Amor endogámico en el Cáucaso (canción)

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Lames mi vientre, volcán incandescente,

(te pareces tanto a papá…)

muerdo tu cuello, que ahora tiene vello

(como sé que hacía mamá…)

Amor y endogamia, incesto e infamia

en las llanuras de Azerbaiyán

mientras me enseñas, noto cómo me preñas

y la hemofilia es un castigo de Alá.

Sexo fraterno… ¡pecado eterno!

La culpa y la vergüenza arden en mi pecho,

mientras del Bósforo, tú cruzas el estrecho.

 

Amor endogámico en el Cáucaso… Oh sí…

Amor endogámico en el Cáucaso.

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La infamia de haber vivido.

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Abro Facebook y veo un vídeo de personas mayores bailando. La descripción: “abuelos con marcha”. Y me descubro a mí misma haciendo una mueca de disgusto.
El epígrafe es lo que me molesta, por supuesto.

Cuando vemos estas cosas, solemos decir o escuchar comentarios jocosos, paternalistas, condescendientes y hasta críticos.
Se ve que una persona mayor tiene que demostrar “dignidad”, y no hacer lo que le pida el cuerpo, por más capacidad que tenga para ello. Y aun cuando se trata de comentarios supuestamente positivos, la actitud que observo es la de condescendencia, como la que se tiene ante un niño pequeño, o ante alguien que no rige.

Pero lo de “abuelos” es lo que más me fastidia.
Me cabrea sobremanera que a las personas de cierta edad se les llame de ese modo, como haciendo una gracieta. Yo no tengo hijos, ¿qué pasa? Así que no voy a ser abuela. Además, en esta sociedad etaria, parece ser que sólo eres lo que tu edad dicta. Pues no.

Hay personas mayores que son unas cabronas, y personas mayores que son encantadoras. Hay jóvenes inteligentes y jóvenes gilipollas. Hay racistas y violentos entre los adolescentes, y también los hay entre los octogenarios. Así pues… ¿Cuál es el sentido u objeto de calificar a las personas por su edad?

A menudo, cuando en los medios se da una noticia, se escucha que “un joven ha sido atropellado”, o “un anciano ha matado a su esposa”, por ejemplo, y la importancia del mensaje cambia en función de la edad que tenga la persona.

Considero que, a no ser que estemos hablando de cuestiones en las que la edad juegue un papel fundamental, en cuyo caso se puede mencionar por formar parte importante de la información, (véase, “una mujer de 55 años da a luz”), con la excepción de esos casos, digo, no deberíamos clasificar a las personas por los años que tienen, y mucho menos, incluirlos en franjas definidas de un modo tan abstracto como “anciano” o “joven”. Sobre todo, porque hay ancianos de 15 años y jóvenes de 70, y esto no es un tópico de esos que se dicen para quedar bien; La gente que no aprende nada nuevo, que engulle telebasura, ésa que se cree todo lo que rula por Internet sin cuestionarlo, la gente que se baja el tono machacón de moda en el móvil o que censura cualquier cosa nueva o distinta, ésa sí es vieja, con independencia de su edad. Los otros, los que siguen innovando a pesar de haber superado hace tiempo los sesenta, los que siguen aprendiendo, los que abren su mente, los que son receptivos, tolerantes, alegres, creativos…. Esos son jóvenes, así tengan ochenta, noventa o cien años.

Recuerdo que hace algún tiempo vi en las noticias a una chica a la que estaban entrevistando varios medios. La causa era que habían atropellado y matado a su padre, de 72 años. La desconsolada mujer gritaba ante la cámara, explicando entre lágrimas:
“Lo peor es tener que escuchar en la radio y en la tele que han matado a un ‘anciano’. ¡No era un anciano, era mi padre, mi padre! ¡Una persona! ¡Un buen hombre!”
Yo puedo comprender perfectamente la naturaleza de su clamor. Los que transmitían la noticia estaban desposeyendo a su padre de toda entidad humana, reduciéndolo a un número, el de su edad, una edad que lo clasificaba dentro de un parámetro determinado, de un estereotipo con un valor definido por la sociedad que poco o nada tenía que ver con su propio valor como persona. Además, parece ser que si muere una persona mayor, “importa un poco menos, porque total, ya ha vivido”.

Pienso en cómo me sentiría yo si estuviese en el lugar de esa chica. Yo quiero a mis padres, que son personas activas, buenas, trabajadoras, cariñosas, inteligentes… ¿No puede emplearse cualquiera de esos términos para hacer alusión a ellos? ¿Deben ser definidos en base a su edad? ¿Es imprescindible que los metan en una casilla tan absurda y poco objetiva y que ésta determine su valía, su condición humana? ¿Por qué no dar la noticia como “han atropellado a un voluntario social”, o “han atropellado a un mal vecino”? ¿No son parámetros válidos?
Pues parece ser que no. Por lo visto la edad lo determina casi todo en esta sociedad.

Y a la vista de la situación, no puedo evitar plantearme qué soy yo en función de esta ley no escrita que nos juzga y nos condena según el número de veces que hayamos visto salir el sol. A saber:

Cuando yo era una adolescente era inteligente y despierta, y tenía sentido del humor. Entonces era una chica divertida.

Cuando fui un poco más mayor, era inteligente y despierta, y tenía sentido del humor. Entonces era una mujer interesante.

Unos años más tarde, sigo siendo inteligente y despierta, y tengo sentido del humor. Y ahora soy “una señora muy cachonda”…

Supongo que, con independencia de que no haya tenido hijos, cuando tenga sesenta o setenta, tendré que escuchar que soy una abuela graciosa y medio majara… Pues no.

Una persona es lo que es, y si mi cuerpo envejece es porque no me he muerto todavía. Dado que la alternativa a la vejez no me convence, no me queda otra que asumir el paso de los años por mi cuerpo mortal.

Pero lo que más me fastidia es que, el hecho de que mi mente siga divirtiéndose, abriéndose al aprendizaje y tratando de comprender y mejorar, se traduzca en la desaprobación de los que “se comportan acorde a su edad”, lo que en general significa que hay que lucir un rictus de hastío, un velo de amargura y, en definitiva, la actitud de quien ha sido domesticado por el sistema. Y esto es prácticamente la norma, habida cuenta de que sufrimos -todos- las consecuencias de un lavado de cerebro que comienza apenas tenemos uso de razón.

En el mejor de los casos, es decir, cuando me expreso ante gente más abierta, ya sea haciendo bromas en la cola del súper, imitando voces de dibujos animados en una reunión o, en definitiva, siendo espontánea y creativa, todo lo que consigo es que la gente comente “con simpatía” que me falta un tornillo, y que eso “está bien, porque no hace daño a nadie”.

Pero tanto los zoquetes con mente de ladrillo como los más tolerantes, todos ellos, en función del ya mencionado lavado cerebral, acaban expresando de algún modo que “a mis años, ya debería comportarme de otra manera”.

A lo mejor lo que debería comportarse de otro modo es la sociedad, y asumir de una puñetera vez que la edad la determina una mirada más o menos curiosa, un afán mayor o menor por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo, un modo de actuar y conducirse más o menos útil a la comunidad y a uno mismo. Y, en cualquier caso, sea cual sea la edad en cuestión, ésta sólo es un parámetro de los muchos a tener en cuenta a la hora de tratar, juzgar, considerar o referirse a las personas.

Si no encontramos lógico encarcelar a todos los rubios, apalear a todos los morenos, premiar a los pecosos, felicitar a los que cecean, o multar a los que echan cebolla a la tortilla de patatas, si en definitiva, no le vemos sentido a generalizar por un aspecto de la persona, ¿por qué encontramos tan normal hacerlo en base a la edad? ¿Es que son iguales los 68 años de mi vecina, matriarca de una panda de delincuentes, espectadora de Sálvame de Luxe, ordinaria, sucia, repulsiva e irritante, en definitiva, son iguales los 68 años de esta escoria humana a los 68 años de Ted Danson, Mick Fleetwood o David Bowie?

La generalización produce injusticia, y es por ello por lo que esta sociedad de las edades es injusta.

Entre esos “abuelos con marcha” del vídeo apuesto a que habrá algún cabrón impenitente, algún héroe anónimo, algún filántropo y algún maltratador. Puede que incluso algún genio y algún asesino.

Y, como yo, lo mismo hay quien no es ni será nunca un abuelo.

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Madre no hay más que muchas…

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1.-“Eres una egoísta”.
2.-“¿Te lo vas a perder?”
3.-“Si todo el mundo fuera como tú la humanidad se habría extinguido”.
4.-“Las personas como tú son unas irresponsables”.
5.-“Una mujer que no es madre, no es mujer”.
6.-“No vas a tener quien te cuide cuando seas vieja”.
7.- “Tú tenlos, que luego, si no puedes hacerle frente, tus padres te sacan las castañas del fuego”.
8.-“Los hijos son lo mejor que te puede pasar en la vida. Te lo pierdes todo, pero es lo bonito del sacrificio. Los niños son maravillosos. Niño, deja de dar por culo”.

Estas son algunas de las perlas que he tenido que escuchar desde que tuve edad fértil. Se supone que soy una egoísta, pero una gran cantidad
de las personas con hijos que yo conozco los han tenido por motivos absurdos y egoístas, cuando no por accidente. “Que se parezca a mí”, “vestirlo como yo quiera”, “elegir un nombre precioso, como Yedai, Jonathan-Camilo o Güendolín”, “que no me tengan que meter en una residencia” y cosas similares han llevado a mucha gente que conozco a tener hijos. Eso por no mencionar a quienes los traen al mundo de manera irresponsable, sin tener nada que darles (y no me refiero sólo a lo material), sin pensar en su futuro ni en su seguridad, o planeando ya de antemano que sus padres y sus familiares les saquen de los apuros económicos o les ayuden a cargar con una responsabilidad que sólo a los progenitores corresponde.

Mucha gente, además, piensa que ya “cumple” con la humanidad procreando, y a partir de ahí ya pueden comportarse como unos auténticos hijos de puta con todo el mundo, y eximirse de ofrecer cariño auténtico, amistad verdadera o solidaridad a los que les rodean.

Y se permiten juzgar a las mujeres que no siguen su mismo camino, calificándolas, entre otras cosas, de seres incompletos. Como si la maternidad se perfilase sólo en el paritorio. Pues no.

Se puede parir y no ser madre, como se puede ser madre sin haber parido. O simplemente puedes tener claro que tu aportación a la humanidad puede ser mucho mejor que la de simplemente perpetuar tus genes (lo cual no siempre es positivo), y esperar, como espera mucha gente, que sus hijos hagan por la humanidad lo que ellos no están dispuestos a hacer.

La maternidad, como acto físico, está claramente sobrevalorada; las ratas también paren, y a menudo se comen a sus crías. Yo conozco a muchas madres-rata, (de nuestra misma especie), y también conozco a seres humanos maravillosos que han conseguido ser madres y padres de la gente necesitada a su alrededor, aunque no les hayan engendrado o concebido.

La maternidad no es un acto físico que se desarrolla en la matriz; es una asunción de rol, un ejercicio de mentalidad, un acto de amor hacia otros, -aunque no se comparta el ADN- y, sobre todo, es el resultado de la predisposición amable y solidaria hacia otros seres vivos.

Con más frecuencia de lo deseable -aunque afortunadamente no siempre- las “madres de matriz” sólo siguen sus instintos más primarios, pero en muchos casos ejercen de mala gana las consecuencias de esos instintos.

Por supuesto, hay madres y padres maravillosos, vocacionales, responsables y juiciosos, pero esa actitud no siempre va unida al cargo.

Para finalizar, he de decir que la mayoría de la gente que me ha bombardeado con las frases al principio expuestas, suelen acabar su discurso con la incoherente coletilla de “tú sí que te lo has montado bien”, “tú sí que vives bien” y cosas por el estilo.

¿Hola?

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Escoria

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Te odio, aunque no te lo merezcas.

Te odio desde lo más profundo de mi ser, desde los leucocitos y hematíes que recorren mi cuerpo, desde la grácil estructura helicoidal de mi ADN.

Yo te odio.

Y no te lo mereces.

No te lo mereces porque el odio es una molestia enorme, un esfuerzo que supone sentirte mal cuando ves, oyes o tan siquiera dibujas en tu mente a la persona objeto de esa inquina. Y ello en sí es una contradicción porque, si alguien es lo bastante inmundo como para que le odies, no merece ese esfuerzo.

Pero yo te odio. Soy así de imperfecta.

Así, y enraizado en esa malsana aversión, ha crecido el sueño de que llegue el día en el que una poderosa fuerza de la naturaleza te haga implosionar. Sí, implosionar y no sencillamente explotar, de manera que, cuando esa fuerza te destruya, la porquería que toda tú constituyes vaya hacia dentro, y no salpique a los seres decentes que viven a tu alrededor.

Entonces, y del agujero negro que surgirá de tu destrucción, una fuerza poderosa absorberá a toda tu casta, y el universo será un lugar mucho más armonioso y tranquilo.

Naturalmente, esto es sólo un sueño, pero soñar me ayuda a sobrellevar el hecho de que me haya tocado conocerte, me haya tocado verte, oírte, sufrirte.

Tú, que sólo ves telebasura, que disfrutas oyendo a personajes rocambolescos lanzar imprecaciones de guión envueltas en esputos accidentales. Tú, que abres la ventana a las tres de la madrugada para que todos puedan comprobar el nivel ensordecedor que puede alcanzar el volumen de tu televisor, tú, que sacas la basura al descansillo y la dejas ahí durante ocho horas seguidas, para que las moscas puedan darse un festín con tus cáscaras de plátano. Tú, que eres capaz de decir una frase de ocho palabras en la que siete son palabrotas de contenido obsceno y sexual, palabras llenas de pelos y hedores. Tú, que dibujas una aberración goyesca de mandíbula desencajada en risotada grosera y zafia, al ser increpada por alguna incorrección, o solicitada para la buena convivencia…

Tú eres el objeto de mi odio.

Tú y toda tu progenie, la de los escupitajos en la escalera, la del reggaeton a toda leche que hace vibrar las paredes del edificio.

En la expresión máxima de lo que constituye una lacra, una peste para la humanidad, has logrado multiplicarte y dar a luz a toda una estirpe de engendros repugnantes que no aportan nada al mundo, y sí resultan, en cambio, una carga para la sociedad.

Matriarca de una ralea parasitaria, tus hijos y tus nietos, que comparten tus aberrantes modales y tu ignorancia supina, maman de la teta del estado, sin haber completado jamás la educación básica, pero beneficiándose de los subsidios que esta sociedad absurda otorga a yonkis, ex presidiarios y padres adolescentes -porque esa es otra, os reproducís como conejos, en una ignorancia del uso de anticonceptivos impropia del siglo XXI-.

Mientras, padres de familia desempleados, jóvenes con carrera y gente de bien no recibe del estado ni un triste buenos días. Tal es nuestra sociedad, que premia la conducta inapropiada, la falta de ambiciones, la estulticia de seres lobotomizados por la verbena de la tele.

Y así, con mis impuestos, pago tu Sálvame de Luxe, tu reggaeton y tu factura de la luz. Y pago también las naranjas cuyas mondas vas a dejarme al día siguiente en la puerta, orladas por el vuelo de unas moscas que pincelan el retrato perfecto de la inmundicia.

Escoria.

Eres escoria.

Como tú, hay muchas personas que constituyen vías muertas en la trayectoria de la humanidad. Sois abortos de la raza humana, callejones sin salida que terminan en un muro sucio con rincones hediondos de orina y oscuridad.

Sois obstáculos para la evolución, para la comunidad, para el respeto y la armonía.

Vuestras vidas no sirven a nadie, ni siquiera a vosotros mismos.

Sois basura.

Como la que dejas en la puerta.

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Cerveza, muñecas y jamón serrano

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Érase una vez una niña grande que estaba teniendo un día de perros. La mañana había sido horrible, y la tarde estaba siendo peor.
Entonces recibió una llamada del Leroy Merlín. Al otro lado, una voz le dijo:

-Hola mi amor, yo soy tu lobo.
-¿Eing?
-Escúchame bien, Caperucita: quiero que vayas al Hipercor y me traigas cuatro latas de cerveza y un paquete de patatas fritas.
-Abuela -le dijo la niña- las patatas fritas aumentan el colesterol.
-Y la levadura de cerveza lo disminuye, no te giba. Además, yo no soy tu abuela, soy el lobo feroz, y quiero cerveza fría para aullar toda la noche.
La niña hizo un mohín. No quería salir, pero luego pensó que podría distraerse mirando muñecas por el camino. Como leyéndole el pensamiento, el lobo le dijo:
-No se te ocurra apartarte del camino, que luego te pierdes en un bosque de ojos de cristal y caras de vinilo, y ya sabemos lo que pasa.
-Abuela, déjame, que no voy a coger las margaritas, sólo voy a mirarlas.
-Tú misma, y deja de llamarme abuela, que tengo orejas de lobo, ojos de lobo y boca de lobo.

Y la niña se fue al Hipercor a por cerveza y patatas fritas. Pero, desoyendo la advertencia de su abuela peluda de grandes orejas, subió a la segunda planta de El Corte Inglés, que quedaba muy cerquita de su cabaña pequeña con hipoteca grande, y se puso a mirar muñecas.

Entonces, llegó la Bruja del Norte, que era de otro cuento, pero lo mismo daba, porque ya estaba harta del Mago de Oz y del hombre de hojalata y le apetecía cambiar de aires. La Bruja del Norte, con sus medias rayadas y su pelo de maíz le susurró a la niña al oído que se llevara una muñeca sin pagar.

-Cómo voy a hacer eso, si en El Corte Inglés le ponen alarma hasta a las lonchas de jamón serrano, (se necesita ser cutre).

-Ya -le dijo la bruja- pero como están mirando los blíster de jamón no se van a dar cuenta. Mira: tú coges la muñeca y me la metes debajo de la falda. Luego chasqueo tres veces los chapines de rubíes y me la llevo a tu casa.

-¿Y tú que ganas con todo esto? -dijo Caperucita a la Bruja del Norte.

-Pues que me he apostado con los tres cerditos a que me llevo una Nancy debajo de las enaguas, y si gano me llevo un chalé en Torrevieja, Alicante.

-¿El del “Un, dos, Tres?”

-El mismo, que ahí sigue porque en treinta años no se lo llevó ningún concursante.

Y entonces Caperucita, ignorando la advertencia del lobo del Leroy Merlín, le metió la muñeca debajo de las enaguas a la Bruja del Norte.
Después, con una risilla malévola, la bruja hizo chasquear tres veces los chapines de rubíes, y desapareció con la muñeca.
Al llegar Caperucita a su casa, la muñeca estaba en la encimera de la cocina, junto con un blíster de jamón serrano y una nota que decía: “El jamón lo he pagado. Gracias por el chalé. Un saludo”.

Esa noche, cuando llegó el lobo con el uniforme del Leroy Merlín le dijo:

-¿Otra muñeca? ¿Otra muñeca? ¿Qué te he dicho de pararte a comprar muñecas?
-Que no la he pagado, abuela, que me la han regalado en El Corte Inglés.
-En El Corte Inglés no regalan ni los mocos. ¿Me has traído la cerveza?
-Sí, y además te he traído jamón serrano.
-Anda, mira qué bien. En esto hay que gastarse los dineros, y no en muñecas.
-¡Que no he gastao ná, que es un regalo!
Durante la cena, el lobo bebió cerveza y Caperucita jugó con su muñeca.
Y los dos aullaron toda la noche.

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Vidas de plástico

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Mediados de diciembre, por fin. La suave brisa del norte me acaricia la cara mientras camino por las calles iluminadas. Tengo la nariz fría y la sonrisa cruzándome la cara. Seguro que a los viandantes con los que me cruzo les resulta imposible adivinar que mi expresión de felicidad se debe a la absoluta ausencia de calor que a ellos los mantiene encogidos como pollos en ventisca. Pero oye, cada uno es como es.

Paso por delante de escaparates adornados profusamente con espumillón, luces y purpurina. Adoro el invierno, adoro la Navidad, y exprimo todo lo que puedo la feliz temporada para salir a la calle, cosa que una agorafóbica estacional como yo, recluida cuatro o cinco meses al año, tiene que aprovechar al máximo.

Como Jimmy Stewart en “La ventana indiscreta”, he estado de junio a octubre mirando por la ventana, esperando a que el implacable calor me liberase de mi prisión, y por fin ha ocurrido, así que toca salir a la calle y disfrutar de la fugaz sensación siberiana que raras veces visita esta cuasi isla subtropical en la que vivo.

Al pasar frente a un bazar chino, recuerdo que necesito un poco de celofán para terminar un trabajo. No suelo frecuentar ese tipo de tiendas, pero esa en concreto me gusta. Es un pequeño paraíso para los amantes de las manualidades, y realmente tiene cosas que no encuentro en otros sitios. Además, el hombre que la regenta es muy amable.

Entro en la tienda, saludo al dependiente  y me pongo a buscar el celofán.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

Un sonido repetitivo y agudo llega hasta mí, y me hace volverme de manera instintiva.

El pasillo de las manualidades encara directamente la puerta de la tienda. Es así como veo que ha entrado una señora empujando un cochecito de bebé.

Vuelvo a lo mío, tratando de localizar el color de papel que necesito.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

Está claro que es algún juguete de goma con pito. Eso sí, el bebé que lo porta debe tener unos músculos sorprendentemente desarrollados, porque el sonido es insistente, rápido y continuo.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

Mi natural despiste no me habría permitido siquiera percatarme de la presencia de la mujer y su bebé, pero ese sonido inunda la tienda, y mira que es grande. Me fijo entonces bien en la escena.

La mujer sigue en el pasillo de entrada, junto al mostrador. El dependiente mira fijamente el interior del cochecito, que yo no puedo ver al encontrarme en el lado opuesto. La señora, con una mezcla de indiferencia y desdén, está echando más juguetes de goma en el interior del carrito de bebé.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui…

-Ya está bien, Olivia –le dice suavemente, casi sin convicción, a la que ahora sé que es una niña (con los brazos más fuertes en el mundo de los bebés).

La señora aparenta cincuenta y muchos años, aunque está claro que su fachada ha estado bajo andamiaje. Tiene esa nariz sospechosamente chata, redonda y retraída de aquellos que han dejado parte de su apéndice nasal en la papelera de algún quirófano. También su cutis deja ver una lisura cuyo secreto, sin lugar a dudas, esconden sus orejas; piel estirada. Y qué decir de esos labios que besan con esencia de bótox… Sí señor, todo un trabajo de bisturí para poder engañar al tiempo.

No la culpo; yo también lo haría si tuviera dinero, bueno, si tuviera dinero y si la cirugía plástica aún no estuviera en pañales. Porque, admitámoslo, la ciencia aún tiene que descubrirnos alguna manera para que la cirugía estética dé los resultados que queremos, esto es, que nuestro aspecto sea más joven, y no que nos convierta en máscaras.

La escudriño un poco más, con disimulo. Sus repintados ojos se encuentran enmarcados por dos finas líneas que en otro tiempo debieron ser cejas. Le dan un aspecto antipático, la verdad.

Rematan el conjunto una melena oxigenada a cuarenta volúmenes, un abrigo de piel que a buen seguro tuvo su origen en algún pobre mamífero y unas botas de cuero con taconazo de cuya caña no se ve el fin.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiquiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

-Olivia, no pienso repetírtelo –dice la señora con voz ronca.

Olivia claramente pasa de ella, porque el ruidito sigue.

Sigo sin ver al bebé, pero sí me fijo bien en el cochecito. Es de última generación, de diseño. Convertible, con amortiguación, canasta desmontable… Tiene adornos en rosa fucsia y lacitos por doquier.

La señora viene y va por los pasillos, dejando al bebé junto al mostrador. De vez en cuando vuelve e introduce más juguetes en el interior del carrito. Otros los deja en el mostrador. En uno de sus viajes increpa de nuevo a Olivia, en el mismo tono suave y monocorde. Alguien debería explicarle que los bebés entienden el tono, pero no el mensaje, y menos cuando son tan complicados.

-Olivia, deja en paz a tu hermana. Mira que te dejo sin juguetes.

Ahí ya sí que me pica la curiosidad. ¿Dos bebés en el mismo carrito? Tengo que acercarme y mirar. A fin de cuentas, el dependiente no le ha quitado ojo, así que deben ser unas gemelas muy peculiares.

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiquiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

El último pitido me deja sorda, pero el estupor de mis oídos es superado por el de mis ojos.

En el interior del cochecito, envueltas en ropita de diseño, dos diminutas Yorkshire me miran bajo sus lacitos fucsia. Están rodeadas de juguetes que aún llevan etiquetas, todas ellas llenas de babas. Claro, ahora entiendo la cara del dependiente.

Intento pagar mi celofán, pero entonces aparece la señora Frankenstein con un pequeño peluche en la mano.

-Muchachito –le dice a un dependiente que ya no cumple los cuarenta- ¿esto tiene algún tipo de apertura?

El dependiente no parece comprender. Ella, en tono paternalista e indulgente, le habla como si fuera subnormal en vez de chino.

-A-BRIR, A-BRIR… si esto se abre.

El pobre hombre toma el diminuto peluche, y lo examina tratando de comprender por qué tiene que abrirse.

-A ver –dice ella- es para un regalo. Quiero meter dinero dentro. ¿Tienes algo para meter dinero dentro?

-Ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiqui, ñiquiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

-Olivia, Adela, ya basta. Me voy a enfadar.

El dependiente le señala la zona de papelería. “Sobres”, le dice.

-Ay no, los sobres no son estilosos, yo quiero quedar bien.

Quedar bien, dice. Lleva la cara más restaurada que un lienzo de la Edad Media, vestida con la piel de un pobre bicho y está comprando los regalos de Navidad en un chino, pero quiere ser estilosa…

Yo trato de pagar mi celofán, y el dependiente, al que la mujer ha sepultado tras un montón de trastos que “no sabe aún si va a llevarse”, me atiende. Entonces la señora vuelve y se siente muy ofendida porque “ella ha puesto primero los productos en el mostrador”.

Me retiro un paso hacia atrás para dejarle sitio, pero ella me perdona la vida y me dice que da igual, que va a seguir comprando.

Así que pago mi artículo, mientras que cruzo una mirada cómplice con el dependiente, que trata de disimular una sonrisa.

Mientras el esperpento trastea por la tienda, antes de marcharme me acerco a los dos perrillos.

Está bien que saquéis a vuestro animal a pasear, les digo, pero la próxima vez ponedle un bozal.

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Parias, frikis y modas

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Llevo unos días tarareando para mis adentros una canción ochentera de Golpes Bajos. Hace eones que no la escucho, y ni siquiera es una de mis favoritas, pero es la respuesta mental a una cuestión que me da vueltas en la cabeza desde hace ya algún tiempo.

En concreto, la frase que se repite es “Colecciono moscas…¿y qué?”.

La voz retadora del inolvidable Germán Coppini acude a mi mente una y otra vez, mientras me enfado con el mundo sin que el mundo se entere. Total, que soy yo la única perjudicada.

Supongo que debería haber aprendido ya, a esas alturas de mi vida, a ignorar a la gente, y cuando digo “gente” me refiero a ese bulto que no son personas, es decir, a la masa conformada por individuos que deberían serme ajenos por no aportarme nada.

Buscando ya la cincuentena, me doy cuenta de que esto no es sino un patrón; fui una paria de pequeña, he sido una paria de joven, y sigo siendo una paria en el camino hacia la vejez. Lo curioso es que, cuando uno es calificado como “rarito” por el resto, normalmente el aludido es el último en saberlo.

El motivo de mi reflexión es uno de mis hobbies. Digo uno porque tengo muchos: dibujar, pintar, hacer fotografía, leer, coleccionar…

De este último viene el tarareo que no se me va de la cabeza.

Cuando era pequeña, a los diez años o por ahí, mi abuela me dio una curiosa moneda con un agujero en el centro. Nunca había visto ninguna así, y me encantó. Eran cincuenta céntimos de los años de la posguerra, “un objeto antiquísimo” (para una niña de diez años).

A partir de aquella primera moneda comencé a buscar y reunir más, aunque claro, no era una colección valiosa ni mucho menos. Pero, tal y como yo lo veo, el valor de una colección no es el meramente económico. El objetivo del coleccionismo es la búsqueda en sí misma del objeto deseado, cuya consecución lleva a iniciar una nueva. Ahí está el aliciente, aunque también en cuidar, conservar y organizar metódicamente la colección.

Además, el coleccionista tiene un perfil concreto: es meticuloso, ordenado, curioso y un pelín obsesivo. Y yo soy coleccionista.

Con respecto a mi primera colección, que aún conservo, no es que me interesasen las monedas en concreto; lo que me gustaba era la actividad en sí, pues además de ellas, reúno y busco otros objetos, como tarjetas navideñas, postales tridimensionales, ilustraciones y objetos de Ferrándiz y algunos artículos vintage.

Ah, se me olvidaba; también colecciono muñecas.

A estas alturas de mi relato algunos de vosotros, lectores, ya habréis enarcado una ceja.

Curioso, ¿no?

Parece ser que, en esto del coleccionismo, hay cosas que dan caché y cosas que lo quitan. Cosas que te hacen parecer tonto, o loco, o raro, o todo ello junto.

Recuerdo que, hace un par de años, una profesora de la facultad, al enterarse de mi afición, me llamó “Norman Bates”. Así, sin anestesia ni nada. La profesora en cuestión había estado interesada en que hiciese con ella mi trabajo de fin de grado, e incluso pretendía una colaboración entre nosotras, en la cual yo impartiría alguna de sus clases.

Le había gustado mi modo de expresarme, mi vocabulario, mi soltura hablando en público y algunos de mis planteamientos, ensayos y trabajos.

Sin embargo, al conocer que coleccionaba muñecas todos aquellos proyectos se diluyeron como por arte de magia.

Al parecer, uno tiene que ser un psicópata –y gustar de apuñalar a la gente en la ducha- para coleccionar muñecas.

Pero no fue ella la única. Otras personas de mi entorno también me miraron como si hubiese perdido la cabeza al mencionarles mi afición, hasta que finalmente opté por no comentarlo con nadie. Y lo que es más: procuré que no se supiera, ocultándolo como si fuese alguna extraña perversión o algo vergonzoso.

Sí, lo confieso; consiguieron hacerme sentir patética y ridícula. Se ve que, a pesar de la edad, no he conseguido alcanzar el necesario estado de indiferencia ante los juicios ajenos.

En cualquier caso, cuando un amigo viene a casa, se encuentra con que, en el reducido espacio de mi diminuto piso, hay una habitación invadida de muñecas.

He observado que la mayoría no dice nada sobre ellas, y es precisamente ese silencio lo que resulta más revelador. No creo que deje indiferente a nadie entrar en una habitación por primera vez y encontrarse con decenas de pares de ojillos de cristal observando desde las estanterías, armarios y muebles.

Pero no dicen nada, y eso me lleva a la conclusión de que lo que piensan no es demasiado bueno.

Algunos otros sí dicen algo a veces; sueltan los tópicos de siempre. Que si no me da miedo que por la noche me apuñalen –mira que se obsesiona la gente con los apuñalamientos- o que si las tengo para jugar. Esto último parece preocuparles mucho. Por lo que se ve, los adultos no juegan. O al menos no con muñecas. Y es que, como ocurre con el coleccionismo, en el tema de los juegos también hay clases.

Por ejemplo, jugar a videojuegos siendo adulto es algo muy molón. También puedes participar en juegos de rol, ir a disparar pintura a tus amigos, o echar una partida de cartas sin que  nadie cuestione tu madurez y buen juicio. Pero lo de las muñecas no está bien visto. No; lo de las muñecas sólo lo hacen los Norman Bates de la vida.

Poca gente se para a pensar en que nunca dejamos de jugar. Jugamos cuando nos reunimos en una fiesta, jugamos online, jugamos en la cama… Los juegos son parte de la vida, pero después de los doce años no se te ocurra jugar con muñecas.

Y la cosa es que yo no juego con ellas, o al menos no al uso.

El juego infantil imita a la vida, y en él tratamos de realizar todas esas cosas que no nos dejan hacer los mayores. Esto no es necesario cuando eres dueño de tu vida, pero hay otras clases de juegos.

Yo, por ejemplo, combino mi pasión por la fotografía con mi pasión por las muñecas, y pienso que eso es una manera de jugar con ellas.

Y no le veo nada malo, la verdad. De hecho, no puedes jugar con una colección de monedas, pero con las muñecas sí, de manera que en cierto modo es un tipo de coleccionismo mucho más rico.

Pero claro, tampoco puedes decir que las disfrutas y que a veces incluso les hablas. Y aquí viene otra distinción preocupante: puedes pelearte con el ordenador, hablar con la tele o enfadarte con tu coche, pero nunca, NUNCA, hables con tus muñecas. (Si lo haces, el otro pone la cara de Janet Leigh en la ducha).

Vale, lo de que me comparasen con el asesino de Psicosis me afectó, pero ni remotamente tanto como me afectan las risitas de los más cercanos. Y es que, a la hora de ser rarito, es preferible que te tomen por loco a que te tomen por tonto.

Como a una tonta, en efecto, me trató el novio de una amiga, un mozalbete al que le saco veinte años de ventaja, cuando, con sorna, y en tono paternalista, me dijo que por qué no pintaba cuadros de mis muñequitas… Su novia, amiga de toda la vida, persona muy querida por mí, hizo lo posible por aguantar la risa. Se veía a las claras que habían estado hablando del tema.

Tal vez le habría increpado si no hubiese estado sentado a mi mesa, pero mi sentido de la cortesía me impedía ser grosera con un invitado. En lugar de decir nada, le ayudé a constatar que yo era, efectivamente, tonta, no dándome por aludida ante su muestra de “fina ironía”.

Pienso en Golpes Bajos de nuevo, pero esta vez en otras canciones que me gustaban más. Me da por recordar cuando bailábamos al son de “A santa compaña” o “Malos tiempos para la lírica”. Eran los años ochenta, y entonces también tenía que aguantar que la gente me considerara loca o tonta, pues al parecer había que serlo para “llevar esos pelos y esa ropa”.

Pienso en ello, en cómo nunca he dejado de ser una rarita, pese a tratar de evitarlo con todas mis fuerzas.

Y pienso también en la hipocresía de ese muchachito, friki de pose, con su historial de videojuegos, cosplay, salón manga y Harry Potter.

Frikismo de merchandising, que eso sí está bien visto.

Ahora, que ya hay incluso un “día del orgullo friki”, pienso en las personas que durante décadas fueron víctimas de mofa y escarnio por leer cómics, ser fans de Star Trek o participar en juegos de rol.

Pienso en cómo la moda puede llegar a tergiversar algo hasta tal punto que ser raro sea la norma, o sea, que te convierta en raro no serlo.

Pienso en cómo esos frikis de postal siguen, a fin de cuentas, oprimiendo a aquellos cuyas aficiones se salen del estándar aprobado por la sociedad.

Hipócritas.

Puede que yo sea rara, pero al menos no soy una rara de pega.

Parafraseando al inolvidable Germán, colecciono muñecas, y qué.

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De ilusión también se muere

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Mi abuelo materno se llamaba Eduardo. Yo no le conocí, porque murió cuando mi madre tenía diez años, pero oí algunas historias sobre él, cuando en casa hablaban de “otros tiempos”.  Por esas historias supe que era un buen tipo, con una tez blanca y cabellos claros que he heredado, un hombre trabajador que gustaba de gastar lo poco que tenía con sus cuatro hijos, que sentía cierta -excesiva- inclinación por el vino, y que probablemente murió como consecuencia de ello.

Pero, aparte de eso, poco más sé de él.

Sin embargo, sí recuerdo una historia que mi abuela refirió un día mientras tomábamos café: según parece, durante muchos años y hasta su muerte, mi abuelo llevó en su dedo un anillo que se había encontrado en la calle. Era una especie de sello de oro, y se sentía muy orgulloso de él, probablemente porque nunca se hubiera podido comprar uno con lo que ganaba.

A la temprana muerte de su marido, mi abuela quedó con lo puesto y con cuatro hijos a los que alimentar, así que, viéndose en la necesidad, decidió vender, no sin cierto remordimiento de viuda, el anillo que durante tantos años había adornado el dedo de su esposo.

Cuál no sería su sorpresa al descubrir, en la casa de empeños, que la supuesta joya era falsa y que no valía nada.

“Pobre”, dijo mi abuela, “pero al menos murió convencido de que llevaba algo valioso en el dedo”.

Pienso ahora en ello, y me pregunto si no fue afortunado de no saber nunca que aquella pieza no era más que un pedazo de quincalla. A fin de cuentas, era una pequeña mentira ignorada incluso por el propio mentiroso, el anillo, que brillaba al sol haciendo bueno el dicho de que no es oro todo lo que reluce.

Lo de mi abuelo nunca fue un engaño. Para nadie. Mientras vivió, ignorando el verdadero valor del anillo, él se sintió orgulloso y feliz de poseerlo y lucirlo. El sentimiento alegre que le producía tenerlo era genuina ilusión, la que él sentía al contemplar su dorada estampa, y la ilusión es algo positivo, siempre y cuando no sea producto de la deformación voluntaria de la realidad. Entonces la ilusión da paso a la mentira, a la falsedad, a las películas que uno mismo escribe, dirige e interpreta.

Yo nunca he aprobado el autoengaño, o al menos no me siento capaz de ejercerlo. Siempre se me ha antojado una forma patética de vida, algo así como habitar dentro de tu propia mente, ajeno a la realidad. Y, sin embargo, cada día se me muestra con más claridad que son más felices aquellos que hacen como la zorra con las uvas, y adaptan la situación a su comodidad de tal modo que, en realidad, las consecuencias de sus actos jamás son culpa suya, nunca son experiencias negativas porque en el fondo resultaban convenientes y, en la mayoría de los casos, todo ocurrió según ellos recuerdan, y no como realmente fue. No sufren, no se culpan, no se arrepienten. Y eso, por fuerza, tiene que ser beneficioso para su salud.

No ya tanto para la ajena, claro.

En cualquier caso, si no posees la habilidad natural del autoengaño, cualquier ejercicio orientado en ese sentido será una pérdida de tiempo, porque el resultado será mediocre, y no conseguirás sino sentirte doblemente mal: por ti y por los demás.

Por eso no tengo muy claro si desearía haber muerto, como mi abuelo Eduardo, en la ignorancia del escaso valor de aquello de lo que yo tanto me enorgullecía.

Después de una vida de atesorar mi preciosa joya, tú, mi pequeña ilusión, resultas no ser más que un fraude que se me revela apenas necesito poner a prueba tu auténtico valor.

Como debió quedarse sin duda mi abuela, joven viuda, ante el mostrador del usurero, mi cara refleja un pasmo que me hace sentir a ratos ridícula, a ratos furiosa, a ratos, -los más- profundamente triste.

Sin que haya mediado discusión alguna, y tan pronto te ves descubierta, te alejas del escenario de tu crimen, como un ladrón que ya ha saqueado todo lo que podía, y dando por provechosa su incursión. Te encoges de hombros y haces balance de las ganancias, sin preocuparte de la desolación que dejas tras de ti.

Pero lo peor es el modo en que te lo perdonas todo, en una elegante declaración lanzada a las redes sociales, en forma de misiva al aire “para quien quiera recoger”, y en la culminación de un despliegue de indolencia que deja aún más patente, si cabe, lo poco que he significado para ti.

Y así, escribes -en tono sentencioso y en un estilo Paulo Coelho que empalaga- que lo importante de las relaciones no es lo que duran, sino lo bueno que dejaron en tu vida. Lo sueltas en tono zen, como si ello otorgase autenticidad a lo que dices, cuando en realidad no es más que un ejercicio de autoindulgencia. Muy poética, eso sí, pero autoindulgencia al fin y al cabo. Te despides -sin hacerlo- y te pones a otra cosa.

Pelillos a la mar, ¿eh?

Puede que tú tengas claro qué debes hacer con tus recuerdos, que tengas una gran paz de espíritu, ya que no invertiste nada en esta relación, así que para ti no existe la sensación de pérdida. Para mí es distinto, porque soy yo la que se enfrenta a la realidad del fraude después de haber puesto en esta joya falsa toda la ilusión del mundo.

Al igual que mi abuela, si nunca me hubiese visto en la necesidad, jamás habría sabido lo poco que valía mi supuesto tesoro. Y mi dilema personal es dirimir, a estas alturas de mi existencia, qué habría sido preferible: si seguir con la ilusión toda la vida, siendo feliz en mi ignorancia, o contemplar la realidad gris del modo en que ahora lo hago, permaneciendo fiel a mi ¿antigua? premisa de que hay que afrontar los hechos y no autoengañarse.

Lo que nunca supe es qué pasó con aquel anillo falso. ¿Lo guardaría mi abuela como recuerdo? ¿Lo tiraría?

Me habría gustado verlo, tenerlo en la mano. Así lo habría podido poner al sol, y comparar su engañoso fulgor con el de unos ojos tras los cuales no había nada.

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La sonrisa del duende

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Mi jornada laboral empieza a las seis de la mañana.

No, no soy enfermera, ni panadera, ni cargadora en el muelle… Es que yo tengo tres trabajos.

Con dos de ellos gano dinero, y con el tercero consigo vivir en una casa ordenada, comer comida sana y tener la ropa limpia.

Los trabajos remunerados los conseguí no rindiéndome, a pesar de que, íntimamente, tenía el convencimiento que nadie iba a contratarme a mi edad. Me equivoqué, por cierto, como en muchas otras cosas.

Mientras esperaba mi oportunidad, me saqué una carrera universitaria, monté un pequeño negocio de artesanía y conseguí renovar los muebles del salón dando clases particulares, además de seguir siendo ama de casa.

La verdad es que no me había planteado lo difícil que era compatibilizar todas esas labores, porque estaba demasiado ocupada haciendo cosas como para pensar en que las hacía, pero visto en perspectiva creo que soy una tía fuerte y bastante competente, una superviviente, aunque, para ser justos, no creo serlo más que muchas otras personas a las que tengo la suerte de conocer. Y es que las cosas sólo son fáciles para unos pocos, así que no queda otra que respirar hondo y sortear las dificultades con trabajo y constancia.

A lo que iba: me levanto a las seis de la mañana y me pongo a trabajar. A veces se me olvida desayunar, y me doy cuenta cuando son las doce del mediodía y me rugen las tripas, pero es que desde que amanece tengo una lista tan larga de cosas por hacer que sencillamente prefiero no planteármelas y meterle mano a lo primero que se me ponga por delante. Y cuando vengo a darme cuenta, estoy funcionando sin haber catado una triste tostada.

Así, me pongo en modo multitarea, y mientras que se fija la coloración de mi último trabajo, saco la ropa de la lavadora y hablo con los clientes extranjeros usando un diminuto y práctico chisme que me deja las manos libres, y que ya forma parte de mi oreja.

Sin prisa, pero sin pausa. O… con prisas también, para qué negarlo.

Es así cómo, hace unos días, mientras realizaba uno de mis trabajos de artesanía un enorme chorro de tintura roja cayó sobre el frontal de mi lavadora, para discurrir luego lentamente hacia abajo, cual herida de guerra.

Y no me percaté de ello hasta que se hubo secado.

Primero con agua, luego con jabón y estropajo, luego con alcohol y finalmente con acetona… Nada, la dichosa mancha no salía.

Suspiré y me planteé cómo había llegado a ese punto, dedicándome a algo que nunca hubiera imaginado, en mi casa pequeña con hipoteca grande.

Me senté en el sofá durante un segundo, dejándome caer sobre el respaldo con los ojos cerrados. En la cocina, una muñeca envuelta en papel de aluminio sangraba tinte sobre la encimera, mientras la verdura silbaba vapor desde la olla y el teléfono sonaba por enésima vez en la mañana. Una holandesa que quería doscientas muñecas… Y al tajo otra vez.

Me sonreí, pensando en lo mucho que había cambiado en los últimos años. Antes me habría puesto de los nervios, pero ahora me encogía de hombros ante los imprevistos y seguía a lo mío. A fin de cuentas, no había razón para agobiarse; tenía trabajo, hacía cosas que me gustaban, y aunque estuviera saturada tenía la suerte de trabajar desde casa, y de distribuir el tiempo y la faena a mi gusto y criterio.

La mañana pasó volando, como siempre, y la tarde arrancó con un sobresalto de cerradura; Frankie había llegado del trabajo, exhausto, como siempre, hambriento, como siempre, y el sonido de la llave serrando el bombín me sacó de un efímero sueño en el que había caído durante unos quince minutos. Y es que, al llegar las cuatro de la tarde, del sofá parte una especie de canto de sirena al que no puedo resistirme. Normal, después de diez horas de trajín.

La sonrisa de Frankie surcó su cara. Un piropo, un “cómo ha ido tu mañana”, un “qué bien se está aquí”… Son gestos tremendamente valiosos después de treinta años de relación, pero mucho más cuando parten de alguien agotado y famélico.

La sonrisa de Frankie no es de este mundo. Él tampoco lo es.

Sé que soy una chica con suerte, y por eso no importa lo mucho que trabajemos, o los problemas que se nos pongan por delante. Estar juntos hace que merezca la pena.

He tenido la suerte de encontrarle, lo que viene a compensar el poco tino que he tenido al amar a otras personas, supuestos amigos que me dejaron en la estacada cuando les necesitaba. Pero Frankie vale por todos ellos y más. Le devuelvo la sonrisa, y mientras se ducha le preparo algo de comer.

Al rato, entra en la cocina, y ve el chorro que atraviesa la faz de nuestra lavadora. Le digo lo que ha pasado.

-¿No sale?

-No, con nada.

-Vaya… pues habrá que camuflarlo con algo.

-Como no la pinte entera de rojo… -le digo. Él me sonríe.

Terminamos juntos de preparar su comida, y luego vuelvo al cajón desastre que es el cuarto donde trabajo, para sumergirme de nuevo en la faena.

Dos horas después, voy a la cocina y lo veo…

Una tirita. Le ha puesto una tirita. Me río sin poderlo evitar. Me asomo al salón, donde está sentado. Le miro y me pregunta por qué me río.

“La tirita”, le digo entre risas.

Él sonríe ampliamente. Parece un duende, un mago, un niño…

Son cosas que sólo él puede hacer. Son las cosas por las que estoy con él.

Hay personas capaces de curar con una sonrisa, personas que hacen que merezca la pena haber confiado y amado a cien personas, y que te hayan fallado noventa y nueve.

Franc es una de ellas.

Ahora mi lavadora es de diseño. Es única en el mundo.

Como mi Frankie.

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La flauta del asno.

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Casi veinte años soñando con lo imposible, y lo imposible va un día y sucede. Así es como me hallo aquí, preguntándome si los sueños estaban equivocados o lo equivocado es la realidad.

Se enfría el té, y al rayar del alba le precede el canto de los gorriones, que parecen tan felices de estrenar el día como si fuera el primero que ven sus ojillos redondos.

“¿Humanidades? ¿Y por qué Humanidades?” Con estupor e incredulidad me había mirado Carmen, la directora del centro de adultos en el que me había matriculado, dos años antes, después de que la esperanza le ganara la pugna a la vergüenza.  Tras sacudir la cabeza prosiguió: “La de Humanidades es la carrera en la que se meten las sobras, los que no saben lo que quieren o aquellos a los que no les llega la nota”. ¡Tú no puedes meterte en Humanidades!”

Luego pareció darse cuenta, tal vez por mi expresión de sorpresa, de que aquella era una afirmación un tanto contundente. “Bueno –aclaró- a menos que lo que quieras sea aprender”…

“Eso es justamente lo que quiero”, le había dicho yo, con el tono de un hijo que trata de hacer comprender a sus padres cuáles son sus inquietudes.

Era, en verdad, la explicación más sincera. Durante toda mi vida había soñado con la universidad, con montañas de libros en bibliotecas enormes, con pasillos impolutos en los que el aire olía a cultura y las letras se derramaban por las escaleras, con aulas grandes y compañeros con los que hablar en un registro apropiado… No creo haber soñado algo con tanta ilusión desde que, a los ocho años, me hablaran de Disneylandia.

Mi primera visita a la Facultad de Filosofía y Letras la había hecho durante unas jornadas para dar a conocer la oferta de estudios, y algo en mi pecho se había agitado al comprender que, a tan sólo unos exámenes de esfuerzo, aquello estaría a mi alcance. Como en un zoco, profesores y alumnos se empeñaban en venderme la mejor oferta. Y no podía creerlo: ¡aquella gente quería reclutarme! ¡A mí!

Yo cogía tímidamente los folletos informativos, y los atesoraba en la carpeta contra mi pecho. Aquellos impresos los llevé conmigo como un amuleto, primero, durante los exámenes finales del instituto, y en el proceso de selectividad después. Aún los conservo.

Me recuerdan cómo todo olía a nuevo en aquel patio de suelos relucientes, tal y como yo los había soñado, brillando como un enorme espejo bajo aquella luz maravillosa y primaveral que se colaba a través de las inmensas cristaleras, y en torno a las cuales se distribuían aulas y despachos.

Recuerdo que la profesora de Filología Clásica me había explicado con entusiasmo las bondades de la carrera en cuestión. También los de Filología Inglesa y Árabe, los de Lingüística…

En una de las mesas había una señora menuda y rubita que me sonrió cuando cogí el folleto de Humanidades. Yo me puse a leerlo: Inglés, Francés, Alemán, Historia, Literatura, Geografía, Arte… ¿Realmente existía una carrera en la que se podía aprender todo eso? ¿Todo junto? ¿Y sin números? Aquello fue un flechazo.

Pero la directora del centro de adultos no lo había encajado muy bien, aunque, eso sí, había respetado mi decisión.

No necesitaba mucha nota para acceder a la carrera, pero yo me empeñaba en recordarme a mí misma por qué hacía aquello. Y veinte años eran una trayectoria muy larga como para hacerlo mal.

Mis notas fueron, pues, brillantes, y sin dejarme cegar por la luz que desprendían me propuse no olvidar qué era aquello que deseaba por encima de todo: aprender.

A fin de cuentas, a mi edad, y con la competencia que encontraría en las aulas, ante esa barrera infranqueable que la ventaja de la poca edad supone para los empresarios, al menos yo disfrutaría del camino.

O eso pensé.

Hoy me siento aquí, con mi té, que ya está frío, y me pregunto si era esto a lo que se refería Carmen, si habría cambiado la cosa de haberme matriculado en otra carrera, o si el problema no estriba en la carrera en sí, sino en esos veinte años que yo llevo de retraso, y que me han hecho subirme a un tren cuyos pasajeros no comparten mi destino, no hablan mi idioma, y me miran como si me hubiese colado vestida de payaso en una fiesta que al final no era de disfraces.

Una profesora de lengua, en segundo de carrera, presenta un Power Point lleno de faltas de ortografía, y al ser inquirida al respecto contesta, frescamente, que el documento no es suyo. Genial: ni lo ha hecho ella misma ni se ha molestado en corregirlo. Estamos en una carrera de letras, y ella es la profesora de “Lengua Española y Competencias Comunicativas”, pero justifica que en la oración “e ahi que ella llego” haya tres faltas de ortografía porque el texto no es suyo.

Otro profesor, un impresentable a todas luces, se pasa las horas de clase tonteando con niñas de las que podría ser su padre, y a las que, en una singular revisión de exámenes, cambia la nota de cuatro a siete tras hacer un jocoso comentario sobre su escote. Supongo que fue eso, mi escote, lo que falló cuando, al acudir estupefacta a su despacho, ante mi primer e inexplicable suspenso en la carrera, tras lanzarme una despectiva mirada y hacer un comentario grosero sobre mi edad, yo volví a salir con la misma nota y la moral por los suelos.

Algunos profesores llegan a clase y leen. Leen sus apuntes. De forma zumbadora, soñolienta y monocorde. “Yo también sé leer” pienso, mientras pierdo unas horas preciosas de mi tiempo de maruja ilustrada gracias al Plan Bolonia.

Y entretanto, he de contemplar cómo algunos de mis compañeros extraen, con una habilidad tan natural como pasmosa, folios enteros de sus sudaderas, con los que sustituyen los que han dejado en blanco en el transcurso de un examen. A alguno habría que hacerle una mención honorífica por el increíble logro de no haber gastado ni una gota de tinta durante las pruebas escritas.

Y en clase algunos preguntan si “apoyo” se escribe con dos eles, en qué consiste “tachar lo que no proceda” o qué significa “coherencia”.

Está claro que este último término les es absolutamente desconocido en fondo y forma pues, de otro modo, ¿qué hacen estudiando una carrera?

Supongo que eso es lo que quieren papá y mamá, que les compran, abnegados, un título con el que poder acudir a una entrevista de trabajo en la que yo, que sí sé tachar lo que no procede, soy tachada por mi edad, o por mi aspecto… o por las dos cosas, vaya.

Pero lo que riza el rizo de mi indignación ocurre cuando, por fin, un profesor en toda la maldita carrera decide trabajar. Y trabajar mucho. Trabajar por nosotros, no sólo en la preparación de los contenidos y ejecución de las clases, sino también al tratar de espolear nuestro talento y nuestra curiosidad.

Pobre. A lo mejor habría que explicarle que, en el mejor de los casos, hay más bien poco que espolear.

A ese profesor, que habla idiomas, que escribe y se expresa correctamente, que conoce el origen de las palabras, el porqué de los hechos, a ese profesor que, contrariamente a lo que hace aquel otro impresentable (el que mira escotes y que ni se molesta en activar el campus virtual), lo plaga de información, enlaces, datos curiosos, vídeos, correos para motivar, a ese, como digo, se le critica porque “quiere que aprendamos”.

Habrase visto semejante osadía. ¿Es que no comprende este señor que, para encontrar trabajo, no se necesita “tachar lo que no proceda, porque vasta con apollar la coerensia”?

Y mis compañeros, esos que apelan a su juventud para justificar su ignorancia, que me dicen que yo no soy culta, sino vieja, me invitan a participar en el linchamiento verbal a un profesor al que pretenden increpar por ejercer, por hacer -¡por fin alguien!- lo que se de él se espera, por tomarse la molestia de intentar estimular a borricos vocacionales.

Conmigo que no cuenten.

Si este profesor ha de rendirse a la evidencia, y pasar a engrosar las filas de aquellos otros que, con indolencia y mansedumbre, se someten a la dictadura de la ignorancia heredada de la ESO, si decide, en fin, ir a su bola, no será por mi culpa.

Lo tengo claro meridiano.

La vecina ya se deja oír con su cháchara en la escalera. Llama al telefonillo el del butano. Dejo el teclado, que toca ejercer de ama de casa. Y esta tarde… Esta tarde a sentarse en un rincón del aula, a soñar, no con el futuro, sino con el pasado.

Un pasado en el que, a lo mejor, habría estado bien ser universitaria.

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