DÉJÀ VU

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Corrían los años ochenta. El aire que se colaba en mis pulmones a golpe de entusiastas inhalaciones juveniles olía a nuevo, como si alguien se hubiese encargado de renovarlo en una sola noche. Se trataba, en efecto, del despertar a una realidad diferente, en la que flotaba la promesa de algo bueno que vagamente se perfilaba en la imaginación, pero que dejaba en el ánimo una sensación de anuncio de colonia; frescor y armonía de mundo perfecto. Todo a mi alrededor estaba por descubrir. Por aquel entonces, la más mínima experiencia se me antojaba una aventura. En realidad lo era.

En una época en la que lo “políticamente correcto” dependía del simple sentido común, los españoles despertábamos a muchas cosas. Y que te hubiese tocado ser joven justo en aquel momento álgido era todo un lujo, una oportunidad que ninguna mente avispada hubiese dejado pasar de largo.

Claro que eso conllevaba algunas desventajas. La libertad bien entendida, ésa que te deja actuar en tantos campos, llegar a tantos sitios y vivir toda clase de experiencias, con la única limitación del respeto a los demás y al entorno, esa cosa aparentemente tan sencilla, no encontraba fácil eco entre los cabezas cuadradas.

Y de esos había muchos.

Toda mi juventud me la pasé oyendo insultos de lo más variopinto. Por alguna razón, mucha gente se consideraba con derecho a insultarte abiertamente por el simple hecho de peinarte o vestirte de un modo poco convencional. Y lo más triste es que esta actitud no provenía exclusivamente de los más mayores, aquellos a los que tantos años de opresión habían constreñido el pensamiento; Lo peor eran mis coetáneos.

Resultaba triste, frustrante e incluso agotador, escuchar una y otra vez las mismas pamplinas faltas de originalidad y plenas, en cambio, de la zafiedad propia de aquellos cuyas mentes se negaban a aceptar cualquier cosa que no les hubiese sido inyectada, como a bichos de una especie de laboratorio social, a base de publicidad machacona o imposiciones de la moda.

Podría decir que yo “pasaba de todo”, pero no estaría diciendo la verdad. Bien es cierto que continué, ya por rabia, ya porque sencillamente estaba en mi derecho, saliendo a la calle como me dio la gana, pero no lo es menos que me sentía acosada y maltratada, pues hacer de cada incursión al mundo exterior una lucha, una sucesión de pequeñas batallas, combates de una guerra que me había sido declarada por atreverme a pensar, resultaba agotador, y día tras día mi espíritu se veía minado por un hastío que cuajaba en mi rostro y mi actitud, aunque como digo, era más fuerte mi rabia, pues nada pertrecha mejor el ánimo que el poder de la convicción.

No voy a entrar en los detalles de los muchos insultos y despropósitos de los que fui víctima durante todos aquellos años, pues el tiempo ha pasado, y con él los rencores, si bien -he de admitirlo- sentí una especie de triunfadora y maliciosa dicha en la venganza pasiva que se encargó de ofrecerme el tiempo: Los hijos de aquellos jóvenes que me machacaron con impiedad, los nietos de aquellos adultos que llegaron a arrojarme piedras por la calle, pasean hoy su palmito, luciendo a medias trasero y ropa interior, encantos éstos que unos indolentes pantalones carcelarios dejan asomar impúdicamente. Ésos que llamaron “maricones” a mis amigos por llevar una simple y pequeña argolla en una de sus orejas, ven ahora cómo sus vástagos acuden al instituto –sabe Dios para qué se molestan en ir- con aros en sus acneicas narices, cuales bueyes de tiro, la piel horadada aquí y allá con metralla diversa, y decorada con tinta de color guarro que en unos casos adopta la forma de un dragón, en otros, la de trazos chinos en los que bien pudiera leer un experto “Se traspasa”. Qué más da, si sus adláteres y compinches no entienden ni el español.

Pero los tiempos han cambiado… ¿O no?

Podríais pensar, al escuchar mi discurso, que he incurrido en el peor de los delitos: Volverme intolerante, yo, que defendí a capa y espada la libertad de expresión, de credo, de hábito y pelaje…

Nada más lejos de la realidad.

Aquello con lo que los chavales –y puretas, que también los hay- quieran taladrarse el cutis, me deja indiferente. Ni frío ni calor, oye.

Lo que me deja atónita es lo que me toca vivir, a día de hoy, en el siglo XXI, cuando televisión, Internet, youtube, presentaciones de power point, cadenas de correos, móviles y toda la parafernalia comunicativa imaginable han conseguido que no haya nuevo bajo el sol.

Sí, me deja de una pieza comprobar cómo esa supuesta modernidad, en la que, en realidad, todos vuelven a comportarse como borregos haciendo la misma cosa –qué original que soy, tengo cuarenta años y llevo un piercing en la nariz, como mi niño er shico- aquellos que van de nuevos modernos siguen siendo los mismos cenutrios, quienes, agolpados bajo una misma bandera y consigna de ignorancia y cretinismo, vuelven a lanzar sus piedras, a escupir su incultura y cerrazón sobre cualquiera que se atreva a pensar por sí mismo.

Bajo esas modernísimas y tatuadas pieles del nuevo milenio, pervive la misma mezquindad de hace un cuarto de siglo, encantada de hallarse en ese estupendo caldo de cultivo que parece ser su masa gris, encharcada de telebasura y probablemente atascada de colesterol, cortesía de Telechicha, McPollas y otros amables y desinteresados patrocinadores.

Hoy, un viernes cualquiera de 2010 –año estelar- he tenido un déjà vu.

Hoy, me han insultado por la calle.

Varias veces.

Gente joven, gente mayor.

La burla tenía su origen en una cuestión de lo más simple, pero me ha dejado claro que sigo viviendo en las cavernas.

¿Cómo se puede llevar tanta chatarra en la piel, tanta consigna libertaria, tanto desparpajo de tanga y tribu urbana prefabricada, y hacer, al mismo tiempo, objeto de mofa y escarnio a una persona por hacer algo mínimamente llamativo?

Y la cosa es que yo, tonta de mí, tenía hecho el ánimo a que, a día de hoy, no me mirarían ni las moscas. Segura estaba, oye, de que nada podía ya sorprender a una sociedad de niños agresores y profesores atemorizados, de sexo a los doce años y actitudes déspotas en plena tiranía del filiarcado, en la era de las chorradas telemáticas y los videojuegos imposibles.

Pero mira tú, que se me ocurre salir a la calle protegiéndome de un sol que mi piel no tolera, y hete aquí que el mundo entero se gira para mirarme.

Giran sus impúdicos culos de tanga las veinteañeras, sus narices de Swarovski las cuarentonas “adaptadas” al milenio, sus cuellos tatuados los ilustrados de la telebasura, y me señalan con el dedo, increpándome al pasar.

Pensaréis, digo yo, qué locura extravagante habrá hecho esta chica para merecer ese trato. Qué cosa puede haber provocado que esas mentes abiertas se sientan escandalizadas.

No iba de camuflaje, como Rambo. Tampoco en una burbuja. No iba vestida de buzo, ni de superhéroe…

Un parasol.

Llevaba un parasol.

Feliz que iba yo de haber encontrado, tras duras pesquisas, un chisme de ésos con filtro UVA, que me permitiera salir a la calle entre junio y septiembre.

Había visto esos parasoles en el campeonato de Fórmula I, entre los que admiraban a Fernando Alonso. Pero eso es disculpable, claro. El deporte… es el deporte, y más el de élite. Los había visto en Japón, donde la gente siente más respeto por su piel que en occidente, pero claro, los japoneses, el Manga… eso mola también. Los había visto en la exhibición aérea de las Fuerzas Armadas, pero claro, allí había más gente pasando calor… se proporcionaban recíproco apoyo moral…

Sin embargo, cómo se me ocurre, ignorante de mí, abrir yo solita un parasol en Cádiz, ante esa chusma distinguida que se acomoda en esquinas y quicios de bares, que hace una foto a su culo con el móvil y la envía por SMS a sus colegas como si fuese una idea brillante, y que luego, en un despliegue de tolerancia digno de Torquemada, te increpan porque, según ellos, “no llueve”.

Quién dice que no llueve.

Llueve estupidez, y lo hace a mares.

A punto de volverme he estado hoy, en más de una ocasión, para preguntarle a alguno de aquellos eminentes mulos si, además del ombligo, la ceja o el pene, les han taladrado el lóbulo frontal.

No lo he hecho, sin embargo. Mi rabia y mi frustración han sido las de veinticinco años atrás; Mi experiencia, en cambio, suficiente como para comprender la pérdida de tiempo que supone ofrecer palabras a cambio de sonidos guturales.

Ya de vuelta en casa, me quedo mirando mi vilipendiado parasol.

Deberían darlos gratis en la Seguridad Social.

Impediría que a más de uno se le derritiese el cerebro.

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Sin enfadarse.

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Miré mi libreta bancaria, y una mueca se dibujó en mi rostro. Me aseguré de haberlo visto bien.

Sí, no cabía duda.

Enfundé la espada. No se deben matar mosquitos a cañonazos, pero en ocasiones hay que recordarle a la gente que vas armada. Algunos no entienden otro lenguaje.

Comenzaba a lloviznar, así que apuré la marcha, repasando mentalmente todo lo ocurrido.

Sucedió hace ya más de seis meses.

Los chicos de Gas Natural se habían presentado algún tiempo atrás ante la comunidad de vecinos, con su propuesta de felicidad duradera en forma gaseosa, y claro, la mayoría había dicho que sí.

Nosotros, no obstante, declinamos amablemente el ofrecimiento; A saber: En casa somos dos, y sólo el coste del enganche mensual constituía una cantidad mucho mayor a la que gastábamos en butano, y luego estaba el consumo en sí, claro.

Cierto es que el gas ciudad ofrece una ventaja tentadora frente a la tradicional bombona; Elimina por completo la desagradable posibilidad del factor sorpresa, esa ocasional circunstancia que te obliga a salir de la bañera muerta de frío, enjabonada, andando con los cantos de los pies -como si eso fuese a solucionar algo- y después de haber pegado un alarido con eco de cuarto de baño, seguido de las habituales blasfemias.

Pero, nos guste o no, debemos tener presentes nuestras limitaciones presupuestarias, y el imponderable del chorro frío en la espalda forma parte de la condición obrera a la que pertenezco. Vamos, que el gasto no me compensaba.

En cualquier caso, la mayoría de propietarios había dado su visto bueno, y, aún en la certeza de que jamás gozaría de las bondades del servicio en cuestión, hube de soportar la obra que la instalación conllevaba, con todo el ritual de ruido, polvo e ir y venir de operarios.

Así, en un tranquilo día previo al otoño, tuve una visión que me erizó el vello de la nuca. Estuve por exhalar un grito -a medio camino entre el susto y el estupor- al ver aparecer frente a mi ventana de tercer piso el careto sin afeitar de un individuo ataviado con un mugriento mono de trabajo, que a primera vista parecía flotar en el aire, pero que en realidad se descolgaba desde la azotea como un Spiderman cutre. Nada que ver con el mito del obrero Coca Cola Light. Francamente decepcionante.

El tipo se había sentado en mi tendedero, que afortunadamente estaba vacío. Las cuerdas, no obstante, hacían protestar a las poleas, que chirriaban cada vez que el sujeto se movía.

Respiré hondo. “Total, será una semana a lo sumo”.

Resté importancia al asunto, en aras de no comportarme como una maruja intransigente. Sin embargo, unos días más tarde, mis braguitas negras se fueron a hacer puenting, y yo me las quedé mirando, mientras se balanceaban de un lado a otro, amenazando con aterrizar en la ventana de algún vecino fetichista o de alguna señora cotilla.

Pero claro, no iba a enfadarme por un poco de cuerda. Total, ya me había durado casi tres años.  Me abastecí de lo necesario para hacerme un tendedero nuevo, y al día siguiente el asunto estaba arreglado.

Sin embargo, sí que me ofuscó un tanto la siguiente tropelía.

Al volver de unas compras, y tras descolgar la ropa, constaté que dos de mis toallas habían adquirido un curioso efecto exfoliante. Un tanto exagerado para mi gusto, ya que consiguieron hacerme sangrar las manos. ¿Qué demonios era aquello?

Estaño. Estaño fundido. Los obreros habían terminado aquella mañana, de manera que mis vecinos tenían gas natural y yo toallas asesinas.

Fruncí el ceño e hice un mohín. Aquellas toallas ya tenían tiempo, pero eso se debía precisamente a que eran de calidad, y a mí me gustaban mucho.

Sin saber muy bien cómo iba a proceder, y dado que en los últimos tiempos he adquirido el hábito de no actuar en caliente, doblé las malogradas piezas, las introduje en una bolsa, y decidí entregarme a otras labores, en tanto dilucidaba qué iba a hacer.

No fue sino hasta unos días más tarde que decidí ponerme en contacto con la empresa suministradora del servicio.

Éstos me informaron de que, en efecto, el abastecimiento del gas corría por su cuenta, pero que las instalaciones en los edificios las realizaban distintas compañías. Finalmente, y tras varias pesquisas, logré averiguar el nombre de la empresa que se había encargado de facilitar a algunos vecinos agua caliente y a otros bragas viajeras.

Lo que siguió a continuación habría sido frustrante de no ser porque he desarrollado una extraña capacidad para reírme de las circunstancias, incluso con cierta suficiencia, como si me hallara en la tácita certeza de mi triunfo final.

Porque, sin duda alguna, los sujetos en cuestión debieron interpretar mi calma y buenos modales como sólo los necios saben hacer, esto es, tomándola por apocamiento o cobardía, y ninguneándome con suaves asentimientos y miradas cómplices entre ellos, en una auténtica demostración de que, en efecto, hacían bien en dedicarse a una labor que poco o nada requería de habilidades sociales, empatía o, simplemente, capacidad para distinguir el tamaño de su antagonista.

Yo estaba  muy tranquila. Planeaba mi viaje a Irlanda, y sencillamente no tenía prisa. Tal vez la cosa habría sido distinta si me hubiesen llegado a dejar sin ropa interior, pero toallas tenía de sobra.

Así, y tras varios meses en los que yo había dado puntuales toques de atención a esta gente, concluyeron que el jefe acabaría poniéndose en contacto conmigo.

Tal vez se encontrase de viaje por Marte, donde Movistar no tiene cobertura, porque el ganadero de aquella piara no me llamó nunca.

Aquello me empezó a fastidiar ligeramente. Yo me habría conformado con una disculpa, pero a esas alturas ya no se trataba de mi cordel, ni se trataba de mis toallas… se trataba del evidente insulto a mi inteligencia. ¿Qué se habían creído? Pero seguía con mi intención de no actuar en caliente. Me senté en el sofá, y esperé hasta constatar que, a pesar de todo, no estaba enfadada. “Despacio”, pensé. Y dejé transcurrir otra semana más.

Supongo que aquella gente pensó que me había cansado, pero yo simplemente estaba tratando de hacer las cosas civilizadamente. La “civilización”, no obstante, se ha construido también a golpe de espada. Suspiré. Después de todo, había agotado todas las vías diplomáticas.

Fue así como, hace un par de semanas, volví a ponerme en contacto con la empresa. Me atendió una chica, la típica hija-secretaria “con estudios”, vamos, la que sabe escribir de la familia. Sin perder la calma, le expuse nuevamente la situación, asegurando que, a pesar de mi buena fe, no tenía intención de dejar el asunto en el aire y que estaba convencida de que ellos preferirían no tener que recibir una denuncia…

No me veía yo, claro está, acudiendo al juzgado de guardia con mis toallas modelo Torquemada, así que mantuve hasta el final la confianza en que aquellas personas obrarían con la conciencia debida.

La chica me pidió mi número de cuenta, después de que yo le comunicara que cada una de mis viejas toallas costaba 35 euros. La cifra, por supuesto, no era real. En las navidades del año 2000 mi madre me regaló algunas toallas, entre ellas las piezas que nos ocupan, y desde luego estaban ya de sobra amortizadas, pero yo había calculado en el total otros conceptos, que incluían el vuelo de bajo coste de mis prendas íntimas, el susto del hombre araña en mi ventana y, por supuesto, el ejercicio de toreo al que me habían sometido. Eso por no mencionar que me habían ofendido gravemente al interpretar mi exhibición de paciencia y diplomacia como simple falta de luces.

Tampoco quería pasarme. Más bien iba a darme un gusto, y treinta y cinco euros por cada pequeña toalla me pareció adecuado. “Eso suman 70, ¿no?” -había dicho la chica en un orgulloso despliegue de conocimientos. “Eso es”, había respondido yo, y me contuve para no agregar algún epíteto inapropiado.

La cuestión había quedado, por tanto, zanjada.

O eso pensaba yo. Porque, una semana después, los muy impresentables no habían hecho un uso apropiado de mi número de cuenta. Vamos, que no me habían ingresado ni un duro.

Con ésas, una mañana, y tras tomarme una tostada, comencé a llamar por teléfono.

Nada, que no había forma. Con mi número ya probablemente fichado, ni el padre ni la hija consintieron en hablar conmigo, colgándome el teléfono en más de una docena de ocasiones.

Pero yo seguía con la sonrisa puesta.

No sabía por qué, pero no conseguía enfadarme.

Me recliné en el asiento. La llamada número veinte había sido la última.

En lugar de insistir, envié un corto mensaje a uno de los teléfonos móviles: “Dada la imposibilidad de contactar con ustedes, recibirán una notificación formal en la sede de su empresa”.

Lo de “notificación formal” pretendía más bien ser una especie de eufemismo, un enigma orientado a confundir. Porque yo sabía que aquella panda de garrulos pensaría automáticamente en una denuncia, pero, que yo sepa, la palabra “formal” abarca un campo considerablemente más amplio, a saber: Yo soy una chica formal, mantengo una relación formal, y siempre guardo las formas. Vamos, que lo mismo podían haber interpretado que recibirían una carta muy educadita, ¿no? Y es que yo seguía sin verme delante de un juez con un par de toallas del año 2000 manchadas de estaño, y explicando el movimiento oscilante descrito por mis bragas unos meses antes.

Pero no me equivocaba al estimar la previsible reacción de aquella gente: Como dos nanosegundos después, mágicamente a ambos les funcionaba el teléfono. Me llamaron ellos, claro. La chica decía no acordarse bien de mí, pero, por alguna razón, recordaba perfectamente mi número de cuenta, mi domicilio, y la cantidad que tenía que ingresarme. Memoria selectiva, creo que le llaman.

No había llegado a enojarme en todo el proceso. Tampoco surgió de mi rostro ningún tipo de sonrisa victoriosa. Simplemente volví a reposar sobre el asiento, dando suaves golpecitos con el índice al teléfono móvil, que mantenía apoyado sobre mi pecho, mientras cerraba los ojos y me entregaba a otros pensamientos…

Ahí había acabado todo.

Llegué a casa justo antes de que estallara la tormenta, y solté la libreta bancaria sobre el aparador.

Mirando la lluvia por la ventana, me sentí extrañamente poética:

“Qué triste vivir en un mundo que lee cobardía en los ojos de aquél que gasta modos amables.

Qué zozobra en el alma, el ruido de la espada, cuando su hoja ha de sesgar el aire, en defensa de la honra.

Qué pobre victoria, la de verse obligado a aplastar a la simpleza misma con tan ínfimo esfuerzo.

Qué bien me han venido estos setenta euros”.

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La rendición

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Te miro con una media sonrisa que es más bien una mueca.

No eres más que una cosa pequeñita, y ni siquiera puedes entender lo que te digo, pero, aún así, me empeño en explicarte esto.
No sé, tal vez intento entenderlo yo misma.

¿Sabes?  Hace mucho tiempo, cuando tú ni por asomo entrabas en mis planes, yo albergaba grandes proyectos de futuro. Estaba ilusionada con mil cosas, y la vida se plantaba ante mí como una promesa optimista e infinita.
Tenía la firme convicción de que, cuando uno trabaja duro y bien, cuando uno se esfuerza lo suficiente, acaba por conseguir lo que se propone. Y también creía que tratar bien a los demás te hacía acreedor de lo propio. Era casi una fe religiosa, ya sabes: los buenos van al cielo y tal…

Pues resulta que no. O por lo menos, a mí no me ha llevado a ninguna parte.
Bueno, eso sí; hemos tenido la oportunidad de conocernos pero, como ya te he dicho antes, -y no te ofendas- tú no entrabas en mis planes.
Llegas diciendo que te necesito, y me propones, como si la incoherencia fuese la mía, que acabe con mi sufrimiento, cuando es lo único de todo esto que tiene sentido.

A fin de cuentas… ¿No es lo más normal del mundo estar afligido cuando todos te han fallado? ¿No es acaso legítimo acurrucarte en tu propia pesadumbre cuando ya no te queda otra cosa?

Mira, yo siento simpatía por mi tristeza; Creo que ha venido a verme cuando le tocaba, y eso es más de lo que puede decirse de todos los que me rodean. Además, es lo único auténtico que tengo;  los amigos, la familia, el trabajo… Todo mentira, pero mi tristeza es genuina, pura y sincera.

Y tú me pides que se vaya.

¿Con qué derecho?

Pero claro, no puedo culparte. Tú no has inventado las normas.
Y las normas dicen que esto es lo que hay.

Por lo visto, sufrir no está de moda. Lástima de siglo equivocado. De haber nacido durante el Romanticismo, al menos se me permitiría morir digna y melancólicamente en algún rincón umbrío, pero en el siglo XXI hay que estar alegre por narices. Me dicen que lo contrario sería insano. Pues no sé qué tiene de salubre sonreír cuando la vida te va de culo, la verdad.
Eso sí que lo encuentro enfermizo.

Pero qué vas a entender tú, si no eres más que una maldita pastilla de Prozac.

Suspiro y saco una copa de las buenas, que la ocasión hay que adornarla, aunque el recipiente sea un tanto ostentoso para un simple agua mineral. Al fin y al cabo, una no claudica todos los días.
No todos los días vende una su alma al diablo, y en realidad, es así como me siento.

Te sujeto con dos dedos, y mi tristeza te regala una mirada digna de un poema de Bécquer.

Luego, levanto mi copa, como en una especie de ritual de sacrificio, y dejo que una parte de mí se muera.

Es el mundo en que vivimos. Un mundo en el que el egoísmo se receta como garantía de longevidad y de salud, un mundo en el que el engaño y la maldad se festejan abiertamente, y en el que a la gente corriente no nos queda otra que tomar píldoras para combatir la cordura.

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El bestiario de Zenda. I

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“La soberbia es como un potro descontrolado a cuya grupa se empeñan en montar los necios. Ellos creen cabalgar con dignidad, pero sólo hacen el más espantoso de los ridículos, destrozando sus posaderas y su credibilidad. Al final siempre caen de culo”.

La imagen de Mara despatarrada en el ignominioso suelo, con la cara roja y el trasero dolorido, se le vino a la cabeza. Y se dio cuenta de que en cierto modo lo deseaba.

Tenía sentimientos contradictorios. No quería que sufriese, pero en realidad aquella tonta insolente e inmadura se merecía una lección. “¿Me estoy volviendo mala?”

Recordó algo que le había dicho una vez su amiga Perla: “Eso de perdonar a los que nos hieren es una patología muy común entre los ingenuos, y de la que tú adoleces, por cierto. Cuando por fin consigas reírte de las desgracias de tus enemigos significará que estás curada.”

Perla era toda una filósofa, y una experta en poner el dedo en la llaga. Dulce como un limón, y fina como una piedra pómez, su mera presencia hacía temblar a más de uno. Asomándose peligrosamente al balcón de la grosería, lograba en cambio quedarse siempre en el extremo de la mordacidad, con una puntería que sólo justificaba la práctica, y que sin embargo era absolutamente espontánea.

Perla debía su nombre a una desafortunada elección por parte de su madre, quien opinaba que evocar algo precioso y exquisito al llamar a la niña, la conduciría a un estado de armonía entre nombre y actitud. Aquello, en opinión de Zenda, demostraba que a los hijos no debían ponérsele nombres demasiado significativos: Luego cada niño salía como salía, y los nombrecitos daban lugar a paradojas y anécdotas de lo más variado; De pequeña, había conocido a una Bella con ojos estrábicos y nariz aguileña, y a una Blanca que a juzgar por su tez podría haber sido pariente de Pelé. En su clase de quinto había una Felicidad que siempre estaba deprimida, y su vecina tenía un hijo malcriado, cruel y camorrista llamado Abel, que habría sido capaz de redimir por mera comparación a su hermano bíblico.

Lo mejor, sin duda, era ponerle a los niños Manolo, Pepe o Carmela. Eran nombres que no comprometían a nada, no creaban falsas expectativas y, lo más importante, no daban lugar a chistes malos.

En cualquier caso, y considerando que una perla no es más que el resultado de un grano de arena al que la ostra cubre de nácar para su propia protección, el nombre le iba divino. Ella conseguía sacar partido de las peores circunstancias, y casi siempre salía victoriosa. Solía decir de sí misma que era el resultado de las putadas fallidas de sus enemigos, y en cierto modo era verdad; Su experiencia la había hecho fuerte y potencialmente peligrosa, por lo que, si te ponía en su punto de mira, estabas perdido. Era mejor no ser enemiga suya.

Por suerte para ella, Zenda se encontraba entre los escasos especímenes a los que Perla consideraba “inofensivos y encantadores”. Algo así como una ardilla enana en peligro de extinción.

-Pequeñita y glamorosa -solía decirle- pero capaz de dar un buen mordisco si la situación lo requiere. Lástima que tengas tantos escrúpulos a la hora de sacudir una patada en la entrepierna de tus adversarios.

Zenda le explicaba que era una cuestión de principios; ignorar a las malas personas era, en su opinión, suficiente. No había que rebajarse a su nivel. Y en cualquier caso, perdonar también era una opción. Perla no estaba de acuerdo, y por eso, cuando Zenda trataba de hacer lo correcto, ella se desesperaba.

-Nena, tienes que superar los estigmas de tu colegio de monjas. Poner la otra mejilla es, en el mejor de los casos, abonarte para que te hostien por segunda vez.

Según ella, en la educación religiosa estaba el origen de muchos de los problemas que llevaban a la gente al diván del psicoanalista. Esos dogmas iban contra el instinto natural de supervivencia, y provocaban dilemas morales que desembocaban en angustia.

Zenda discrepaba en ese punto. Tal vez ése fuera el problema de otros, pero desde luego no era el suyo, pues ella no se consideraba creyente, o al menos no en el sentido tradicional de la palabra.

Porque creer, lo que se dice creer, creía en muchas cosas.

Interpretaba sus propios sueños recién levantada, encontrándoles casi siempre un significado oculto o una finalidad premonitoria, ocasionalmente se echaba las cartas, aunque sólo fuera para reírse un rato, y leía el horóscopo siempre que tenía un periódico a la mano. Eso sí; sólo se lo tomaba en serio cuando auguraba cosas buenas. Ella se consideraba una “supersticiosa positiva”, vamos, que seleccionaba y escogía las supersticiones en función de sus necesidades. Así, por ejemplo, romper un espejo conllevaba simplemente llamar a la compañía aseguradora, cruzarse con un gato negro, significaba lo mismo que cruzarse con uno a rayas, o sea, cruzarse con un gato, y adoraba los días trece. Además, recogía las monedas de céntimo y los botones que se encontraba por la calle, interpretándolos como un buen presagio. Si se le derramaba la sal, pues la recogía, y pisar una deposición canina, además de significar forzosamente que tendría que limpiarse los zapatos, comportaba de manera ineludible comprar un número de lotería.

Ya en un plan más trascendente, rendía un poético culto a la luna, lanzaba plegarias a las estrellas, y tenía una fe absoluta en el poder del tiempo y el destino, haciéndose eco de aquello de que el tiempo lo pone todo en su sitio.

-El tiempo no pone nada en ninguna parte. – Le decía Perla- Ni que estuviese ahí para arreglarte los armarios. Si quieres que algo esté en su sitio, tienes que ponerlo tú misma.

Perla explicaba que esa fe acusada por muchos en el poder del tiempo era también una consecuencia de la educación religiosa.

-Viene a ser lo mismo que eso de que los buenos irán al cielo y los malos al infierno, -decía- sólo que ocurrirá después de que éstos últimos hayan estado viviendo siempre de puta madre y los primeros se hayan pasado toda su vida aguantando palos. Chica, yo prefiero encargarme personalmente.

Zenda coincidía con Perla en muchos de sus planteamientos, pero consideraba que su amiga pecaba de exceso de acidez. En alguna ocasión había hecho daño a personas que no lo merecían, sólo porque su previsión sobre la maldad ajena acababa siendo superada por la suya propia, en un intento de que no le ganaran la partida.

En cualquier caso, y aunque Perla la tachara de ingenua, Zenda no se consideraba tal en absoluto. Tenía los pies firmes en el suelo, y sabía poner a la gente a raya cuando la situación lo requería, aunque su sentimentalismo la llevara con frecuencia a consentir ciertos desmanes a aquellos a los que estimaba que debía lealtad.

Mara era un buen ejemplo de ello.

Hizo un recuento mental de las tropelías cometidas por su amiga “en el nombre del amor”.

Porque era el amor verdadero, por supuesto, el que había llevado a Mara a relacionarse con una extensa fauna de lo más variado, en una serie de tormentosos idilios que la habían conducido a situaciones incalificables e inauditas. Por asociación, por amistad, o por narices, Zenda se había visto metida en más de un embrollo a causa de aquellos amoríos. Por eso, cada vez que su amiga comenzaba otro romance, a ella le temblaban las canillas.

El interminable plantel de novios, rollos o amantes de Mara, a cual más impresentable, se veía ahora coronado por lo que Zenda consideraba la guinda de un enorme pastel, hecho a base de una amalgama de relaciones sentimentales de lo más rocambolescas que su amiga había ido amasando durante años. Mara se había superado a sí misma de largo. Porque ni salir con un adolescente, ni volverse una radical anarquista, ni convertirse de la noche a la mañana en una devota seguidora del Dalai Lama, estaban, a su entender, a la altura del hecho de casarse con un señor al que no había visto nunca.

Y lo de señor era un decir.

Todas las alarmas de Zenda se dispararon el día en que Mara le confesó, emocionada y trémula, que había conocido -por enésima vez- al definitivo amor de su vida. No le habría dado mayor importancia si no hubiera sido porque el individuo en cuestión no era más que una aparición en la pantalla de su ordenador, en la que figuraba la que supuestamente era su foto, acompañada de una serie de ñoñerías demasiado básicas para haber sido escritas por un individuo de veintisiete años.

Individuo que, por otra parte, se encontraba a 9999 kilómetros de distancia, al otro lado de un océano ligeramente más extenso de lo aconsejable para establecer intimidad alguna.

Insignificante mención merecía el hecho de que el susodicho vivía en un poblado de Perú, acompañado de su madre viuda y de seis hermanos a los que había de mantener, como también carecía de importancia, en opinión de Mara, que el sujeto le hubiese declarado su amor incondicional y sus deseos de contraer matrimonio a la semana de chateo.

Y lo peor no era eso.

Lo peor es que ella le había dicho que sí.

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El bestiario de Zenda. II

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“La adulación encuentra su público entre quienes no merecen un auténtico elogio”.

La última historia de Mara había ido tan rápido que casi se podía calificar de efervescente. Y se estaba desbordando, salpicando a todos los que estaban a su alrededor.

Zenda estaba acostumbrada a verse envuelta en todo tipo de problemas a causa de los devaneos de su amiga, pero esto era demasiado hasta para tratarse de Mara.

Para empezar, ella aún estaba casada, y viviendo con su marido.

Tras algunos meses de desavenencias y peleas, y ante la imposibilidad económica de costear cada uno un piso, habían decidido instalarse en habitaciones separadas, cual estudiantes universitarios, llevándose sus pertenencias cada uno a su distrito, en una especie de “ya no te ajunto”.

Por supuesto, ella se quedaba con el ordenador. Esto era innegociable. Él, que precisaba del instrumento y de la valiosa conexión a Internet para encontrar sustituta, tardaría del orden de tres días en disponer de ambas cosas en el interior de su feudo, y ambos comenzaron una frenética carrera de tecleo, ignorándose tanto como les era posible, y evitando cruzarse siquiera. Requerían, eso sí, de cierta habilidad a la hora de compartir el territorio neutral, esto es, el salón, el baño y la cocina.

Ésta última aún seguiría siendo objeto de peleas, ya que ella surtía constantemente la nevera, mientras que él se ocupaba sólo de vaciarla. El asunto habría de solventarse con una nueva división territorial, esta vez del susodicho electrodoméstico, y que se llevó a cabo con precinto de embalar. Al principio, Toni habló de quedarse con la parte superior, pero ella se negó en redondo, argumentando que el frigorífico no enfriaba igual a distintas alturas, así que las dos partes se hicieron de modo vertical. El lado derecho le correspondería a Toni, y el izquierdo a Mara. Por si algún alimento “resbalaba” al territorio enemigo, ella se dedicó a etiquetar las fiambreras, latas y hasta verduras con su nombre. Él, para devolverle la pelota, hizo lo propio. El resultado era un tanto surrealista; Al abrir la puerta se iluminaban decenas de etiquetas y papeles, auténticos carteles en el caso de ella, algunos del tamaño de una cuartilla. La indolencia de Toni, por su parte, le había llevado a usar post-it. El problema era que, con el frío, el ligero pegamento de estas etiquetas de oficina acababa por ceder, y muchas de ellas se despegaban de los alimentos, amontonándose por todas partes. Era una especie de otoño amarillo que inundaba la nevera.

En cualquier caso, la falta de etiquetado de aquellos alimentos tampoco suponía un problema. Ella nunca se habría comido ninguna de las “guarrerías” de microondas que él se compraba, y de todos modos bastaba con sus propios rótulos, debidamente pegados con cinta adhesiva, para determinar por eliminación lo que le pertenecía a él.

Todo estaba arreglado civilizadamente; No tenían encontronazos ni discusiones graves, y el acuerdo funcionaba bien ateniéndose a las normas, basadas fundamentalmente en el respeto a la zona del otro, pero era aquel frigorífico lo que le proporcionaba, cuando menos lo deseaba, una visión un tanto patética de la situación, tal vez por ser una imagen demasiado gráfica del asunto.

Un día en que Mara había vuelto especialmente cansada del trabajo, fue a buscar un poco de leche, y se detuvo con la mirada perdida frente a la absurda obra de arte moderno que parecía ser el interior de su nevera. Hizo una mueca de hastío, y entonces reparó en una enorme morcilla sobre la que rezaba: “Toni”.

Tomó el embutido con la punta de los dedos y, en un pensamiento malvado, se permitió una analogía irónica en la que la pieza porcina salía ganando. Luego cogió la leche y se sirvió un vaso, al que dio pequeños sorbos sentada en un taburete.

Durante unos minutos fijó la mirada en el envase, como queriendo encontrar respuestas trascendentes a preguntas vitales en la información del fabricante. Apuró el vaso y se fue a trabajar en su proyecto, que desde hacía tres semanas no había sido otro que el de adentrarse en los laberintos de la red, buscando nuevo compañero.

Su primer candidato había sido un argentino de su misma edad. Esto había sorprendido a Zenda. Desde hacía años, Mara se empeñaba en salir con tipos más jóvenes que ella, dándose la circunstancia de que sus últimos amantes habían tenido todos justamente diez años menos.

Esta fijación por lo que Zenda llamaba “el descuento del diez por ciento” la tenía un tanto desconcertada. La diferencia no había sido tan significativa con Toni, que tenía 25 años cuando ella le conoció a sus 35, ni tampoco con el peruano, que contaba 27 primaveras frente a las 37 de Mara, pero cuando, a la edad de 27 años, ella comenzó a lucir palmito del brazo de un niñato en la edad del pavo, a Zenda se le cayeron los palos del sombrajo.

La constante del diez por ciento empezaba a ser preocupante. ¿A qué podía deberse? Zenda pensaba que Mara sufría del síndrome de Peter Pan, tratando de ser eternamente joven. Esto era más fácil de lograr relacionándose con individuos cuyo objetivo a corto y medio plazo consistía en comprarse ropa chula y salir de marcha. Nada de hablar de hijos, ni de trabajo, ni de canas. Todo debía ser como en un video clip.

Perla, sin embargo, tenía otra teoría:

-Lo que le pasa a Mara es que constantemente busca fascinar, y esto no puede hacerlo con un hombre maduro. Sus argumentos son bastante infantiles, y ha de encontrar un público menos exigente. Lo que no entiendo es cómo no está ya escarmentada, a tenor de sus resultados. Debería buscarse un tronco de 40 años con una nómina inmensa y un pene enorme, y dejarse de pamplinas.

A Perla no le caía bien Mara. La toleraba por Zenda, porque sabía lo mucho que ésta la quería, pero chocaban constantemente. El sentimiento era mutuo, por supuesto. Eran agua y aceite, y sólo tenían en común el recipiente en el que ambas se mecían; Zenda.

Sin embargo, y preocupada ya en extremo por el cariz que había tomado el asunto con el peruano, Zenda había compartido con su ácida amiga su inquietud al respecto. Perla siempre la escuchaba con atención, y solía ser bastante crítica y clara, aunque trataba de ser justa.

Zenda, más que narrar, parecía que elucubraba en voz alta.

El asunto con el argentino no había ido bien. Se habían conocido en una página Web de corte gótico-oscuro, cuyos miembros parecían ser todos poetas de andar por casa. El sitio se llamaba “Vigilia Perpetua”, y sus afiliados gustaban de nombres pomposos, principalmente de corte aristocrático. De este modo, todas ellas eran Lady Algo: Lady Dark, Lady Morticia, Lady Lucrecia, Lady Godiva o Lady Grecian. También estaban muy cotizados los nombres de películas góticas. Así, había un buen número de Lestats, Louises y Minas, varios Belas Lugosis, y muchos, muchísimos vampiros, todos ellos seguidos de fechas de nacimiento, cifras o guiones, porque claro, los nombres no podían estar repetidos.

El argentino en cuestión era un fontanero de Buenos Aires, conocido en la Web como El Conde de Orlok, y, al igual que todos en aquella comunidad virtual, gustaba de frases enigmáticas, colgaba fotografías de sí mismo en poses místicas, y se congratulaba de morirse un poco todos los días.

Mara le había puesto como titular en la lista de posibles, junto con un periodista peruano, un profesor hondureño y un oficinista de Burgos. El argentino era el primer candidato, con el que cruzó palabras de amor y hasta casi frenesí sexual, pero la cosa no había cuajado. Mara le ofreció a Zenda veladas excusas sobre la brusca interrupción del idilio internáutico, aunque algún tiempo después ella conocería la verdad.

Esto sucedería de modo casual. Mara tenía la poco correcta costumbre de dar la dirección de correo electrónico de sus amigos a las nuevas adquisiciones. Zenda pensaba que esto denotaba una nefasta educación. Ella tenía por norma no facilitar datos de nadie, ni aún entre personas conocidas. Estimaba que, si alguien quería hacerse con el número de teléfono o la dirección de otra persona, debía recurrir al interesado en cuestión, pero Mara pensaba que los remilgos de su amiga eran excesivos, y así, había acabado dando su dirección a varios individuos de la fauna de los perpetuos, uno de ellos el mencionado conde.

Fue así como, unas semanas después de la ruptura de lo que apenas fuera una incipiente relación, el Conde de Orlok abordó en el Messenger a Zenda.

Ella nunca se había interesado mucho por el asunto. Mara se había limitado a decirle que su historia amorosa se había terminado porque él, palabras textuales, “la había decepcionado profundamente”. No entendía muy bien Zenda cómo podía haber sucedido tal cosa, si el romance había durado apenas un par de semanas vía webcam, pero se lo tomó como otra de las niñerías de Mara, y no tuvo interés en indagar en el tema.

Sin embargo, parecía que el aristócrata bonaerense, del legendario linaje de los Orlok, no tenía tanto interés como Mara en esconder los motivos del rollus interruptus.

Con palabras elegantes, como corresponde a la nobleza, vino a explicar a Zenda que no le había quedado otra que apartarse despavorido de los virtuales brazos de su amada, al proponerle ella matrimonio tras diez días de mensajes instantáneos, iconos animados y besos a la cámara.

Zenda se había quedado perpleja; Llevando por bandera la máxima de “A rey muerto, rey puesto”, el carrerón de su amiga describía por momentos una trayectoria frenética, dejando un reguero de amantes a los que su inexplicable prisa no les estaba concediendo ni una lagrimita póstuma.

La progresión a velocidad creciente con la que se buscaba año tras año los repuestos estaba comenzando a escandalizarla. Ni siquiera aguardaba a la muerte del rey, sino que comenzaba a buscar un oportuno sustituto cuando la relación en curso flaqueaba.

Así, y una vez hubo marcado las fronteras de dormitorio y frigorífico, había decidido sustituir al monarca reinante por un conde -sangre azul al fin y al cabo-. En definitiva, que pidió el divorcio de Toni a los pocos días de conocer a Orlok.

La pega es que la aventura argentina no tuvo el desenlace que ella esperaba, y hubo que tirar de suplente.

Lejos de suponer un trauma, la deshonrosa retirada del noble -quien puso pies en polvorosa a golpe de clic- se tradujo en un raudo traspaso de los afectos de Mara hacia otro sujeto.

Un rápido vistazo le bastaría para ascender al segundo candidato de la lista, un vampiro mil y pico con un poncho de colores.

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El bestiario de Zenda. III

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“Quien pesca por placer lleva una caña. Quien lo hace por hambre, usa la red“.

Lo del poncho había sido un comentario mordaz de Perla, tras referirse Zenda al peruano y su cuadrilla como “Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina”. La otra se había deshecho en carcajadas.

-¿Cómo es un gótico con poncho? -le había preguntado.

-Qué sé yo -dijo Zenda, riendo la ocurrencia.

Estaban tomando una copa en la terraza del Baviera, una cervecería genuinamente alemana regentada por un ubriqueño que ceceaba. Tomás, que así se llamaba el hombre, explicaba que ese era el acento de los Alpes bávaros. Tenía un morro que se lo pisaba, pero charlar con él garantizaba la carcajada.

Perla la había llamado para tomar algo a la salida del trabajo, y quedaron a las diez de la noche en el Paseo Marítimo. Como casi siempre, acabaron recalando en el Baviera, atraídas por el “encanto alpino” del local y su propietario.

Aquella noche no había mucho público en la terraza. Soplaba viento fresco de Poniente, que a Zenda le encantaba, pero que remitía inexplicablemente a la gente al interior del local, donde el viento se llamaba Fujitsu y te destrozaba la garganta.

-Bueno guapa- le dijo Perla- explícame bien eso del ensayo ultramarino, que por teléfono has sido de lo más enigmática.

Zenda puntualizó la frase. Sus palabras textuales habían sido “experimento transoceánico”, pero Perla siempre hacía sus propias versiones de todo.

-Vamos por partes. Te lo cuento si me invitas a otra cerveza.

Perla hizo un gesto a Mario, el primo de Tomás. Una vez servidas, Zenda comenzó a relatar.

Había sido un impulso repentino. Contra todo consejo, Zenda había decidido tomar cartas en el asunto del casamiento relámpago de Mara.

La idea no era, en sí, obstaculizar el camino a la “enésima felicidad definitiva” de su amiga, ni intervenir en manera alguna en el resultado, sino constatar, en su caso, que aquello era amor sincero -gilipollas, pero sincero- o si el sujeto, tal y como pensaba Zenda, no era más que un oportunista tratando de conseguir pasaporte europeo.

-Eso te lo habría podido decir yo sin experimento- interrumpió Perla -pero sigue.

Para elaborar su plan, Zenda había creado una nueva cuenta de mensajería instantánea, en la que había añadido, como único contacto, la dirección del peruano. Ésta se encontraba a disposición de cualquiera que entrase en la página de “Vigilia Perpetua”, cosa poco recomendable si se desea controlar el correo entrante y evitar virus, pero necesaria si el objetivo personal es el de tener más cancha para actuar, más océano para pescar.

También halló en su espacio virtual alguna información de interés, aunque claro, siempre cuestionable. Al parecer, su nombre real era Jonathan José Pisfil Agapito, nacido veintisiete años atrás, y natural de Chachapoyas. Lo de “natural” era un decir, porque en la galería de fotos en la que el referido se mostraba al mundo no había ni una sola postura o actitud que pudiese merecer tal adjetivo.

En poses casi místicas, plasmadas en un estudiado blanco y negro, el Drácula de Chachapoyas parecía haber estado en contacto con el mismísimo Dios en el momento de ser sorprendido por el objetivo. Era algo así como la versión masculina de Santa Teresa, sólo que con exceso de gomina. Al pie de cada foto, el tipo había escrito algunas palabras, que al parecer trataban de explicar los sentimientos supuestamente plasmados en las instantáneas. “Abismo”, “Mi alma perdida”, “Encuentros” y leyendas del estilo “aclaraban” una misma pose pastelosa de las diferentes fotos, en las que el susodicho nunca miraba de frente.

La investigación de Zenda estaba orientada a introducirse en el círculo del sujeto. Ella pretendía formar parte del que presumía más que posible catálogo de novias del peruano. Sin embargo, en el cebo de su propia trampa no quería poner nada que pudiese resultar apetecible a nivel físico, emocional o intelectual. Si realmente el tipo era un aprovechado, bastaría con ser mujer, soltera y boba. Y, por supuesto, tener un documento que garantizase haber nacido dentro de la piel de toro.

No fue difícil contactar con él; El halago a unos textos infantiles y anodinos incluidos en la página, y realizados por un “periodista” para el que escribir un poema significaba aglomerar palabras pomposas, encontraron eco fácil en el ego de una persona aparentemente acostumbrada a relacionarse con personas de escaso intelecto.

El vampiro mil nosecuantos había escrito: “Las langidas columnas que se apollan triunfadoras sobre tu pelo ausente y hermoso, ebocan la libertad de un reino oscuro que murió para renacer en los dedos de  tus pies”.

Más allá de las garrafales faltas ortográficas en las palabras “lánguida”, “apoyan” y “evocan”, que le habían producido una especie de reacción alérgica, Zenda se devanaba los sesos para entender el mensaje. Se esforzaba por comprender, por ejemplo, cómo unas columnas podían ser lánguidas y triunfadoras, qué artes empleaban éstas para apoyarse sobre el pelo de alguien, -especialmente cuando la persona, al parecer, era calva- y cuál era la fórmula para que un reino renaciese en los dedos de los pies de nadie. A lo mejor se trataba de hongos.

Lo peor para Zenda fue fingir admiración por semejante agresión a la lengua española, pero teniendo en cuenta que para caer supuestamente en sus redes tenía que emular la simpleza de una ameba, el elogio al talento literario del sujeto resultaba ineludible.

Haciendo de tripas corazón, le dejó una nota de alabanza en su espacio virtual, para poder contactarle por mensajería instantánea.

Llegados a este punto, Perla la interrumpió:

-No has hecho eso… ¿lo has hecho?

-¿Repruebas mi proceder? -preguntó Zenda.

Perla soltó una risotada que atrajo las miradas de algunos paseantes.

-¿Reprobarla? ¡Qué va, es genial!  Tú, mi pequeña catequista, ejerciendo de Mata Hari… – volvió a reír-  Me parto.

Zenda ignoró el apelativo religioso. Sabía que a Perla le gustaba pincharla con lo de su educación en un colegio de monjas, como también sabía que su amiga estaba al corriente de que ella era más atea que un ladrillo.

Cuando Perla terminó de reír, y de secarse las lágrimas, ella continuó.

Tal y como era de esperar, Jonathan José la admitiría enseguida en su lista de contactos. La curiosidad, la oportunidad, o el ego le podían.

Lo malo es que la premura con la que el individuo la había abordado en el Messenger no había permitido a Zenda buscar una foto apropiada, que pretendía sacar de Internet para no poner la propia, así que en su primera conversación con él aparecerían, por un lado, la foto en pose ascética de él, y por otro, la de  un pato amarillo de goma que por defecto agregaba el programa.

No había podido preparar estrategia alguna, así que se limitó a dejar que él llevara la conversación.

Lo que le siguió la dejó atónita; En un alarde de retórica melosa, el de Chachapoyas se desplegó en una sucesión de exagerados requiebros, tanto más absurdos en cuanto que iban dirigidos hacia una persona de la que no sabía nada, y que tuvo su colmo en una frase en la que el tipo se refirió a ella como “dulce dama de ojos tristes y expresión melancólica”.

Zenda miró al pato de goma con estupefacción, tratando de encontrar la melancolía en sus ojos, y preguntándose cómo demonios podía soltarle semejante gilipollez, pero no dijo nada. Se alegró, eso sí, de poder contar con los valiosos segundos que le proporcionaba su conversación escrita, porque de otro modo no habría podido por menos que deshacerse en un exhaustivo interrogatorio en la búsqueda de la única neurona que aquel impresentable parecía tener operativa. ¿Acaso no se le había ocurrido a aquel mendrugo que su supuesta bella interlocutora podía ser un tabernero con bigote? ¿Qué se supone que debe decírsele a una persona que acaba de elogiar tu mirada de caucho? Y, lo más importante: ¿Qué mujer con dos dedos de frente sucumbiría ante semejante demostración de simpleza? Estaba claro que el tipo no era precisamente un gran estratega del amor pero, ¿tan tonta era su amiga?

Zenda aguardó unos segundos, en la esperanza de que el individuo soltase otra chorrada y así poder eludir la inevitable réplica al piropo prefabricado, pero el Don Juan de ultramar esperaba su premio, como una foca que hace una pirueta y reclama su pescado, y al parecer no estaba dispuesto a escribir nada más hasta que Zenda reaccionara.

Probablemente anhelaba una señal, una respuesta que de algún modo dejase ver el efecto arrebatador que su inefable encanto producía en las féminas, mientras que Zenda, por su parte, se debatía con su propia integridad, reprimiéndose para no desintegrarlo con una auténtica demostración de elocuencia fulminante.

Considerando la dificultad implícita, fue para ella todo un logro teclear un escueto “gracias”, si bien el esfuerzo determinaría el fin de aquella primera conversación, a la que puso término de una manera tan cortés como veloz. Había tenido suficiente.

A esas alturas del relato, a Perla le dolía la tripa de reírse.

Y eso que Zenda lo estaba contando todo muy seria.

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El bestiario de Zenda. IV

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La primera incursión en los planes de Jonathan José Pisfil Agapito la había concluido Zenda con un par de frases amables, arguyendo que tenía la cena en el fuego. En realidad lo que se le empezaba a quemar era la sesera.

Había optado por cortar la conversación después de 45 minutos de babeo virtual, en el transcurso de los cuales ella se había revelado tímida y sencilla como una margarita silvestre.

Esto le había costado un poco. Zenda era una persona fuerte y atrevida, amable, pero decidida, y mostrarse apocada le resultaba un ejercicio difícil. Además, se había visto obligada a elogiar la verborrea empalagosa y fraudulenta del aspirante a marido europeo, todo un reto para una amante de las letras, que había tenido que soportar ataques ignominiosos a su lengua materna sin verter sangre por sus malheridos ojos.

También hubo de contenerse para no preguntarle en qué clase de tómbola le habían regalado el supuesto título de periodista que ostentaba. Tiempo atrás, Zenda había elaborado un listado de las tropelías más atroces que leyera en Internet. La más frecuente era la de “haber si nos vemos”, que derrochaba con profusión el de Palacagüina, pero no era la única, ni mucho menos.

En una oración de diez palabras podía tener al menos ocho faltas de ortografía y cuatro de gramática. Obviaba las mayúsculas y las tildes, aunque de éstas últimas más bien pudiera decirse que saltaban como piojos sobre las palabras vecinas, ausentándose de las propias, y finalizaba cada sentencia con una interminable hilera de puntos suspensivos, que según explicaba el propio autor, trataban de expresar su infinita melancolía por la vida.

Pero fue con la frase “asta ke nos convezcamos de nuestra maldad esta tierra sera solo un pedazito de miséria en el ojo de mira de dios” con la que definitivamente se cubriría de gloria. No sabía Zenda qué le había llegado más al alma, si la nueva forma verbal de convencer, la zeta del pedacito, o el ojo de mira. ¿Qué demonios era eso?

-Tal vez quería dejarte claro que no se trataba del ojo del culo, sino del ojo “de mirá”.

El comentario de Perla llegó hasta la cajera del supermercado, que la escrutó brevemente con ojos de huevo, para volver a su concierto de “bips” electrónicos.

-No seas ordinaria hija- la espetó Zenda. Luego rió un chiste privado y agregó: -Dios no tiene orificio anal.

-¿Eso también te lo dijeron las monjas?

-No, las monjas no hablan de temas escatológicos.

Colocaron las bolsas en el maletero del coche de Perla y se pusieron en marcha.

Se dirigían a casa de Amelia, una amiga de Zenda desde sus tiempos escolares, cuando las dos aún llevaban coletas. La madre de Meli -así la llamaban todos- era costurera, y había realizado algunos trabajos para Perla, aunque ésta no era tan íntima de ambas como Zenda.

Meli las había invitado a tomar café, aprovechando que esa tarde estaba sola. Zenda tenía muchas ganas de verla, pues no lo había hecho con demasiada frecuencia desde que su amiga se casara, aunque sí habían hablado mucho por teléfono.

Sentía lástima por su amiga Meli, una chica ya de por sí tímida y sumisa cuyo espíritu había menguado considerablemente desde su boda. Zenda siempre pensó que no debía casarse.

No era aversión al matrimonio en sí; Meli y su novio llevaban ya quince años de relaciones, y lo normal era que acabaran por vivir juntos. Lo que a Zenda le disgustaba era el hombre que su amiga había elegido como compañero.

El sujeto se llamaba Olegario, y en opinión de Zenda ofrecía todo un ramillete de cada cosa que ella consideraba inaguantable.

Era un tipo chaparro, con cierto sobrepeso, de metro sesenta y ocho de estatura, cara cuadrada y ojos hundidos y alargados como dos puñaladas en un cartón. Se peinaba su fino pelo castaño con la raya al lado, y tenía una boca pequeña que auguraba verdades a medias y miserias inconfesables. Cuando Zenda hablaba con Meli, él la miraba con una especie de mueca que pretendía ser sonrisa sin conseguirlo. La ponía de los nervios.

Olegario era profesor de matemáticas en un colegio de secundaria, y probablemente el tío más aburrido, monótono e inexpresivo que Zenda se había cruzado.

Meli le llamaba “Ole”, nombre que, a juicio de Zenda, resultaba totalmente inapropiado. No era lógico jalear con tan castiza interjección a un individuo cuya sola visión causaba grima. Además, cuando Meli le presentaba a alguien, la frase sonaba:

-Ole, mi novio.

Y, a la vista del conjunto, la oración era improcedente toda ella.

No se trataba solamente de que su físico no le acompañara. Su ánimo, su espíritu -o la falta de ambos- se conjugaban con su estampa. En una conversación apenas conseguían sacársele monosílabos, ningún tema parecía interesarle, y resultaba realmente difícil planear cualquier actividad si él estaba de por medio. No bailaba, no bebía, no salía de noche, no le gustaban el cine ni la música, nunca iba a la playa, no practicaba ningún deporte, no viajaba, no conversaba… ¡No vivía!

Perla se refería a él como “la momia”, y la verdad es que el apelativo le iba como anillo al dedo.

A veces Zenda lo había hablado con Noel: ¿Cómo era posible que una chica sensible, amante de la danza y la música, licenciada en bellas artes y, en definitiva, tan llena de vida, saliese con un hombre emocionalmente muerto?

La respuesta probablemente estaba en la temprana edad a la que habían comenzado su relación; A los catorce años cualquier cosa es amor. Tal vez a ella se le habría pasado pronto si no hubiesen tenido que esconder su romance a los ojos de su padre, un hombre anticuado y tirano que controlaba con severidad militar a toda la familia, y que no llegaría a tener conocimiento del asunto -diplomacia materna de por medio- hasta pasados cinco años.

Por esta razón, los encuentros furtivos de los jóvenes amantes no se habían prodigado demasiado; Si acaso, durante el primer lustro de su relación se habrían visto brevemente una vez por semana. Esta circunstancia, unida al hecho de que él cursaría su carrera universitaria a 700 Km. de distancia, y de que con posterioridad se pasaría otros cuatro años trabajando fuera, había dado lugar a un pseudo noviazgo, cuya duración real -matemáticamente hablando- no sería superior a los dos años.

En cualquier caso, la inercia, la rutina o la edad de la pareja ya iban pidiendo a gritos un desenlace, y como quiera que el amancebamiento estaba fuera de toda consideración, tanto por parte de los padres de él como por los de ella, el desposorio se hacía inevitable. Y se casaron, claro.

La boda de Meli se le antojó a Zenda un espectáculo de lo más lamentable. Para empezar, la novia acudía al evento con las mismas expectativas que un pavo el día 23 de diciembre.  No eran nervios lo que se reflejaba en su cara: Era pavor. Frente al espejo, y enfundada en su aparatoso vestido, se había sentido como un alud de nieve;  una gran masa blanca que se precipitaba hacia el suelo para estrellarse con violencia y estrépito.

Zenda había asistido acompañada por Noel, y Perla, según sus propias palabras, “en calidad de candelabro”. La ceremonia fue breve e inaudible, no tanto por la acústica del templo como por los votos en susurro de una Meli acongojada y un Olegario monocorde. A la salida, los asistentes bombardearon a los novios con arroz vaporizado y macarrones. Meli, petrificada como estaba, no fue capaz de sacudirse aquella lluvia de hidratos, y nadie la advirtió de que una de las piezas cilíndricas se había asentado en la parte más frontal de su complicado peinado, por lo que, a lo largo de todo el reportaje, el macarrón aparecería chupando cámara.

Pero no sería ésta la escena más patética del evento.

Ya en el local del banquete, la novia comenzó a manifestar una especie de tic nervioso, propiciado en gran medida por la actitud de la madre de Olegario, una mujer irritante y ordinaria que se empeñaba en obsequiar a los presentes con una información que nadie le había pedido. Describió las dificultades que había tenido Meli para ceñirse el corpiño, porque la muy irresponsable había engordado un kilo dos semanas antes, se explayó en los pormenores del ritual cosmético de la novia, haciendo especial hincapié en las escenas de depilado inguinal del día previo, e insistió en aclarar a los comensales que el jamón era genuino de Jabugo, y que les había costado un ojo de la cara.

En un momento determinado, Meli se levantó de la mesa presidencial, pudiendo apenas balbucear una excusa para ir al baño, y con toda la masa vaporosa que la rodeaba, se abrió paso de manera casi frenética hasta la mesa en la que se encontraba Zenda.

La tomó de la muñeca y poco menos que la obligó a acompañarla al servicio. Estaba roja y tenía los ojos brillantes. Zenda miró a Noel mientras se levantaba, haciendo un gesto interrogante,  y Meli tiró de ella bruscamente, conduciéndola casi en volandas, mientras que Zenda trataba de seguirla en una especie de baile atolondrado, haciendo esfuerzos por no pisarle el blanco vestido.

En el baño no había nadie. En el salón estaban sirviendo el auténtico jamón de Jabugo costeado por los suegros, y los invitados al ágape estaban demasiado ocupados dando cuenta de él como para pensar en orinar o acicalarse.

Meli abrió la puerta de uno de los retretes, arrastrando con ella a Zenda, quien se preguntaba cómo demonios iban a meterse allí los tres, las mujeres y el vestido.

La novia peleó unos segundos con la inmensa falda, sofocada por la carrera, y al final farfulló una especie de súplica:

-Ayúdame por favor.

Estaba como ahogada. Zenda se agachó lo que pudo en el reducido espacio, y cogió la parte trasera del vestido, pasándolo por encima de la cabeza de Meli. Luego hizo lo propio con el cancán, y las dos acabaron cubiertas con la parte exterior de la falda, las cabezas pegadas frente con frente. Meli se agachó para hacer pis, y entonces comenzó a llorar.

Bajo una inmaculada tienda de campaña realizada en gasa y seda, Zenda se hallaba atrapada con una novia desolada que festejaba sus esponsales llorando amargamente, mientras que al otro lado del vaporoso iglú el discurrir del chorrito en el retrete ponía la banda sonora a una escena que por momentos se volvía surrealista.

-Ay Zenda -gemía- Yo no quiero casarme.

Zenda se contuvo para no explicar a la atribulada novia que ya era un poco tarde para eso. No quería ni imaginarse cómo sería un ataque de histeria encerrada en una falda. Sabía que aquella boda era un error, -cualquiera que se casara con Olegario cometía un disparate- pero siempre había creído que Meli no era consciente de ello. Mirándola, comprendió más que nunca que su pobre amiga se había visto arrastrada por las circunstancias. Probablemente, si Meli le hubiese dicho aquello unos meses antes, ella la habría animado a cancelar la boda, pero a esas alturas ya no era plan. Tenía que tranquilizarla como fuera.

-Es normal que estés nerviosa… -comenzó a decir. Meli la interrumpió:

-¡Yo no quiero quedarme a solas con Olegario! ¡Quiero irme a casa!

Mientras que ella resoplaba para darse aire en la cara, Meli se precipitaba por momentos en un balbuceo ininteligible, entre sollozos. La gasa se movía cada vez que resollaba.

Zenda comenzó a temer que iba a quedarse allí toda su vida. Empezaba a sudar bajo aquella especie de mosquitera carísima, y le dolía la espalda de estar en cuclillas. Además, no soportaba los sitios cerrados, y no recordaba haber estado en uno tan pequeño desde que a los cinco años de edad su hermana la encerrara en un baúl. Por si fuera poco, todos los presentes habían visto la estampida con agravante de secuestro protagonizada por la novia, y probablemente estarían especulando sobre el paradero de las dos mujeres.

-Oye Meli – su tono trataba de ser tranquilizador- éste es el día de tu boda. Es una fiesta, y tú eres la protagonista…

-¡No es verdad! – Lloró- ¡Mi suegra es la protagonista! ¡Le ha contado a todo el mundo que me ha venido la regla! ¡Por el amor de Dios, se lo ha contado al camarero!

Con la respiración entrecortada, farfulló algo sobre el ridículo y sobre el peor día de su vida. Zenda se deshacía en palabras dulces, pero viendo que la ternura no la iba a llevar a ninguna parte, optó por cambiar de tercio:

-Bueno, es posible que tu suegra acabe siendo la protagonista si te empeñas en dejarla que campe a sus anchas por el salón, mientras que tú estás aquí conmigo, bajo toda esta tela, y con el culo al aire.

Meli hizo un conato de sonrisa entre su mar de lágrimas, y le pidió el papel higiénico a Zenda, quien realizó una incursión en el mundo exterior con la mano derecha, hasta dar a tientas con el rollo.

-Ya está -le dijo- Sécate esas lágrimas y salgamos de aquí por Dios.

Meli se sonó la nariz, peleó con su ropa interior y volvió a bajarse la falda. Zenda respiró aliviada y ambas salieron del retrete.

Se adecentaron un poco y volvieron al salón, donde algunas personas se giraron al percatarse del regreso de la novia. Ya desde su mesa, Zenda vio cómo Meli se sentaba de nuevo, y también cómo, ante el más que probable interrogatorio de su suegra, se bebía dos copas de rioja de un tirón. Aquello la puso triste; Meli no bebía nunca.

-¿Dónde has estado? -Noel parecía desconcertado.

-De camping -se limitó a decir Zenda, quitándole su cerveza para darle un largo sorbo -luego te explico.

-Estás horrible -dijo Perla al ver que sudaba- ¿Te has estado follando a un camarero en el baño o qué?

Zenda se disponía a contestarle algo borde cuando la orquesta hizo un redoble; Iban a cortar la tarta. El amasijo de merengue, coronado por dos figuritas de plástico, apareció en escena sobre un carrito que empujaba un camarero, en tanto que otro proveía a los recién casados de la típica espada con la que dar el primer corte al pastel, y con la que Zenda de buena gana les habría rebanado el cuello a Olegario y a su madre. Mientras que ella se recreaba mentalmente en una escena de película gore, los novios se hicieron la foto de rigor, y los camareros procedieron a repartir las blancas porciones entre los invitados.

A aquellas alturas del festejo, Zenda ya tenía ganas de irse a casa. Las confidencias de retrete de la novia, los despropósitos de la madrina y la sonrisa de plástico del novio le estaban produciendo una mala digestión.

Pero la noche aún reservaba otro espectáculo; después de la tarta, tocaba abrir el baile con el tradicional vals.

Meli bailaba muy bien, tenía gracia, ritmo y elegancia, y se desenvolvía con soltura ya fuese ejecutando una salsa, un tango o una lambada, pero nadie se imaginaba al almidonado Olegario desplegándose en tales artes. Ver a un zombi deslizándose al son de una melodía no era un espectáculo que se viera todos los días, así que en general podía decirse que todos los presentes aguardaban con expectación el comienzo del baile, que no habría de dejar indiferente a nadie.

Como abrazada a un tronco, la novia trataba de describir algún movimiento con gracia, pero se encontró con un Olegario agarrotado, que no llegó a levantar un pie de la misma baldosa. Más corpulento que ella, los intentos de Meli se tradujeron en una serie de bufidos, en medio de los cuales se adivinaba una súplica al novio para que se moviese, pero lo más que conseguía era menearle los brazos arriba y abajo. Parecía una sesión de rehabilitación fisioterapéutica. Ella comenzó a ponerse roja, y los presentes se dividían entre la mofa y la compasión. Finalmente, algunos de ellos pusieron término a la agonía de la novia, saliendo a la pista y ocultando el patético espectáculo.

Para Zenda fue suficiente. Rogó a Noel que se marcharan, a lo que él accedió de buena gana. Comunicaron su propósito a Perla, quien les instó a marcharse sin ella, pues había decidido quedarse de palique con un tipo bajito que contaba chistes. Al menos alguien estaba disfrutando de todo aquello, pensó Zenda, mientras cogía su bolso de la silla.

Cuando dejaron la fiesta, Meli tenía la que probablemente era la primera borrachera de su vida. Casi con toda seguridad se perdería su propia noche de bodas. Claro que, mirando bien a Olegario, era mejor que estuviese anestesiada.

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El bestiario de Zenda. V

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La casa de Meli estaba en las afueras, en un pueblo a 130 Km. de la capital, donde a su marido le habían dado plaza como profesor tras las oposiciones. Mientras Perla conducía, Zenda la ponía al corriente de las últimas novedades.

Al parecer, la vida de casada no era ni mucho menos como Meli la había imaginado. Olegario se pasaba la mitad del día trabajando, y la otra mitad encerrado en el estudio, navegando por Internet.

-Lo sabía. -Dijo Perla- Tiene cara de pervertido. Los calladitos son los peores. Apuesto a que se mete en sitios porno.

-Peor aún. Eso al menos sería más normal. Lo que hace es trastear por páginas de venta de libros, y se lo pasa pipa el tío. Según Meli, disfruta como un enano.

-No creo que el concepto del disfrute le sea familiar a ese hombre. Ni le he visto reírse. El día que lo haga le saldrán agujetas en la cara.

-Pues sí que se ríe. -Le refutó Zenda- Bueno, yo sólo le he visto hacerlo una vez, pero a carcajadas.

Sin apartar la vista de la carretera, Perla inquirió:

-¿A carcajadas? ¿Olegario?

-Te lo juro.

-No es posible. La risa, según el diccionario, es el acto humano que consiste en la manifestación de la alegría con movimientos del rostro, y que yo sepa, Olegario ni es humano, ni puede manifestar alegría. De hecho, yo a lo que tiene ni le llamaría rostro. Vamos, que fuere lo que fuere, lo que viste no pudo ser risa. A lo mejor fue un ataque epiléptico.

Sin embargo era cierto.

El suceso había tenido lugar una tarde de invierno, mucho antes de los planes de boda, cuando Meli aún vivía con sus padres. Era domingo, y Meli le había pedido a Zenda que fuese a su casa a ayudarla con la decoración de su cuarto. Cuando Zenda entró en la salita, Olegario estaba allí, muy entretenido con la lectura de un libro. Ignoró a Zenda y ella le devolvió el trato, pasando a instancias de Meli hasta el dormitorio.

Las dos chicas se sentaron sobre la cama, mirando revistas de decoración. Mientras charlaban animadamente sobre cortinas y edredones, un sonido extraño llamó la atención de Zenda. Procedía de la salita, y se producía a intervalos irregulares.

Cuando trataba de analizarlo, el ruido se detenía, y volvía a la carga en el momento en que menos lo esperaba. Era algo así como un hipo, una respiración entrecortada, rematada por un ridículo tono agudo, como el chillido de una cobaya.

Al cabo de un rato, ambas se presentaron en el lugar en cuestión, buscando un número atrasado de Nuevo Estilo. En realidad se trataba de una excusa que Zenda había urdido para esclarecer el origen de aquel ruido insólito.

Semi tumbado en el sofá, Olegario seguía inmerso en la lectura del libro, un tomo grueso cuyo título no podía apreciarse, al estar forrado con un papel oscuro.

Se percató entonces Zenda de que los extraños gemidos procedían del propio Olegario, quien hacía algo parecido a reírse, sin despegar la mirada de las páginas. Al principio, trató de disimular su curiosidad e ir a lo suyo, pero, en un momento dado, Olegario explotó en carcajadas.

Ambas se volvieron, para comprobar atónitas cómo el susodicho lloraba de la risa. Zenda se quedó tan perpleja que a punto estuvo de pedirle a Meli una cámara para inmortalizar el momento, pero en lugar de eso se quedó inmóvil, tratando de retener cada detalle en su mente.

Olegario se había tumbado de espaldas en el sofá, sujetando el libro abierto con una mano, mientras que con la otra se tapaba la cara. Éste fue un gesto que Zenda agradeció mentalmente, pues la visión de aquella horrible cara constreñida por la risa le estaba produciendo escalofríos. Sin embargo, y con el mismo morbo con el que se observa un accidente de tráfico, le resultaba imposible apartar la vista de la escena.

A Zenda le era difícil imaginar qué podía provocar una reacción tan extrema en un individuo al que, con toda seguridad, si pinchaban no le sacaban sangre.

Pero ella y su curiosidad estaban de suerte. Mientras hojeaban las revistas, Olegario se levantó para ir al baño, y Zenda aprovechó la ocasión para rogarle a Meli que le trajese un vaso de agua.

Con un gesto rápido, cogió el libro del sofá, intrigada por el contenido y naturaleza de aquello que había conseguido arrancarle carcajadas a un muerto viviente.

Se quedó atónita; La página marcada por Olegario no contenía ni una sola palabra.

-¿Eran fotos, cómics… porno en fin?

-Nada de eso- replicó Zenda.

-¿Entonces?

Le explicó que había tomado el grueso de las páginas, y las había hecho correr rápidamente con el dedo pulgar, provocando un baile en abanico que, por todo el libro, no dejaba ver más que fórmulas matemáticas.

-Me estás vacilando- le dijo Perla.

-En absoluto. Te juro que la momia se estaba descojonando con ecuaciones y logaritmos. Debe ser lo único que le pone.

-Ese tío folla en binario, fijo.

Zenda rió- ¿Y cómo es eso?

-Pueess… Supongo que, en lugar de susurrar frases lascivas, va recitando en voz alta, para no perderse: “palito, cerito, palito, cerito, palito, cerito…”

Zenda rompió a reír. Luego reflexionó en voz alta.

-La verdad es que no me imagino a Olegario participando en ninguna actividad que precise de intimidad con otro ser humano. No es capaz de interactuar a ningún nivel. Es como un hongo. Simplemente está ahí, sin moverse ni hacer ruido, y no sabes cómo ni cuando ha aparecido.

-Eso podría explicar lo de su improbable vida sexual. -dijo Perla- A lo mejor se reproduce por esporas. Seguro que sus padres se lo encontraron un día en un rincón de su cuarto, como una seta en el bosque.

-Uf, sus padres. Ésa es otra… Pobre Meli, la que le ha caído encima.

-¿Y eso?

-Pues resulta que viven a dos manzanas de su casa. Olegario pidió ese destino como primera opción para estar cerca de su mamá, y se pasan el día en su piso, aún cuando él no está. Es como si quisieran vigilarla.

-Pues vaya cuadro flamenco. La familia champiñón al completo. Me acuerdo de la suegra, y de su inenarrable papel en la boda. Menuda pieza. Y el marido parecía un Olegario arrugado. Desde luego, si yo estuviera en el lugar de Meli, ni les abriría la puerta.

-Ese es el problema, -explicó Zenda- que Meli no es la que abre la puerta. Tienen un juego de llaves del piso, y se cuelan todos los días en su casa sin avisar, a cualquier hora. Meli me ha dicho que tiene que estar todo el día correctamente vestida y con el piso arreglado a tope, porque llegan a horas intempestivas a pasar revista. Le ha rogado a Olegario que les pida las llaves, pero él se niega, porque dice que podrían malinterpretar el gesto.

-¿Malinterpretar? ¿Qué hay que malinterpretar? Ella está en su derecho a preservar su intimidad. Lo que no entiendo es por qué tiene que estar arregladita para ellos. Si yo fuera ella, me pasearía en bragas por la casa, para que captaran la indirecta.

-Te creo muy capaz, -se sonrió- pero ya sabes lo tímida que es Meli. No creo que ni su marido la haya visto completamente desnuda.

-¿Follan con túnica, como en la Edad Media?

-No, le echa las esporas por la cabeza -apuntó con sorna- Vamos, que si ves un robellón en la cocina no te lo comas, no vaya a ser un hijo de Olegario.

Las dos rieron.

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El bestiario de Zenda. VI

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-No te enfades, pero yo creo que no deberías meterte en sus asuntos, no sé, me parece…

Siempre que Meli tenía que decir algo que pudiera contrariar a su interlocutor, comenzaba la frase con un “no te enfades”, y la concluía con algún titubeo que se diluía lentamente en el silencio, como una canción melódica.

Estaba sirviendo el café en un juego de porcelana de dudoso gusto, regalo de bodas de su tía abuela Encarna, mientras que las tres departían sobre el último disparate de Mara. Zenda tomó su taza, observando con disgusto el decorado de mariposas en color verde y amarillo que la rodeaba.  Detestaba las mariposas. Detestaba el verde. Detestaba el amarillo. Y decidió que la tía Encarna no le gustaba tampoco.

-No me estoy metiendo en nada. -Contestó Zenda- Sólo expongo mi postura. Ese tío es una buena pieza.

– ¿No te gusta porque es sudamericano?

-¡Claro que no!- Zenda reaccionó un tanto ofendida. -A mí me daría igual que el tipo fuese nórdico, ruso o australiano. La cuestión es que es un aprovechado.

-Pero… ¿es algo que sabes fehacientemente? Quiero decir, ¿tienes alguna prueba de que no esté siendo sincero?

Zenda y Perla se miraron. Habían convenido en no decir nada del experimento que estaba llevando a cabo. Meli era una chica extremadamente prudente, recatada como la lencería de una monja, y capaz de escandalizarse sólo con oír una palabrota. Aquel asunto era demasiado escabroso, y ella demasiado ingenua para oírlo.

-Meli, nena -le dijo Perla- sabemos que lo que siente ese tío no es amor verdadero por una mera cuestión de estadísticas.

-¿Estadísticas?

-Claro. A ver: ¿Qué posibilidades hay de que un gilipollas capaz de casarse con alguien a quien no ha visto nunca se encuentre con otro gilipollas similar? ¡Poquísimas! Si consideramos que Mara sí es una genuina gilipollas, es prácticamente imposible que haya dado tan fácilmente con su media naranja. Está claro que a él le mueven otros intereses.

-Es cierto -apuntó Zenda, tratando de ocultar así el verdadero origen de su convicción- Además, está comprobado que el setenta por ciento de la gente que busca relaciones en Internet miente.

-Imposible -dijo Perla.

-¿No crees que tanta gente pueda mentir?

-No creo que el otro treinta por ciento diga la verdad. Son demasiados.

-Bueno -dijo Meli- yo una vez me conecté en un Chat y no dije ninguna mentira…

Zenda y Perla cruzaron miradas. Meli era tan inocente que resultaba irreal. La observaron servir el café con modales de duquesita. Ella prosiguió:

-Es una pena que existan personas así. Por su culpa luego juzgan mal a todos sus compatriotas. No es justo.

-Bueno, no creo que nadie vaya a juzgar a todo un país de veinte o treinta millones de habitantes por un solo individuo -dijo Perla- Si esto fuera así, sólo con la cantidad de españoles imbéciles que conozco estaríamos todos condenados. El de Palacagüina es un oportunista, pero en su país no tienen la culpa de eso.

Meli fue a decir algo, dudó, dio un sorbo a su café, y finalmente se atrevió a hacer una puntualización:

-Está en Nicaragua.

Las dos se miraron, sin comprender.

-¿Quién o qué está en Nicaragua?

-Palacagüina -dijo Meli tímidamente- Como no paráis de llamar así al peruano…

Zenda sonrió. Se dio cuenta de que a su amiga le había costado trabajo decir aquello.

-Meli, cielo, -se aprestó a responderle Perla- es sólo un chiste malo, por el cantante aquél del poncho.

-Ah, vale, perdona…

-Estás muy puesta en geografía -le dijo Zenda con una sonrisa.

-Bueno, ya sabes que me gusta mucho todo lo que tiene que ver con los países latinoamericanos.

Era cierto. Meli era un espíritu cálido. Desde muy pequeña le chiflaba todo lo relativo a Ibero América, sus gentes, su folklore, y muy especialmente los bailes latinos, en los que era toda una experta. En una conversación, en su lenguaje, en su modo de proceder se revelaba juiciosa, tranquila, exquisita y apocada, pero cuando sonaba una salsa o un merengue, la timidez daba paso a una explosión en la que florecían toda su sensualidad y su pasión. Perla decía de ella que era “un alma caliente encerrada en la esposa de un profesor de matemáticas”.

Después del café, Meli estuvo enseñándoles las fotos de la boda, en un enorme álbum que pesaba una tonelada. Luego les mostró algunos de los regalos recibidos, concediéndoles un apartado especial a los que guardaba en su particular “cámara de los horrores”.

-Éstos son los peores -advirtió- Ni siquiera Olegario me ha obligado a ponerlos, menos mal- Luego se percató de que podía estar pecando de maleducada o desagradecida. Trató de explicarse:

-Es que alguna gente tiene muy buena voluntad, pero poquito dinero, o no saben cuál es el estilo que me gusta.

-¿Estilo? -dijo Perla, mientras sostenía un espeluznante cisne de porcelana en color turquesa con adornos dorados. No creo que esa palabra esté en el vocabulario de la persona que te regaló esto. Mira Meli, no tienes que excusarte. La mayoría de la gente que acude a una boda lo hace sólo para comer y beber gratis, o por lucir modelito. Y ni siquiera se molestan en traer un regalo decente, son unos rácanos. Esta cosa tan fea viene del todo a cien, fijo. En lugar de tenerlos en un rincón ocupándote sitio deberías hacer terapia con ellos.

-¿Terapia?

-Sí, cuando estés cabreada con Olegario, por ejemplo, rompes alguno.

-No puedo hacer eso, tengo que tenerlos a la mano por si viene de visita la persona que me lo regaló.

-¿Y te acuerdas de quién te regaló cada cosa?

-No, pero les he puesto una pegatina identificativa en la base.

Perla comprobó este extremo. Bajo el horrible cisne, Meli había escrito “Prima Matilde”.

-Joder con la prima Matilde.

-Pues esto es peor -dijo Zenda. Sostenía en alto lo que parecía ser la figura de una pastora made in Taiwán. En la falda conservaba una pegatina que indicaba estar pintada a mano.

-¿Pintada a mano? Pues el chino que lo hizo padecía de párkinson- Zenda mostró la pieza a Perla. Ésta se rió.

-Sí, se le ha corrido el rimel. Se habrá llevado algún disgusto la pobre.

Meli no se había dado cuenta de que la pastora tenía los ojos blancos, y que la pintura que debía emular las pestañas y las pupilas se encontraba a la altura de los pómulos. Se echó a reír.

-Anda dame, voy a guardar ese horror -dijo por fin.

Se disponía a meter la pastora en su caja cuando en la entrada de la casa se oyó un ruido. Parecía el tintineo de unas llaves. Zenda se sintió incómoda.

-¿No decías que Olegario estaría fuera todo el fin de semana?

-Y lo está -dijo Meli con un gesto tenso- No es Olegario.

-Huy, los suegrísimos -dijo Perla. Meli la miró. Ella y Zenda se encontraban sentadas en el mismo sofá, de espaldas al recibidor, mientras que Perla se había acomodado en un sillón frente a ellas, encarando la puerta. Las dos primeras giraron la cabeza con expectación, a la espera de ver aparecer a los imprevistos visitantes. Durante unos segundos se oyeron unos pasos, unas palabras en susurro, y finalmente los padres de Olegario entraron en escena.

Parecían sorprendidos, aunque su expresión más bien denotaba estupefacción. Zenda se ofendió por aquello. ¿Por qué demonios tenían ellos que escandalizarse de que Meli tuviera visitas? ¿No era acaso la señora de la casa?

En medio de estas elucubraciones, y antes de que nadie pudiese articular palabra, las dos mujeres se volvieron sobresaltadas al oír el grito de Perla. Ésta se encontraba de pie, dando ridículos saltitos, chillando y… completamente desnuda de cintura para arriba. Fingía buscar su blusa, que estaba oportunamente escondida tras el sillón. Mientras hacía aspavientos con los brazos, sus enormes pechos daban botes arriba y abajo.

Meli se puso roja hasta las orejas, sin comprender lo que estaba pasando, mientras que Zenda se tapaba la cara con ambas manos tratando de aguantar la risa, y adivinando las intenciones de Perla.

De repente sonó un portazo. Los padres de Olegario se habían ido.

Perla rompió entonces a reír, derrumbándose en el sillón, mientras que la pobre Meli, a quien avergonzaba tanto la desnudez ajena como la propia, no sabía hacia dónde mirar. Finalmente, entre risas, Zenda le dijo:

-Perla, por Dios, vístete. -La otra seguía deshaciéndose en carcajadas.

Los padres de Olegario no regresaron aquel día.

Ni al siguiente, ni al otro.

Y aunque no devolvieron las llaves, tampoco volvieron a usarlas nunca.

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El bestiario de Zenda. VII

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De vuelta a casa, Zenda pensó en el consejo de Meli acerca de no intervenir más en el asunto de Mara.

-Tú ya has cumplido con tu obligación al advertirla -le había dicho- el resto es cosa suya.

Meli tenía razón, aunque claro, a ella le faltaba parte de la información. Probablemente no habría pensado lo mismo de conocer el doble juego del tipo. Aún así, le asaltaban las dudas. ¿Estaba sobrepasando sus competencias como amiga? ¿Existía realmente un límite? ¿Hasta qué punto sus buenas intenciones podían estar incurriendo en la invasión del libre albedrío?

Hizo un recorrido a través de los amoríos que Mara había mantenido a lo largo de los últimos veinte años, y en el papel que ella había tenido que asumir en algún momento de aquellas relaciones. Casi siempre había tenido que salvarla de la quema. Y no habían sido pocas las ocasiones. Mara había sido novia o rollete de una veintena de tíos, había convivido con un par de ellos, y se había casado con uno. Pero lo que todos tenían en común es que cada uno de ellos había sido “el definitivo”.

Sólo con Toni llegó a firmar los papeles, aunque no fue precisamente porque ella le identificara como el hombre de su vida, sino porque la edad ya la apremiaba. Por encima de cualquier cosa, Mara siempre había soñado con un marido, un hombre que estuviese legal y moralmente obligado a acompañarla de por vida.

La relación había sido una versión filmada de lo que para cualquier otro habría sido una novela; una historia transformada en un guión rápido y resumido, en el que todo se producía de una manera espídica. Así, y a los siete días de conocerle por Internet, Mara se citó con él en una cafetería. Aunque ya se habían visto antes a través de la cámara, ella pensó que se imponía un detalle romántico para aquel primer encuentro, así que convino con Toni en que llevaría una rosa en la mano. Él, por su parte, debía llevar un libro.

Lo que Mara no sabía es que el chico no era precisamente un amante de la literatura. Después de afeitarse, ducharse y ponerse gayumbos nuevos, en el último momento se percató de que en su casa no tenía nada que se pareciera al objeto que debía ser su señal identificativa, y así, durante veinte minutos, se estuvo debatiendo entre llevar un cómic de Spiderman, una revista informática o el listín telefónico. Mara se quedó de piedra cuando lo vio aparecer con un ejemplar de las páginas amarillas.

La cita, no obstante, funcionó, y cuatro encuentros sexuales más tarde ya estaban buscando piso. Mara dejó el apartamento que compartía con otras dos amigas, quienes, además de advertirla sobre la inconveniencia de convivir con un extraño, se mostraron bastante contrariadas por tener que asumir su parte del alquiler. Le pidieron que esperase a que otra persona ocupase su puesto, pero ella se mostró inflexible sobre la fecha de su partida, argumentando que “cuando el amor llama, no hay que hacerle esperar”, de modo que hizo las maletas y se trasladó a su nueva casa, un pisito amueblado que ella y su amor habían alquilado en una zona modesta.

A pesar de no aprobar la premura con la que su amiga había tomado tan importante decisión, después de varias semanas de oír cantar alabanzas sobre Toni, Zenda estaba ansiosa por conocerle. Mara le había descrito como un ser sensible, detallista, cariñoso y encantador.

-Tiene unos ojos preciosos, Zenda, y una carita de niño, y un olor tan agradable… ¡Es tan guapo! Tienes que conocerle. Quiero que vengáis tan pronto como lo tengamos todo listo.

-Claro que sí -le había contestado Zenda- Lo estoy deseando.

Esto lo había dicho con los dedos cruzados. Deseaba realmente que la nueva historia de Mara funcionase, pero las experiencias previas no auguraban buenos resultados. De cualquier forma, se alegraba de que su amiga estuviese nuevamente ilusionada, después de la agónica ruptura que había sufrido con su último amante.

Una vez Toni y ella se hubieron instalado, Mara invitó a Noel y a Zenda a una cena de inauguración, en la que además les presentaría formalmente a su romeo.

Era la segunda semana de Diciembre. Las calles estaban iluminadas y el ambiente era ya festivo y agitado, lo que también implicaba más tráfico. Después de dar varias vueltas con el coche, Noel consiguió aparcar a un par de manzanas de la calle en cuestión. Mientras caminaban, Zenda le explicaba lo poco que sabía del nuevo novio.

-Tiene diez años menos que ella, o sea, veinticinco, se llama Toni y por lo que cuenta Mara es un hombre bastante guapo, y adornado con todas las virtudes posibles, por dentro y por fuera.

-Debe serlo, -dijo Noel- a tenor de la prisa que se ha dado en cazarlo.

-Bueno, lo de la prisa no indica nada. Ya sabes cómo es Mara. Cuando se trata de hombres es como una maruja en el primer día de rebajas; No es que esté buscando una cosa en concreto, sólo sabe que quiere llevarse algo pagando lo menos posible, y en cuanto tiene un candidato aceptable, se tira en plancha, arrasando con lo que sea menester.

-Pues esperemos que el novio no sea de saldo. Normalmente vienen con alguna tara.

Llegaron por fin al portal, y Noel pulsó el botón del portero automático. Por toda respuesta, la puerta se abrió de un timbrazo, para darles acceso a un zaguán sombrío que se iluminaba con la triste luz que ofrecía, con más pena que gloria, una bombilla desnuda que colgaba de un cable sucio.

En la puerta del ascensor, un cartel escrito a bolígrafo les invitaba a subir cuatro pisos a pie, bajo la escueta fórmula de “No Funciona”. A la vista de lo ajado del papel, debía hacer ya algún tiempo que los vecinos ejercitaban sus piernas con regularidad. Ambos se miraron con un gesto de resignación y comenzaron la escalada. Resoplando, llegaron al 4º D, y Noel tocó el timbre mientras que Zenda se derrumbaba sobre la pared. Al otro lado se detectó movimiento.

Un tipo rechoncho y bajito les abrió la puerta. Llevaba puesto un delantal, y se quedó mirándoles sin decir nada, como si estuviese esperando un discurso de los Testigos de Jehová. Zenda estuvo a punto de preguntar por los señores de la casa, pero conociendo el poder adquisitivo de su amiga estaba claro que aquél no era el mayordomo. Empezó a temerse lo peor.

-Pasad -dijo secamente.

Tras recuperar la respiración escrutó al individuo, que distaba mucho de parecerse al adonis que su amiga le había descrito. Para empezar, y a pesar del frío, el sujeto recibía a sus invitados con los pies descalzos. Y eso que en la casa no había moqueta. Al hacer un rápido recorrido visual, en la búsqueda del supuesto Brad Pitt que se escondía en alguna parte, Zenda no pudo evitar fijarse en aquel par de pezuñas. Eran probablemente los pies más grandes que había visto en su vida, peludos como los de un oso, y con unos largos dedos rematados por unas uñas que pedían a gritos una sesión de pedicura. Resultaban especialmente grotescos por lo desproporcionados en relación con el cuerpo del muchacho, que no debía superar el metro sesenta y cinco de estatura, pero que resultaba suficiente para albergar unos cien kilos de peso.

Las escasas dudas que aún conservaba sobre la identidad del individuo desaparecieron en cuanto Mara se incorporó a la escena, rodeando con sus brazos a la versión en pasta del amo de casa, y presentándolo inmediatamente como “su Toni”. Después del ritual de besos y abrazos pasaron al interior.

La entrada a la vivienda era estrecha y oscura. Mara explicó que faltaba la bombilla del recibidor, aunque en realidad también faltaba la lámpara. A instancias de los anfitriones, hicieron un pequeño recorrido por el piso.

Lo primero que vieron fue la cocina, un habitáculo minúsculo y cochambroso en el que apenas cabían dos personas. Los escasos muebles, que se adivinaban blancos, estaban desvencijados, y algunos incluso habían perdido los tiradores de las puertas. A Zenda se le antojó que aquella cocina parecía una de esas escenas de película en las que se evocaba un recuerdo lejano, porque todo el conjunto se hallaba envuelto en una espesa niebla. El motivo se hallaba en el fuego; Sobre un destartalado fogón, una olla de acero despedía una abundante nube de vapor, que provocaba el baile de una tapadera de aluminio.

-Es la cena -dijo Mara- Toni va a hacer hoy su salsa especial. Ya veréis.

La vivienda en general presentaba ese aspecto mixto y descuidado propio de los pisos de alquiler cuyos propietarios carecen del más mínimo sentido de la decencia, el decoro o el ridículo. Para empezar, las habitaciones eran inusitadamente pequeñas. En ellas apenas encontraban hueco los mínimos muebles necesarios para hacerla habitable, y acceder a algunos de ellos, por ejemplo a la cama, requería de cierta habilidad física. Además, la decoración era una mezcla imposible de arte minimalista y kitsch. Así, unos delirantes estampados, que parecían la obra de un hippie extemporáneo, se desplegaban sobre un viejo papel pintado que vestía las paredes del dormitorio principal, mientras que una mano de pintura blanca demasiado aguada convertía la habitación contigua, que por todo mobiliario tenía una vieja mesa plegable y una silla, en una especie de dispensario de posguerra.

Pero lo que realmente indignó a Zenda fue el habitáculo que ejercía de cuarto de baño, un cuchitril en el que los aparatos sanitarios se disputaban tres metros cuadrados de espacio, retando al usuario a buscar un modo de utilizarlos sin menoscabo de su integridad física. Se adivinaba que la colocación de lavabo, bidé, retrete y placa de ducha había constituido un reto para el arrendador, quien sin duda era todo un experto jugando al Tetris.

Después de una corta visita que había llevado a Zenda de vuelta a los años setenta, los cuatro pasaron al salón, la única estancia medianamente amplia de la casa, en la que un enorme sofá de flores marrones y amarillas los recibía a gritos. El mobiliario era tremendamente cutre, pero al menos se observaba que Mara había tratado de poner su toque personal. Zenda reconoció algunos objetos que llevaban con ella bastante tiempo: Quemadores de esencias, minerales, palmatorias y figuras que habían decorado su dormitorio cuando aún vivía con sus padres.

-Todavía necesita algunos arreglos -explicó Mara- pero tenemos lo principal.

Miró a Toni y añadió: “Mucho amor”.

Con una sonrisa piadosa, Zenda deseó mentalmente que el amor fuese de veras suficiente para Mara, porque, más que arreglos, la vivienda precisaba de la visita urgente de un bulldozer.

-La cena estará lista enseguida -dijo Toni. -Voy a terminar la salsa.

Mientras el joven estaba en la cocina, Mara inquirió:

-¿Y bien?

Zenda se quedó en silencio. Sabía muy bien lo que su amiga le estaba preguntando, pero necesitaba tiempo para confeccionar una frase amable. Aquel lugar era horrible, desde el portal hasta el dormitorio, y aún no había tenido tiempo de descubrir los encantos ocultos de Toni, que ansiaba encontrar con rapidez, para poder decir algo sobre él que hiciera irrelevante su tosco aspecto.

-Es encantador -dijo finalmente, sin atreverse a especificar si se refería al piso o al novio. No sabía cuál de las dos cosas hubiera sido una mentira más gorda.

Adivinando su debatir interno, Noel se apresuró a cambiar de tema, inquiriendo acerca de algunas cuestiones domésticas, en las que pudieron sumergirse hasta que Toni anunció que ya podían sentarse a la mesa.

Para pasmo de Zenda, que siempre cuidaba las formas hasta el extremo, el chico se presentó en el salón con la olla de acero, que soltó con cierta contundencia sobre la mesa. Entonces sacó un cazo, con el que sirvió a los comensales lo que parecían ser Spaghetti con salsa de tomate.

Mara sirvió el vino y brindaron.

Empezaron a comer, y entonces Zenda tuvo una horrible revelación; la salsa especial de Toni no era sino ketchup en cantidades ingentes. Ella odiaba el ketchup, y la pasta se encontraba sumergida en un profundo pantano rojo.

-Es una innovación de Toni -explicó Mara- fríe cebolla y encima le vierte dos botes grandes de ketchup. ¿A qué es original?

Zenda sonrió con indulgencia, asintiendo mientras trataba de tragarse la pasta. Noel parecía divertido. Sabía que su chica detestaba esa salsa dulzona, como también sabía que no iba a hacerles un feo a sus anfitriones expresando su disgusto. Ambos se miraron y él tomó su copa en un gesto de brindis. Zenda lo fulminó con la mirada.

Estaba enrollando despacio los spaghetti, procurando que en su rostro nada denotase la aversión que sentía por aquel hermano bastardo del tomate, cuando se percató de que en la mesa se producía un espectáculo que desde luego habría eclipsado cualquiera de sus gestos.

Sentado junto a Mara, Toni engullía la pasta con fruición, envolviendo el tenedor en cantidades excesivas que a duras penas conseguía introducirse en la boca. Mientras masticaba, y para no perder el tiempo, untaba trozos de pan con paté de hígado que Mara había servido en una bandejita, y los colocaba en su plato, para tragarlos de un solo bocado apenas la pasta le dejaba un huequito en sus fauces. A ratos, sorbía el vino, y aprovechaba la mano libre para colocar más pan sobre los spaghetti, como queriendo asegurarse el abastecimiento cual acaparador en época de estraperlo.

Pero por lo visto aquella deglución masiva no era suficiente. En un momento dado, el chico se levantó y fue a la cocina, de la que volvió portando una pieza de embutido. Al parecer era una barra de fuet. La cortó por la mitad, dejando un trozo sobre la mesa, y comenzó a darle mordiscos al otro con piel incluida. La sostenía con la mano izquierda, y con la derecha seguía enrollando la pasta. Todo esto iba acompasado de un desagradable sonido, una especie de gruñidos que emitía por la nariz; Toni estaba sorbiendo mocos, o tal vez algo peor. Fuera lo que fuera, pretendía salir por sus fosas nasales, pero él no se lo permitía.

Zenda estaba perpleja y asqueada, y no sabía qué hacer para evitar una visión que le estaba produciendo amagos de arcadas. Aquella cena se le estaba haciendo interminable. Afortunadamente, la ingesta masiva y frenética de Toni puso fin a las viandas enseguida, y Zenda consiguió sobrevivir al trance.

Pasaron al sofá, mientras que Mara ponía una bandeja con turrones y mazapanes sobre una mesita. Sus anfitriones se sentaron frente a ellos.

Toni estaba descorchando una botella de cava cuando Zenda reparó en aquella cosa.

Frente a ella, y sobre un mueble similar al de una vieja máquina de coser, se erguía lo que parecía ser un árbol de navidad. A Zenda le encantaba la navidad, y todos los años colocaba en su casa un belén y un enorme árbol, que decoraba con centenares de luces y finos adornos de cristal, algunos de los cuales se remontaban a su más tierna infancia. La mayoría de sus visitas se quedaban admiradas de su obra, en la que empleaba más de cuatro horas. Para ella era una tradición importante.

Sin embargo, Mara y Toni no parecían compartir su entusiasmo, o al menos carecían de su sentido del detalle. El escuchimizado proyecto de árbol navideño que se mostraba ante ella plantaba sus escasos encantos en lo que parecía ser una demostración de denuncia social o algo parecido. El abeto no debía medir más de ochenta centímetros, y en sus pelonas ramas artificiales, que acusaban haber conocido tiempos mejores, una escasa media docena de adornos se repartían el espacio ampliamente. Pero lo que realmente llamó la atención de Zenda fue la colocación de la solitaria tira de luces que lo iluminaba. Al parecer, tratando de aprovechar el único enchufe disponible, el cable había sido orientado desde abajo hacia arriba, con lo que la parte que ya no disponía de bombillas salía por la copa del árbol tras haberlo estrangulado en una simple espiral de corto recorrido. Aún así, la distancia entre la toma de corriente y el mueble resultaba demasiado extensa para la longitud de la tira de luces, las cuales, además de producir un extraño chirrido al encenderse y apagarse, obligaban al árbol a inclinarse por la parte superior. Sometido a la tiranía del cable, el pobre abeto se asemejaba a una especie de ramo de flores mustio, que con cada nuevo crepitar lumínico parecía suplicar que pusieran fin a su agonía.

Salió de su abstracción para tomar un poco de cava. Al inclinarse para coger su copa, Toni, que se hallaba sentado en el otro sofá, cruzó las piernas, lo que permitió a Zenda tener un encuentro tan inesperado como desagradable.

Frente a ella, y a medio metro escaso de su nariz, una enorme planta desnuda del  número 45 ofrecía a los dos invitados todo un muestrario representativo de cualquier cosa que se hallase depositada en el suelo de la casa, en forma de un pastiche hecho a base de pelos, pelusas y manchas de origen tan desconocido como inquietante. Mientras hablaba, copa en mano, el ennegrecido pie del tipo se balanceaba arriba y abajo, provocando que un pequeño trozo de lo que parecía ser un spaghetti aplastado se cimbrease peligrosamente, en un intento de suicidio hacia la bandeja en la que se encontraban los dulces.

Antes de que tal cosa pudiese ocurrir, Zenda se levantó bruscamente, excusándose para ir al baño. Tuvo el tiempo justo para cerrar la puerta tras de sí y echar la pota.

Al menos no tendría que digerir el ketchup.

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