eso ya no sería asunto mío.

logo-zenda-v3_mini

David Bowie, la deslealtad y la justicia poética

-¿Ese es tu padre?

Levanté la mirada del libro que estaba leyendo para seguir a tu pequeño dedo. Con él, señalabas un póster colgado en la puerta de la caravana, desde el que David Bowie te miraba desafiante.

No pude por menos que reírme. David Bowie mi padre…

Después de la carcajada inicial te expliqué que aquel hombre tan atractivo como fascinante era un cantante y actor que me gustaba mucho. Tú quisiste saber qué cantaba y yo, para no destrozar ninguna de sus obras de arte con mi propia garganta, busqué una cinta de casete que tenía en una de las estanterías del pequeño habitáculo, la introduje en el reproductor y sonó Ziggy Stardust.

Escuchaste con atención, para luego decirme que era una música muy rara. Claro; tú tenías cuatro años y escuchabas Xuxa. No se te podía pedir más.

Sin embargo, más tarde me volviste a pedir que pusiera la cinta. Por aquella época ya me habías preguntado en más de una ocasión por qué no era yo tu madre, en lugar de la que te había tocado en suerte.

Yo trataba de proteger a tu auténtica progenitora deshaciéndome en alabanzas hacia ella, pero lo cierto es que los niños son muy intuitivos y saben bien quién les quiere y quién no, a quién pueden acudir en busca de ayuda y quién, por el contrario, resultará una decepción en esa búsqueda.

Por eso, en tu infantil admiración, tú tratabas de hacer todas las cosas que yo hacía y, supongo que también por eso, David Bowie pasó a formar parte de tu lista de intereses.

Algunas semanas más tarde yo aparecí en tu casa portando una cinta VHS con la película «Laberinto». Para ti fue un flechazo. Claro que en la película salía una chica preciosa y muchos muñecos de Jim Henson, algo altamente atractivo para una niña pequeña.

En aquel entonces tú te hiciste más fan del personaje de Jennifer Conelly que otra cosa; a la película la llamabas «Sarah», como la protagonista, pero la música de Bowie fue calando en tu mente.

Tu madre, en esos días, escuchaba Acid Music y Deee Lite. Era lo que tocaba, porque su amante del momento no era precisamente un melómano, y ella siempre se mimetizaba con el compañero de turno, ya fuese un radical partidario de la lucha armada de ETA, un pacifista dedicado a la meditación o un heavy que sólo se lavaba el pelo cada mes y medio.

Así que, como referente de cultura musical, no te sirvió de mucho.

Tampoco es que te sirviera como modelo de conducta en ningún sentido; ella era aprovechada y oportunista, inculta, inmadura y egoísta, yendo siempre a su bola (más o menos como todos en la familia).

Pero yo, con mi absurdo idealismo y un amor por ti que en nada desmerecía al de una madre natural y entregada, me había propuesto desde el mismo día de tu fortuita e indeseada concepción que fueses otra cosa, que tuvieses una oportunidad.

Así, y mientras tu madre se maquillaba, se depilaba o, simplemente, se miraba al espejo durante largas horas, yo paseaba contigo por el camping, el que fuera nuestro hogar dos días y medio a la semana, en ese anhelo de juventud de poseer un rincón propio desde el que escapar de la brutalidad del entorno familiar, y que era lo único que Franc y yo nos podíamos permitir.

Durante esos años agridulces de juventud, de corazones llenos y bolsillos vacíos, yo te contaba historias, te enseñaba a escribir, a amar la naturaleza, la música y los libros. Jugaba contigo y hacíamos manualidades, te mostraba cómo manejar mi cámara réflex, te hacía disfraces con restos de tela, te enseñaba frases en inglés y te compraba pinturas y cuadernos de dibujo. Yo te adoraba y era feliz a tu lado.

Por desgracia, esa extraña familia que formábamos fue rota abruptamente con la llegada de un nuevo novio a la vida de tu madre, la cual te habría de apartar de mí poco antes de que cumplieses los siete años. Ella quería reinventarse con su nueva pareja y lo último que necesitaba eran testigos, como éramos Franc y yo, de su pasado. Así podría convertirse en el personaje que quisiera, sin incómodos recuerdos de su trayectoria y de su pobre realidad. Así, también, podría abandonarte y marcharse a la gran ciudad, en un intento de olvidar que tenía una hija, algo que Franc y yo le impedíamos constantemente, apelando a unos sentimientos que nosotros ignorábamos que les eran absolutamente ajenos.

Al desaparecer ella de mi vida, tú lo hiciste también, arrastrada y arrancada de mi corazón de un modo inmisericorde. Y yo, como madre en funciones que había sido durante todo ese tiempo, me desmoroné por completo, entrando en una depresión que habría de durarme muchos años.

Pasaron cinco, concretamente. Fueron años de añoranzas y recuerdos, a lo largo de los cuales yo había estado llamando furtivamente a tu casa para, siquiera, oír tu voz, cosa que no conseguí. No sabía que tu familia se había mudado y que, por eso, nadie cogía el teléfono.

Sin embargo, la vida volvió a situarme en tu camino, cuando tú ya habías cumplido los doce, y decidí que nada ni nadie me separaría de ti. Fue así como volvimos a pasar juntas todos los fines de semana, esta vez ya en mi primera vivienda, un pisito de alquiler que pagaba con mis dos trabajos.

Volvieron los regalos, los agasajos y los mimos. Yo quería recuperar el tiempo perdido.

Te fuiste haciendo mayor, y te convertiste en una jovencita de la que yo estaba prendada y orgullosa.

Durante esos años, yo seguí compartiendo contigo mi pasión por la fotografía, e incluso comencé a darte clases de alemán. ¡Quería que aprendieras todo lo que yo sabía, que tuvieras oportunidades en la vida! Y te regalé tus primeros libros de alemán, animándote a entrar en la Escuela Oficial de Idiomas.

De este modo fue pasando el tiempo y, cuando ya tenías algo más de veinte años, tuve ocasión de comprobar con tanta alegría como orgullo el impacto que la educación puede tener sobre los genes. A fin de cuentas, en tu familia todos iban del mismo palo; personas interesadas sólo en el dinero y lo material, que no cogían un libro si no era para aplastar una mosca, gente que masticaba con la boca abierta, mientras proferían exabruptos plagados de obscenidades y chistes escatológicos. Pero tú, mi niña, te habías convertido en una pequeña réplica mía, pese a la genética.

Como yo, hacías fotografía, hablabas idiomas, escribías y pintabas. Como yo, defendías la naturaleza y adorabas los libros. Como yo, sentías pasión por David Bowie.

Y sentí agradecimiento por aquella jovencita idealista e ingenua que yo había sido y que, con veinte años, se había propuesto que no fueses una continuación de la pobreza espiritual e intelectual de tu familia.

Pero, ay, yo había olvidado un detalle importante, y es que de casta le viene al galgo.

Porque, sin duda, habías heredado muchas de las prendas de tu madre.

Egoísta como ella, interesada como ella, aprovechada y oportunista como ella, pero con una importante y peligrosa diferencia: yo te había dotado de armas intelectuales que, unidas a la genética, habían dado lugar a una persona hipócrita y manipuladora.

Sí. Yo había creado un monstruo. Mi propio Frankenstein. Y lo había lanzado al mundo. Mea culpa.

Recordé entonces aquella fábula de Samaniego:

«A una culebra que, de frío yerta, en el suelo yacía medio muerta, un labrador cogió; mas fue tan bueno, que incautamente la abrigó en su seno. Apenas revivió, cuando la ingrata, a su gran bienhechor traidora mata».

No se puede luchar contra los instintos naturales, ni con la herencia genética, ¿verdad?

Fue así como me soltaste un día, sin anestesia ni paliativos, que tú no me debías nada, y que toda la cultura, sofisticación y elegancia que te adornaban te la debías por entero a ti misma, a tu inteligencia natural y a tus ambiciones.

Y lo curioso es que me lo dijiste sin que hubiera mediado provocación o motivo alguno, en el transcurso de una conversación distendida y agradable en la que aquella afirmación se hallaba por completo fuera de contexto. Me quedé un poco chocada de oír aquello, tanto por lo injusto e incierto de tu aseveración, como por el hecho de que había sido expuesta sin venir a cuento. ¿Qué pasaba?

Pronto tuve ocasión de constatar aquello de «Excusatio non petita, accusatio manifesta», o dicho en lenguaje coloquial, «el que se excusa, se acusa». Ni más ni menos estabas preparando tu mutis por el foro.

Pude comprobarlo poco después, cuando nos despachaste a Franc y a mí como se despide a un albañil que ha hecho su trabajo, con la pequeña diferencia de que nosotros no llegamos a cobrar ni las gracias.

La razón, ni más ni menos, era la misma que moviera a tu madre en el pasado; ya tenías pareja y un entorno seguro, y no nos necesitabas.

He de decir que gran parte de aquella devastación había sido culpa mía, por ignorar las continuas señales de egoísmo que habías estado emitiendo durante todos aquellos años, en el transcurso de los cuales aceptaste de buen grado los regalos, favores y atenciones de dos personas de las que no te habías molestado en conocer siquiera la fecha de su cumpleaños. Y yo ya debería haber aprendido, a esas alturas, que las relaciones injustas sólo llevan a la quiebra y al dolor.

Tantos detalles feos te consentimos durante aquellos años, que al final lo pagamos caro; tú dabas por sentada la devoción hacia ti, como por sentado dabas que no tenía que ser recíproca. A fin de cuentas, ¿a qué molestarse en pagar algo, cuando se puede obtener gratis, verdad?

La pequeña gota que colmó el vaso ni siquiera merece mención en este escrito. Simplemente, nuestra relación terminó, al verme incapaz de seguir dejándome pisotear por alguien a quien había querido tanto.

Y pasó el tiempo.

Nuevamente -cosa curiosa- han transcurrido cinco años desde que nos viéramos por última vez y el destino me hace un extraño regalo qué no sé cómo manejar.

En este tiempo he podido constatar que el karma es algo más que ese recurso romántico de las películas taquilleras, en las que un vapuleado protagonista resurge de sus cenizas para dar una lección a quienes le hicieron daño.

Resulta que existe, fíjate.

Han tenido que pasar muchos años, pero he visto caer una por una a las personas que me han fallado. No esperaba, sin embargo, lo que ha ocurrido en los últimos meses.

¿Recuerdas cómo tú y tu amado os reísteis de mí a cuenta de mi pequeño e incipiente negocio de muñecas? Lo cierto es que sufrí mucho con tu burla; no la esperaba, pero parece que el tiempo nos ha dado, a cada cual, lo que merecíamos.

Escribo esto entre cajas y cajas de efectos personales, pues me mudo de piso. La verdad es que nunca pensé que llegase a ocurrirme, pero me voy a una casa con cuatro habitaciones, dos baños, cocina con despensa, un salón enorme, patio privado, plaza de garaje y, lo mejor, una preciosa terraza solárium. ¿Y sabes quién ayuda a pagarla? Mis muñequitas. Mis ridículas y tontas muñequitas.

Y es que, a pesar de vuestra mofa, a mí esas muñecas me llevan a mejorar de vida, que es más de lo que puede decirse de las muñequitas desnudas de hotel de tu Romeo jerezano.

Durante todos estos años de tristeza me he preguntado cómo puedes dormir tranquila después de lo que has hecho, pero entonces recuerdo el poder de la genética y lo bien que duerme tu madre después de las constantes tropelías cometidas contra sus amigos, contra sus padres, contra ti… contra todo el mundo, en fin. Y claro, la respuesta se hace evidente. Esa impostura de paz mental, que no es sino autoindulgencia, unida a la capacidad familiar de reconstruir la realidad a medida de las propias necesidades, hace que te pasees por ahí con una actitud zen propia de un pantocrátor, un impartidor de justicia con un discurso inapelable que ha convertido en ley universal y que nada debe a nadie.

Sin embargo y al final, la realidad -tu realidad- se me presenta en forma de inesperada revelación. Una indiscreción, una ciudad relativamente pequeña… Y entonces comprendo que el karma es un cachondo mental.

Porque, y aquí viene la ironía, tú has dado con la horma de tu zapato, y lo haces en la forma de la persona que has elegido para poner por encima de todas las demás, la persona en nombre de la cual puedes arrollar al resto sin sentir el menor ápice de remordimiento.

¿Cómo podrías -me preguntaba yo durante todo este tiempo- llegar siquiera a vislumbrar el dolor que habías causado? ¿Cómo podrías saber lo que se siente cuando alguien en quien has depositado todo tu amor, tu tiempo y tu cuidado te manipula, te utiliza y te traiciona?

La respuesta viene de la mano de una señora que se ha hecho esperar, pero que, por lo visto, siempre llega. Lo que aún no sé es si ya lo sabes y disimulas muy bien o, por el contrario y como suele ocurrir, vas a ser la última en enterarte. Pero el hecho está ahí, tanto si lo conoces como si no.

¿Que si me alegro? No. Definitivamente no me alegro de tu desgracia y tu dolor, de la mentira que vives y que te destrozará el corazón como tú destrozaste el mío. Sí que he de admitir, en cambio, que se me presentaron sentimientos contradictorios, así que me senté a analizarlos cuidadosamente, pues tengo por costumbre practicar la autocrítica y trabajar en mis propias miserias.

Y me planteé la cuestión: si no me alegro de tu mal… ¿Qué es esta extraña sensación de paz? Llego a la conclusión de que, con independencia de que yo sea incapaz de disfrutar con el sufrimiento ajeno, no se puede predicar contra la iniquidad del mundo por un lado y, por el otro, sentirse mal cuando las cosas están en su sitio.

Lo comprendo cuando la veo llegar. Ella, tan elegante, tan poderosa, me sonríe.

Siempre es una escena bella y gloriosa cuando levanta su espada y arranca las cabezas de los infieles, de los traidores y de los ingratos.

No. No me alegro de tu desdicha.

Y sí. Sí me siento bien.

Y es que, ver a la justicia poética en el pleno ejercicio de sus funciones es como un bálsamo.

logo-zenda-v3_mini

LA TRAGEDIA DE EL PUERTO DE SANTA MARÍA

Atardece en El Puerto y sopla una ligera brisa que ayuda a paliar el calor. Estamos a mediados de mayo, pero el ambiente es claramente veraniego. Los turistas ya empiezan a invadir las playas y los paseos. Las terracitas, tanto tiempo añoradas en tiempos de pandemia, comienzan a llenarse de bulliciosos visitantes ávidos de vida social.

Son las cinco de la tarde, y entre los pinos de Las Dunas de San Antón la suave corriente se materializa en una música relajante, producto del roce entre las copas de los árboles que se mecen. Picarazas, abubillas, tórtolas y mirlos endulzan el ambiente con su melódico canto. La atmósfera es perfecta para relajarse e invita a la meditación. Sentada sobre un tronco, contemplo el espectáculo incomparable de las dunas que dan paso a la playa, cuyas aguas diáfanas reflejan un cielo azul inmaculado.

Respiro hondo y cierro los ojos. Hacía ya mucho tiempo que no visitaba este rincón mágico y, realmente, necesitaba romper con la rutina. Entonces lo oigo.

Un sonido machacón rompe bruscamente el encanto. Se diría que alguna discoteca quiere madrugar. ¡Si son las cinco y diez de la tarde! El desagradable soniquete es inconfundible; a toda hostia, una especie de mezcla entre hip hop y reguetón, envuelta en sonidos electrónicos, da paso a esa aberración que es el autotune, un invento para convertir en cantantes a personas que tienen tanto oído musical como un membrillo cocido. Es trap, ese aborto de música diseñado para consumidores de basura.

Roto el idílico instante, me marcho del pinar y me dirijo al sitio que he elegido como descanso, un camping cercano. Mi huida es, sin embargo, inútil. Desde la zona de bungalós, ese incesante chumba pumba sigue taladrando mis oídos -los míos y los de cualquier ser vivo que los tenga- a dos kilómetros a la redonda.

La tropelía se comete un día tras otro, a excepción de los martes (o al menos, el único martes que he estado en la zona). Es posible que el local cierre ese día por descanso. Con el suyo, desde luego, viene el de resto de habitantes de la zona, que sólo un día a la semana pueden dormir la siesta, leer un libro o, simplemente, escuchar una música apta para quienes tengan en el cerebro algo más que una neurona solitaria. El establecimiento en cuestión se encuentra ubicado en ese monumento a la cutrez que es Puerto Sherry, un lugar con pretensiones de glamour que ha resultado ser un fiasco engendrado en los ochenta y que ha desembocado en un malparto informe, con edificaciones a medio terminar, solares desangelados e infraestructuras deficientes.

En términos generales, mi vuelta al escenario de inolvidables aventuras de juventud ha sido una desilusión. El paseo marítimo que se construyó hará unos veinte o treinta años, rompiendo el encanto de un lugar incomparable en el que el pinar se fundía con la playa, hace ya tiempo que está deteriorado. Pintadas negras manchan todo el recorrido, sólo para exponer frases absurdas en inglés que deben ser las únicas que conoce el que posee el bote de spray. No se salva ni un metro del paseo, a lo largo del cual, además, y como tumbas en un apocalipsis zombi, emergen adoquines amenazantes con los que uno se tropieza constantemente, en un serio peligro para la seguridad del viandante. El mismo mal aqueja al carril bici, un auténtico reto para ciclistas avezados, pero una promesa de lesiones graves para los menos habilidosos, las personas mayores o los niños.

Una isleta circular de cemento tiene como protagonista central lo que en tiempos fue una farola, de la que ahora sólo queda una peana hueca en la que la gente deposita desperdicios. Lo mismo ocurre con lo que otrora fuese una fuente, un templete, un reloj de sol… Todo abandonado.

Por si fuera poco, tanto el pinar como el paseo y por supuesto la playa, se hallan sembrados de excrementos de perros. Propietarios incívicos de mascotas de diversos tamaños las dejan allí sin miramientos, para disgusto de bañistas y paseantes. Supongo que pensarán que, a fin de cuentas, aquello no es más que campo y playa… (alguien debería hacerles notar que son ese campo y esa playa lo que atraen el turismo y, en consecuencia, la bonanza económica para la zona).

En conjunto, pasear por un sitio que podría ser encantador se ha convertido en una carrera de obstáculos, muchos de ellos bastante peligrosos, algo que parece ignorar una administración indolente (que, por lo visto, también ignora que toda muerte o lesión producida por una vía de su competencia le haría directamente responsable de ellas).

El Puerto de Santa María es un paraíso, sin duda, pero es un paraíso ultrajado y abandonado. Constituye todo un reto no volver a casa con la cabeza abierta y los zapatos llenos de mierda de perro.

Es curioso, no obstante, el continuo lavado de cara que se le hace a la zona. Diariamente, empleados municipales recogen los desperdicios de la playa, pero sólo papeles, botellas y latas. Las colillas -también abundantes y nefastas para el medio ambiente- y las cacas de perro se quedan allí como regalo para los que quieran tomar el sol. Igualmente llama la atención que algunos de los vehículos de la flotilla municipal, en los que reza el eslogan “todos hacemos El Puerto sostenible”, produzcan un denso humo negro, altamente tóxico, que tarda tiempo en elevarse y que deja un desagradable olor a su paso.

De cara a la ya inminente temporada estival, además, se han blanqueado algunos elementos urbanos del paseo. También la isleta de la farola ausente, que sigue siendo una papelera improvisada que nadie vacía jamás. Eso sí: ahora se aprecia más que nunca la ausencia de la farola, tan radiante les ha quedado. En suma, la gestión municipal se traduce meramente en lo que viene siendo maquillar la dejadez, ni más ni menos.

Un ejemplo que representa a la perfección el estado de El Puerto de Santa María es su vaporcito. El icónico barco, que se hundió en 2011, se pudre bajo el sol y los elementos, después de que las distintas administraciones hayan planeado su recuperación en varias ocasiones. A día de hoy, constituye el monumento perfecto para reflejar la nefanda gestión local de todo el municipio.

Son las siete. El personaje animado que habita en mi imaginación ha bombardeado ya mentalmente una docena de veces ese sitio infame al que la administración permite atropellar impunemente a la población propia y foránea con sus decibelios. Alguien debería sugerirle a los responsables de ese bar que, en su mayoría, la gente que acude a un lugar tan idílico viene buscando paisajes de playa, música suave y tranquilidad. A fin de cuentas… ¿quién va a bailar esa abominación de trap, y menos a las cinco de la tarde? (También suena a toda leche a las diez de la mañana). Desde aquí, un consejito a los propietarios: los pubs tropicales, con temática polinesia o hawaiana, nunca pasan de moda. ¿Qué tal si prueban eso? También podrían experimentar con chill out, el swing o incluso “música de ascensor”.  Cualquier cosa menos esa mamarrachada machacona. Y por supuesto, a un volumen que permita a los demás continuar con su vida pues, aunque alguien les haya podido convencer de lo contrario, ni ustedes son el ombligo del universo, ni todo el mundo tiene tan mal gusto.

En conclusión, mi estancia en El Puerto de Santa María ha resultado ser una gran decepción. Lástima que los portuenses de bien tengan que perder tanto por culpa de ciudadanos incívicos y de una administración perezosa que sólo busca cubrir el expediente.

logo-zenda-v3_mini

La sonrisa del duende

Mi jornada laboral empieza a las seis de la mañana.

No, no soy enfermera, ni panadera, ni cargadora en el muelle… Es que yo tengo tres trabajos.

Con dos de ellos gano dinero, y con el tercero consigo vivir en una casa ordenada, comer comida sana y tener la ropa limpia.

Los trabajos remunerados los conseguí no rindiéndome, a pesar de que, íntimamente, tenía el convencimiento que nadie iba a contratarme a mi edad. Me equivoqué, por cierto, como en muchas otras cosas.

Mientras esperaba mi oportunidad, me saqué una carrera universitaria, monté un pequeño negocio de artesanía y conseguí renovar los muebles del salón dando clases particulares, además de seguir siendo ama de casa.

La verdad es que no me había planteado lo difícil que era compatibilizar todas esas labores, porque estaba demasiado ocupada haciendo cosas como para pensar en que las hacía, pero visto en perspectiva creo que soy una tía fuerte y bastante competente, una superviviente, aunque, para ser justos, no creo serlo más que muchas otras personas a las que tengo la suerte de conocer. Y es que las cosas sólo son fáciles para unos pocos, así que no queda otra que respirar hondo y sortear las dificultades con trabajo y constancia.

A lo que iba: me levanto a las seis de la mañana y me pongo a trabajar. A veces se me olvida desayunar, y me doy cuenta cuando son las doce del mediodía y me rugen las tripas, pero es que desde que amanece tengo una lista tan larga de cosas por hacer que sencillamente prefiero no planteármelas y meterle mano a lo primero que se me ponga por delante. Y cuando vengo a darme cuenta, estoy funcionando sin haber catado una triste tostada.

Así, me pongo en modo multitarea, y mientras que se fija la coloración de mi último trabajo, saco la ropa de la lavadora y hablo con los clientes extranjeros usando un diminuto y práctico chisme que me deja las manos libres, y que ya forma parte de mi oreja.

Sin prisa, pero sin pausa. O… con prisas también, para qué negarlo.

Es así cómo, hace unos días, mientras realizaba uno de mis trabajos de artesanía un enorme chorro de tintura roja cayó sobre el frontal de mi lavadora, para discurrir luego lentamente hacia abajo, cual herida de guerra.

Y no me percaté de ello hasta que se hubo secado.

Primero con agua, luego con jabón y estropajo, luego con alcohol y finalmente con acetona… Nada, la dichosa mancha no salía.

Suspiré y me planteé cómo había llegado a ese punto, dedicándome a algo que nunca hubiera imaginado, en mi casa pequeña con hipoteca grande.

Me senté en el sofá durante un segundo, dejándome caer sobre el respaldo con los ojos cerrados. En la cocina, una muñeca envuelta en papel de aluminio sangraba tinte sobre la encimera, mientras la verdura silbaba vapor desde la olla y el teléfono sonaba por enésima vez en la mañana. Una holandesa que quería doscientas muñecas… Y al tajo otra vez.

Me sonreí, pensando en lo mucho que había cambiado en los últimos años. Antes me habría puesto de los nervios, pero ahora me encogía de hombros ante los imprevistos y seguía a lo mío. A fin de cuentas, no había razón para agobiarse; tenía trabajo, hacía cosas que me gustaban, y aunque estuviera saturada tenía la suerte de trabajar desde casa, y de distribuir el tiempo y la faena a mi gusto y criterio.

La mañana pasó volando, como siempre, y la tarde arrancó con un sobresalto de cerradura; Frankie había llegado del trabajo, exhausto, como siempre, hambriento, como siempre, y el sonido de la llave serrando el bombín me sacó de un efímero sueño en el que había caído durante unos quince minutos. Y es que, al llegar las cuatro de la tarde, del sofá parte una especie de canto de sirena al que no puedo resistirme. Normal, después de diez horas de trajín.

La sonrisa de Frankie surcó su cara. Un piropo, un “cómo ha ido tu mañana”, un “qué bien se está aquí”… Son gestos tremendamente valiosos después de treinta años de relación, pero mucho más cuando parten de alguien agotado y famélico.

La sonrisa de Frankie no es de este mundo. Él tampoco lo es.

Sé que soy una chica con suerte, y por eso no importa lo mucho que trabajemos, o los problemas que se nos pongan por delante. Estar juntos hace que merezca la pena.

He tenido la suerte de encontrarle, lo que viene a compensar el poco tino que he tenido al amar a otras personas, supuestos amigos que me dejaron en la estacada cuando les necesitaba. Pero Frankie vale por todos ellos y más. Le devuelvo la sonrisa, y mientras se ducha le preparo algo de comer.

Al rato, entra en la cocina, y ve el chorro que atraviesa la faz de nuestra lavadora. Le digo lo que ha pasado.

-¿No sale?

-No, con nada.

-Vaya… pues habrá que camuflarlo con algo.

-Como no la pinte entera de rojo… -le digo. Él me sonríe.

Terminamos juntos de preparar su comida, y luego vuelvo al cajón desastre que es el cuarto donde trabajo, para sumergirme de nuevo en la faena.

Dos horas después, voy a la cocina y lo veo…

Una tirita. Le ha puesto una tirita. Me río sin poderlo evitar. Me asomo al salón, donde está sentado. Le miro y me pregunta por qué me río.

“La tirita”, le digo entre risas.

Él sonríe ampliamente. Parece un duende, un mago, un niño…

Son cosas que sólo él puede hacer. Son las cosas por las que estoy con él.

Hay personas capaces de curar con una sonrisa, personas que hacen que merezca la pena haber confiado y amado a cien personas, y que te hayan fallado noventa y nueve.

Franc es una de ellas.

Ahora mi lavadora es de diseño. Es única en el mundo.

Como mi Frankie.

logo-zenda-v3_mini

De ilusión también se muere

Mi abuelo materno se llamaba Eduardo. Yo no le conocí, porque murió cuando mi madre tenía diez años, pero oí algunas historias sobre él, cuando en casa hablaban de «otros tiempos».  Por esas historias supe que era un buen tipo, con una tez blanca y cabellos claros que he heredado, un hombre trabajador que gustaba de gastar lo poco que tenía con sus cuatro hijos, que sentía cierta -excesiva- inclinación por el vino, y que probablemente murió como consecuencia de ello.

Pero, aparte de eso, poco más sé de él.

Sin embargo, sí recuerdo una historia que mi abuela refirió un día mientras tomábamos café: según parece, durante muchos años y hasta su muerte, mi abuelo llevó en su dedo un anillo que se había encontrado en la calle. Era una especie de sello de oro, y se sentía muy orgulloso de él, probablemente porque nunca se hubiera podido comprar uno con lo que ganaba.

A la temprana muerte de su marido, mi abuela quedó con lo puesto y con cuatro hijos a los que alimentar, así que, viéndose en la necesidad, decidió vender, no sin cierto remordimiento de viuda, el anillo que durante tantos años había adornado el dedo de su esposo.

Cuál no sería su sorpresa al descubrir, en la casa de empeños, que la supuesta joya era falsa y que no valía nada.

«Pobre», dijo mi abuela, «pero al menos murió convencido de que llevaba algo valioso en el dedo».

Pienso ahora en ello, y me pregunto si no fue afortunado de no saber nunca que aquella pieza no era más que un pedazo de quincalla. A fin de cuentas, era una pequeña mentira ignorada incluso por el propio mentiroso, el anillo, que brillaba al sol haciendo bueno el dicho de que no es oro todo lo que reluce.

Lo de mi abuelo nunca fue un engaño. Para nadie. Mientras vivió, ignorando el verdadero valor del anillo, él se sintió orgulloso y feliz de poseerlo y lucirlo. El sentimiento alegre que le producía tenerlo era genuina ilusión, la que él sentía al contemplar su dorada estampa, y la ilusión es algo positivo, siempre y cuando no sea producto de la deformación voluntaria de la realidad. Entonces la ilusión da paso a la mentira, a la falsedad, a las películas que uno mismo escribe, dirige e interpreta.

Yo nunca he aprobado el autoengaño, o al menos no me siento capaz de ejercerlo. Siempre se me ha antojado una forma patética de vida, algo así como habitar dentro de tu propia mente, ajeno a la realidad. Y, sin embargo, cada día se me muestra con más claridad que son más felices aquellos que hacen como la zorra con las uvas, y adaptan la situación a su comodidad de tal modo que, en realidad, las consecuencias de sus actos jamás son culpa suya, nunca son experiencias negativas porque en el fondo resultaban convenientes y, en la mayoría de los casos, todo ocurrió según ellos recuerdan, y no como realmente fue. No sufren, no se culpan, no se arrepienten. Y eso, por fuerza, tiene que ser beneficioso para su salud.

No ya tanto para la ajena, claro.

En cualquier caso, si no posees la habilidad natural del autoengaño, cualquier ejercicio orientado en ese sentido será una pérdida de tiempo, porque el resultado será mediocre, y no conseguirás sino sentirte doblemente mal: por ti y por los demás.

Por eso no tengo muy claro si desearía haber muerto, como mi abuelo Eduardo, en la ignorancia del escaso valor de aquello de lo que yo tanto me enorgullecía.

Después de una vida de atesorar mi preciosa joya, tú, mi pequeña ilusión, resultas no ser más que un fraude que se me revela apenas necesito poner a prueba tu auténtico valor.

Como debió quedarse sin duda mi abuela, joven viuda, ante el mostrador del usurero, mi cara refleja un pasmo que me hace sentir a ratos ridícula, a ratos furiosa, a ratos, -los más- profundamente triste.

Sin que haya mediado discusión alguna, y tan pronto te ves descubierta, te alejas del escenario de tu crimen, como un ladrón que ya ha saqueado todo lo que podía, y dando por provechosa su incursión. Te encoges de hombros y haces balance de las ganancias, sin preocuparte de la desolación que dejas tras de ti.

Pero lo peor es el modo en que te lo perdonas todo, en una elegante declaración lanzada a las redes sociales, en forma de misiva al aire «para quien quiera recoger», y en la culminación de un despliegue de indolencia que deja aún más patente, si cabe, lo poco que he significado para ti.

Y así, escribes -en tono sentencioso y en un estilo Paulo Coelho que empalaga- que lo importante de las relaciones no es lo que duran, sino lo bueno que dejaron en tu vida. Lo sueltas en tono zen, como si ello otorgase autenticidad a lo que dices, cuando en realidad no es más que un ejercicio de autoindulgencia. Muy poética, eso sí, pero autoindulgencia al fin y al cabo. Te despides -sin hacerlo- y te pones a otra cosa.

Pelillos a la mar, ¿eh?

Puede que tú tengas claro qué debes hacer con tus recuerdos, que tengas una gran paz de espíritu, ya que no invertiste nada en esta relación, así que para ti no existe la sensación de pérdida. Para mí es distinto, porque soy yo la que se enfrenta a la realidad del fraude después de haber puesto en esta joya falsa toda la ilusión del mundo.

Al igual que mi abuela, si nunca me hubiese visto en la necesidad, jamás habría sabido lo poco que valía mi supuesto tesoro. Y mi dilema personal es dirimir, a estas alturas de mi existencia, qué habría sido preferible: si seguir con la ilusión toda la vida, siendo feliz en mi ignorancia, o contemplar la realidad gris del modo en que ahora lo hago, permaneciendo fiel a mi ¿antigua? premisa de que hay que afrontar los hechos y no autoengañarse.

Lo que nunca supe es qué pasó con aquel anillo falso. ¿Lo guardaría mi abuela como recuerdo? ¿Lo tiraría?

Me habría gustado verlo, tenerlo en la mano. Así lo habría podido poner al sol, y comparar su engañoso fulgor con el de unos ojos tras los cuales no había nada.logo-zenda-v3_mini

Parias, frikis y modas

Llevo unos días tarareando para mis adentros una canción ochentera de Golpes Bajos. Hace eones que no la escucho, y ni siquiera es una de mis favoritas, pero es la respuesta mental a una cuestión que me da vueltas en la cabeza desde hace ya algún tiempo.

En concreto, la frase que se repite es “Colecciono moscas…¿y qué?”.

La voz retadora del inolvidable Germán Coppini acude a mi mente una y otra vez, mientras me enfado con el mundo sin que el mundo se entere. Total, que soy yo la única perjudicada.

Supongo que debería haber aprendido ya, a esas alturas de mi vida, a ignorar a la gente, y cuando digo “gente” me refiero a ese bulto que no son personas, es decir, a la masa conformada por individuos que deberían serme ajenos por no aportarme nada.

Buscando ya la cincuentena, me doy cuenta de que esto no es sino un patrón; fui una paria de pequeña, he sido una paria de joven, y sigo siendo una paria en el camino hacia la vejez. Lo curioso es que, cuando uno es calificado como “rarito” por el resto, normalmente el aludido es el último en saberlo.

El motivo de mi reflexión es uno de mis hobbies. Digo uno porque tengo muchos: dibujar, pintar, hacer fotografía, leer, coleccionar…

De este último viene el tarareo que no se me va de la cabeza.

Cuando era pequeña, a los diez años o por ahí, mi abuela me dio una curiosa moneda con un agujero en el centro. Nunca había visto ninguna así, y me encantó. Eran cincuenta céntimos de los años de la posguerra, “un objeto antiquísimo” (para una niña de diez años).

A partir de aquella primera moneda comencé a buscar y reunir más, aunque claro, no era una colección valiosa ni mucho menos. Pero, tal y como yo lo veo, el valor de una colección no es el meramente económico. El objetivo del coleccionismo es la búsqueda en sí misma del objeto deseado, cuya consecución lleva a iniciar una nueva. Ahí está el aliciente, aunque también en cuidar, conservar y organizar metódicamente la colección.

Además, el coleccionista tiene un perfil concreto: es meticuloso, ordenado, curioso y un pelín obsesivo. Y yo soy coleccionista.

Con respecto a mi primera colección, que aún conservo, no es que me interesasen las monedas en concreto; lo que me gustaba era la actividad en sí, pues además de ellas, reúno y busco otros objetos, como tarjetas navideñas, postales tridimensionales, ilustraciones y objetos de Ferrándiz y algunos artículos vintage.

Ah, se me olvidaba; también colecciono muñecas.

A estas alturas de mi relato algunos de vosotros, lectores, ya habréis enarcado una ceja.

Curioso, ¿no?

Parece ser que, en esto del coleccionismo, hay cosas que dan caché y cosas que lo quitan. Cosas que te hacen parecer tonto, o loco, o raro, o todo ello junto.

Recuerdo que, hace un par de años, una profesora de la facultad, al enterarse de mi afición, me llamó “Norman Bates”. Así, sin anestesia ni nada. La profesora en cuestión había estado interesada en que hiciese con ella mi trabajo de fin de grado, e incluso pretendía una colaboración entre nosotras, en la cual yo impartiría alguna de sus clases.

Le había gustado mi modo de expresarme, mi vocabulario, mi soltura hablando en público y algunos de mis planteamientos, ensayos y trabajos.

Sin embargo, al conocer que coleccionaba muñecas todos aquellos proyectos se diluyeron como por arte de magia.

Al parecer, uno tiene que ser un psicópata –y gustar de apuñalar a la gente en la ducha- para coleccionar muñecas.

Pero no fue ella la única. Otras personas de mi entorno también me miraron como si hubiese perdido la cabeza al mencionarles mi afición, hasta que finalmente opté por no comentarlo con nadie. Y lo que es más: procuré que no se supiera, ocultándolo como si fuese alguna extraña perversión o algo vergonzoso.

Sí, lo confieso; consiguieron hacerme sentir patética y ridícula. Se ve que, a pesar de la edad, no he conseguido alcanzar el necesario estado de indiferencia ante los juicios ajenos.

En cualquier caso, cuando un amigo viene a casa, se encuentra con que, en el reducido espacio de mi diminuto piso, hay una habitación invadida de muñecas.

He observado que la mayoría no dice nada sobre ellas, y es precisamente ese silencio lo que resulta más revelador. No creo que deje indiferente a nadie entrar en una habitación por primera vez y encontrarse con decenas de pares de ojillos de cristal observando desde las estanterías, armarios y muebles.

Pero no dicen nada, y eso me lleva a la conclusión de que lo que piensan no es demasiado bueno.

Algunos otros sí dicen algo a veces; sueltan los tópicos de siempre. Que si no me da miedo que por la noche me apuñalen –mira que se obsesiona la gente con los apuñalamientos- o que si las tengo para jugar. Esto último parece preocuparles mucho. Por lo que se ve, los adultos no juegan. O al menos no con muñecas. Y es que, como ocurre con el coleccionismo, en el tema de los juegos también hay clases.

Por ejemplo, jugar a videojuegos siendo adulto es algo muy molón. También puedes participar en juegos de rol, ir a disparar pintura a tus amigos, o echar una partida de cartas sin que  nadie cuestione tu madurez y buen juicio. Pero lo de las muñecas no está bien visto. No; lo de las muñecas sólo lo hacen los Norman Bates de la vida.

Poca gente se para a pensar en que nunca dejamos de jugar. Jugamos cuando nos reunimos en una fiesta, jugamos online, jugamos en la cama… Los juegos son parte de la vida, pero después de los doce años no se te ocurra jugar con muñecas.

Y la cosa es que yo no juego con ellas, o al menos no al uso.

El juego infantil imita a la vida, y en él tratamos de realizar todas esas cosas que no nos dejan hacer los mayores. Esto no es necesario cuando eres dueño de tu vida, pero hay otras clases de juegos.

Yo, por ejemplo, combino mi pasión por la fotografía con mi pasión por las muñecas, y pienso que eso es una manera de jugar con ellas.

Y no le veo nada malo, la verdad. De hecho, no puedes jugar con una colección de monedas, pero con las muñecas sí, de manera que en cierto modo es un tipo de coleccionismo mucho más rico.

Pero claro, tampoco puedes decir que las disfrutas y que a veces incluso les hablas. Y aquí viene otra distinción preocupante: puedes pelearte con el ordenador, hablar con la tele o enfadarte con tu coche, pero nunca, NUNCA, hables con tus muñecas. (Si lo haces, el otro pone la cara de Janet Leigh en la ducha).

Vale, lo de que me comparasen con el asesino de Psicosis me afectó, pero ni remotamente tanto como me afectan las risitas de los más cercanos. Y es que, a la hora de ser rarito, es preferible que te tomen por loco a que te tomen por tonto.

Como a una tonta, en efecto, me trató el novio de una amiga, un mozalbete al que le saco veinte años de ventaja, cuando, con sorna, y en tono paternalista, me dijo que por qué no pintaba cuadros de mis muñequitas… Su novia, amiga de toda la vida, persona muy querida por mí, hizo lo posible por aguantar la risa. Se veía a las claras que habían estado hablando del tema.

Tal vez le habría increpado si no hubiese estado sentado a mi mesa, pero mi sentido de la cortesía me impedía ser grosera con un invitado. En lugar de decir nada, le ayudé a constatar que yo era, efectivamente, tonta, no dándome por aludida ante su muestra de “fina ironía”.

Pienso en Golpes Bajos de nuevo, pero esta vez en otras canciones que me gustaban más. Me da por recordar cuando bailábamos al son de “A santa compaña” o “Malos tiempos para la lírica”. Eran los años ochenta, y entonces también tenía que aguantar que la gente me considerara loca o tonta, pues al parecer había que serlo para “llevar esos pelos y esa ropa”.

Pienso en ello, en cómo nunca he dejado de ser una rarita, pese a tratar de evitarlo con todas mis fuerzas.

Y pienso también en la hipocresía de ese muchachito, friki de pose, con su historial de videojuegos, cosplay, salón manga y Harry Potter.

Frikismo de merchandising, que eso sí está bien visto.

Ahora, que ya hay incluso un “día del orgullo friki”, pienso en las personas que durante décadas fueron víctimas de mofa y escarnio por leer cómics, ser fans de Star Trek o participar en juegos de rol.

Pienso en cómo la moda puede llegar a tergiversar algo hasta tal punto que ser raro sea la norma, o sea, que te convierta en raro no serlo.

Pienso en cómo esos frikis de postal siguen, a fin de cuentas, oprimiendo a aquellos cuyas aficiones se salen del estándar aprobado por la sociedad.

Hipócritas.

Puede que yo sea rara, pero al menos no soy una rara de pega.

Parafraseando al inolvidable Germán, colecciono muñecas, y qué.logo-zenda-v3_mini

Vidas de plástico

Mediados de diciembre, por fin. La suave brisa del norte me acaricia la cara mientras camino por las calles iluminadas. Tengo la nariz fría y la sonrisa cruzándome la cara. Seguro que a los viandantes con los que me cruzo les resulta imposible adivinar que mi expresión de felicidad se debe a la absoluta ausencia de calor que a ellos los mantiene encogidos como pollos en ventisca. Pero oye, cada uno es como es.

Paso por delante de escaparates adornados profusamente con espumillón, luces y purpurina. Adoro el invierno, adoro la Navidad, y exprimo todo lo que puedo la feliz temporada para salir a la calle, cosa que una agorafóbica estacional como yo, recluida cuatro o cinco meses al año, tiene que aprovechar al máximo.

Como Jimmy Stewart en “La ventana indiscreta”, he estado de junio a octubre mirando por la ventana, esperando a que el implacable calor me liberase de mi prisión, y por fin ha ocurrido, así que toca salir a la calle y disfrutar de la fugaz sensación siberiana que raras veces visita esta cuasi isla subtropical en la que vivo.

Al pasar frente a un bazar chino, recuerdo que necesito un poco de celofán para terminar un trabajo. No suelo frecuentar ese tipo de tiendas, pero esa en concreto me gusta. Es un pequeño paraíso para los amantes de las manualidades, y realmente tiene cosas que no encuentro en otros sitios. Además, el hombre que la regenta es muy amable.

Entro en la tienda, saludo al dependiente  y me pongo a buscar el celofán.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

Un sonido repetitivo y agudo llega hasta mí, y me hace volverme de manera instintiva.

El pasillo de las manualidades encara directamente la puerta de la tienda. Es así como veo que ha entrado una señora empujando un cochecito de bebé.

Vuelvo a lo mío, tratando de localizar el color de papel que necesito.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

Está claro que es algún juguete de goma con pito. Eso sí, el bebé que lo porta debe tener unos músculos sorprendentemente desarrollados, porque el sonido es insistente, rápido y continuo.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

Mi natural despiste no me habría permitido siquiera percatarme de la presencia de la mujer y su bebé, pero ese sonido inunda la tienda, y mira que es grande. Me fijo entonces bien en la escena.

La mujer sigue en el pasillo de entrada, junto al mostrador. El dependiente mira fijamente el interior del cochecito, que yo no puedo ver al encontrarme en el lado opuesto. La señora, con una mezcla de indiferencia y desdén, está echando más juguetes de goma en el interior del carrito de bebé.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

-Ya está bien, Olivia –le dice suavemente, casi sin convicción, a la que ahora sé que es una niña (con los brazos más fuertes en el mundo de los bebés).

La señora aparenta cincuenta y muchos años, aunque está claro que su fachada ha estado bajo andamiaje. Tiene esa nariz sospechosamente chata, redonda y retraída de aquellos que han dejado parte de su apéndice nasal en la papelera de algún quirófano. También su cutis deja ver una lisura cuyo secreto, sin lugar a dudas, esconden sus orejas; piel estirada. Y qué decir de esos labios que besan con esencia de bótox… Sí señor, todo un trabajo de bisturí para poder engañar al tiempo.

No la culpo; yo también lo haría si tuviera dinero, bueno, si tuviera dinero y si la cirugía plástica aún no estuviera en pañales. Porque, admitámoslo, la ciencia aún tiene que descubrirnos alguna manera para que la cirugía estética dé los resultados que queremos, esto es, que nuestro aspecto sea más joven, y no que nos convierta en máscaras.

La escudriño un poco más, con disimulo. Sus repintados ojos se encuentran enmarcados por dos finas líneas que en otro tiempo debieron ser cejas. Le dan un aspecto antipático, la verdad.

Rematan el conjunto una melena oxigenada a cuarenta volúmenes, un abrigo de piel que a buen seguro tuvo su origen en algún pobre mamífero y unas botas de cuero con taconazo de cuya caña no se ve el fin.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiquiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

-Olivia, no pienso repetírtelo –dice la señora con voz ronca.

Olivia claramente pasa de ella, porque el ruidito sigue.

Sigo sin ver al bebé, pero sí me fijo bien en el cochecito. Es de última generación, de diseño. Convertible, con amortiguación, canasta desmontable… Tiene adornos en rosa fucsia y lacitos por doquier.

La señora viene y va por los pasillos, dejando al bebé junto al mostrador. De vez en cuando vuelve e introduce más juguetes en el interior del carrito. Otros los deja en el mostrador. En uno de sus viajes increpa de nuevo a Olivia, en el mismo tono suave y monocorde. Alguien debería explicarle que los bebés entienden el tono, pero no el mensaje, y menos cuando son tan complicados.

-Olivia, deja en paz a tu hermana. Mira que te dejo sin juguetes.

Ahí ya sí que me pica la curiosidad. ¿Dos bebés en el mismo carrito? Tengo que acercarme y mirar. A fin de cuentas, el dependiente no le ha quitado ojo, así que deben ser unas gemelas muy peculiares.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiquiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

El último pitido me deja sorda, pero el estupor de mis oídos es superado por el de mis ojos.

En el interior del cochecito, envueltas en ropita de diseño, dos diminutas Yorkshire me miran bajo sus lacitos fucsia. Están rodeadas de juguetes que aún llevan etiquetas, todas ellas llenas de babas. Claro, ahora entiendo la cara del dependiente.

Intento pagar mi celofán, pero entonces aparece la señora Frankenstein con un pequeño peluche en la mano.

-Muchachito –le dice a un dependiente que ya no cumple los cuarenta- ¿esto tiene algún tipo de apertura?

El dependiente no parece comprender. Ella, en tono paternalista e indulgente, le habla como si fuera subnormal en vez de chino.

-A-BRIR, A-BRIR… si esto se abre.

El pobre hombre toma el diminuto peluche, y lo examina tratando de comprender por qué tiene que abrirse.

-A ver –dice ella- es para un regalo. Quiero meter dinero dentro. ¿Tienes algo para meter dinero dentro?

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiquiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

-Olivia, Adela, ya basta. Me voy a enfadar.

El dependiente le señala la zona de papelería. “Sobres”, le dice.

-Ay no, los sobres no son estilosos, yo quiero quedar bien.

Quedar bien, dice. Lleva la cara más restaurada que un lienzo de la Edad Media, vestida con la piel de un pobre bicho y está comprando los regalos de Navidad en un chino, pero quiere ser estilosa…

Yo trato de pagar mi celofán, y el dependiente, al que la mujer ha sepultado tras un montón de trastos que “no sabe aún si va a llevarse”, me atiende. Entonces la señora vuelve y se siente muy ofendida porque “ella ha puesto primero los productos en el mostrador”.

Me retiro un paso hacia atrás para dejarle sitio, pero ella me perdona la vida y me dice que da igual, que va a seguir comprando.

Así que pago mi artículo, mientras que cruzo una mirada cómplice con el dependiente, que trata de disimular una sonrisa.

Mientras el esperpento trastea por la tienda, antes de marcharme me acerco a los dos perrillos.

Está bien que saquéis a vuestro animal a pasear, les digo, pero la próxima vez ponedle un bozal.logo-zenda-v3_mini

Cerveza, muñecas y jamón serrano

Érase una vez una niña grande que estaba teniendo un día de perros. La mañana había sido horrible, y la tarde estaba siendo peor.
Entonces recibió una llamada del Leroy Merlín. Al otro lado, una voz le dijo:

-Hola mi amor, yo soy tu lobo.
-¿Eing?
-Escúchame bien, Caperucita: quiero que vayas al Hipercor y me traigas cuatro latas de cerveza y un paquete de patatas fritas.
-Abuela -le dijo la niña- las patatas fritas aumentan el colesterol.
-Y la levadura de cerveza lo disminuye, no te giba. Además, yo no soy tu abuela, soy el lobo feroz, y quiero cerveza fría para aullar toda la noche.
La niña hizo un mohín. No quería salir, pero luego pensó que podría distraerse mirando muñecas por el camino. Como leyéndole el pensamiento, el lobo le dijo:
-No se te ocurra apartarte del camino, que luego te pierdes en un bosque de ojos de cristal y caras de vinilo, y ya sabemos lo que pasa.
-Abuela, déjame, que no voy a coger las margaritas, sólo voy a mirarlas.
-Tú misma, y deja de llamarme abuela, que tengo orejas de lobo, ojos de lobo y boca de lobo.

Y la niña se fue al Hipercor a por cerveza y patatas fritas. Pero, desoyendo la advertencia de su abuela peluda de grandes orejas, subió a la segunda planta de El Corte Inglés, que quedaba muy cerquita de su cabaña pequeña con hipoteca grande, y se puso a mirar muñecas.

Entonces, llegó la Bruja del Norte, que era de otro cuento, pero lo mismo daba, porque ya estaba harta del Mago de Oz y del hombre de hojalata y le apetecía cambiar de aires. La Bruja del Norte, con sus medias rayadas y su pelo de maíz le susurró a la niña al oído que se llevara una muñeca sin pagar.

-Cómo voy a hacer eso, si en El Corte Inglés le ponen alarma hasta a las lonchas de jamón serrano, (se necesita ser cutre).

-Ya -le dijo la bruja- pero como están mirando los blíster de jamón no se van a dar cuenta. Mira: tú coges la muñeca y me la metes debajo de la falda. Luego chasqueo tres veces los chapines de rubíes y me la llevo a tu casa.

-¿Y tú que ganas con todo esto? -dijo Caperucita a la Bruja del Norte.

-Pues que me he apostado con los tres cerditos a que me llevo una Nancy debajo de las enaguas, y si gano me llevo un chalé en Torrevieja, Alicante.

-¿El del “Un, dos, Tres?”

-El mismo, que ahí sigue porque en treinta años no se lo llevó ningún concursante.

Y entonces Caperucita, ignorando la advertencia del lobo del Leroy Merlín, le metió la muñeca debajo de las enaguas a la Bruja del Norte.
Después, con una risilla malévola, la bruja hizo chasquear tres veces los chapines de rubíes, y desapareció con la muñeca.
Al llegar Caperucita a su casa, la muñeca estaba en la encimera de la cocina, junto con un blíster de jamón serrano y una nota que decía: “El jamón lo he pagado. Gracias por el chalé. Un saludo”.

Esa noche, cuando llegó el lobo con el uniforme del Leroy Merlín le dijo:

-¿Otra muñeca? ¿Otra muñeca? ¿Qué te he dicho de pararte a comprar muñecas?
-Que no la he pagado, abuela, que me la han regalado en El Corte Inglés.
-En El Corte Inglés no regalan ni los mocos. ¿Me has traído la cerveza?
-Sí, y además te he traído jamón serrano.
-Anda, mira qué bien. En esto hay que gastarse los dineros, y no en muñecas.
-¡Que no he gastao ná, que es un regalo!
Durante la cena, el lobo bebió cerveza y Caperucita jugó con su muñeca.
Y los dos aullaron toda la noche.logo-zenda-v3_mini

El fin del mundo

El fin del mundo está dentro de una caja.

No es la caja de Pandora, ni es una caja fuerte, protegida y vigilada. Es una simple caja de cartón. Una cajita de bombones Mozart, para ser exactos.

Aún huele a chocolate, pero hace tiempo que aquellas pequeñas delicias vienesas dejaron lugar a un contenido menos inocuo.

Me había gustado aquella cajita, con su filigrana dorada enmarcando el que, supuestamente, fue el rostro del malogrado genio de Salzburgo, así que decidí guardar allí el arma de destrucción total. Y hoy está lista, como yo, para cumplir su cometido.

Recuerdo, mientras la abro, algo que oí hace más de treinta años, cuando aquella chiquilla del instituto inició también el fin del mundo: «Hay que esperar diez minutos entre una y otra, o de lo contrario no funcionará».

Respiro hondo. Diez minutos me parecen mucho tiempo. ¿Cuántas hay? Las saco despacio y las dispongo cuidadosamente dibujando una especie de mandala,  sobre un bonito tapete de gasa azul tornasolada. Las cosas hay que hacerlas bien. Las cosas deberían ser hermosas. Incluso el fin del mundo.

Voy contándolas. Ciento cincuenta y una. Son demasiadas para darles diez minutos a cada una. No tendría tiempo de terminar, y perdería el control de la situación antes de concluir mi tarea. Eso sería un desastre. ¿Qué ocurriría entonces? Puede que no lograse acabar con todo, y que en lugar del vacío que pretendo quedase algo deforme e inútil, envuelto en sufrimiento. Y yo no deseo causar sufrimiento. No. El sufrimiento no es una opción.

Mil quinientos diez minutos… ¡Eso es más de un día!

No. Debo desoír las palabras de aquella adolescente de hace treinta años. Tal vez tuviera razón, pero seguro que ella no tenía tanto material de destrucción en su cajita.

Un minuto. Eso haré. Un minuto por cada punto del mandala. Saco una preciosa copa alta de fino cristal, la lleno de cava y simbólicamente brindo con el universo entero. Es una muestra de respeto. Destruir el mundo merece, cuando menos, una señal, un gesto, un homenaje.

Comienzo a deshacer el mandala, recitando:

-Ésta, por la hermana retorcida que me enseñó, de un golpe seco y a la más tierna edad, lo que era el dolor.

-Ésta, por el monstruo que me robó, de una sola estacada sangrienta, la niñez, la adolescencia, la paz y el sueño.

-Ésta, por el profesor que ignoró la soledad y la tristeza.

-Ésta, por la amiga a la que cien veces perdoné y ciento una me traicionó.

-Ésta, por el jefe que abusó, insultó y maltrató.

-Ésta, por los corruptos que rigen el mundo.

-Ésta, por los océanos de plástico…

Y así cuarenta y nueve, cincuenta, cincuenta y una, cincuenta y dos…

No sé si es que no hay suficientes razones, o que iniciar el procedimiento agota más de lo que yo pensaba, pero empiezo a olvidar por qué puse en marcha el fin del mundo.

Aunque eso da igual; lo que sí recuerdo es que había razones, y razones de peso.

Mientras la Tierra tiembla bajo mis pies, y todo lo que he conocido, temido, amado y odiado desaparece poco a poco ante mis ojos, me pregunto cómo sonará el eco del vacío.

No hay respuesta.logo-zenda-v3_mini

Escoria

Te odio, aunque no te lo merezcas.

Te odio desde lo más profundo de mi ser, desde los leucocitos y hematíes que recorren mi cuerpo, desde la grácil estructura helicoidal de mi ADN.

Yo te odio.

Y no te lo mereces.

No te lo mereces porque el odio es una molestia enorme, un esfuerzo que supone sentirte mal cuando ves, oyes o tan siquiera dibujas en tu mente a la persona objeto de esa inquina. Y ello en sí es una contradicción porque, si alguien es lo bastante inmundo como para que le odies, no merece ese esfuerzo.

Pero yo te odio. Soy así de imperfecta.

Así, y enraizado en esa malsana aversión, ha crecido el sueño de que llegue el día en el que una poderosa fuerza de la naturaleza te haga implosionar. Sí, implosionar y no sencillamente explotar, de manera que, cuando esa fuerza te destruya, la porquería que toda tú constituyes vaya hacia dentro, y no salpique a los seres decentes que viven a tu alrededor.

Entonces, y del agujero negro que surgirá de tu destrucción, una fuerza poderosa absorberá a toda tu casta, y el universo será un lugar mucho más armonioso y tranquilo.

Naturalmente, esto es sólo un sueño, pero soñar me ayuda a sobrellevar el hecho de que me haya tocado conocerte, me haya tocado verte, oírte, sufrirte.

Tú, que sólo ves telebasura, que disfrutas oyendo a personajes rocambolescos lanzar imprecaciones de guión envueltas en esputos accidentales. Tú, que abres la ventana a las tres de la madrugada para que todos puedan comprobar el nivel ensordecedor que puede alcanzar el volumen de tu televisor, tú, que sacas la basura al descansillo y la dejas ahí durante ocho horas seguidas, para que las moscas puedan darse un festín con tus cáscaras de plátano. Tú, que eres capaz de decir una frase de ocho palabras en la que siete son palabrotas de contenido obsceno y sexual, palabras llenas de pelos y hedores. Tú, que dibujas una aberración goyesca de mandíbula desencajada en risotada grosera y zafia, al ser increpada por alguna incorrección, o solicitada para la buena convivencia…

Tú eres el objeto de mi odio.

Tú y toda tu progenie, la de los escupitajos en la escalera, la del reggaeton a toda leche que hace vibrar las paredes del edificio.

En la expresión máxima de lo que constituye una lacra, una peste para la humanidad, has logrado multiplicarte y dar a luz a toda una estirpe de engendros repugnantes que no aportan nada al mundo, y sí resultan, en cambio, una carga para la sociedad.

Matriarca de una ralea parasitaria, tus hijos y tus nietos, que comparten tus aberrantes modales y tu ignorancia supina, maman de la teta del estado, sin haber completado jamás la educación básica, pero beneficiándose de los subsidios que esta sociedad absurda otorga a yonkis, ex presidiarios y padres adolescentes -porque esa es otra, os reproducís como conejos, en una ignorancia del uso de anticonceptivos impropia del siglo XXI-.

Mientras, padres de familia desempleados, jóvenes con carrera y gente de bien no recibe del estado ni un triste buenos días. Tal es nuestra sociedad, que premia la conducta inapropiada, la falta de ambiciones, la estulticia de seres lobotomizados por la verbena de la tele.

Y así, con mis impuestos, pago tu Sálvame de Luxe, tu reggaeton y tu factura de la luz. Y pago también las naranjas cuyas mondas vas a dejarme al día siguiente en la puerta, orladas por el vuelo de unas moscas que pincelan el retrato perfecto de la inmundicia.

Escoria.

Eres escoria.

Como tú, hay muchas personas que constituyen vías muertas en la trayectoria de la humanidad. Sois abortos de la raza humana, callejones sin salida que terminan en un muro sucio con rincones hediondos de orina y oscuridad.

Sois obstáculos para la evolución, para la comunidad, para el respeto y la armonía.

Vuestras vidas no sirven a nadie, ni siquiera a vosotros mismos.

Sois basura.

Como la que dejas en la puerta.

basura escorialogo-zenda-v3_mini