La infamia de haber vivido.

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Abro Facebook y veo un vídeo de personas mayores bailando. La descripción: “abuelos con marcha”. Y me descubro a mí misma haciendo una mueca de disgusto.
El epígrafe es lo que me molesta, por supuesto.

Cuando vemos estas cosas, solemos decir o escuchar comentarios jocosos, paternalistas, condescendientes y hasta críticos.
Se ve que una persona mayor tiene que demostrar “dignidad”, y no hacer lo que le pida el cuerpo, por más capacidad que tenga para ello. Y aun cuando se trata de comentarios supuestamente positivos, la actitud que observo es la de condescendencia, como la que se tiene ante un niño pequeño, o ante alguien que no rige.

Pero lo de “abuelos” es lo que más me fastidia.
Me cabrea sobremanera que a las personas de cierta edad se les llame de ese modo, como haciendo una gracieta. Yo no tengo hijos, ¿qué pasa? Así que no voy a ser abuela. Además, en esta sociedad etaria, parece ser que sólo eres lo que tu edad dicta. Pues no.

Hay personas mayores que son unas cabronas, y personas mayores que son encantadoras. Hay jóvenes inteligentes y jóvenes gilipollas. Hay racistas y violentos entre los adolescentes, y también los hay entre los octogenarios. Así pues… ¿Cuál es el sentido u objeto de calificar a las personas por su edad?

A menudo, cuando en los medios se da una noticia, se escucha que “un joven ha sido atropellado”, o “un anciano ha matado a su esposa”, por ejemplo, y la importancia del mensaje cambia en función de la edad que tenga la persona.

Considero que, a no ser que estemos hablando de cuestiones en las que la edad juegue un papel fundamental, en cuyo caso se puede mencionar por formar parte importante de la información, (véase, “una mujer de 55 años da a luz”), con la excepción de esos casos, digo, no deberíamos clasificar a las personas por los años que tienen, y mucho menos, incluirlos en franjas definidas de un modo tan abstracto como “anciano” o “joven”. Sobre todo, porque hay ancianos de 15 años y jóvenes de 70, y esto no es un tópico de esos que se dicen para quedar bien; La gente que no aprende nada nuevo, que engulle telebasura, ésa que se cree todo lo que rula por Internet sin cuestionarlo, la gente que se baja el tono machacón de moda en el móvil o que censura cualquier cosa nueva o distinta, ésa sí es vieja, con independencia de su edad. Los otros, los que siguen innovando a pesar de haber superado hace tiempo los sesenta, los que siguen aprendiendo, los que abren su mente, los que son receptivos, tolerantes, alegres, creativos…. Esos son jóvenes, así tengan ochenta, noventa o cien años.

Recuerdo que hace algún tiempo vi en las noticias a una chica a la que estaban entrevistando varios medios. La causa era que habían atropellado y matado a su padre, de 72 años. La desconsolada mujer gritaba ante la cámara, explicando entre lágrimas:
“Lo peor es tener que escuchar en la radio y en la tele que han matado a un ‘anciano’. ¡No era un anciano, era mi padre, mi padre! ¡Una persona! ¡Un buen hombre!”
Yo puedo comprender perfectamente la naturaleza de su clamor. Los que transmitían la noticia estaban desposeyendo a su padre de toda entidad humana, reduciéndolo a un número, el de su edad, una edad que lo clasificaba dentro de un parámetro determinado, de un estereotipo con un valor definido por la sociedad que poco o nada tenía que ver con su propio valor como persona. Además, parece ser que si muere una persona mayor, “importa un poco menos, porque total, ya ha vivido”.

Pienso en cómo me sentiría yo si estuviese en el lugar de esa chica. Yo quiero a mis padres, que son personas activas, buenas, trabajadoras, cariñosas, inteligentes… ¿No puede emplearse cualquiera de esos términos para hacer alusión a ellos? ¿Deben ser definidos en base a su edad? ¿Es imprescindible que los metan en una casilla tan absurda y poco objetiva y que ésta determine su valía, su condición humana? ¿Por qué no dar la noticia como “han atropellado a un voluntario social”, o “han atropellado a un mal vecino”? ¿No son parámetros válidos?
Pues parece ser que no. Por lo visto la edad lo determina casi todo en esta sociedad.

Y a la vista de la situación, no puedo evitar plantearme qué soy yo en función de esta ley no escrita que nos juzga y nos condena según el número de veces que hayamos visto salir el sol. A saber:

Cuando yo era una adolescente era inteligente y despierta, y tenía sentido del humor. Entonces era una chica divertida.

Cuando fui un poco más mayor, era inteligente y despierta, y tenía sentido del humor. Entonces era una mujer interesante.

Unos años más tarde, sigo siendo inteligente y despierta, y tengo sentido del humor. Y ahora soy “una señora muy cachonda”…

Supongo que, con independencia de que no haya tenido hijos, cuando tenga sesenta o setenta, tendré que escuchar que soy una abuela graciosa y medio majara… Pues no.

Una persona es lo que es, y si mi cuerpo envejece es porque no me he muerto todavía. Dado que la alternativa a la vejez no me convence, no me queda otra que asumir el paso de los años por mi cuerpo mortal.

Pero lo que más me fastidia es que, el hecho de que mi mente siga divirtiéndose, abriéndose al aprendizaje y tratando de comprender y mejorar, se traduzca en la desaprobación de los que “se comportan acorde a su edad”, lo que en general significa que hay que lucir un rictus de hastío, un velo de amargura y, en definitiva, la actitud de quien ha sido domesticado por el sistema. Y esto es prácticamente la norma, habida cuenta de que sufrimos -todos- las consecuencias de un lavado de cerebro que comienza apenas tenemos uso de razón.

En el mejor de los casos, es decir, cuando me expreso ante gente más abierta, ya sea haciendo bromas en la cola del súper, imitando voces de dibujos animados en una reunión o, en definitiva, siendo espontánea y creativa, todo lo que consigo es que la gente comente “con simpatía” que me falta un tornillo, y que eso “está bien, porque no hace daño a nadie”.

Pero tanto los zoquetes con mente de ladrillo como los más tolerantes, todos ellos, en función del ya mencionado lavado cerebral, acaban expresando de algún modo que “a mis años, ya debería comportarme de otra manera”.

A lo mejor lo que debería comportarse de otro modo es la sociedad, y asumir de una puñetera vez que la edad la determina una mirada más o menos curiosa, un afán mayor o menor por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo, un modo de actuar y conducirse más o menos útil a la comunidad y a uno mismo. Y, en cualquier caso, sea cual sea la edad en cuestión, ésta sólo es un parámetro de los muchos a tener en cuenta a la hora de tratar, juzgar, considerar o referirse a las personas.

Si no encontramos lógico encarcelar a todos los rubios, apalear a todos los morenos, premiar a los pecosos, felicitar a los que cecean, o multar a los que echan cebolla a la tortilla de patatas, si en definitiva, no le vemos sentido a generalizar por un aspecto de la persona, ¿por qué encontramos tan normal hacerlo en base a la edad? ¿Es que son iguales los 68 años de mi vecina, matriarca de una panda de delincuentes, espectadora de Sálvame de Luxe, ordinaria, sucia, repulsiva e irritante, en definitiva, son iguales los 68 años de esta escoria humana a los 68 años de Ted Danson, Mick Fleetwood o David Bowie?

La generalización produce injusticia, y es por ello por lo que esta sociedad de las edades es injusta.

Entre esos “abuelos con marcha” del vídeo apuesto a que habrá algún cabrón impenitente, algún héroe anónimo, algún filántropo y algún maltratador. Puede que incluso algún genio y algún asesino.

Y, como yo, lo mismo hay quien no es ni será nunca un abuelo.

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