ESPAÑA 2012: NACIONALCATOLICISMO Y MAMANDURRIAS.

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“¡Alerta ciudadanos del mundo! La familia está siendo destruida. Y se trata nada menos que de un complot a nivel mundial. Hay gobiernos interesados en que los niños mueran y todo el mundo sea marica, lesbiana o pervertido”.

Con tanta contundencia como estupidez la iglesia anunciaba que el fin del mundo vendría de la mano de gays, lesbianas, divorciados y abortistas, esos insensibles fornicadores que propugnan la generalización del modelo familiar “Sodoma y Gomorra”.

Me preguntaba yo, ignorante de los vericuetos y pormenores de tal complot, cómo se las apañarían los gays para destruir a las familias. Y debo ser muy cortita, porque sigo sin entenderlo. En cualquier caso, a mí siempre me ha parecido que una familia se destruye cuando no tiene un hogar donde vivir, una seguridad en la que criar a sus hijos, una educación y una sanidad de calidad, unos derechos básicos, una mínima dignidad, en fin.

Pero resulta que no; resulta que la ausencia de tales bondades no destruye a las familias, como tampoco las destruye, al parecer, que miembros eclesiásticos arrebaten un recién nacido a su madre, para vendérselo “desinteresadamente” –gastos de gestión aparte- a quienes puedan pagárselo y que, con suerte, veinte años después de sufrir y llorar la pérdida, dos familias queden emocionalmente rotas.

Resulta también que el gobierno puede saquear al pueblo de manera vergonzosa, después de haber accedido al poder mediante engaños, quitándole a los trabajadores lo que por derecho les corresponde, privándoles de lo más esencial pero, en tanto no sean familias monoparentales, gays, solteros, o divorciados, mientras las mujeres se pongan a parir como conejas, da igual las condiciones en las que vivan: la iglesia no tiene nada que opinar al respecto. El saqueo reiterado y la represión, la imposibilidad de formar una propia familia, de acceder a una vivienda, de dar una educación y un futuro a los hijos no destruye a las familias; amar a quien te dé la gana, por lo visto, sí.

Debe ser así, porque esos mendas con sotana que aseguraron que “los niños se dejan violar y provocan a los adultos”, o que “si la mujer aborta el marido puede abusar de ella”, están callados como putas en Cuaresma mientras que el gobierno despoja a las familias de todo aquello que necesitan para constituirse y mantenerse como tales.

A lo mejor va a ser porque, bajo el régimen, ellos siguen sin ir a la cárcel por robar bebés, por practicar la pederastia, por hacer apología de la violencia de género o por no pagar impuestos.

Con semejante contubernio nacionalcatólico no resulta extraño que, mientras Valencia arde literalmente y el país se incendia virtualmente, nuestro presidente se tome la molestia de ir a “devolver” –como si lo hubiera encontrado él mismo- el Códice Calixtino.

Y también suena ya a cantinela repetida la consabida batalla contra el aborto por parte de aquéllos que en más de una ocasión han enviado a sus hijas a abortar a Londres (será porque, como allí son protestantes, a Dios no le importa).

Pero lo que ya resulta del todo indignante es que, en este contexto histórico y económico venga ahora Gallardón a decir que el aborto no será legal en el supuesto de malformación del feto. ¡Qué ideal, Albertito! Es propio de una facción política como la tuya imponer a gente sin recursos la manutención y cuidados de un futuro hijo minusválido, en el marco de un gobierno que niega el trabajo, la cobertura sanitaria, la educación de calidad y, por supuesto, la ayuda a la dependencia. ¡Qué gran amor a la humanidad debes sentir, qué filantropía la tuya, qué consideración, añadir más trampas al camino de una población que día a día se está viendo abocada a vivir en la calle, buscando comida en los contenedores de basura, y siendo reprimidos a golpe de porra si manifiestan su absurda pretensión de supervivencia!

Pero ya, para remate de los tomates, sale hoy la inenarrable Esperancita a la palestra, para declarar que “hay que eliminar subsidios, subvenciones y mamandurrias en general”.

Controlado ya lo que podemos manifestar, abatidos a golpes por una policía a la que en estos momentos se intenta sobornar devolviéndoles la paga de Navidad, bajo el eufemismo de “su singularidad” dentro del funcionariado, sin prestaciones, pagándonos las medicinas, y con una Gestapo uterina, al más puro estilo Ceaucescu, ya sólo les queda imponer el derecho de pernada.

Y entretanto, la solidaria Iglesia, calladita (que como todos sabemos, está más guapa).

Pero eso sí: “Marca una X a favor de la iglesia”. Una M voy a marcar yo.

M de mezquinos, de mafiosos, mentirosos y manipuladores, M de miserables.

Y M también, por qué no, del lugar al que en mi opinión se pueden ir todos ustedes.

Parafraseando al inolvidable Fernán Gómez: “A la mierda. Váyanse todos ustedes a la mierda”.

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LA CAÍDA DEL IMPERIO MARIANO

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Presidente Rajoy-Bashar Al Assad:

Creo que ahora entiendo por qué su primo se siente inmune. Y no me refiero al que dijo que eso del calentamiento global era una chorrada; me refiero al otro, al que gobierna Siria. Ése al que la ONU condena y no condena por enviar tropas armadas a disparar a ciudadanos, hijos, madres, abuelos…

Creo que ahora entiendo por qué, a pesar de saberse no querido, odiado incluso, sigue en su puesto; “Vosotros, occidentales de pro, tan modernos, tan evolucionados, os creéis a salvo de esto que yo hago a mi pueblo, mientras que lo mismo ocurre en vuestras propias narices”. Algo así, digo yo, deberá pensar su primo Bashar entre risitas cuando ve las noticias de España en la televisión.

Los mineros, los profesores, los médicos, los bomberos, los funcionarios, los autónomos, los abuelos, los parados, los estudiantes, los niños, las embarazadas, los desahuciados, los estafados por las preferentes… TODOS salen a la calle, y usted les echa los perros.

En Siria la represión se ejecuta a manos del ejército hacia el pueblo indefenso. Aquí, nos envían policías con porras, escudos y pelotas de goma. ¿Y creemos que nuestra situación es mejor que la de los pobres sirios? Una anciana menudita ha sido detenida por varios policías corpulentos, una niña de once años salió con un brazo roto, otra de doce fue golpeada, derribada y herida con una pelota de goma… Pero yo no tengo nada en contra de la policía, no se equivoque. Yo creo que ellos también son el pueblo. Ellos cumplen órdenes… De momento. Y es que no he visto cosa más tonta que recortar, encima, los derechos de aquellos que conforman la fina línea que les mantiene a ustedes a salvo. Su necedad no tiene límites, oiga. Pero yo me alegro; así también los policías se darán cuenta de que están siendo manipulados. Los policías son personas, por si no lo habían notado usted y sus compinches.

Se lo plantearía en forma de pregunta, pero desgraciadamente no me cabe ninguna duda de que, cuando los defensores de la ley y el orden se den cuenta de que ellos también están en el saco, -y gracias a su codicia y su necedad ya empiezan a notarlo- cuando se den cuenta de que ésas, la ley y el orden, están siendo violadas por ustedes, y no por nosotros, el cobarde gobierno que usted dirige sacará a las calles al ejército, como su primo Al Assad… ¿O no?

Bueno, no estoy muy segura de eso tampoco. Verá: conozco a varios militares de profesión a los que se les ha comunicado que se les va a robar la paga de diciembre, y que si quieren dejar algo a sus hijos en el sofá tendrán que esperar a las rebajas de febrero. Pero oiga: con su poder, lo mismo consigue usted cambiar la fecha de la Navidad…

Alguien me ha advertido que, por expresar lo que siento y lo que pienso, me pueden llevar a la cárcel acusada de terrorismo. Pobre de mí, que lo más grave que he hecho, como ama de casa que soy, ha sido a lo sumo dejar quemarse la tortilla de patatas. Yo les digo que hay libertad de expresión, pero, según me explican, para expresarse libremente hay que ser, como poco, diputada. Así, ya puedes mandar joderse a cinco millones de personas, o puedes decir abiertamente, como ha hecho la señora Botella, que es normal que los pobrecitos sufran más, los funcionarios un poco menos, y las esposas de ex presidentes poco o nada. (Bueno, vamos a concederle el beneficio de la duda, y pongamos que ella sufre cuando le depilan las ingles).

De modo que, aquí, en Siriaña, las cosas están así: los derechos, recortados, los ciudadanos de bien viviendo en la calle, los ahorradores con su dinero secuestrado, los niños hacinados en las clases, los pensionistas pagándose las medicinas y las consultas, los funcionarios, estafados, los parados sin protección y encima insultados, los policías, que también son trabajadores con hijos, obligados a cargar injustamente contra sus vecinos… Y luego están nuestros supuestos derechos: a la manifestación, reunión y expresión, reconocidas por la Constitución Española, las llaman terrorismo, y así, como su primo Al Assad, se garantizan ustedes que aquí no chista nadie.

Por si esto fuera poco, a alguno de sus acólitos se le ocurre pedir a los votantes peperos que salgan a la calle a “defender sus decisiones”. ¿Es que quiere una guerra civil? ¿Tan grande es el ego de ustedes que prefieren ver cómo nos matamos entre nosotros antes que renunciar a esos privilegios a los que han accedido con la ilegitimidad de la mentira descarada?

La verdad, si me pueden acusar de terrorismo por esto, no sé de qué les podrán acusar a ustedes. El suyo sí es auténtico terrorismo: estado de terror, gobierno de terror, pero sobre todo de estupefacción; mientras que los que levantamos el país nos vemos sin dinero, sin casa, sin trabajo, sin sanidad, sin educación y sin ayudas, la banca, responsable de todo esto, no solo no paga nada, sino que recibe una recompensa por su gestión en forma de rescate. Un rescate que sale de robarnos todo aquello que legítimamente nos pertenece, un rescate que tiene como consecuencia convertirnos en un país del tercer mundo. Mientras, la Iglesia está exenta de impuestos y recibiendo dinero público, los defraudadores, con amnistía fiscal, los corruptos, en la calle y de rositas, perpetuándose además a través de sus vástagos, que pueden impunemente insultar al pueblo que les ha proporcionado la silla en la que se sientan.

Y todo esto… ¿Por qué?

Porque se ha construido sobre humo. Si los españoles no hemos dejado en ningún momento de trabajar, de producir, si los pescadores pescan, los agricultores siembran y recogen, los panaderos hacen el pan… ¿Por qué de repente todo eso se esfuma? ¿Dónde está el resultado de nuestro trabajo?

Resulta que eso que llaman “economía” es un concepto abstracto. Resulta que hay mucha gente que, sin pagar impuestos por ello, se dedican a algo que no produce nada para nadie, excepto para sí mismos. Como una reputación, que puede hundirse a base de rumores, ese mercado de aire en el que no pueden comprarse frutas, pescado ni pan puede hundirse a base de indirectas. Así, en un minuto un montón de ciudadanos pueden volverse pobres de la noche a la mañana, para que un especulador pueda comprarse un yate nuevo.

Ninguno de esos brillantes malabaristas de lo conceptual sabe nada que tenga que ver con la realidad, con hundir las manos en la tierra, o en la mina, con agarrar las redes. Les resulta absolutamente desconocido que los manjares ante los cuales se sientan para festejar su manifiesta inutilidad han pasado por las manos de aquellos a los que desprecian. Tampoco les es conocida la realidad de aquellos que enseñan a los más pequeños Geografía, Historia o Literatura, o de aquellos que en un hospital, a las tres de la madrugada, cambian un gotero.

No. Ellos han creado una economía ficticia, que ahora nos deja al pueblo llano, a esos que estamos acostumbrados a las cosas reales, golpeando el aire para combatir a sus fantasmas. Su economía es un fraude. Un fraude y un fiasco, porque una hogaza de pan no puede deshacerse con indirectas, pero su mundo imaginario sí. Y de eso saben mucho ustedes, de mundos y amigos imaginarios; mientras que los esclavos construyen la pirámide de un faraón que, aunque él no lo sepa, ya está muerto, mientras que la cripta se llena de joyas y alimentos que no podría disfrutar ni en siete vidas, mientras el pueblo pasa penalidades y carga las piedras de una tumba en la que se entierran sus propios proyectos e ilusiones, ustedes se encomiendan a la Virgen del Rocío, a la Macarena o al propio Dios, que, según sus propias palabras, señor Rajoy, es el jefe, pues hay que hacerlo todo “como él manda”. (Debe ser todo un privilegio recibir órdenes directas de Dios, oiga…).

Entretanto, un crujido hace tambalearse el basamento de ese mundo de mentiras en el que ustedes gozan de sus mal ganados privilegios.

Poco a poco.

Como un topo ciego que roe los cimientos de la casa en la que vive, la codicia de ustedes acabará por echarles encima el techo de mentiras que se han construido.

Ya pueden encomendarse a esos amigos imaginarios que tienen. Me da a mí que les va a hacer falta.

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CARTA DE AMOR A RAJOY

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Señor presidente: YO LE AMO.

Es algo que no puedo ni debo seguir ocultando por más tiempo. Y la verdad, no sin cierto reparo. Porque yo antes no creía en usted. Pero nada nada, ni un poquitín.

Pensaba que era usted un facha de la peor calaña, usted y todo su equipo. Pensé que íbamos a estar por lo menos cuatro años –ocho, si tenemos en cuenta la trayectoria que habitualmente describe el bipartidismo- sufriendo medidas opresivas, a favor de unos cuantos privilegiados, que se comportarían como señoritos de cortijo, como señores feudales, como franquistas en su esplendor.

Me equivocaba.

Me equivocaba y por eso le amo.

Yo le amo porque usted ha hecho algo muy difícil. Ha alcanzado un logro que hasta ahora ningún político en España llegó a soñar siquiera. Usted, mi presi, mi amor… USTED ES UN HÉROE.

Antes de que usted llegara, los ciudadanos nos conformábamos con cualquier cosa. No estábamos acostumbrados a la calidad de vida, ni siquiera soñábamos con ella. Creíamos, pobres ignorantes, que lo máximo a lo que podíamos aspirar era a estar treinta o cuarenta años entregándole a alguna entidad bancaria el fruto de estar doblando el espinazo durante cuarenta horas semanales, a cambio de un agujero en el que vivir y criar nuevos siervos para el Estado. Qué burros que somos. Antes de su llegada, las personas de a pie creíamos que “nuestros sueños” tenían forma de trabajo fijo, una ocupación absorbente que ni siquiera nos gustase, pero que nos proporcionase un estipendio mensual mínimo con el que sentirnos los reyes del mambo pagando un coche a plazos y entregando vales descuento en el Carrefour.

Se necesita ser asno. Y es que el pueblo, en el fondo, precisa de la tutela de alguien como usted.

Menos mal que ha venido a liberarnos.

Ahora ya nadie sueña con esas tonterías. Ahora ya nadie piensa que la política hay que dejársela a los “profesionales del sector”. Gracias a usted, que ha tenido a bien quitarnos esas minucias con las que nos contentábamos, tenemos tiempo y energía suficientes para comportarnos como auténticos ciudadanos, responsables, comprometidos, con sentido de la cohesión, con conciencia social. Ahora nos agrupamos para ayudar a desconocidos a los que van a desahuciar, ponemos en marcha cartas para enviar al Tribunal de la Haya, nos organizamos en frentes cívicos, leemos sobre lo que ocurre en otros países, nos informamos sobre alternativas económicas, sobre política, sobre derechos civiles…

Sí. Definitivamente, habrá un antes y un después del Gobierno Rajoy.

Usted ha hecho historia. Y me temo que yo no le he ayudado mucho.

Verá: yo no le voté. De hecho, mi limitada mente no podía comprender cómo era posible que congregara usted a tanta gente ignorante ondeando esas banderitas azul celeste, con ese hipocorístico cariñoso de José (Pepe) impreso en ellas. Veía que muchos eran ancianos, sí, y otros eran gente que aseguraba que el suyo era “el partido de su familia” (se ve que esas cosas se heredan en su facción, yo, como soy ignorante, decidí tener mis propias creencias políticas, en lugar de preguntarle a mi padre, seré burra).

Como quiera que las encuestas le daban por ganador, me senté una tarde a pensar, y me di cuenta de que usted era lo mejor que le podía pasar al país. Y así, comenté un día en una reunión con unos amigos: “Está bien que Rajoy salga elegido. Lo hará tan mal, que en cosa de un año le odiará todo el mundo”.

Naturalmente, también en eso me equivoqué. Un año, qué bruta. Pero verá, yo es que había incluido en la ecuación el factor “decoro”; pensaba que les daría un poco de apuro, o vergüenza, quitarse la máscara nada más terminar el baile. Qué tonta. Cómo iban a sentir vergüenza, si ustedes de eso no gastan…

Espero que sepa disculparme por haber sido tan estrecha de miras. Su desprecio me dolería especialmente porque yo le amo. Le amo de una manera que jamás sospeché, viendo aquellos mítines, no lejanos, en los que su barba prognata recibía invariablemente la visita de su lengua cada diecisiete segundos, entre promesa y promesa de bajada de impuestos, de protección a la sanidad, a la educación… Le veía humedecer su labio inferior como para lubricar las palabras que salían de su boca. Y no creía en usted.

Idiota de mí.

Ahora no pasaré a la historia.

Ahora, cuando gracias a usted el pueblo haya puesto patas arriba el chiringuito político, encarcelando a corruptos, acorralando a las rubias oxigenadas de mirada aviesa que venden España a dueños de casino, o que dedican exabruptos a cinco millones de desdichados, mientras sus papás se pasean en aeropuertos para personas, ahora, cuando todo se acabe, yo no podré decir que contribuí al cambio.

Porque yo, pobre imbécil, no le voté. Así que no puedo beneficiarme de la gloria.

Pero puedo amarle.

Amarle por cumplir la única promesa que importaba de su programa:

EL CAMBIO.

La ilusión ha devuelto el brillo a mis ojos. La ilusión y el deseo.

Usted me pone, señor presidente. Me pone mucho.

En las tórridas noches de julio, antes de cerrar los ojos pienso en usted, en su barba, en su lengua… Y también pienso en su glamoroso séquito, no crea: pienso en las carcajadas de Esperanza Aguirre, en la soberbia de Soraya Sáenz de Santamaría, en las declaraciones paternalistas y perdonavidas de Ana Botella, asegurando que es normal que suframos más que ella. Pienso en sus palmeros del congreso, aplaudiendo y felicitándose por su periplo de destrucción, destrucción de la sanidad y la educación, de las ayudas sociales. Pienso en la grieta que cruje bajo el Congreso… Y me pone toda, oiga.

Me pone saber la velocidad que puede alcanzar la estupidez cuando tiene la perfecta forma redonda que necesita para rodar cuesta abajo.

Me pone mucho, presi.

¡Oh, sí,sí,sí!

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EL TARRO DE BOTONES

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Clin, clin, clin… Los rubíes y esmeraldas bailan de un lado a otro, golpeando el frasco. Hay una perla escondida bajo el redondo azabache que perteneció a la gran duquesa. Seguro que ahora no sabe cómo sujetarse la capa…

La lluvia cae feroz en una aburrida tarde de domingo, y yo juego con mis pequeños tesoros. Levanto el frasco y lo miro; Todo el mundo debería tener uno de éstos. Decididamente.

No hace mucho tiempo, -aunque nuestra mala memoria haga parecer que sí-, reciclar no significaba separar la basura en bidones diferentes, o llevar el aceite usado a un contenedor específico. Cuando yo era niña, en mi casa, como en casi todas, había una vieja lata de caramelos con trocitos de goma de borrar, clips y grapas sueltas, una caja de cartón con gomillas elásticas y alambres de las bolsas del pan de molde, un cajón con clavos, chinchetas y trocitos de cable de cobre, libretas hechas con el dorso de documentos que ya no servían…

De todas esas cosas la que más me fascinaba era el tarro de botones. Era un frasco de cristal, que otrora había contenido café soluble –los frascos también se aprovechaban- y en el que a lo largo de los años se habían ido depositando aquellas pequeñas piezas que yo consideraba mágicas. Cuando una prenda se le quedaba pequeña a una de nosotras, pasaba a la siguiente. Cuando ya no nos servía a ninguna, se regalaba a algún pariente, vecino o conocido al que le hacía falta. Pero si la prenda en cuestión ya estaba muy ajada –éramos tres hermanas- entonces se le daba varios usos, a saber: las puntillas, encajes, ribetes y cremalleras iban a la cesta de costura. Los trozos más nuevos podían convertirse en pequeños pañuelos o vestidos de muñeca. Los que estaban muy viejos, se destinaban para trapos, -trapos que se usaban todo el tiempo posible-. Y los botones… los botones iban al tarro de cristal.

Allí había tesoros increíbles. Recuerdo un enorme botón con un ancla dorada en el centro, otro rojo translúcido que parecía haber sido doblado como una oblea de empanadilla, una colección, que me encantaba, de ocho botones nacarados engarzados en una filigrana dorada…

A veces jugaba con ellos, los desparramaba por la mesa, los agrupaba por formas y colores… Cada uno tenía su historia, y yo le preguntaba a mi madre o a mi abuela a qué prenda habían pertenecido. Algunos databan de antes de mi nacimiento, y para mí aquello era “la antigüedad”.

Aquel tarro permaneció allí como una constante a lo largo de mi vida. Allí sigue, según creo.

Poco a poco las cosas fueron cambiando. Ya no llevábamos una bolsa plegable al supermercado, porque allí te las daban de plástico, y la ropa dejó de heredarse, más que  nada porque las familias numerosas habían pasado a ser algo anecdótico, y también porque la moda cambiaba más rápidamente que nuestro cuerpo, y a nadie le gustaba estar “fuera de onda”. Aquellas cosas que duraban eternamente pasaron a ser algo de otros tiempos, y entramos pomposamente en la era del usar y tirar.

Yo, que me había criado viendo cómo todo tenía más de un uso, y que consideraba normal que las cosas duraran muchos años, me sentía un tanto escandalizada –y en cierto modo entristecida- cuando veía que, al finalizar cada temporada, la gente se deshacía de todo aquello que ya no iba a serle útil en los meses subsiguientes, y comenzaba a ser algo normal encontrarse, a finales de septiembre, los contenedores rodeados de sombrillas y sillas de playa, barbacoas y cubitos de plástico, así como árboles sintéticos de navidad con todos sus adornos el día 7 de enero.

Yo, que había sido educada de otro modo, procuraba alcanzar un equilibrio entre lo aprendido y lo que traían los nuevos tiempos, pues se me antojaba que, entre el síndrome de Diógenes y el consumo desenfrenado debía haber algún sano término medio.

Cuando me independicé, procuré que en mi hogar no faltara de nada, pues si algo había aprendido con mis padres era a tener bien surtida mi casa. Mi concepto del lujo pasaba por tener bien pertrechados botiquín, cocina, costurero y caja de herramientas. No me podían faltar ninguna de aquellas cosas que yo consideraba imprescindibles, por haberlas tenido siempre.

Tampoco un tarro de botones.

Era como una declaración de intenciones, un modo de expresar cómo yo creía que debía vivirse la vida a ciertos niveles. Había aprendido a ser autosuficiente en muchos aspectos, y lo mismo fabricaba una lámpara, que bordaba un cojín, inventaba una receta, ponía ladrillos o zurcía calcetines.

Y guardaba los botones.

Cada botón, una historia, una prenda, una época, una actividad, un regalo…

Tintinearon los primeros en el fondo del tarro de cristal, (yo escogí uno de mermelada de melocotón) y luego otros sobre aquellos. A veces los miraba al trasluz, y me acordaba de cada prenda, de cada situación vivida con ella.

Porque esa era la cuestión.

Un tarro de botones.

Pienso en donde estábamos, pienso en donde estamos ahora, y miro el frasco de cristal como el símbolo que es, la representación de las cosas hechas con honestidad, paciencia y trabajo. Fue ese esfuerzo silencioso el que levantó nuestra economía en los años sesenta y setenta, y no las grandes decisiones europeas, ni los decretazos o los recortes. Fue el trabajo diario y enorme de un montón de personas que querían mejorar sus vidas y las de sus hijos, las nuestras.

Todos deberíamos tener algo que nos refrescara la memoria, algo que nos recordara cómo hemos llegado hasta aquí, y que nos hiciera cuestionarnos si es en este lugar donde queremos estar. Y si la respuesta es no, ir hacia otra parte.

Ahora ya no es sólo una cuestión de ecología, y ni siquiera de economía.

Podemos y debemos hacer huelga de consumo. Es una solución que ataca a la causa y a la consecuencia. Nuestro precario poder adquisitivo parte de una política económica que nos asfixia, y que sólo nos quiere en el sistema para nutrirlo, para aprovecharse de nosotros y abandonarnos cuando ya estemos secos. Nos dicen que tenemos unas obligaciones por formar parte de ese sistema, pero nadie habla de nuestros derechos, unos derechos que se han ido viendo misteriosamente mermados, esquilmados con nocturnidad y alevosía por las mismas manos que ahora nos señalan como culpables y nos obligan a pagar por un delito que ellos han cometido.

Y hemos ido perdiendo tanto, y tanto, que ahora nuestra economía no nos permite formar parte del sistema; bien, si el sistema no nos quiere, vayámonos a otra parte (y no estoy hablando de Laponia).

Las pasadas navidades habrían sido un periodo estupendo para ponernos a prueba. Todos tenemos algún amigo artista, alguna amiga que cose, artesanos que fabrican objetos bonitos o útiles, propietarios de pequeños huertos que no precisan de intermediarios, peluqueros en el paro, fontaneros, electricistas…

Nos hacen ver que eso es “economía sumergida”, y que delinquimos al pagar veinte euros a una costurera para que nos haga una blusa sin que el Estado se entere. Nos dicen que si un escayolista en el paro nos arregla el cuarto de baño estamos defraudando. Nos persiguen por no someternos a ese impuesto revolucionario que se sacaron de la manga hace veinte años, el IVA, y que bien podría haberse llamado, pongamos, EPC (excusa para cobrar), porque, por rebuscados que sean los nombres que les pongan, no cambian la realidad. “Hemos de igualarnos con Europa”, nos dijeron, y comenzamos por pagar igual que ellos. Curiosamente, aún estamos esperando cobrar como ellos.

Y eso sólo por hablar del IVA, que no es más que uno de los ejemplos.

¿Defraudar? ¿Delinquir? ¿Delinquen una costurera, un peluquero o un profesor en paro si se buscan por su cuenta una supervivencia que el Estado les niega? ¿Dónde están las obligaciones de los que nos gobiernan?

Insisto: podemos y debemos hacer, en la medida de lo posible, huelga de consumo. No es difícil. Nuestra condición de supervivientes nos ha hecho versátiles y adaptados, hemos aprendido a hacer “casi de todo”. Son ellos, los otros, los que no saben hacer nada sin nos, el pueblo llano.

Me sonrío al pensar qué pasaría si fuésemos a dar con nuestros huesos en sendas islas desiertas, por un lado, un grupo de personas pertenecientes a “la clase política”, es decir, mentirosos de profesión que no saben hacer la o con un canuto, y otro grupo, en otra isla, de personas como nosotros, gente de a pie que ha tenido que aprender a buscarse la vida y a aguzar el ingenio para cada pequeña cosa.

Nosotros sí somos autosuficientes. Ellos no. Ellos nos necesitan a nosotros, qué paradoja. A nosotros, a aquellos a los que tratan con desprecio, y llaman “marionetas” desde la sede de sus bancos, o desde sus escaños en el congreso.

Marionetas, sí, porque estamos en sus manos, esclavizados durante treinta o cuarenta años para pagarnos una cueva mientras que ellos viven en la insultante opulencia que se deriva de sus engaños. Animalitos de carga, vale, pero… ¿qué harían ante una absolutamente legal falta de actividad comercial?

¿De dónde sacarían para abrirse sus cuentas en Suiza, para pagarse sus coches, sus orgías inconfesables, su cocaína, sus aeropuertos vacíos, sus carísimos trajes?

Tal vez tendrían que buscarlos debajo de las piedras de esa isla que se han hecho para ellos solitos, mientras que nosotros, “los desgraciados”, cultivamos con nuestras manos, construimos, cosemos, cocinamos…

Hemos vivido en la ignorancia, pero ellos han abusado, y ahora la gente comienza a ser consciente de su propio poder.

A esos políticos que creen que pueden recortar las libertades, someter a su antojo, robar y despilfarrar hay que recordarles que los que trabajamos con nuestras manos somos autosuficientes, y ellos no.

Hay que recordarles que, por dura que sea la situación, a lo largo de la historia de la humanidad siempre ha acabado por haber una toma de la Bastilla, un Nelson Mandela, una Revolución de los Claveles…

Y es el pueblo el que tiene las verdaderas armas.

Yo… yo tengo un tarro de botones.

¿Qué tienes tú?

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Ritos y dramas

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Apago la tele y me quedo sentada mirando el negro vacío de la pantalla. No soy capaz de dirimir si el reportaje que acabo de ver me produce risa o pena. O las dos cosas.

Me planteo cómo vería la noticia un extraterrestre que hubiese venido a estudiar las costumbres de los terrícolas. O tal vez ni siquiera tendríamos que irnos tan lejos. A lo mejor en una tribu del Amazonas tampoco lo entienden, aunque allí también es posible que tengan ídolos o tótems a los que hagan ofrendas o sacrificios. No sé. No estoy muy puesta en rituales religiosos.

Tal vez sea por eso por lo que el reportaje que acabo de ver me deja a cuadros, aunque se trate de un rito de mi propia cultura.

A saber: una reata de personas en actitud solemne desfila con lentitud, aguardando su objetivo, que no es otro que el de depositar los labios y las manos en un objeto de madera. Esto lo hacen en un clima de reverencia y recogimiento. Unos musitan algo brevemente, tras lo cual efectúan una prosternación y se alejan con aire circunspecto; otros incluso llevan a sus hijos en brazos, y les instan a repetir el ritual. Algunos pequeños dejan un rastro de babas sobre el objeto sacro.

Esto, desde luego, no es un problema: junto al extraño fetiche, hay apostada una señora, la cual se encarga de repartir todos los gérmenes y espumarajos de manera uniforme con un pequeño trozo de tela brocada.

El origen de la noticia no es el rito en sí. Al parecer, el objeto había sido rociado con agua años antes por un señor con túnica, el cual no era el oficiante de rigor, pero parece ser que el encargado de tal menester no consideraba al tótem digno de ser irrigado por su persona, porque no cumplía con los requisitos exigidos. Argumentaba algo sobre que había sido almacenado en un lugar impío, creí entender. Por eso se negaba a rociar la pieza con agua.

Ah, sí: el agua no era del grifo de su casa. Esto es importante. El agua, al parecer, provenía de algún lugar lejano, donde había sido embotellada en garrafas de cinco litros no sin antes haber sido tratada por un proceso pseudo-científico que consistía en recitar unas palabras. Las palabras no las puede decir cualquiera, en plan Alí Babá delante de la cueva, no. Las palabras las dice otro señor que tiene contactos en el más allá. Luego exportan el agua por todo el mundo.

Bueno, la cuestión es que, con esa agua tratada científicamente, los objetos adquieren un poder especial, siempre y cuando sean rociados por unos señores con túnica, (que no vale cualquier túnica ni cualquier señor, ojo. Tampoco vale una señora). La cosa es que el hombre con toga que tenía que hisopear el tarugo tallado estaba disconforme con el ritual y con el tótem, así que los adoradores del ídolo habían recurrido a otro investido con chilaba y clámide, quien sí había accedido a rociar el objeto para que todos pudieran desfilar ante él.

Y como el primer hombre de la túnica no estaba de acuerdo, pues tenían que realizar la ceremonia en el local de una asociación de vecinos, en lugar de hacerlo en el templo habitual en que se celebra este tipo de eventos. Un drama, vamos.

La señora del pañuelo brocado habla ante la cámara: “Yo la noto triste. Se le ve en la cara”. Enfocan al tarugo. “Claro que está triste –pienso yo- si la han tallado así, con esa cara. ¿Es que quieren que cambie de expresión?”. Pero por lo visto, está más triste de lo normal.

¿Cómo no va a estarlo? La llaman “Señora del Prado en sus dolores”, que a mí se me antoja que es una pastorcita que se ha torcido el tobillo, pero no; que es otro prado y otro dolor, por lo visto.

En cualquier caso… ¿Quién dice que no está triste por otra cosa? Con la que está cayendo, no creo yo que se vaya a molestar esa señora, ni la de ningún otro prado, porque la rechupeteen aquí o allá, digo yo.

Hay gente que se está quedando en la calle con sus  hijos porque no pueden pagar la hipoteca. A lo mejor está triste por eso. Aunque puede que no. Puede que de eso se encargue “Nuestra señora del ladrillo afligido”.

Qué sé yo. No entiendo la noticia. No entiendo la congoja de esta gente. No entiendo cómo en pleno siglo XXI, con lo que sabemos, y en plena temporada de gripe, alguien quiera toquetear y relamer las babas ajenas, y lo que es peor, hacérselas chupar a sus hijos. Y tampoco entiendo por qué encierran en psiquiátricos a gente por tener alucinaciones y nadie se haga cargo de esa pobre señora que afirma que un tarugo de madera está triste. ¡No entiendo nada!

Hace  poco, estando en un debate sobre filosofía y pensamiento socrático, sobre la moral y tal, escuché a una de las participantes preguntarse cómo a estas alturas del milenio, en esta edad de la humanidad, podía haber tantos exaltados extremistas que interpretaran el Corán al pie de la letra, y que creyeran realmente que el martirio llevaba a la salvación, y otras cosas por el estilo.

Como si todos los fanáticos estuvieran en Oriente.

A lo mejor, el día en que dejemos de depositar nuestra fe en objetos de superchería, el día en que dejemos de rogar a Dios que haga por nosotros lo que a nosotros nos toca, deja de haber familias en la calle, sin un techo, sin nada que comer. A lo mejor deja de haber políticos corruptos, mujeres golpeadas, niños maltratados, trabajadores explotados. A lo mejor deja de haber hambrientos. A lo mejor, si dejamos de invertir dinero en pagar las faldas doradas de imaginería totémica nos queda para invertir en investigación, en la erradicación de enfermedades. A lo mejor si nos dejamos de pamplinas, tal vez, digo, ya no tengamos miedo.

Y si se acaba el miedo, ya no tendremos que besar las manos ni los pies a nadie. Y mucho menos a los tarugos.

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Epístola para una mula.

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Lastimosa bestezuela:

Te dirijo esta misiva tras comprobar que la coraza de tu desdén hace imposible que nos comuniquemos de palabra.

Sé que el método se presta a la mala interpretación, pero antes de que te jactes de haberme amedrentado, te apuntaré lo erróneo de confundir mi actitud con la cobardía, pues si de algo está cansado mi brazo es de blandir la espada en continuas luchas, la mayoría tan injustas como frustrantes, pero, victoriosa o no, siempre he sabido plantar cara a mi enemigo, así que te agradecería que no cuestionases mi valor.

No, no es cobardía; Es mero sentido práctico lo que me lleva a enviarte este escrito, que a buen seguro examinarás minuciosamente en busca de algún indicio acusatorio, algún renuncio que me perjudique, más no hallarás otra cosa que una verdad a la que jamás te has enfrentado, y que ahora se encuentra en tus manos, tras burlar tus defensas como un caballo de Troya que has metido entre tus muros con traicionera codicia.

Tras comprobar, en nuestra última conversación, tus limitaciones verbales, he buscado en mi mente las palabras adecuadas, aquellas que verdaderamente puedan hacerte llegar mi mensaje. ¿Cómo hacerlo? Veamos…

Algunas personas, como tú, mi ignorante criatura, se pasean por el mundo desplegando esa cascada de incomprensible hostilidad, con la que pretenden intimidar a todos cuantos les rodean, sin darse cuenta, -pobres- de que es su propio temor el que resulta manifiesto para cualquiera que posea dos dedos de frente.

Porque, en efecto, cuanto más ladra el perro menos muerde, y el perro que ladra grita su miedo, tiembla tras sus dientes, vibra ante el eco que produce el vacío sonido de su garganta en un cuerpo en el que no hay más que ruido y debilidad.

Dices “soy como soy”, elevando tu mentón y apretando los labios en un irremediable encuentro con tu altiva nariz, y tu actitud chulesca anuncia tan sólo tu propia e injustificada soberbia, pues sólo de eso, de soberbia en sí misma, puedes presumir.

Dime… ¿se puede uno sentir orgulloso de su propia condición anodina, de su vacua existencia?

En plan patriarca gitano, cual señorito de cortijo o ignara maruja arrabalera, enarbolas tus dos dedos preeminentes, y profieres, con tanta inmisericordia como ignorancia, tus sentencias limitadas y banales, rematadas siempre por esa incalificable grosería que te adorna toda.

He tratado de hallar algo, en tu trayectoria, en tu conducta, incluso en tu aspecto, que justifique la convicción casi  religiosa que te lleva a comprender de manera unilateral que el mundo gira en torno a la cicatriz que es tu ombligo, pero por más denuedo que he puesto en mi labor, no he hallado el más mínimo atisbo de don alguno, ya sea a nivel intelectual, espiritual, o meramente físico, que te pueda haber llevado a tan rocambolesca conclusión.

Como un orador que comparece ante los medios luciendo una mancha de mahonesa en la nariz o una hoja de espinaca entre los dientes, extiendes los brazos ante tu público, y sonríes orgullosa, en la solitaria certidumbre, pues es sólo tuya, de que las miradas se posan en tus inexistentes encantos, y no en tus evidentes defectos.

Me hablas de educación. ¿Qué sabes tú de eso?

Algunas personas, mi pequeño animalito, confunden esa gran palabra con otros conceptos.

¿Modales?

Son sólo eso.

He visto monos de circo quitarse el sombrero, y he oído a cacatúas ejecutar brillantemente la aparente vocalización de un “buenos días”. ¿Les convierte eso en educados? Yo creo que no.

Por otro lado, existe el concepto de educación como esa serie de valores bajo los cuales hemos sido instruidos desde la infancia.

No considero yo que poseer las maneras de una duquesita -que por cierto, tú no tienes- convierta a nadie en una persona bien educada, ya que son igualmente modos aprendidos los que mostramos a los demás, en aras de conseguir con un menor esfuerzo aquello que nos proponemos pues, ¿no es acaso cierto que se cazan más moscas con miel que con vinagre?

No, no es eso la buena educación. Hasta las duquesitas pueden ser groseras.

La verdadera educación, ésa que se escribe con mayúsculas, es una actitud. Nace desde el más profundo, sincero y personal respeto del individuo hacia los que le rodean, se orienta a no herir o molestar a los demás con nuestra existencia o nuestras necesidades, y se manifiesta, casi a modo de ternura, más con sonrisas y actitudes positivas que con toda la verborrea protocolaria de la que puedas abastecerte en los más selectos círculos.

Personas iletradas, cabreros, gente criada en la montaña, que jamás tuvieron acceso a un libro, pueden manifestar, con su limitado repertorio, la buena educación en la que se traduce conducirse con respeto hacia los demás.

Tú, en cambio, no puedes.

La naturaleza no ha sido muy buena contigo, pobre bicho.

Entiendo que presumas de soberbia.

Ella te alimenta, ella te da forma, ella te define.

Toda tú eres soberbia.

Y la soberbia no es más que un envoltorio feo que cubre el más absoluto vacío.

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¿Dónde he caído?

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Enero, tarde de sábado.

Me ducho, me arreglo y salgo a la calle a dar un paseo y a hacer algunas fotografías. Hay animación en la avenida; la gente camina con paso ligero, las tiendas están abiertas y corre una brisa agradable.

A varios metros de distancia, dos niñas de unos ocho o nueve años corretean. Parecen jugar al “que te pillo”, y una esquiva a la otra como puede. Cuando estoy lo suficientemente cerca, las oigo:

-¡Ya verás cuando te pille!- grita la perseguidora. La perseguida replica, a voz en grito:

-¡Te lo advierto! ¡Te voy a denunciar por agresión y lesiones!

Yo me quedo perpleja. Recuerdo esos juegos, pero las frases que lo acompañaban eran más del tipo “a que no me coges”. Sacudo la cabeza y sigo caminando.

En el Paseo Marítimo, una hilera de chicos de unos catorce años parecen estar disfrutando de la compañía mutua… ¿o no?

Se sientan a lo largo de la muralla que da a la playa, de espaldas a la soberbia puesta de sol. Todos parecen formar parte de una extraña coreografía; las cervicales, interrogantes, en reverencia a unos chismes menudos en los que sus propietarios concentran ojos y manos. Son cinco chavales en total. Uno de ellos, en tono monocorde y sin levantar la mirada de la diminuta pantalla, expele cansino:

-Creo que la Sandra y la Paula se están pegando.

Miro hacia la playa, donde dos chicas se tiran mutuamente de los pelos mientras se revuelcan en la arena y gritan palabras que harían sonrojarse a un gomorrita.

Aún sin levantar la vista de sus hipnóticos aparatos, otro apunta, en el mismo tono indiferente.

-Peleas de guarrillas siempre hay…

Entonces recuerdo cuando quedaba con mis amigos en el Paseo Marítimo, y nos faltaba tiempo para contarnos el absolutamente todo que había transcurrido en el interminable lapso de cuatro o cinco horas que llevábamos sin vernos. Risas, abrazos, paseos, intercambio de cintas de casete…

Paso por delante de una tienda de golosinas, y recuerdo un encargo de Franc: “cómprame almendras, anda”. Entro en una estancia de luz blanca y colesterol de colores, y unos chavales de dieciséis, tal vez diecisiete años están hablando con el dependiente, mientras que sacan sus carteras y hacen cuentas. Me sonrío pensando en cuando pagábamos, también, las chucherías a escote, o le dábamos dos o tres duros al amigo o amiga al que le faltaban para comprar palomitas, o patatas, o lo que fuera. Me parece una escena tierna. Entonces uno le dice al otro:

-¿Tienes o no?

-Espera, joder.

Saca un billete de cincuenta euros, y el dependiente pone junto a las bandejas de avellanas y pistachos dos botellas de whisky, una de Coca Cola, una bolsa de hielo, tres litros de cerveza y, eso sí, un paquete de Doritos.

-Me debes treinta euros de ayer, le dice un chico al otro.

Yo flipo en color, y pago las almendras, sintiéndome un poco tonta.

No sé muy bien lo que ha pasado, pero algo ha pasado. Yo creo que me echaron algo en la bebida. Eso es: me tomé algo que me dio sueño y dormí cien años. O ciento uno.

El caso es que, cuando desperté, algo había ocurrido; por alguna razón, ahora los niños se saben el código penal, los adolescentes quedan para no verse y los jóvenes gastan en un finde lo que yo en una semana.

Definitivamente me he vuelto una carca. Uno debe asumir que está anticuado cuando ya no comprende estas cosas. Y yo no las comprendo. O tal vez no las comparto. Lo mismo da.

Sea como fuere, no estoy muy segura de si debería haber salido de la cama.

Tal vez me acueste otra vez.

Sí, será lo mejor.

Dormiré otros cien años.

O ciento uno…

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DÉJÀ VU

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Corrían los años ochenta. El aire que se colaba en mis pulmones a golpe de entusiastas inhalaciones juveniles olía a nuevo, como si alguien se hubiese encargado de renovarlo en una sola noche. Se trataba, en efecto, del despertar a una realidad diferente, en la que flotaba la promesa de algo bueno que vagamente se perfilaba en la imaginación, pero que dejaba en el ánimo una sensación de anuncio de colonia; frescor y armonía de mundo perfecto. Todo a mi alrededor estaba por descubrir. Por aquel entonces, la más mínima experiencia se me antojaba una aventura. En realidad lo era.

En una época en la que lo “políticamente correcto” dependía del simple sentido común, los españoles despertábamos a muchas cosas. Y que te hubiese tocado ser joven justo en aquel momento álgido era todo un lujo, una oportunidad que ninguna mente avispada hubiese dejado pasar de largo.

Claro que eso conllevaba algunas desventajas. La libertad bien entendida, ésa que te deja actuar en tantos campos, llegar a tantos sitios y vivir toda clase de experiencias, con la única limitación del respeto a los demás y al entorno, esa cosa aparentemente tan sencilla, no encontraba fácil eco entre los cabezas cuadradas.

Y de esos había muchos.

Toda mi juventud me la pasé oyendo insultos de lo más variopinto. Por alguna razón, mucha gente se consideraba con derecho a insultarte abiertamente por el simple hecho de peinarte o vestirte de un modo poco convencional. Y lo más triste es que esta actitud no provenía exclusivamente de los más mayores, aquellos a los que tantos años de opresión habían constreñido el pensamiento; Lo peor eran mis coetáneos.

Resultaba triste, frustrante e incluso agotador, escuchar una y otra vez las mismas pamplinas faltas de originalidad y plenas, en cambio, de la zafiedad propia de aquellos cuyas mentes se negaban a aceptar cualquier cosa que no les hubiese sido inyectada, como a bichos de una especie de laboratorio social, a base de publicidad machacona o imposiciones de la moda.

Podría decir que yo “pasaba de todo”, pero no estaría diciendo la verdad. Bien es cierto que continué, ya por rabia, ya porque sencillamente estaba en mi derecho, saliendo a la calle como me dio la gana, pero no lo es menos que me sentía acosada y maltratada, pues hacer de cada incursión al mundo exterior una lucha, una sucesión de pequeñas batallas, combates de una guerra que me había sido declarada por atreverme a pensar, resultaba agotador, y día tras día mi espíritu se veía minado por un hastío que cuajaba en mi rostro y mi actitud, aunque como digo, era más fuerte mi rabia, pues nada pertrecha mejor el ánimo que el poder de la convicción.

No voy a entrar en los detalles de los muchos insultos y despropósitos de los que fui víctima durante todos aquellos años, pues el tiempo ha pasado, y con él los rencores, si bien -he de admitirlo- sentí una especie de triunfadora y maliciosa dicha en la venganza pasiva que se encargó de ofrecerme el tiempo: Los hijos de aquellos jóvenes que me machacaron con impiedad, los nietos de aquellos adultos que llegaron a arrojarme piedras por la calle, pasean hoy su palmito, luciendo a medias trasero y ropa interior, encantos éstos que unos indolentes pantalones carcelarios dejan asomar impúdicamente. Ésos que llamaron “maricones” a mis amigos por llevar una simple y pequeña argolla en una de sus orejas, ven ahora cómo sus vástagos acuden al instituto –sabe Dios para qué se molestan en ir- con aros en sus acneicas narices, cuales bueyes de tiro, la piel horadada aquí y allá con metralla diversa, y decorada con tinta de color guarro que en unos casos adopta la forma de un dragón, en otros, la de trazos chinos en los que bien pudiera leer un experto “Se traspasa”. Qué más da, si sus adláteres y compinches no entienden ni el español.

Pero los tiempos han cambiado… ¿O no?

Podríais pensar, al escuchar mi discurso, que he incurrido en el peor de los delitos: Volverme intolerante, yo, que defendí a capa y espada la libertad de expresión, de credo, de hábito y pelaje…

Nada más lejos de la realidad.

Aquello con lo que los chavales –y puretas, que también los hay- quieran taladrarse el cutis, me deja indiferente. Ni frío ni calor, oye.

Lo que me deja atónita es lo que me toca vivir, a día de hoy, en el siglo XXI, cuando televisión, Internet, youtube, presentaciones de power point, cadenas de correos, móviles y toda la parafernalia comunicativa imaginable han conseguido que no haya nuevo bajo el sol.

Sí, me deja de una pieza comprobar cómo esa supuesta modernidad, en la que, en realidad, todos vuelven a comportarse como borregos haciendo la misma cosa –qué original que soy, tengo cuarenta años y llevo un piercing en la nariz, como mi niño er shico- aquellos que van de nuevos modernos siguen siendo los mismos cenutrios, quienes, agolpados bajo una misma bandera y consigna de ignorancia y cretinismo, vuelven a lanzar sus piedras, a escupir su incultura y cerrazón sobre cualquiera que se atreva a pensar por sí mismo.

Bajo esas modernísimas y tatuadas pieles del nuevo milenio, pervive la misma mezquindad de hace un cuarto de siglo, encantada de hallarse en ese estupendo caldo de cultivo que parece ser su masa gris, encharcada de telebasura y probablemente atascada de colesterol, cortesía de Telechicha, McPollas y otros amables y desinteresados patrocinadores.

Hoy, un viernes cualquiera de 2010 –año estelar- he tenido un déjà vu.

Hoy, me han insultado por la calle.

Varias veces.

Gente joven, gente mayor.

La burla tenía su origen en una cuestión de lo más simple, pero me ha dejado claro que sigo viviendo en las cavernas.

¿Cómo se puede llevar tanta chatarra en la piel, tanta consigna libertaria, tanto desparpajo de tanga y tribu urbana prefabricada, y hacer, al mismo tiempo, objeto de mofa y escarnio a una persona por hacer algo mínimamente llamativo?

Y la cosa es que yo, tonta de mí, tenía hecho el ánimo a que, a día de hoy, no me mirarían ni las moscas. Segura estaba, oye, de que nada podía ya sorprender a una sociedad de niños agresores y profesores atemorizados, de sexo a los doce años y actitudes déspotas en plena tiranía del filiarcado, en la era de las chorradas telemáticas y los videojuegos imposibles.

Pero mira tú, que se me ocurre salir a la calle protegiéndome de un sol que mi piel no tolera, y hete aquí que el mundo entero se gira para mirarme.

Giran sus impúdicos culos de tanga las veinteañeras, sus narices de Swarovski las cuarentonas “adaptadas” al milenio, sus cuellos tatuados los ilustrados de la telebasura, y me señalan con el dedo, increpándome al pasar.

Pensaréis, digo yo, qué locura extravagante habrá hecho esta chica para merecer ese trato. Qué cosa puede haber provocado que esas mentes abiertas se sientan escandalizadas.

No iba de camuflaje, como Rambo. Tampoco en una burbuja. No iba vestida de buzo, ni de superhéroe…

Un parasol.

Llevaba un parasol.

Feliz que iba yo de haber encontrado, tras duras pesquisas, un chisme de ésos con filtro UVA, que me permitiera salir a la calle entre junio y septiembre.

Había visto esos parasoles en el campeonato de Fórmula I, entre los que admiraban a Fernando Alonso. Pero eso es disculpable, claro. El deporte… es el deporte, y más el de élite. Los había visto en Japón, donde la gente siente más respeto por su piel que en occidente, pero claro, los japoneses, el Manga… eso mola también. Los había visto en la exhibición aérea de las Fuerzas Armadas, pero claro, allí había más gente pasando calor… se proporcionaban recíproco apoyo moral…

Sin embargo, cómo se me ocurre, ignorante de mí, abrir yo solita un parasol en Cádiz, ante esa chusma distinguida que se acomoda en esquinas y quicios de bares, que hace una foto a su culo con el móvil y la envía por SMS a sus colegas como si fuese una idea brillante, y que luego, en un despliegue de tolerancia digno de Torquemada, te increpan porque, según ellos, “no llueve”.

Quién dice que no llueve.

Llueve estupidez, y lo hace a mares.

A punto de volverme he estado hoy, en más de una ocasión, para preguntarle a alguno de aquellos eminentes mulos si, además del ombligo, la ceja o el pene, les han taladrado el lóbulo frontal.

No lo he hecho, sin embargo. Mi rabia y mi frustración han sido las de veinticinco años atrás; Mi experiencia, en cambio, suficiente como para comprender la pérdida de tiempo que supone ofrecer palabras a cambio de sonidos guturales.

Ya de vuelta en casa, me quedo mirando mi vilipendiado parasol.

Deberían darlos gratis en la Seguridad Social.

Impediría que a más de uno se le derritiese el cerebro.

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Sin enfadarse.

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Miré mi libreta bancaria, y una mueca se dibujó en mi rostro. Me aseguré de haberlo visto bien.

Sí, no cabía duda.

Enfundé la espada. No se deben matar mosquitos a cañonazos, pero en ocasiones hay que recordarle a la gente que vas armada. Algunos no entienden otro lenguaje.

Comenzaba a lloviznar, así que apuré la marcha, repasando mentalmente todo lo ocurrido.

Sucedió hace ya más de seis meses.

Los chicos de Gas Natural se habían presentado algún tiempo atrás ante la comunidad de vecinos, con su propuesta de felicidad duradera en forma gaseosa, y claro, la mayoría había dicho que sí.

Nosotros, no obstante, declinamos amablemente el ofrecimiento; A saber: En casa somos dos, y sólo el coste del enganche mensual constituía una cantidad mucho mayor a la que gastábamos en butano, y luego estaba el consumo en sí, claro.

Cierto es que el gas ciudad ofrece una ventaja tentadora frente a la tradicional bombona; Elimina por completo la desagradable posibilidad del factor sorpresa, esa ocasional circunstancia que te obliga a salir de la bañera muerta de frío, enjabonada, andando con los cantos de los pies -como si eso fuese a solucionar algo- y después de haber pegado un alarido con eco de cuarto de baño, seguido de las habituales blasfemias.

Pero, nos guste o no, debemos tener presentes nuestras limitaciones presupuestarias, y el imponderable del chorro frío en la espalda forma parte de la condición obrera a la que pertenezco. Vamos, que el gasto no me compensaba.

En cualquier caso, la mayoría de propietarios había dado su visto bueno, y, aún en la certeza de que jamás gozaría de las bondades del servicio en cuestión, hube de soportar la obra que la instalación conllevaba, con todo el ritual de ruido, polvo e ir y venir de operarios.

Así, en un tranquilo día previo al otoño, tuve una visión que me erizó el vello de la nuca. Estuve por exhalar un grito -a medio camino entre el susto y el estupor- al ver aparecer frente a mi ventana de tercer piso el careto sin afeitar de un individuo ataviado con un mugriento mono de trabajo, que a primera vista parecía flotar en el aire, pero que en realidad se descolgaba desde la azotea como un Spiderman cutre. Nada que ver con el mito del obrero Coca Cola Light. Francamente decepcionante.

El tipo se había sentado en mi tendedero, que afortunadamente estaba vacío. Las cuerdas, no obstante, hacían protestar a las poleas, que chirriaban cada vez que el sujeto se movía.

Respiré hondo. “Total, será una semana a lo sumo”.

Resté importancia al asunto, en aras de no comportarme como una maruja intransigente. Sin embargo, unos días más tarde, mis braguitas negras se fueron a hacer puenting, y yo me las quedé mirando, mientras se balanceaban de un lado a otro, amenazando con aterrizar en la ventana de algún vecino fetichista o de alguna señora cotilla.

Pero claro, no iba a enfadarme por un poco de cuerda. Total, ya me había durado casi tres años.  Me abastecí de lo necesario para hacerme un tendedero nuevo, y al día siguiente el asunto estaba arreglado.

Sin embargo, sí que me ofuscó un tanto la siguiente tropelía.

Al volver de unas compras, y tras descolgar la ropa, constaté que dos de mis toallas habían adquirido un curioso efecto exfoliante. Un tanto exagerado para mi gusto, ya que consiguieron hacerme sangrar las manos. ¿Qué demonios era aquello?

Estaño. Estaño fundido. Los obreros habían terminado aquella mañana, de manera que mis vecinos tenían gas natural y yo toallas asesinas.

Fruncí el ceño e hice un mohín. Aquellas toallas ya tenían tiempo, pero eso se debía precisamente a que eran de calidad, y a mí me gustaban mucho.

Sin saber muy bien cómo iba a proceder, y dado que en los últimos tiempos he adquirido el hábito de no actuar en caliente, doblé las malogradas piezas, las introduje en una bolsa, y decidí entregarme a otras labores, en tanto dilucidaba qué iba a hacer.

No fue sino hasta unos días más tarde que decidí ponerme en contacto con la empresa suministradora del servicio.

Éstos me informaron de que, en efecto, el abastecimiento del gas corría por su cuenta, pero que las instalaciones en los edificios las realizaban distintas compañías. Finalmente, y tras varias pesquisas, logré averiguar el nombre de la empresa que se había encargado de facilitar a algunos vecinos agua caliente y a otros bragas viajeras.

Lo que siguió a continuación habría sido frustrante de no ser porque he desarrollado una extraña capacidad para reírme de las circunstancias, incluso con cierta suficiencia, como si me hallara en la tácita certeza de mi triunfo final.

Porque, sin duda alguna, los sujetos en cuestión debieron interpretar mi calma y buenos modales como sólo los necios saben hacer, esto es, tomándola por apocamiento o cobardía, y ninguneándome con suaves asentimientos y miradas cómplices entre ellos, en una auténtica demostración de que, en efecto, hacían bien en dedicarse a una labor que poco o nada requería de habilidades sociales, empatía o, simplemente, capacidad para distinguir el tamaño de su antagonista.

Yo estaba  muy tranquila. Planeaba mi viaje a Irlanda, y sencillamente no tenía prisa. Tal vez la cosa habría sido distinta si me hubiesen llegado a dejar sin ropa interior, pero toallas tenía de sobra.

Así, y tras varios meses en los que yo había dado puntuales toques de atención a esta gente, concluyeron que el jefe acabaría poniéndose en contacto conmigo.

Tal vez se encontrase de viaje por Marte, donde Movistar no tiene cobertura, porque el ganadero de aquella piara no me llamó nunca.

Aquello me empezó a fastidiar ligeramente. Yo me habría conformado con una disculpa, pero a esas alturas ya no se trataba de mi cordel, ni se trataba de mis toallas… se trataba del evidente insulto a mi inteligencia. ¿Qué se habían creído? Pero seguía con mi intención de no actuar en caliente. Me senté en el sofá, y esperé hasta constatar que, a pesar de todo, no estaba enfadada. “Despacio”, pensé. Y dejé transcurrir otra semana más.

Supongo que aquella gente pensó que me había cansado, pero yo simplemente estaba tratando de hacer las cosas civilizadamente. La “civilización”, no obstante, se ha construido también a golpe de espada. Suspiré. Después de todo, había agotado todas las vías diplomáticas.

Fue así como, hace un par de semanas, volví a ponerme en contacto con la empresa. Me atendió una chica, la típica hija-secretaria “con estudios”, vamos, la que sabe escribir de la familia. Sin perder la calma, le expuse nuevamente la situación, asegurando que, a pesar de mi buena fe, no tenía intención de dejar el asunto en el aire y que estaba convencida de que ellos preferirían no tener que recibir una denuncia…

No me veía yo, claro está, acudiendo al juzgado de guardia con mis toallas modelo Torquemada, así que mantuve hasta el final la confianza en que aquellas personas obrarían con la conciencia debida.

La chica me pidió mi número de cuenta, después de que yo le comunicara que cada una de mis viejas toallas costaba 35 euros. La cifra, por supuesto, no era real. En las navidades del año 2000 mi madre me regaló algunas toallas, entre ellas las piezas que nos ocupan, y desde luego estaban ya de sobra amortizadas, pero yo había calculado en el total otros conceptos, que incluían el vuelo de bajo coste de mis prendas íntimas, el susto del hombre araña en mi ventana y, por supuesto, el ejercicio de toreo al que me habían sometido. Eso por no mencionar que me habían ofendido gravemente al interpretar mi exhibición de paciencia y diplomacia como simple falta de luces.

Tampoco quería pasarme. Más bien iba a darme un gusto, y treinta y cinco euros por cada pequeña toalla me pareció adecuado. “Eso suman 70, ¿no?” -había dicho la chica en un orgulloso despliegue de conocimientos. “Eso es”, había respondido yo, y me contuve para no agregar algún epíteto inapropiado.

La cuestión había quedado, por tanto, zanjada.

O eso pensaba yo. Porque, una semana después, los muy impresentables no habían hecho un uso apropiado de mi número de cuenta. Vamos, que no me habían ingresado ni un duro.

Con ésas, una mañana, y tras tomarme una tostada, comencé a llamar por teléfono.

Nada, que no había forma. Con mi número ya probablemente fichado, ni el padre ni la hija consintieron en hablar conmigo, colgándome el teléfono en más de una docena de ocasiones.

Pero yo seguía con la sonrisa puesta.

No sabía por qué, pero no conseguía enfadarme.

Me recliné en el asiento. La llamada número veinte había sido la última.

En lugar de insistir, envié un corto mensaje a uno de los teléfonos móviles: “Dada la imposibilidad de contactar con ustedes, recibirán una notificación formal en la sede de su empresa”.

Lo de “notificación formal” pretendía más bien ser una especie de eufemismo, un enigma orientado a confundir. Porque yo sabía que aquella panda de garrulos pensaría automáticamente en una denuncia, pero, que yo sepa, la palabra “formal” abarca un campo considerablemente más amplio, a saber: Yo soy una chica formal, mantengo una relación formal, y siempre guardo las formas. Vamos, que lo mismo podían haber interpretado que recibirían una carta muy educadita, ¿no? Y es que yo seguía sin verme delante de un juez con un par de toallas del año 2000 manchadas de estaño, y explicando el movimiento oscilante descrito por mis bragas unos meses antes.

Pero no me equivocaba al estimar la previsible reacción de aquella gente: Como dos nanosegundos después, mágicamente a ambos les funcionaba el teléfono. Me llamaron ellos, claro. La chica decía no acordarse bien de mí, pero, por alguna razón, recordaba perfectamente mi número de cuenta, mi domicilio, y la cantidad que tenía que ingresarme. Memoria selectiva, creo que le llaman.

No había llegado a enojarme en todo el proceso. Tampoco surgió de mi rostro ningún tipo de sonrisa victoriosa. Simplemente volví a reposar sobre el asiento, dando suaves golpecitos con el índice al teléfono móvil, que mantenía apoyado sobre mi pecho, mientras cerraba los ojos y me entregaba a otros pensamientos…

Ahí había acabado todo.

Llegué a casa justo antes de que estallara la tormenta, y solté la libreta bancaria sobre el aparador.

Mirando la lluvia por la ventana, me sentí extrañamente poética:

“Qué triste vivir en un mundo que lee cobardía en los ojos de aquél que gasta modos amables.

Qué zozobra en el alma, el ruido de la espada, cuando su hoja ha de sesgar el aire, en defensa de la honra.

Qué pobre victoria, la de verse obligado a aplastar a la simpleza misma con tan ínfimo esfuerzo.

Qué bien me han venido estos setenta euros”.

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Sara y Brenda.

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Cuando abrí la puerta, un haz de luz cruzó la habitación. Había estado a oscuras durante muchos años, pero ella seguía allí, pequeña, indefensa, y con los ojos grandes y expectantes. Por su expresión, nadie diría que llevaba aguardando tanto tiempo.

Me sonrió, y sin embargo, había algo triste en su mirada. Probablemente intuía lo que iba a pasar.

-¿Por qué has tardado tanto? -me dijo con una vocecilla tierna y casi quebrada.

-No sé… -titubeé- supongo que he estado perdida.

-¿Perdida? ¿Dónde?

-Sara, si hubiese sabido dónde estaba, no habría estado perdida- la espeté yo.

En realidad, no estaba enfadada con ella, sino más bien a la defensiva. Sabía que debería haber ido a buscarla mucho tiempo atrás, pero algo no me lo había permitido.

Traté de cambiar el tono.

-Perdona, no quería ser brusca-. Le acaricié el pelo.

La niña mantenía sus ojos clavados en los míos. Su expresión era seria. No había cambiado nada en todos aquellos años; tan pequeña, tan frágil… Me dolía sostener su mirada. ¿Cómo decirle aquello?

Mientras pensaba en las palabras adecuadas, ella se me adelantó:

-¿Por qué quieres hacerme esto?

-No te entiendo.

-Sí que me entiendes -dijo haciendo un mohín de disgusto-  No habrías venido a buscarme por ninguna otra razón. – Se entristeció.

Yo suspiré.

-Sabes que no hay más remedio. Tengo que vivir, tengo que salir de esto.

-Pero yo no tengo la culpa -gimió, dejando que dos pequeñas lagrimitas rodaran por sus mejillas.

-Ya sé que no la tienes, pero esto no puede continuar así. No puedo seguir escondiéndote en esta estancia oscura, pero tampoco puedo llevarte conmigo. Sólo tienes cuatro años, y yo debo continuar mi camino, con pasos más grandes.

-Pues entonces dime lo que has venido a decirme, pero dímelo de verdad, no como hacéis siempre los mayores.

-¿Qué quieres decir?

-Que no me digas mentiras. Soy pequeña, pero no tonta.

Respiré hondo. Tenía razón. Al menos se merecía una explicación digna.

-Sara… …he venido a matarte.

Ella agachó la cabeza.

Durante unos segundos hubo un silencio, roto sólo por un gemido. Yo agarré su mano, pequeñita, suave…

-¿Cómo es? -dijo entonces.

-¿Cómo es qué? – me extrañé yo.

-La vida de Brenda – respondió levantando la cabeza.

-Es diferente a la tuya, Sara.

-Eso ya lo sé pero… ¿es mejor de lo que habría sido la mía? Quiero decir, fuera de esta habitación oscura.

La pregunta me hizo daño, pero se merecía la verdad.

-No Sara. -Dije con tristeza- Mi vida no es mejor de lo que habría sido la tuya.

-Entonces…   …entonces las dos nos habremos muerto un poco.

Salí de la habitación con un nudo en la garganta. Iba a matar a la niña, pero no sería aquel día.

Ella volvió a quedarse a oscuras.

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