CARTA DE AMOR A RAJOY

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Señor presidente: YO LE AMO.

Es algo que no puedo ni debo seguir ocultando por más tiempo. Y la verdad, no sin cierto reparo. Porque yo antes no creía en usted. Pero nada nada, ni un poquitín.

Pensaba que era usted un facha de la peor calaña, usted y todo su equipo. Pensé que íbamos a estar por lo menos cuatro años –ocho, si tenemos en cuenta la trayectoria que habitualmente describe el bipartidismo- sufriendo medidas opresivas, a favor de unos cuantos privilegiados, que se comportarían como señoritos de cortijo, como señores feudales, como franquistas en su esplendor.

Me equivocaba.

Me equivocaba y por eso le amo.

Yo le amo porque usted ha hecho algo muy difícil. Ha alcanzado un logro que hasta ahora ningún político en España llegó a soñar siquiera. Usted, mi presi, mi amor… USTED ES UN HÉROE.

Antes de que usted llegara, los ciudadanos nos conformábamos con cualquier cosa. No estábamos acostumbrados a la calidad de vida, ni siquiera soñábamos con ella. Creíamos, pobres ignorantes, que lo máximo a lo que podíamos aspirar era a estar treinta o cuarenta años entregándole a alguna entidad bancaria el fruto de estar doblando el espinazo durante cuarenta horas semanales, a cambio de un agujero en el que vivir y criar nuevos siervos para el Estado. Qué burros que somos. Antes de su llegada, las personas de a pie creíamos que “nuestros sueños” tenían forma de trabajo fijo, una ocupación absorbente que ni siquiera nos gustase, pero que nos proporcionase un estipendio mensual mínimo con el que sentirnos los reyes del mambo pagando un coche a plazos y entregando vales descuento en el Carrefour.

Se necesita ser asno. Y es que el pueblo, en el fondo, precisa de la tutela de alguien como usted.

Menos mal que ha venido a liberarnos.

Ahora ya nadie sueña con esas tonterías. Ahora ya nadie piensa que la política hay que dejársela a los “profesionales del sector”. Gracias a usted, que ha tenido a bien quitarnos esas minucias con las que nos contentábamos, tenemos tiempo y energía suficientes para comportarnos como auténticos ciudadanos, responsables, comprometidos, con sentido de la cohesión, con conciencia social. Ahora nos agrupamos para ayudar a desconocidos a los que van a desahuciar, ponemos en marcha cartas para enviar al Tribunal de la Haya, nos organizamos en frentes cívicos, leemos sobre lo que ocurre en otros países, nos informamos sobre alternativas económicas, sobre política, sobre derechos civiles…

Sí. Definitivamente, habrá un antes y un después del Gobierno Rajoy.

Usted ha hecho historia. Y me temo que yo no le he ayudado mucho.

Verá: yo no le voté. De hecho, mi limitada mente no podía comprender cómo era posible que congregara usted a tanta gente ignorante ondeando esas banderitas azul celeste, con ese hipocorístico cariñoso de José (Pepe) impreso en ellas. Veía que muchos eran ancianos, sí, y otros eran gente que aseguraba que el suyo era “el partido de su familia” (se ve que esas cosas se heredan en su facción, yo, como soy ignorante, decidí tener mis propias creencias políticas, en lugar de preguntarle a mi padre, seré burra).

Como quiera que las encuestas le daban por ganador, me senté una tarde a pensar, y me di cuenta de que usted era lo mejor que le podía pasar al país. Y así, comenté un día en una reunión con unos amigos: “Está bien que Rajoy salga elegido. Lo hará tan mal, que en cosa de un año le odiará todo el mundo”.

Naturalmente, también en eso me equivoqué. Un año, qué bruta. Pero verá, yo es que había incluido en la ecuación el factor “decoro”; pensaba que les daría un poco de apuro, o vergüenza, quitarse la máscara nada más terminar el baile. Qué tonta. Cómo iban a sentir vergüenza, si ustedes de eso no gastan…

Espero que sepa disculparme por haber sido tan estrecha de miras. Su desprecio me dolería especialmente porque yo le amo. Le amo de una manera que jamás sospeché, viendo aquellos mítines, no lejanos, en los que su barba prognata recibía invariablemente la visita de su lengua cada diecisiete segundos, entre promesa y promesa de bajada de impuestos, de protección a la sanidad, a la educación… Le veía humedecer su labio inferior como para lubricar las palabras que salían de su boca. Y no creía en usted.

Idiota de mí.

Ahora no pasaré a la historia.

Ahora, cuando gracias a usted el pueblo haya puesto patas arriba el chiringuito político, encarcelando a corruptos, acorralando a las rubias oxigenadas de mirada aviesa que venden España a dueños de casino, o que dedican exabruptos a cinco millones de desdichados, mientras sus papás se pasean en aeropuertos para personas, ahora, cuando todo se acabe, yo no podré decir que contribuí al cambio.

Porque yo, pobre imbécil, no le voté. Así que no puedo beneficiarme de la gloria.

Pero puedo amarle.

Amarle por cumplir la única promesa que importaba de su programa:

EL CAMBIO.

La ilusión ha devuelto el brillo a mis ojos. La ilusión y el deseo.

Usted me pone, señor presidente. Me pone mucho.

En las tórridas noches de julio, antes de cerrar los ojos pienso en usted, en su barba, en su lengua… Y también pienso en su glamoroso séquito, no crea: pienso en las carcajadas de Esperanza Aguirre, en la soberbia de Soraya Sáenz de Santamaría, en las declaraciones paternalistas y perdonavidas de Ana Botella, asegurando que es normal que suframos más que ella. Pienso en sus palmeros del congreso, aplaudiendo y felicitándose por su periplo de destrucción, destrucción de la sanidad y la educación, de las ayudas sociales. Pienso en la grieta que cruje bajo el Congreso… Y me pone toda, oiga.

Me pone saber la velocidad que puede alcanzar la estupidez cuando tiene la perfecta forma redonda que necesita para rodar cuesta abajo.

Me pone mucho, presi.

¡Oh, sí,sí,sí!

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2 Respuestas to “CARTA DE AMOR A RAJOY”

  1. Pablo dice: | Responder

    Amo esta entrada 🙂

  2. Jormungand dice: | Responder

    Este post me pone… Mesiánico Rajoy, se acaba usted de ganar un enemigo porque ella le prefiere a usted.

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