Al infierno.

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Caminaba con paso rápido, para no llegar tarde.
Últimamente siempre llegaba tarde.

Había parado en un Mercadona para comprar algo de comer, algo que pudiera devorar mientras llegaba. Unos colines integrales fueron el objeto de su elección, y mientras abría la bolsa cruzó por el paso de cebra.
Se llevó uno a la boca y lo engulló con fruición, dejando caer miguitas por todas partes.

Estaba hambriento. Se sonrió al pensar en “Buzo”, su perro; probablemente en ese momento no se diferenciaban mucho en la manera de comer. “Buzo, joder, ni que te matara de hambre”, solía decirle. Pero un perro es un perro, ya se sabe.
Llegó a la esquina de la perfumería con el teatro. El semáforo estaba en rojo, pero tenía prisa, así que cruzó apresuradamente.

Lo último que llegó a ver fue la bolsa de colines despachurrada en el pavimento.

¿Qué ha sido eso? -preguntó mientras seguía al joven por los pasillos.
-”Un BMW”
-”Mierda, y los colines se han quedado en mitad de la calle, con el hambre que tengo”
-Bueno, yo de ti no me preocuparía ahora por eso.
-Ya, bueno, sólo son 60 céntimos, pero me muero de hambre. Casi le pego un mordisco a la cajera del supermercado por hacerme esperar.
-Lo sé. De hecho llegaste a desear la muerte a aquel individuo que discutía por el cambio.
-Sí, menudo idiota….

Roberto se paró en seco. “Un momento” se dijo “¿Dónde estamos?”
-”En el Infierno, naturalmente” – contestó el joven- ¿Dónde si no? Lucifer para servirte… bueno, es un decir.

Roberto se quedó inmóvil durante un segundo.
Su anfitrión le apremió: ¡Vamos!
Sin saber por qué reanudó la marcha, pero ya no llevaba el paso apresurado de antes. Titubeó antes de decir:
-Esto… es una broma, ¿verdad? Tiene que ser una broma. Yo tengo que ir a la oficina, y mi novia me está esperando esta tarde para ir a elegir unas cortinas…
-Lo lamento, dijo Lucifer aparentemente consternado- en serio que lo lamento. Sé que da rabia quedarse con los planes a medias, pero en realidad esto siempre le pilla a la gente con sus planes a medias… ya sabes: Todo el mundo quiere hacer cosas… siempre.

-Pero… ¿es que no vas a explicarme nada?
-¿Qué hay que explicar?
-Puuuesss… ¿Por qué estoy en el Infierno?
-Básicamente porque estás muerto. Requisito indispensable donde los haya -apuntó Lucifer.
-Ya…bueno, uf… un momento. Así que estoy muerto. ¿Me han atropellado?
-En efecto. Cruzaste sin mirar. Claro que es verdad que aquel hijo de puta iba demasiado deprisa. Pero míralo por el lado bueno: ahora mismo está pasando el peor trago de su vida.
-No es que me anime mucho saber eso -se había detenido- pero… ¿por qué en el Infierno?
-Tú sabrás. No pretenderás que yo analice los motivos de cada uno.
Roberto sintió que le invadía una extraña fuerza, mezcla de miedo, indignación e impotencia.
-Pues no, no lo sé. Soy una buena persona. Quiero a mis padres, a mi novia y a mi perro. Reciclo el vidrio, no soy infiel y hago la declaración de la Renta. No señor, no sé por qué estoy aquí.

El joven pareció compadecerse de él. A Roberto le costaba creer que aquel tipo tan educado y cortés fuese el demonio. Iba bien vestido, juvenil, pero elegante. Su voz era armoniosa y sus rasgos suaves. Incluso era guapo. Mientras que el recién llegado mantenía los brazos en jarras, la mirada hacia sus zapatillas deportivas, y el gesto compungido, Lucifer puso una mano sobre su hombro, como tratando de consolarle. A Roberto se le saltaron unas lagrimitas, pero procuró no desmoronarse.

-Mira -le dijo el joven- no hay nada que yo pueda hacer al respecto. Ni siquiera puedo ponerme borde contigo, no es mi estilo, pero comprende que tengo que hacer mi trabajo.

-Bueno, -dijo medio resignado- ¿puedo saber por qué he ido a parar al Infierno?
Lucifer sonrió.
-Venga, piénsalo.
-No estoy en condiciones de pensar ahora mismo, la verdad.

Lucifer estaba dispuesto a colaborar. Le dijo:
-Bueno, ¿recuerdas cuando, de pequeño, robaste aquellos chicles de la tienda del señor Bustillos?
Roberto no daba crédito.
-…sssí, pero…
-¿Y recuerdas aquel día que te quedaste con el dinero del cambio del pan, y le dijiste a tu madre que te lo habían robado unos chicos?
-Pu pues sí… pero yo no…
-¿Y todas las veces que te dejaste la tapa del inodoro levantada, sabiendo que tu novia lo odiaba?

-Sí, claro, recuerdo todo eso, pero… venga ya, no me irás a decir que uno va al infierno por esas tonterías.

Lucifer cambió de expresión. Se puso repentinamente serio, como ofendido. Pero enseguida recompuso el gesto.

-”Amigo mío, uno va al Infierno por las cosas que piensa que merecerían el Infierno. Sencillamente.”

Roberto se paró a meditarlo. Era cierto. Durante años se había sentido culpable por lo de los chicles del señor Bustillos. Un hombre tan amable, que a veces le regalaba un caramelo cuando iba a hacerle algún recado a su madre… …su madre, a la que por cierto, sí que le había sisado el dinero del cambio. Y también era verdad que, viendo a Miranda ofuscada por su continua dejadez, tan dulce y paciente como era ella, a veces se había sentido merecedor de algún tipo de castigo.

.
Pero no podía creerse que aquel tipo tan amable, tan educado, tan comprensivo, fuese a llevarle a los fuegos eternos, al dolor y al sufrimiento.

Aún tenía el regusto de los colines en su boca. Y aún tenía hambre.
Leyéndole el pensamiento, Lucifer le dijo:

-Eso va a ser difícil de arreglar.
-¿El qué?
-Lo del sabor a colines. Me temo que fue lo último que comiste, es decir, lo último que estabas haciendo. Y como quiera que te quedaste con hambre…
-¿Voy a estar con sabor a colines hasta que me muera?
Apenas había terminado de pronunciar la última palabra, comprendió que morirse, lo que se dice morirse, pues como que no iba a ocurrir.
Mentalmente cambió la palabra por la de “eternidad”.
-Fantástico. Voy a arder en las llamas eternas con regusto a colines del Mercadona…

-Bueno, bueno… eso de las llamas… -Lucifer se sonrió- Vaya imaginación tan morbosa que tenéis los mortales.
-Ah, que no hay llamas. Entonces… ¿qué es el Infierno?

Adoptando nuevamente el mismo soniquete, Lucifer explicó:
-”El Infierno es aquello que uno cree que es el Infierno”.

Roberto hizo una rápida pasada por su concepto del Infierno, pero por más que lo intentaba no veía otra cosa que los calderos y las torturas que le habían descrito en su niñez.
Sin embargo, sí se acordó de algo que al respecto le había dicho una vez su novia:
“El Infierno es un lugar donde siempre es Lunes a las siete, te levantas y has engordado dos kilos, tienes un grano horrible en la frente y te ha bajado la regla”.

“Pobre Miranda” -pensó, sin atreverse a determinar en qué podría consistir su propia versión del Infierno.

Por fin se detuvieron. Estaban frente a una puerta gris, al final del largo pasillo. Lucifer tendió su mano a Roberto.
-Ha sido un placer. Espero que la eternidad se te haga llevadera. Ya sabes; Sin rencores, ¿eh?

-Cómo… ¿te vas?
-Claro. ¿Qué demonios pinto yo aquí? Hizo hincapié en lo de “demonios”, y soltó una carcajada extraña, como hueca. Le abrió la puerta y le invitó a entrar.

Lo que se presentó ante Roberto lo dejó mudo; Estaba en su oficina, ese sitio lúgubre, bajo la luz mortecina de los fluorescentes. Como siempre, el que estaba sobre su mesa parpadeaba. Tenía un montón de papeles apilados, y el ordenador hacía el mismo ruido infernal.

El reloj marcaba las ocho de la mañana.
Se sentó en su silla y permaneció inmóvil durante mucho tiempo, sin saber qué hacer. Sólo esperaba, y esperaba… ¿esperar qué?
Las manecillas del endemoniado reloj no se movieron un ápice.

Miranda tenía razón. Seguro que además era lunes.
Y no tenía la regla, pero tenía hambre.
Ni siquiera era un hambre de morirse. No era un hambre dolorosa. Era molesta, irritante.
Pero lo peor es que no podía esperar que las cosas cambiaran. En realidad no podía esperar nada. Y sólo tuvo conciencia del significado de la “eternidad” cuando se dio cuenta de que ese año no tendría vacaciones. En realidad, ni siquiera tendría “año”…

Le entraron ganas de llorar.

Inesperadamente, el teléfono comenzó a sonar.
En un primer instante Roberto lo miró con miedo. Luego con expectación. ¿Sería Lucifer para ver cómo le iba? En cualquier caso le daba igual. Necesitaba hablar con alguien, explicar que todo había sido un error, que él iba a ser bueno, o que en realidad nunca fue malo.

Descolgó el teléfono, pero éste siguió sonando.
No podía creerlo. En sus peores visiones del Infierno no existía un teléfono sonando incesantemente. Eso seguro.
Miró el auricular incrédulo. Luego de nuevo las teclas. Luego nuevamente el auricular…

Entonces se dio cuenta de que no tenía en las manos un teléfono, sino un despertador que sonaba de manera desesperada.

Pegó un brinco; ¡Estaba en su casa, en su cama!
A su lado, Miranda dormía.
Era extraño; ella siempre se despertaba la primera, porque tenía un sueño muy ligero, y aquel chisme había estado sonando un buen rato.
La oía respirar profundamente. Sintió ganas de abrazarla, pero no la quería despertar; A juzgar por su expresión, sus sueños debían ser mucho más agradables.
Se levantó y fue al baño a echar una larga meada.

Y luego… luego bajó la tapa del inodoro.

Al tirar de la cisterna, le pareció oír una carcajada hueca.

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