El fin del mundo

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El fin del mundo está dentro de una caja.

No es la caja de Pandora, ni es una caja fuerte, protegida y vigilada. Es una simple caja de cartón. Una cajita de bombones Mozart, para ser exactos.

Aún huele a chocolate, pero hace tiempo que aquellas pequeñas delicias vienesas dejaron lugar a un contenido menos inocuo.

Me había gustado aquella cajita, con su filigrana dorada enmarcando el que, supuestamente, fue el rostro del malogrado genio de Salzburgo, así que decidí guardar allí el arma de destrucción total. Y hoy está lista, como yo, para cumplir su cometido.

Recuerdo, mientras la abro, algo que oí hace más de treinta años, cuando aquella chiquilla del instituto inició también el fin del mundo: “hay que esperar diez minutos entre una y otra, o de lo contrario no funcionará”.

Respiro hondo. Diez minutos me parecen mucho tiempo. ¿Cuántas hay? Las saco despacio y las dispongo cuidadosamente dibujando una especie de mandala,  sobre un bonito tapete de gasa azul tornasolada. Las cosas hay que hacerlas bien. Las cosas deberían ser hermosas. Incluso el fin del mundo.

Voy contándolas. Ciento cincuenta y una. Eso son demasiadas para darles diez minutos a cada una. No tendría tiempo de terminar, y perdería el control de la situación antes de concluir mi tarea. Eso sería un desastre. ¿Qué ocurriría entonces? Puede que no lograse acabar con todo, y que en lugar de eso quedase algo deforme e inútil, envuelto en sufrimiento. Y yo no deseo causar sufrimiento. No. El sufrimiento no es una opción.

Mil quinientos diez minutos… ¡eso es más de un día!

No. Debo desoír las palabras de aquella adolescente de hace treinta años. Tal vez tuviera razón, pero seguro que ella no tenía tanto material de destrucción en su cajita.

Un minuto. Eso haré. Un minuto por cada punto del mandala. Saco una preciosa copa alta de fino cristal, la lleno de cava y simbólicamente brindo con el universo entero. Es una muestra de respeto. Destruir el mundo merece, cuando menos, una señal de respeto.

Comienzo a deshacer el mandala, recitando:

-Ésta, por la hermana retorcida que me enseñó, de un golpe seco y a la más tierna edad, lo que era el dolor.

-Ésta, por el monstruo que me robó, de una sola estacada sangrienta, la niñez, la adolescencia, la paz y el sueño.

-Ésta, por el profesor que ignoró la soledad y la tristeza.

-Ésta, por la amiga a la que cien veces perdoné y ciento una me traicionó.

-Ésta, por el jefe que abusó, insultó y maltrató.

-Ésta, por los corruptos que rigen el mundo.

-Ésta, por los océanos de plástico…

Y así cuarenta y nueve, cincuenta, cincuenta y una, cincuenta y dos…

No sé si es que no hay suficientes razones, o que iniciar el procedimiento agota más de lo que yo pensaba, pero empiezo a olvidar por qué puse en marcha el fin del mundo.

Aunque eso da igual; lo que sí recuerdo es que había razones, y razones de peso.

Mientras la Tierra tiembla bajo mis pies, y todo lo que he conocido, temido, amado y odiado desaparece poco a poco ante mis ojos, me pregunto a qué resonará el eco del vacío.

No hay respuesta.

 

 

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El bosque en la ventana

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Vivo en un piso pequeño. Muy pequeño. Cuando compro una caja de zapatos ya sé que tengo que tirar o regalar alguna otra cosa para poder ubicar la nueva adquisición. Así están las cosas. Por eso, y a pesar de que mi sueño sería tener un gran jardín, o mejor, vivir en una cabaña en el bosque, toda la vegetación que me rodea cabe en el alféizar de una ventana.
En ella se apiñan un pino que hace ocho años fue un piñón, una esparraguera, un aloe que me pide a gritos un apartamento más decente que el minúsculo tiesto que constriñe sus raíces y sus aspiraciones, un olivo que se desespera soñando un campo -como yo sueño la lotería- y un granado en la misma penosa situación. Por si fuera poco, cuando Franc y yo descubrimos por la calle algún esqueje arrancado y condenado a morir, lo traemos a casa para darle una oportunidad.
Y claro, acaba en la misma ventana, que es un proyecto de bosque, igual que la mía es un proyecto de vida.

Como un plus de mi pequeña foresta, cada día vienen a visitar el abigarrado rincón vegetal tórtolas y gorriones. Las primeras tienen la manía de ponerse a ulular en la diminuta copa del no menos diminuto pino (como si el pobre no tuviera bastante con estar asentado en esa minúscula parcela). A veces me asomo para debatir con ellas los inconvenientes de someter a ese pequeño árbol a su peso, pero nunca me da tiempo a decirles nada porque -se conoce que no les gusta mi cara- salen volando despavoridas.
Los gorriones en cambio me hacen sonreír. Son más espabilados que las tórtolas -dónde va a parar- y me ven incluso a pesar de los reflejos del cristal. Jamás los pillaré desprevenidos.
Por eso me conformo con mirarlos como una imagen difuminada a través de la lona color marfil del estor. Me gusta que vengan a visitar mi jardín urbano, y no quiero espantarlos.

Es así como he ido observando que últimamente andan revueltos. Claro -me digo- llega la primavera y hay que prepararse.
Esto lo concluí después de observar cómo un pequeño macho intentaba arrancar las ramas secas que había en una de mis macetas. Dura labor: se trataba de unas largas hojas fibrosas con las que su pico no podía. Pero el muy cabezota iba y venía, tratando de conseguir su objetivo.

Así que decidí jugar a ser Dios y me hice con unas tijeras.

Por supuesto, el testarudo y redondito personaje salió volando apenas percibió movimiento en la cortina, pero no se fue muy lejos. Me piaba desde la azotea de enfrente, protestando quizás por querer apoderarme del Pladur de su futuro nido.
Así, me vi cortando cuidadosamente todas las ramitas secas de la planta en cuestión, en porciones fácilmente transportables, y depositándolas sobre otra maceta. Luego cerré la ventana y esperé.
Nada; ninguna de aquellas bolas con plumas se acercaba. Supongo que la invitación “construya su nido sin coste alguno” les debió parecer sospechosa. Normal. Con tanto especulador suelto, con tanto estafador inmobiliario, cualquier ser inteligente albergaría sus dudas. Y los gorriones son muy inteligentes.

De manera que me fui a prepararme un té, y volví con mi taza al teclado del ordenador. Al rato, percibí un ruido de ramitas, revoloteo, un pequeño jaleo como de señoras en rebajas, y ahí que los vi.
No había un gorrión, sino seis o siete. Todos se apiñaban en el lugar donde yo había depositado las ramas y hojas secas, formando una algarabía de píos y batir de alas que alegraron mi jardín dormido, mi jardín que sueña con hacerse mayor.

Ahora, cada mañana, dedico unos minutos a cortar las ramitas y hojas secas de mis plantas, y a depositarlas en una especie de stand “sírvase usted mismo”, al que acuden, cuando sólo los veo por el rabillo del ojo, pajarillos saltarines y desvergonzados.

Así que ya puedo incluir algo nuevo en mi currículum: promotora inmobiliaria para gorriones y proveedora de nidos ecológicamente sostenibles.
Me pregunto si podré ponerlo en mi solicitud del INEM…

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Gusanos de seda

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Pili entró sonriente, con una caja de zapatos entre las manos.
Yo le había abierto la puerta con una expresión adormecida; durante la media hora anterior había estado absorta en la lectura de un libro muy interesante, y el timbre me había sacado de un mundo menos prosaico. Darme cuenta de que me encontraba en el comedor de mi casa, y no en la selva de Horacio Quiroga, me había producido un ligero mareo.

¿Está tu hermana Sonia? -dijo. Y sin esperar la respuesta se fue para el fondo de la casa.

Pili nunca venía a buscarme a mí, y en cierto modo era una cosa normal; yo era una niña “rara y aburrida”, que se pasaba el día sola en un rincón, leyendo libros, dibujando y escuchando música. Y aunque mi vecina, que también era compañera de clase, tenía mi misma edad, se llevaba mejor con mi hermana mayor, con la que tenía cierta afinidad.

Aquel día habían venido mis tíos y, como siempre que había reunión familiar, la algarabía reinaba en el salón, así que yo me había refugiado en la mecedora del comedor para devorar mi nuevo libro. Pero la entrada impetuosa de Pili me hizo seguirla, un poco para justificar de algún modo ante mi madre aquella manifiesta falta de modales de la que hacía gala esa especie de niña-huracán que vivía justo en el piso de al lado.
Mis hermanas salieron al oírla, y puesto que yo la había seguido, acabamos confluyendo todos en el salón, donde mis padres y tíos charlaban animadamente.

-Buenos días -dijo ella con una sonrisa de oreja a oreja- mira, Sonia, lo que tengo.
Destapó la caja, e instintivamente todos miramos lo que había en ella.
Dentro, dos mariposillas color crema se mezclaban entre hojas de morera y una miríada de huevos diminutos.

-“Son gusanos de seda- explicó- bueno; lo eran. Ya han salido del capullo y han puesto un montón de huevos”.

Yo aún sostenía mi libro, el dedo índice marcando la página, pero miraba al interior de la caja, que tenía un olor un tanto desagradable, mezcla de cartón húmedo y heces de gusano. Las hojas de morera estaban mustias, y el conjunto en general me daba cierto asquito.

Mi tío se levantó para verlas.
Las palomitas estaban casi inmóviles, parecían muertas. Mi hermana pequeña preguntó: -¿No se escapan volando?

-No -respondió su propietaria- Estas mariposas no vuelan. Además se están muriendo.

Esto último lo dijo con una naturalidad que me resultó sorprendente.
A mí no me gustaban los “bichos”, pero no podía entender cómo alguien podía demostrar semejante indiferencia ante la inminente muerte de sus mascotas, fueran éstas lo que fuesen.

Pili continuó con su explicación:
-”Cuando los gusanos de seda se hacen mariposas, se juntan, ponen huevos, y se mueren”.

“Hala, mira qué bien”-pensé yo. Pero no dije nada.

Yo tenía nueve años, y pensaba mucho, quizá demasiado. Mi tendencia a reflexionar acerca de la más mínima cosa me ha convertido ante los demás en una adulta “que se come demasiado el coco”, pero a mis nueve años me hacía “rarita”.

Entonces mi tío soltó aquella frase, la de la discordia:

-”Es increíble la misión de estos animalitos. Comen, crecen, se reproducen y se mueren”

-Igual que nosotros, ¿no?

Todos me miraron. Yo seguía sosteniendo el libro, y había dicho esto muy seria, sin saber que había abierto la caja de Pandora.

-Bueno, bueno… igual que nosotros no –dijo mi tío, sonriendo con una especie de suficiencia- Nosotros hacemos más cosas.

-¿Cómo qué? –inquirí yo.

-Pues nosotros trabajamos, por ejemplo.

-Para comer, ¿no?

-Sí, eso es, para comer.

-Pues igual que los gusanos, ¿no?

Mi tío no estaba dispuesto a darse por vencido, y menos por una mocosa.

-Pero también hacemos otras cosas. Tenemos nuestra casa, tenemos hijos…

No necesité repetir la frase, porque mi tío se calló, como observando que, en efecto, ninguno de sus argumentos había conseguido hasta el momento diferenciarnos de los gusanos de Pili.

Entonces mi tía comenzó a dar sus propios argumentos.

-Las personas vivimos mucho más tiempo que los gusanos. ¿No crees que eso será por algo?

-¿Para que comamos más? –aquello lo dije con cierta insolencia. Los razonamientos de mi tía me parecían una bobada. Mi ironía no pasó desapercibida.

-Oye moco, cuando vivas tantos años como nosotros, comprenderás más cosas -dijo con cierto enfado- ¿Pues no nos está comparando con gusanos?

-Bueno –dije yo suavemente- Si los gusanos vivieran tanto como nosotros, pero siguieran comiendo, engordando y poniendo huevos… ¿Sería diferente?

-Pues… sí, supongo, porque les daría tiempo de hacer más cosas…

-¿Qué cosas? ¿Las que hacemos las personas?

-Sí…

-Pues eso; lo mismo de lo mismo: comemos, crecemos, tenemos hijos y nos morimos.

Dicho esto, me fui para el comedor y reanudé mi lectura.

Pili y mis hermanas se fueron a jugar al dormitorio, y yo me metí de nuevo en la selva con Juan Darién, el niño-tigre. Pero algo no me dejaba leer.

En el salón, lo que comenzara como un murmullo había desembocado en una discusión acalorada. Y yo levanté la cabeza del libro para aguzar el oído.

Pude escuchar cómo se hablaba de sueños rotos, de expectativas fallidas, algún reproche, cosas sobre el matrimonio, los hijos, las vueltas que da la vida…

Cuando mis tíos se marcharon todo el mundo tenía la cara seria. Bueno, todos menos Pili, que volvió a salir por donde había venido, con su caja entre las manos y su despedida cantarina y escandalosa.

Pensé que mi madre iba a abroncarme, pero en lugar de eso me miró un momento y se puso a hacer la comida, sin decir palabra.

Jamás volví a pensar en ello, pero…

Más de veinte años después, la mirada de aquella niña “rarita” se posa sobre los viajeros del autobús.
Todos van serios, con un rictus mezcla de hastío y sueño, y yo me pongo a pensar en los gusanos de seda de mi vecina.

Hoy, ahora, me parece más que nunca que nuestra similitud con aquellos bichos es aún mayor que la que apuntaba de pequeña.

Como los gusanos de seda, en efecto, vivimos comiendo y tejiendo, con las esperanzas puestas en un futuro que no va más allá de asegurarnos la hoja de morera para mañana. Como ellos, en efecto, vivimos para perpetuar la especie, y luego desaparecemos.

Pero, además, nos parecemos en otras cosas…
Porque también nosotros tenemos unas alas que probablemente no llegaremos a utilizar nunca.
También vivimos en un pequeño espacio de cartón, que no son sino nuestras propias limitaciones. Las consideramos infranqueables, pero bastaría con levantar la cabeza para ver que arriba hay un cielo, y que la vida es algo más que lo que hay dentro de nuestra caja.

Sin embargo, y cuando tratamos de ver más allá, siempre hay alguien que pone sobre nuestras cabezas una enorme hoja de morera, alguien que nos recuerda que eso es lo máximo a lo que podemos aspirar, y que mientras que no nos falte, no tenemos por qué desear nada más.

Y entretanto, tejemos nuestros sueños, pensando que un día nos harán levantar el vuelo.

Yo no sé si los gusanos sueñan, pero nosotros desde luego sí que lo hacemos.
Al menos yo sueño cada día.

Sueño con un espacio abierto, que no huela al cartón húmedo de la miseria cotidiana.
Sueño con sentir el viento en mi cara, extender los brazos y agarrar la vida con fuerza.

Y sobre todo, sueño con desplegar un día mis alas, y volar lejos, muy lejos, de mi caja de zapatos.

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La rendición

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Te miro con una media sonrisa que es más bien una mueca.

No eres más que una cosa pequeñita, y ni siquiera puedes entender lo que te digo, pero, aún así, me empeño en explicarte esto.
No sé, tal vez intento entenderlo yo misma.

¿Sabes?  Hace mucho tiempo, cuando tú ni por asomo entrabas en mis planes, yo albergaba grandes proyectos de futuro. Estaba ilusionada con mil cosas, y la vida se plantaba ante mí como una promesa optimista e infinita.
Tenía la firme convicción de que, cuando uno trabaja duro y bien, cuando uno se esfuerza lo suficiente, acaba por conseguir lo que se propone. Y también creía que tratar bien a los demás te hacía acreedor de lo propio. Era casi una fe religiosa, ya sabes: los buenos van al cielo y tal…

Pues resulta que no. O por lo menos, a mí no me ha llevado a ninguna parte.
Bueno, eso sí; hemos tenido la oportunidad de conocernos pero, como ya te he dicho antes, -y no te ofendas- tú no entrabas en mis planes.
Llegas diciendo que te necesito, y me propones, como si la incoherencia fuese la mía, que acabe con mi sufrimiento, cuando es lo único de todo esto que tiene sentido.

A fin de cuentas… ¿No es lo más normal del mundo estar afligido cuando todos te han fallado? ¿No es acaso legítimo acurrucarte en tu propia pesadumbre cuando ya no te queda otra cosa?

Mira, yo siento simpatía por mi tristeza; Creo que ha venido a verme cuando le tocaba, y eso es más de lo que puede decirse de todos los que me rodean. Además, es lo único auténtico que tengo;  los amigos, la familia, el trabajo… Todo mentira, pero mi tristeza es genuina, pura y sincera.

Y tú me pides que se vaya.

¿Con qué derecho?

Pero claro, no puedo culparte. Tú no has inventado las normas.
Y las normas dicen que esto es lo que hay.

Por lo visto, sufrir no está de moda. Lástima de siglo equivocado. De haber nacido durante el Romanticismo, al menos se me permitiría morir digna y melancólicamente en algún rincón umbrío, pero en el siglo XXI hay que estar alegre por narices. Me dicen que lo contrario sería insano. Pues no sé qué tiene de salubre sonreír cuando la vida te va de culo, la verdad.
Eso sí que lo encuentro enfermizo.

Pero qué vas a entender tú, si no eres más que una maldita pastilla de Prozac.

Suspiro y saco una copa de las buenas, que la ocasión hay que adornarla, aunque el recipiente sea un tanto ostentoso para un simple agua mineral. Al fin y al cabo, una no claudica todos los días.
No todos los días vende una su alma al diablo, y en realidad, es así como me siento.

Te sujeto con dos dedos, y mi tristeza te regala una mirada digna de un poema de Bécquer.

Luego, levanto mi copa, como en una especie de ritual de sacrificio, y dejo que una parte de mí se muera.

Es el mundo en que vivimos. Un mundo en el que el egoísmo se receta como garantía de longevidad y de salud, un mundo en el que el engaño y la maldad se festejan abiertamente, y en el que a la gente corriente no nos queda otra que tomar píldoras para combatir la cordura.

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Poetas, médicos y moscas.

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Un problema es sólo un punto de vista.

Definitivamente.

He llegado a esta conclusión después de comprobar cómo, tras abrir la puerta de los horrores de mi infancia, una simple tristeza ha pasado a llamarse depresión, y una inofensiva y agradable terapia de tranquila charla ha derivado en la ingesta de ciertas drogas que toda la vida había temido, rehuido y denostado.

Analicemos la situación: antes de “reconocer” que me encontraba mal, yo paseaba mi pena por las calles, suspirando y soñando con tiempos mejores, los pasados, y los que habrían de venir, aunque en éstos últimos ya no confiaba demasiado, la verdad.

Sin embargo, un día rompí a llorar, y lo hice en la consulta de mi médico de familia, una doctora amable y comprensiva que me escuchó con paciencia y profesionalidad. Así comenzó mi viaje desde la confesión -que todos dicen que es buena para el alma- hasta la medicación, que mi terapeuta me presenta como única salida a la crisis.

Supongo que es la diferencia entre una persona de ciencias y una de letras. Nosotros, los artistas, creemos en el alma, hablamos de fuerza interior, de superación, de sueños y de metas, mientras que los chicos de la tabla periódica te retratan en términos químicos, obligándote a verte a ti mismo como el bicho viviente que eres, y que en poco se diferencia de un cerdo o una mosca.

Bien, como el bicho que soy, se me dice que mi química reacciona ante otra química, y que, una vez puestas las cosas en su sitio, mi cerebro dará una interpretación distinta a mis problemas.

Veamos:

Es posible que consiga sonreír ante el hecho de que me hayan estafado todo mi dinero, aunque llegue, a golpe de citación judicial, a quedarme tirada en la calle, y viviendo bajo un puente. Tal vez consiga encontrarle la parte positiva a la realidad de que mis mejores amigos, aquéllos que me han sacado hasta la sangre de mis venas, hayan decidido darme una contundente -aunque eso sí, elegantísima- patada en el culo y arrojarme de sus vidas por la puerta de atrás. A lo mejor, si me esfuerzo, y si mi química se deja aleccionar por la que procede de la farmacia, encuentro sentido al hecho de seguir en el paro, sin cobrar un duro, y sin más expectativas que un mini contrato basura de tanto en tanto, y eso a pesar de tener un currículum bastante más que aceptable.

Sí, definitivamente, es posible que a través de un viaje químico llegue a reírme a carcajadas de la realidad de mi vida aunque… ¿No me convierte eso en una yonqui?

No sé. Mi doctora, que es una mujer inteligente y con experiencia, cree que yo estoy deprimida. Yo más bien diría que estoy jodida, aunque claro, la terminología médica difiere un poco de la que usamos nosotros, los poetas cabreados.

Pero tiendo a pensar que ella sabe más que yo de todo esto, y por ello, con todo mi poético cabreo, cada mañana ingiero una pildorita blanca con cierto sabor anisado, cuya química, al parecer, se lleva a matar con la de mi cerebro, porque desde que comenzaran su romance no han hecho otra cosa que pelearse.

Y lo malo es que va ganando la dichosa pastillita. Hay que joderse.

En mi desconocimiento sobre cualquier tema farmacológico, ignoro qué poderes curativos encierra este Prozac de mi martirio, pero desde luego, las desventajas las estoy conociendo una por una.

A las náuseas y cefaleas iniciales, y que finalmente acabaron por desaparecer, siguieron en tropel una serie de sensaciones un tanto incalificables, y que nada tenían que ver con el supuesto bienestar que había venido a proporcionarme aquella caja mágica de fluoxetina en comprimidos.

Levantarte por las mañanas con sensaciones apocalípticas, todo hay que decirlo, también tiene sus ventajas. He llegado, por ejemplo, a comprender la que, hasta la fecha, consideraba la frase más estúpida y recurrente del cine: “Vamos a morir todos”.

Nunca entendí por qué, en todas las películas de catástrofes, alguien se empeñaba en dar una información que, no ya por obvia, sino por espeluznante, nadie le había pedido. Además, el sujeto en cuestión, siempre es el primero en arrojarse por una ventana. A ver, alma de cántaro: Si tanto miedo tienes a la muerte… ¿Por qué te empeñas en matarte tú solo?

Pues yo ahora lo entiendo, fíjate. Despertar por las mañanas, y pensar “vamos a morir todos”, no te proporciona sino ganas de tirarte por la ventana. La pega es que yo vivo en un tercero, y acabar parapléjica en el patio de mi vecina no me hace ni pizca de gracia. Además, los defenestrados acaban siempre en una postura patética, digna de una coreografía de la canción del verano. Eso por no hablar de lo feas que son las baldosas del susodicho patio y de lo mal que queda después todo el conjunto en el Telediario.

Así que me quedo en la cama, con la almohada sobre la cara, repitiéndome a mí misma que esto no puede ser el fin del mundo, aunque tenga toda la pinta.

Afortunadamente, esa parte sólo dura del orden de dos horas. Luego viene la de los ojos cargados. Esa sensación es, ante todo, estúpida; tener sueño y no poder dormirte te pone “impertinente”, como a los bebés. Esa es otra cosa que nunca hasta ahora había entendido: Un bebé puede estar llorando durante una hora “porque tiene sueño”. ¿Y por qué no se duerme y ya está? Pero claro, ahora que lo pienso, lo mismo las leches ésas de la farmacia también tienen fluoxetina en su composición, vete a saber.

Para finalizar con el rosario de reacciones adversas, diré que tener ataques de nervios de dos o más horas de duración no puede ser bueno, aunque seas una mosca o un cerdo. Yo por lo menos acabo cansadísima. ¿Será por eso que las moscas se dan contra las ventanas?

En fin, lo mismo mi viaje a través del desconocido y fascinante mundo de la fluoxetina tiene por objeto acabar de una vez por todas con todos esos grandes interrogantes sobre el cine, los bebés y las moscas, pero desde luego, con lo que no está acabando ni por asomo es con mi depresión.

Mira que si al final tengo razón, y no estoy deprimida… Lo mismo sólo soy una artista cabreada. Cabreada y jodida.

Como una mosca que se da contra un cristal.

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La familia, Dios y las benzodiazepinas.

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Inspirar… espirar… inspirar… espirar…

Cuando lo pienso, además del concepto de inhalar y exhalar aire, esas palabras se adecúan también a otro contexto: el de sugerir ideas o iluminar el entendimiento, (inspirar) y, con la pequeña diferencia de una letrita, (expirar), el de morirse, mismamente.

Viene a ser lo que constituye mi ejercicio de esta mañana, es decir, respirar con armonía, con el fin de alcanzar la paz que preciso, o bien, como alternativa, idear un plan inteligente, al objeto de sobrevivir al acontecimiento que se me avecina.

Una comida familiar…   …veamos…

Si la mía fuese la casa de mi amiga Ruth, y con motivo de celebrar la compra de un nuevo felpudo, se congregarían unas 37 personas en un salón diminuto, en el que, tras descolgar dos puertas, se habrían conseguido habilitar una segunda y tercera mesa, ante las cuales, en ruidosa algarabía, comerían y beberían en exceso los componentes de una familia formada por un grupo de lo más variopinto, algunos de cuyos miembros no comparten ni el ADN.

Tendrían, como todas las familias, mucho que decirse, y no precisamente nimiedades, pero, en lugar de eso, y con unos modales propios de la aristocracia, cada comensal se limitaría a explayarse en los pormenores de las recetas degustadas.

Es lo que tiene la gente con sangre de horchata: Pase lo que pase no se chillan.

Pero la mía no es la casa de Ruth. Es mi casa, y apenas nos juntamos cuatro personas, ya se forma la de Dios es Cristo.

Ocurre sin más, sin que medie el más mínimo conflicto; simplemente es así. Para mí que es un modus vivendi.

No consigo recordar, en efecto, ni un solo día de mi existencia en el que las reuniones familiares no hayan derivado en un auténtico drama, provocado, tal vez, por el terrible dilema que qué videojuego es más divertido, (cuestión trascendente donde las haya), o por la inexplicable necesidad de imponer el propio tono de voz sobre el resto, al objeto de iluminar a la concurrencia, por ejemplo, con un enardecido debate  sobre tal o cual programa de la tele.

Luego la gente se extraña de mi tono de voz…  Demonios, si me he criado entre mandrágoras…

Por supuesto, nada en este mundo podrá librarme de escuchar, por enésima vez, alguna “divertida” anécdota sobre mi patética infancia, mis terrores, mis llantos, mis silencios… cualquier recuerdo “jocoso” que todos festejarán con entusiasmo.

Todos menos yo, claro. Noel y yo nos miraremos furtivamente, respiraremos hondo, y esperaremos, -especialmente yo- que el asunto no se prolongue más de veinte o treinta minutos. Y tendré que hacerlo en silencio, agachando la cabeza.

Y gritarán, gritarán, gritarán…

¿Cómo se puede gritar tanto para decir nada?

Y lo curioso es que sí hay cosas que decirse. Yo podría, por ejemplo, preguntar si a alguien le importa lo más mínimo cómo me siento entre toda aquella marabunta, cuando por mi expresión es más que evidente que para mí, como para algunos otros, la reunión supone un auténtico suplicio. O podría también inquirir acerca de por qué nadie se extraña de que algunos de los asistentes al ágape jamás tengamos opción de decir palabra.

Podría decir muchas cosas, en efecto, pero en lugar de eso, y como siempre, guardaré silencio.   Tal vez hoy consiga alzar la voz para pedir el abridor de botellas, aunque recuerdo que la última vez que osé a hacer tal, mi hermana mayor me fulminó con un grito y una mirada de loca, argumentando, con un rugido que me permitió ver todos sus empastes dentales, así como el proceso de deglución de su comida, “que estaba hablando ella”.

La cosa es que no había dejado de hacerlo en los últimos 50 minutos, en el transcurso de los cuales nadie consiguió introducir una palabra, pero al parecer, su disertación sobre la depilación facial era una cuestión de estado.

Cómo se me ocurría abrir la boca, por Dios…   Fue el arroz más seco de mi vida. No hubo narices de abrir la botella con los dientes.  Aquella comida tuvo lugar hace ya unos meses, pero su recuerdo aún me produce escalofríos.

“Puedo hacerlo, puedo hacerlo”…

Inspirar… espirar… inspirar… espirar…

Mientras me preparo para el ritual de inmolación, me hago preguntas trascendentales que abarcan a Dios, al karma, a la rueda de Samsara… Algo tiene que haber que justifique todo este absurdo, digo yo.  Las comidas familiares, o al menos las mías, tienen que estar destinadas a ganarse de algún modo el cielo, o tal vez a avanzar un paso más en la reencarnación, porque, definitivamente, es un tipo de sufrimiento casi kafkiano, al que no le hallo sentido alguno, si no es que trasciende a esta vida.

Hace poco una amiga me preguntó si yo creía que el destino de cada cual estaba escrito.

-Bueno, no sé si estará escrito- le dije yo- pero si lo está, el guionista es un hijo de puta. El cabrón se ha pasado conmigo tres pueblos.

La pobre chica puso los ojos como dos huevos duros.    Claro, ella no sabía que yo ya estaba sufriendo la depresión “pre-familia”, que viene a ser como el síndrome premenstrual, solo que el dolor de cabeza dura más tiempo.

Tengo una caja de Lorazepam en la mano. Me pregunto cómo sería colarme en casa de mis padres con un colocón estupendo, flotando en una nube de benzodiazepina, y pasando del personal tres kilos…

En fin, he de vestirme. Buscaré la toga del sacrificio de repuesto. A la última no le salieron las manchas de sangre en la lavadora…

 

 

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Al infierno.

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Caminaba con paso rápido, para no llegar tarde.
Últimamente siempre llegaba tarde.

Había parado en un Mercadona para comprar algo de comer, algo que pudiera devorar mientras llegaba. Unos colines integrales fueron el objeto de su elección, y mientras abría la bolsa cruzó por el paso de cebra.
Se llevó uno a la boca y lo engulló con fruición, dejando caer miguitas por todas partes.

Estaba hambriento. Se sonrió al pensar en “Buzo”, su perro; probablemente en ese momento no se diferenciaban mucho en la manera de comer. “Buzo, joder, ni que te matara de hambre”, solía decirle. Pero un perro es un perro, ya se sabe.
Llegó a la esquina de la perfumería con el teatro. El semáforo estaba en rojo, pero tenía prisa, así que cruzó apresuradamente.

Lo último que llegó a ver fue la bolsa de colines despachurrada en el pavimento.

¿Qué ha sido eso? -preguntó mientras seguía al joven por los pasillos.
-”Un BMW”
-”Mierda, y los colines se han quedado en mitad de la calle, con el hambre que tengo”
-Bueno, yo de ti no me preocuparía ahora por eso.
-Ya, bueno, sólo son 60 céntimos, pero me muero de hambre. Casi le pego un mordisco a la cajera del supermercado por hacerme esperar.
-Lo sé. De hecho llegaste a desear la muerte a aquel individuo que discutía por el cambio.
-Sí, menudo idiota….

Roberto se paró en seco. “Un momento” se dijo “¿Dónde estamos?”
-”En el Infierno, naturalmente” – contestó el joven- ¿Dónde si no? Lucifer para servirte… bueno, es un decir.

Roberto se quedó inmóvil durante un segundo.
Su anfitrión le apremió: ¡Vamos!
Sin saber por qué reanudó la marcha, pero ya no llevaba el paso apresurado de antes. Titubeó antes de decir:
-Esto… es una broma, ¿verdad? Tiene que ser una broma. Yo tengo que ir a la oficina, y mi novia me está esperando esta tarde para ir a elegir unas cortinas…
-Lo lamento, dijo Lucifer aparentemente consternado- en serio que lo lamento. Sé que da rabia quedarse con los planes a medias, pero en realidad esto siempre le pilla a la gente con sus planes a medias… ya sabes: Todo el mundo quiere hacer cosas… siempre.

-Pero… ¿es que no vas a explicarme nada?
-¿Qué hay que explicar?
-Puuuesss… ¿Por qué estoy en el Infierno?
-Básicamente porque estás muerto. Requisito indispensable donde los haya -apuntó Lucifer.
-Ya…bueno, uf… un momento. Así que estoy muerto. ¿Me han atropellado?
-En efecto. Cruzaste sin mirar. Claro que es verdad que aquel hijo de puta iba demasiado deprisa. Pero míralo por el lado bueno: ahora mismo está pasando el peor trago de su vida.
-No es que me anime mucho saber eso -se había detenido- pero… ¿por qué en el Infierno?
-Tú sabrás. No pretenderás que yo analice los motivos de cada uno.
Roberto sintió que le invadía una extraña fuerza, mezcla de miedo, indignación e impotencia.
-Pues no, no lo sé. Soy una buena persona. Quiero a mis padres, a mi novia y a mi perro. Reciclo el vidrio, no soy infiel y hago la declaración de la Renta. No señor, no sé por qué estoy aquí.

El joven pareció compadecerse de él. A Roberto le costaba creer que aquel tipo tan educado y cortés fuese el demonio. Iba bien vestido, juvenil, pero elegante. Su voz era armoniosa y sus rasgos suaves. Incluso era guapo. Mientras que el recién llegado mantenía los brazos en jarras, la mirada hacia sus zapatillas deportivas, y el gesto compungido, Lucifer puso una mano sobre su hombro, como tratando de consolarle. A Roberto se le saltaron unas lagrimitas, pero procuró no desmoronarse.

-Mira -le dijo el joven- no hay nada que yo pueda hacer al respecto. Ni siquiera puedo ponerme borde contigo, no es mi estilo, pero comprende que tengo que hacer mi trabajo.

-Bueno, -dijo medio resignado- ¿puedo saber por qué he ido a parar al Infierno?
Lucifer sonrió.
-Venga, piénsalo.
-No estoy en condiciones de pensar ahora mismo, la verdad.

Lucifer estaba dispuesto a colaborar. Le dijo:
-Bueno, ¿recuerdas cuando, de pequeño, robaste aquellos chicles de la tienda del señor Bustillos?
Roberto no daba crédito.
-…sssí, pero…
-¿Y recuerdas aquel día que te quedaste con el dinero del cambio del pan, y le dijiste a tu madre que te lo habían robado unos chicos?
-Pu pues sí… pero yo no…
-¿Y todas las veces que te dejaste la tapa del inodoro levantada, sabiendo que tu novia lo odiaba?

-Sí, claro, recuerdo todo eso, pero… venga ya, no me irás a decir que uno va al infierno por esas tonterías.

Lucifer cambió de expresión. Se puso repentinamente serio, como ofendido. Pero enseguida recompuso el gesto.

-”Amigo mío, uno va al Infierno por las cosas que piensa que merecerían el Infierno. Sencillamente.”

Roberto se paró a meditarlo. Era cierto. Durante años se había sentido culpable por lo de los chicles del señor Bustillos. Un hombre tan amable, que a veces le regalaba un caramelo cuando iba a hacerle algún recado a su madre… …su madre, a la que por cierto, sí que le había sisado el dinero del cambio. Y también era verdad que, viendo a Miranda ofuscada por su continua dejadez, tan dulce y paciente como era ella, a veces se había sentido merecedor de algún tipo de castigo.

.
Pero no podía creerse que aquel tipo tan amable, tan educado, tan comprensivo, fuese a llevarle a los fuegos eternos, al dolor y al sufrimiento.

Aún tenía el regusto de los colines en su boca. Y aún tenía hambre.
Leyéndole el pensamiento, Lucifer le dijo:

-Eso va a ser difícil de arreglar.
-¿El qué?
-Lo del sabor a colines. Me temo que fue lo último que comiste, es decir, lo último que estabas haciendo. Y como quiera que te quedaste con hambre…
-¿Voy a estar con sabor a colines hasta que me muera?
Apenas había terminado de pronunciar la última palabra, comprendió que morirse, lo que se dice morirse, pues como que no iba a ocurrir.
Mentalmente cambió la palabra por la de “eternidad”.
-Fantástico. Voy a arder en las llamas eternas con regusto a colines del Mercadona…

-Bueno, bueno… eso de las llamas… -Lucifer se sonrió- Vaya imaginación tan morbosa que tenéis los mortales.
-Ah, que no hay llamas. Entonces… ¿qué es el Infierno?

Adoptando nuevamente el mismo soniquete, Lucifer explicó:
-”El Infierno es aquello que uno cree que es el Infierno”.

Roberto hizo una rápida pasada por su concepto del Infierno, pero por más que lo intentaba no veía otra cosa que los calderos y las torturas que le habían descrito en su niñez.
Sin embargo, sí se acordó de algo que al respecto le había dicho una vez su novia:
“El Infierno es un lugar donde siempre es Lunes a las siete, te levantas y has engordado dos kilos, tienes un grano horrible en la frente y te ha bajado la regla”.

“Pobre Miranda” -pensó, sin atreverse a determinar en qué podría consistir su propia versión del Infierno.

Por fin se detuvieron. Estaban frente a una puerta gris, al final del largo pasillo. Lucifer tendió su mano a Roberto.
-Ha sido un placer. Espero que la eternidad se te haga llevadera. Ya sabes; Sin rencores, ¿eh?

-Cómo… ¿te vas?
-Claro. ¿Qué demonios pinto yo aquí? Hizo hincapié en lo de “demonios”, y soltó una carcajada extraña, como hueca. Le abrió la puerta y le invitó a entrar.

Lo que se presentó ante Roberto lo dejó mudo; Estaba en su oficina, ese sitio lúgubre, bajo la luz mortecina de los fluorescentes. Como siempre, el que estaba sobre su mesa parpadeaba. Tenía un montón de papeles apilados, y el ordenador hacía el mismo ruido infernal.

El reloj marcaba las ocho de la mañana.
Se sentó en su silla y permaneció inmóvil durante mucho tiempo, sin saber qué hacer. Sólo esperaba, y esperaba… ¿esperar qué?
Las manecillas del endemoniado reloj no se movieron un ápice.

Miranda tenía razón. Seguro que además era lunes.
Y no tenía la regla, pero tenía hambre.
Ni siquiera era un hambre de morirse. No era un hambre dolorosa. Era molesta, irritante.
Pero lo peor es que no podía esperar que las cosas cambiaran. En realidad no podía esperar nada. Y sólo tuvo conciencia del significado de la “eternidad” cuando se dio cuenta de que ese año no tendría vacaciones. En realidad, ni siquiera tendría “año”…

Le entraron ganas de llorar.

Inesperadamente, el teléfono comenzó a sonar.
En un primer instante Roberto lo miró con miedo. Luego con expectación. ¿Sería Lucifer para ver cómo le iba? En cualquier caso le daba igual. Necesitaba hablar con alguien, explicar que todo había sido un error, que él iba a ser bueno, o que en realidad nunca fue malo.

Descolgó el teléfono, pero éste siguió sonando.
No podía creerlo. En sus peores visiones del Infierno no existía un teléfono sonando incesantemente. Eso seguro.
Miró el auricular incrédulo. Luego de nuevo las teclas. Luego nuevamente el auricular…

Entonces se dio cuenta de que no tenía en las manos un teléfono, sino un despertador que sonaba de manera desesperada.

Pegó un brinco; ¡Estaba en su casa, en su cama!
A su lado, Miranda dormía.
Era extraño; ella siempre se despertaba la primera, porque tenía un sueño muy ligero, y aquel chisme había estado sonando un buen rato.
La oía respirar profundamente. Sintió ganas de abrazarla, pero no la quería despertar; A juzgar por su expresión, sus sueños debían ser mucho más agradables.
Se levantó y fue al baño a echar una larga meada.

Y luego… luego bajó la tapa del inodoro.

Al tirar de la cisterna, le pareció oír una carcajada hueca.

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