LA TRAGEDIA DE EL PUERTO DE SANTA MARÍA

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Atardece en El Puerto y sopla una ligera brisa que ayuda a paliar el calor. Estamos a mediados de mayo, pero el ambiente es claramente veraniego. Los turistas ya empiezan a invadir las playas y los paseos. Las terracitas, tanto tiempo añoradas en tiempos de pandemia, comienzan a llenarse de bulliciosos visitantes ávidos de vida social.

Son las cinco de la tarde, y entre los pinos de Las Dunas de San Antón la suave corriente se materializa en una música relajante, producto del roce entre las copas de los árboles que se mecen. Picarazas, abubillas, tórtolas y mirlos endulzan el ambiente con su melódico canto. La atmósfera es perfecta para relajarse e invita a la meditación. Sentada sobre un tronco, contemplo el espectáculo incomparable de las dunas que dan paso a la playa, cuyas aguas diáfanas reflejan un cielo azul inmaculado.

Respiro hondo y cierro los ojos. Hacía ya mucho tiempo que no visitaba este rincón mágico y, realmente, necesitaba romper con la rutina. Entonces lo oigo.

Un sonido machacón rompe bruscamente el encanto. Se diría que alguna discoteca quiere madrugar. ¡Si son las cinco y diez de la tarde! El desagradable soniquete es inconfundible; a toda hostia, una especie de mezcla entre hip hop y reguetón, envuelta en sonidos electrónicos, da paso a esa aberración que es el autotune, un invento para convertir en cantantes a personas que tienen tanto oído musical como un membrillo cocido. Es trap, ese aborto de música diseñado para consumidores de basura.

Roto el idílico instante, me marcho del pinar y me dirijo al sitio que he elegido como descanso, un camping cercano. Mi huida es, sin embargo, inútil. Desde la zona de bungalós, ese incesante chumba pumba sigue taladrando mis oídos -los míos y los de cualquier ser vivo que los tenga- a dos kilómetros a la redonda.

La tropelía se comete un día tras otro, a excepción de los martes (o al menos, el único martes que he estado en la zona). Es posible que el local cierre ese día por descanso. Con el suyo, desde luego, viene el de resto de habitantes de la zona, que sólo un día a la semana pueden dormir la siesta, leer un libro o, simplemente, escuchar una música apta para quienes tengan en el cerebro algo más que una neurona solitaria. El establecimiento en cuestión se encuentra ubicado en ese monumento a la cutrez que es Puerto Sherry, un lugar con pretensiones de glamour que ha resultado ser un fiasco engendrado en los ochenta y que ha desembocado en un malparto informe, con edificaciones a medio terminar, solares desangelados e infraestructuras deficientes.

En términos generales, mi vuelta al escenario de inolvidables aventuras de juventud ha sido una desilusión. El paseo marítimo que se construyó hará unos veinte o treinta años, rompiendo el encanto de un lugar incomparable en el que el pinar se fundía con la playa, hace ya tiempo que está deteriorado. Pintadas negras manchan todo el recorrido, sólo para exponer frases absurdas en inglés que deben ser las únicas que conoce el que posee el bote de spray. No se salva ni un metro del paseo, a lo largo del cual, además, y como tumbas en un apocalipsis zombi, emergen adoquines amenazantes con los que uno se tropieza constantemente, en un serio peligro para la seguridad del viandante. El mismo mal aqueja al carril bici, un auténtico reto para ciclistas avezados, pero una promesa de lesiones graves para los menos habilidosos, las personas mayores o los niños.

Una isleta circular de cemento tiene como protagonista central lo que en tiempos fue una farola, de la que ahora sólo queda una peana hueca en la que la gente deposita desperdicios. Lo mismo ocurre con lo que otrora fuese una fuente, un templete, un reloj de sol… Todo abandonado.

Por si fuera poco, tanto el pinar como el paseo y por supuesto la playa, se hallan sembrados de excrementos de perros. Propietarios incívicos de mascotas de diversos tamaños las dejan allí sin miramientos, para disgusto de bañistas y paseantes. Supongo que pensarán que, a fin de cuentas, aquello no es más que campo y playa… (alguien debería hacerles notar que son ese campo y esa playa lo que atraen el turismo y, en consecuencia, la bonanza económica para la zona).

En conjunto, pasear por un sitio que podría ser encantador se ha convertido en una carrera de obstáculos, muchos de ellos bastante peligrosos, algo que parece ignorar una administración indolente (que, por lo visto, también ignora que toda muerte o lesión producida por una vía de su competencia le haría directamente responsable de ellas).

El Puerto de Santa María es un paraíso, sin duda, pero es un paraíso ultrajado y abandonado. Constituye todo un reto no volver a casa con la cabeza abierta y los zapatos llenos de mierda de perro.

Es curioso, no obstante, el continuo lavado de cara que se le hace a la zona. Diariamente, empleados municipales recogen los desperdicios de la playa, pero sólo papeles, botellas y latas. Las colillas -también abundantes y nefastas para el medio ambiente- y las cacas de perro se quedan allí como regalo para los que quieran tomar el sol. Igualmente llama la atención que algunos de los vehículos de la flotilla municipal, en los que reza el eslogan “todos hacemos El Puerto sostenible”, produzcan un denso humo negro, altamente tóxico, que tarda tiempo en elevarse y que deja un desagradable olor a su paso.

De cara a la ya inminente temporada estival, además, se han blanqueado algunos elementos urbanos del paseo. También la isleta de la farola ausente, que sigue siendo una papelera improvisada que nadie vacía jamás. Eso sí: ahora se aprecia más que nunca la ausencia de la farola, tan radiante les ha quedado. En suma, la gestión municipal se traduce meramente en lo que viene siendo maquillar la dejadez, ni más ni menos.

Un ejemplo que representa a la perfección el estado de El Puerto de Santa María es su vaporcito. El icónico barco, que se hundió en 2011, se pudre bajo el sol y los elementos, después de que las distintas administraciones hayan planeado su recuperación en varias ocasiones. A día de hoy, constituye el monumento perfecto para reflejar la nefanda gestión local de todo el municipio.

Son las siete. El personaje animado que habita en mi imaginación ha bombardeado ya mentalmente una docena de veces ese sitio infame al que la administración permite atropellar impunemente a la población propia y foránea con sus decibelios. Alguien debería sugerirle a los responsables de ese bar que, en su mayoría, la gente que acude a un lugar tan idílico viene buscando paisajes de playa, música suave y tranquilidad. A fin de cuentas… ¿quién va a bailar esa abominación de trap, y menos a las cinco de la tarde? (También suena a toda leche a las diez de la mañana). Desde aquí, un consejito a los propietarios: los pubs tropicales, con temática polinesia o hawaiana, nunca pasan de moda. ¿Qué tal si prueban eso? También podrían experimentar con chill out, el swing o incluso “música de ascensor”.  Cualquier cosa menos esa mamarrachada machacona. Y por supuesto, a un volumen que permita a los demás continuar con su vida pues, aunque alguien les haya podido convencer de lo contrario, ni ustedes son el ombligo del universo, ni todo el mundo tiene tan mal gusto.

En conclusión, mi estancia en El Puerto de Santa María ha resultado ser una gran decepción. Lástima que los portuenses de bien tengan que perder tanto por culpa de ciudadanos incívicos y de una administración perezosa que sólo busca cubrir el expediente.

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