Parias, frikis y modas

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Llevo unos días tarareando para mis adentros una canción ochentera de Golpes Bajos. Hace eones que no la escucho, y ni siquiera es una de mis favoritas, pero es la respuesta mental a una cuestión que me da vueltas en la cabeza desde hace ya algún tiempo.

En concreto, la frase que se repite es “Colecciono moscas…¿y qué?”.

La voz retadora del inolvidable Germán Coppini acude a mi mente una y otra vez, mientras me enfado con el mundo sin que el mundo se entere. Total, que soy yo la única perjudicada.

Supongo que debería haber aprendido ya, a esas alturas de mi vida, a ignorar a la gente, y cuando digo “gente” me refiero a ese bulto que no son personas, es decir, a la masa conformada por individuos que deberían serme ajenos por no aportarme nada.

Buscando ya la cincuentena, me doy cuenta de que esto no es sino un patrón; fui una paria de pequeña, he sido una paria de joven, y sigo siendo una paria en el camino hacia la vejez. Lo curioso es que, cuando uno es calificado como “rarito” por el resto, normalmente el aludido es el último en saberlo.

El motivo de mi reflexión es uno de mis hobbies. Digo uno porque tengo muchos: dibujar, pintar, hacer fotografía, leer, coleccionar…

De este último viene el tarareo que no se me va de la cabeza.

Cuando era pequeña, a los diez años o por ahí, mi abuela me dio una curiosa moneda con un agujero en el centro. Nunca había visto ninguna así, y me encantó. Eran cincuenta céntimos de los años de la posguerra, “un objeto antiquísimo” (para una niña de diez años).

A partir de aquella primera moneda comencé a buscar y reunir más, aunque claro, no era una colección valiosa ni mucho menos. Pero, tal y como yo lo veo, el valor de una colección no es el meramente económico. El objetivo del coleccionismo es la búsqueda en sí misma del objeto deseado, cuya consecución lleva a iniciar una nueva. Ahí está el aliciente, aunque también en cuidar, conservar y organizar metódicamente la colección.

Además, el coleccionista tiene un perfil concreto: es meticuloso, ordenado, curioso y un pelín obsesivo. Y yo soy coleccionista.

Con respecto a mi primera colección, que aún conservo, no es que me interesasen las monedas en concreto; lo que me gustaba era la actividad en sí, pues además de ellas, reúno y busco otros objetos, como tarjetas navideñas, postales tridimensionales, ilustraciones y objetos de Ferrándiz y algunos artículos vintage.

Ah, se me olvidaba; también colecciono muñecas.

A estas alturas de mi relato algunos de vosotros, lectores, ya habréis enarcado una ceja.

Curioso, ¿no?

Parece ser que, en esto del coleccionismo, hay cosas que dan caché y cosas que lo quitan. Cosas que te hacen parecer tonto, o loco, o raro, o todo ello junto.

Recuerdo que, hace un par de años, una profesora de la facultad, al enterarse de mi afición, me llamó “Norman Bates”. Así, sin anestesia ni nada. La profesora en cuestión había estado interesada en que hiciese con ella mi trabajo de fin de grado, e incluso pretendía una colaboración entre nosotras, en la cual yo impartiría alguna de sus clases.

Le había gustado mi modo de expresarme, mi vocabulario, mi soltura hablando en público y algunos de mis planteamientos, ensayos y trabajos.

Sin embargo, al conocer que coleccionaba muñecas todos aquellos proyectos se diluyeron como por arte de magia.

Al parecer, uno tiene que ser un psicópata –y gustar de apuñalar a la gente en la ducha- para coleccionar muñecas.

Pero no fue ella la única. Otras personas de mi entorno también me miraron como si hubiese perdido la cabeza al mencionarles mi afición, hasta que finalmente opté por no comentarlo con nadie. Y lo que es más: procuré que no se supiera, ocultándolo como si fuese alguna extraña perversión o algo vergonzoso.

Sí, lo confieso; consiguieron hacerme sentir patética y ridícula. Se ve que, a pesar de la edad, no he conseguido alcanzar el necesario estado de indiferencia ante los juicios ajenos.

En cualquier caso, cuando un amigo viene a casa, se encuentra con que, en el reducido espacio de mi diminuto piso, hay una habitación invadida de muñecas.

He observado que la mayoría no dice nada sobre ellas, y es precisamente ese silencio lo que resulta más revelador. No creo que deje indiferente a nadie entrar en una habitación por primera vez y encontrarse con decenas de pares de ojillos de cristal observando desde las estanterías, armarios y muebles.

Pero no dicen nada, y eso me lleva a la conclusión de que lo que piensan no es demasiado bueno.

Algunos otros sí dicen algo a veces; sueltan los tópicos de siempre. Que si no me da miedo que por la noche me apuñalen –mira que se obsesiona la gente con los apuñalamientos- o que si las tengo para jugar. Esto último parece preocuparles mucho. Por lo que se ve, los adultos no juegan. O al menos no con muñecas. Y es que, como ocurre con el coleccionismo, en el tema de los juegos también hay clases.

Por ejemplo, jugar a videojuegos siendo adulto es algo muy molón. También puedes participar en juegos de rol, ir a disparar pintura a tus amigos, o echar una partida de cartas sin que  nadie cuestione tu madurez y buen juicio. Pero lo de las muñecas no está bien visto. No; lo de las muñecas sólo lo hacen los Norman Bates de la vida.

Poca gente se para a pensar en que nunca dejamos de jugar. Jugamos cuando nos reunimos en una fiesta, jugamos online, jugamos en la cama… Los juegos son parte de la vida, pero después de los doce años no se te ocurra jugar con muñecas.

Y la cosa es que yo no juego con ellas, o al menos no al uso.

El juego infantil imita a la vida, y en él tratamos de realizar todas esas cosas que no nos dejan hacer los mayores. Esto no es necesario cuando eres dueño de tu vida, pero hay otras clases de juegos.

Yo, por ejemplo, combino mi pasión por la fotografía con mi pasión por las muñecas, y pienso que eso es una manera de jugar con ellas.

Y no le veo nada malo, la verdad. De hecho, no puedes jugar con una colección de monedas, pero con las muñecas sí, de manera que en cierto modo es un tipo de coleccionismo mucho más rico.

Pero claro, tampoco puedes decir que las disfrutas y que a veces incluso les hablas. Y aquí viene otra distinción preocupante: puedes pelearte con el ordenador, hablar con la tele o enfadarte con tu coche, pero nunca, NUNCA, hables con tus muñecas. (Si lo haces, el otro pone la cara de Janet Leigh en la ducha).

Vale, lo de que me comparasen con el asesino de Psicosis me afectó, pero ni remotamente tanto como me afectan las risitas de los más cercanos. Y es que, a la hora de ser rarito, es preferible que te tomen por loco a que te tomen por tonto.

Como a una tonta, en efecto, me trató el novio de una amiga, un mozalbete al que le saco veinte años de ventaja, cuando, con sorna, y en tono paternalista, me dijo que por qué no pintaba cuadros de mis muñequitas… Su novia, amiga de toda la vida, persona muy querida por mí, hizo lo posible por aguantar la risa. Se veía a las claras que habían estado hablando del tema.

Tal vez le habría increpado si no hubiese estado sentado a mi mesa, pero mi sentido de la cortesía me impedía ser grosera con un invitado. En lugar de decir nada, le ayudé a constatar que yo era, efectivamente, tonta, no dándome por aludida ante su muestra de “fina ironía”.

Pienso en Golpes Bajos de nuevo, pero esta vez en otras canciones que me gustaban más. Me da por recordar cuando bailábamos al son de “A santa compaña” o “Malos tiempos para la lírica”. Eran los años ochenta, y entonces también tenía que aguantar que la gente me considerara loca o tonta, pues al parecer había que serlo para “llevar esos pelos y esa ropa”.

Pienso en ello, en cómo nunca he dejado de ser una rarita, pese a tratar de evitarlo con todas mis fuerzas.

Y pienso también en la hipocresía de ese muchachito, friki de pose, con su historial de videojuegos, cosplay, salón manga y Harry Potter.

Frikismo de merchandising, que eso sí está bien visto.

Ahora, que ya hay incluso un “día del orgullo friki”, pienso en las personas que durante décadas fueron víctimas de mofa y escarnio por leer cómics, ser fans de Star Trek o participar en juegos de rol.

Pienso en cómo la moda puede llegar a tergiversar algo hasta tal punto que ser raro sea la norma, o sea, que te convierta en raro no serlo.

Pienso en cómo esos frikis de postal siguen, a fin de cuentas, oprimiendo a aquellos cuyas aficiones se salen del estándar aprobado por la sociedad.

Hipócritas.

Puede que yo sea rara, pero al menos no soy una rara de pega.

Parafraseando al inolvidable Germán, colecciono muñecas, y qué.

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