UN DÍA

Hoy alguien ha muerto. Y alguien ha nacido.

Y no nos damos cuenta.

En una cama de hospital, una mujer de treinta y nueve años que ya no esperaba ser madre, sostiene en sus brazos a un bebé arrugado y rojizo, mientras sus familiares debaten si se parece más a papá o a mamá.

Mientras, en el tanatorio, unos serios dolientes se agrupan en torno a un féretro, en el que yacen los restos de un anciano. Tal vez era una buena persona, alguien querido, y los suyos tienen el corazón roto. O quizás era un cabrón y un capullo, y los asistentes se afanan por encontrar algo amable que decir de él. Ya se sabe, no hay que hablar mal de los muertos, aunque no se trate de una cuestión de respeto, sino más bien del miedo que nos produce la idea de que el espíritu del finado vuelva para atormentarnos.

-Aurelio, se va a llamar Aurelio, como mi padre.

-Hija, ese no es nombre para un bebé, sino para un señor mayor.

-Pues yo quiero que se llame Aurelio.

Andrés, el celador, oye la conversación al pasar junto a la habitación. Está de mal humor, porque el médico le ha puesto a dieta, y sólo ha desayunado una manzana y una mandarina, pero a él lo que le gustan son los molletes tostados con fuagrás. Hum, deliciosos molletes calentitos y crujientes con su miga blanda untados con una buena cantidad de fuagrás, gruesa como un filete. Se le hace la boca agua de pensarlo y le rugen las tripas, por eso contesta de mala manera a una señora que pregunta por radiología.

-Yo lo que me pregunto es qué va a pasar con la casa, porque son cinco hermanos, y ni se hablan.

-Pues tocará repartir, se hablen o no se hablen.

-Sí, y después de Hacienda, lo mismo les queda para pipas.

Se ríen.

En la recepción, una cuarentona con pelo oxigenado y raíces negras habla por teléfono. No piensa volver a Cuqui’s, porque le han dejado las uñas fatal. Hay mucho intrusismo en la profesión estética. Hoy cualquiera se cree que sabe hacer las uñas.

Fuera, Sara enciende un pitillo, apoyada en el coche. En realidad no tenía ganas de fumar, pero necesitaba una excusa para salir del tanatorio. “Qué mal gusto exponer un cadáver como si fuese un cerdo en una carnicería. No pienso permitir que me hagan lo mismo cuando me muera”.

El cielo de febrero está despejado, y deja pasar unos reconfortantes y pálidos rayos de sol.

Los siente en su rostro Sara, mientras exhala el humo del cigarrillo, y lo siente Pablo, el feliz y tardío papá que ha salido a tomar un café después de esa larga y emocionante noche.

Hoy alguien ha muerto y alguien ha nacido.

Nosotros también nos estamos muriendo y estamos viviendo.

Y no nos damos cuenta ni de una cosa ni de la otra.

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