EL TARRO DE BOTONES

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Clin, clin, clin… Los rubíes y esmeraldas bailan de un lado a otro, golpeando el frasco. Hay una perla escondida bajo el redondo azabache que perteneció a la gran duquesa. Seguro que ahora no sabe cómo sujetarse la capa…

La lluvia cae feroz en una aburrida tarde de domingo, y yo juego con mis pequeños tesoros. Levanto el frasco y lo miro; Todo el mundo debería tener uno de éstos. Decididamente.

No hace mucho tiempo, -aunque nuestra mala memoria haga parecer que sí-, reciclar no significaba separar la basura en bidones diferentes, o llevar el aceite usado a un contenedor específico. Cuando yo era niña, en mi casa, como en casi todas, había una vieja lata de caramelos con trocitos de goma de borrar, clips y grapas sueltas, una caja de cartón con gomillas elásticas y alambres de las bolsas del pan de molde, un cajón con clavos, chinchetas y trocitos de cable de cobre, libretas hechas con el dorso de documentos que ya no servían…

De todas esas cosas la que más me fascinaba era el tarro de botones. Era un frasco de cristal, que otrora había contenido café soluble –los frascos también se aprovechaban- y en el que a lo largo de los años se habían ido depositando aquellas pequeñas piezas que yo consideraba mágicas. Cuando una prenda se le quedaba pequeña a una de nosotras, pasaba a la siguiente. Cuando ya no nos servía a ninguna, se regalaba a algún pariente, vecino o conocido al que le hacía falta. Pero si la prenda en cuestión ya estaba muy ajada –éramos tres hermanas- entonces se le daba varios usos, a saber: las puntillas, encajes, ribetes y cremalleras iban a la cesta de costura. Los trozos más nuevos podían convertirse en pequeños pañuelos o vestidos de muñeca. Los que estaban muy viejos, se destinaban para trapos, -trapos que se usaban todo el tiempo posible-. Y los botones… los botones iban al tarro de cristal.

Allí había tesoros increíbles. Recuerdo un enorme botón con un ancla dorada en el centro, otro rojo translúcido que parecía haber sido doblado como una oblea de empanadilla, una colección, que me encantaba, de ocho botones nacarados engarzados en una filigrana dorada…

A veces jugaba con ellos, los desparramaba por la mesa, los agrupaba por formas y colores… Cada uno tenía su historia, y yo le preguntaba a mi madre o a mi abuela a qué prenda habían pertenecido. Algunos databan de antes de mi nacimiento, y para mí aquello era “la antigüedad”.

Aquel tarro permaneció allí como una constante a lo largo de mi vida. Allí sigue, según creo.

Poco a poco las cosas fueron cambiando. Ya no llevábamos una bolsa plegable al supermercado, porque allí te las daban de plástico, y la ropa dejó de heredarse, más que  nada porque las familias numerosas habían pasado a ser algo anecdótico, y también porque la moda cambiaba más rápidamente que nuestro cuerpo, y a nadie le gustaba estar “fuera de onda”. Aquellas cosas que duraban eternamente pasaron a ser algo de otros tiempos, y entramos pomposamente en la era del usar y tirar.

Yo, que me había criado viendo cómo todo tenía más de un uso, y que consideraba normal que las cosas duraran muchos años, me sentía un tanto escandalizada –y en cierto modo entristecida- cuando veía que, al finalizar cada temporada, la gente se deshacía de todo aquello que ya no iba a serle útil en los meses subsiguientes, y comenzaba a ser algo normal encontrarse, a finales de septiembre, los contenedores rodeados de sombrillas y sillas de playa, barbacoas y cubitos de plástico, así como árboles sintéticos de navidad con todos sus adornos el día 7 de enero.

Yo, que había sido educada de otro modo, procuraba alcanzar un equilibrio entre lo aprendido y lo que traían los nuevos tiempos, pues se me antojaba que, entre el síndrome de Diógenes y el consumo desenfrenado debía haber algún sano término medio.

Cuando me independicé, procuré que en mi hogar no faltara de nada, pues si algo había aprendido con mis padres era a tener bien surtida mi casa. Mi concepto del lujo pasaba por tener bien pertrechados botiquín, cocina, costurero y caja de herramientas. No me podían faltar ninguna de aquellas cosas que yo consideraba imprescindibles, por haberlas tenido siempre.

Tampoco un tarro de botones.

Era como una declaración de intenciones, un modo de expresar cómo yo creía que debía vivirse la vida a ciertos niveles. Había aprendido a ser autosuficiente en muchos aspectos, y lo mismo fabricaba una lámpara, que bordaba un cojín, inventaba una receta, ponía ladrillos o zurcía calcetines.

Y guardaba los botones.

Cada botón, una historia, una prenda, una época, una actividad, un regalo…

Tintinearon los primeros en el fondo del tarro de cristal, (yo escogí uno de mermelada de melocotón) y luego otros sobre aquellos. A veces los miraba al trasluz, y me acordaba de cada prenda, de cada situación vivida con ella.

Porque esa era la cuestión.

Un tarro de botones.

Pienso en donde estábamos, pienso en donde estamos ahora, y miro el frasco de cristal como el símbolo que es, la representación de las cosas hechas con honestidad, paciencia y trabajo. Fue ese esfuerzo silencioso el que levantó nuestra economía en los años sesenta y setenta, y no las grandes decisiones europeas, ni los decretazos o los recortes. Fue el trabajo diario y enorme de un montón de personas que querían mejorar sus vidas y las de sus hijos, las nuestras.

Todos deberíamos tener algo que nos refrescara la memoria, algo que nos recordara cómo hemos llegado hasta aquí, y que nos hiciera cuestionarnos si es en este lugar donde queremos estar. Y si la respuesta es no, ir hacia otra parte.

Ahora ya no es sólo una cuestión de ecología, y ni siquiera de economía.

Podemos y debemos hacer huelga de consumo. Es una solución que ataca a la causa y a la consecuencia. Nuestro precario poder adquisitivo parte de una política económica que nos asfixia, y que sólo nos quiere en el sistema para nutrirlo, para aprovecharse de nosotros y abandonarnos cuando ya estemos secos. Nos dicen que tenemos unas obligaciones por formar parte de ese sistema, pero nadie habla de nuestros derechos, unos derechos que se han ido viendo misteriosamente mermados, esquilmados con nocturnidad y alevosía por las mismas manos que ahora nos señalan como culpables y nos obligan a pagar por un delito que ellos han cometido.

Y hemos ido perdiendo tanto, y tanto, que ahora nuestra economía no nos permite formar parte del sistema; bien, si el sistema no nos quiere, vayámonos a otra parte (y no estoy hablando de Laponia).

Las pasadas navidades habrían sido un periodo estupendo para ponernos a prueba. Todos tenemos algún amigo artista, alguna amiga que cose, artesanos que fabrican objetos bonitos o útiles, propietarios de pequeños huertos que no precisan de intermediarios, peluqueros en el paro, fontaneros, electricistas…

Nos hacen ver que eso es “economía sumergida”, y que delinquimos al pagar veinte euros a una costurera para que nos haga una blusa sin que el Estado se entere. Nos dicen que si un escayolista en el paro nos arregla el cuarto de baño estamos defraudando. Nos persiguen por no someternos a ese impuesto revolucionario que se sacaron de la manga hace veinte años, el IVA, y que bien podría haberse llamado, pongamos, EPC (excusa para cobrar), porque, por rebuscados que sean los nombres que les pongan, no cambian la realidad. “Hemos de igualarnos con Europa”, nos dijeron, y comenzamos por pagar igual que ellos. Curiosamente, aún estamos esperando cobrar como ellos.

Y eso sólo por hablar del IVA, que no es más que uno de los ejemplos.

¿Defraudar? ¿Delinquir? ¿Delinquen una costurera, un peluquero o un profesor en paro si se buscan por su cuenta una supervivencia que el Estado les niega? ¿Dónde están las obligaciones de los que nos gobiernan?

Insisto: podemos y debemos hacer, en la medida de lo posible, huelga de consumo. No es difícil. Nuestra condición de supervivientes nos ha hecho versátiles y adaptados, hemos aprendido a hacer “casi de todo”. Son ellos, los otros, los que no saben hacer nada sin nos, el pueblo llano.

Me sonrío al pensar qué pasaría si fuésemos a dar con nuestros huesos en sendas islas desiertas, por un lado, un grupo de personas pertenecientes a “la clase política”, es decir, mentirosos de profesión que no saben hacer la o con un canuto, y otro grupo, en otra isla, de personas como nosotros, gente de a pie que ha tenido que aprender a buscarse la vida y a aguzar el ingenio para cada pequeña cosa.

Nosotros sí somos autosuficientes. Ellos no. Ellos nos necesitan a nosotros, qué paradoja. A nosotros, a aquellos a los que tratan con desprecio, y llaman “marionetas” desde la sede de sus bancos, o desde sus escaños en el congreso.

Marionetas, sí, porque estamos en sus manos, esclavizados durante treinta o cuarenta años para pagarnos una cueva mientras que ellos viven en la insultante opulencia que se deriva de sus engaños. Animalitos de carga, vale, pero… ¿qué harían ante una absolutamente legal falta de actividad comercial?

¿De dónde sacarían para abrirse sus cuentas en Suiza, para pagarse sus coches, sus orgías inconfesables, su cocaína, sus aeropuertos vacíos, sus carísimos trajes?

Tal vez tendrían que buscarlos debajo de las piedras de esa isla que se han hecho para ellos solitos, mientras que nosotros, “los desgraciados”, cultivamos con nuestras manos, construimos, cosemos, cocinamos…

Hemos vivido en la ignorancia, pero ellos han abusado, y ahora la gente comienza a ser consciente de su propio poder.

A esos políticos que creen que pueden recortar las libertades, someter a su antojo, robar y despilfarrar hay que recordarles que los que trabajamos con nuestras manos somos autosuficientes, y ellos no.

Hay que recordarles que, por dura que sea la situación, a lo largo de la historia de la humanidad siempre ha acabado por haber una toma de la Bastilla, un Nelson Mandela, una Revolución de los Claveles…

Y es el pueblo el que tiene las verdaderas armas.

Yo… yo tengo un tarro de botones.

¿Qué tienes tú?

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3 Respuestas to “EL TARRO DE BOTONES”

  1. Pablo dice: | Responder

    Que gran post polítco-revindicativo. Ojalá las reivindicaciones sirvieran realmente para algo. Por desgracia son las “Tomas de la Bastilla” y las “Revoluciones de los Claveles” las que realmente cambian las cosas. Estamos todavía muy lejos de un mundo en el que se pueda hacer justicia sin violencia.

    • Zenda dice: | Responder

      Pablo, yo aún tengo la esperanza de que la inteligencia y la voluntad de las personas puedan llegar a conseguirlo.

  2. Pablo dice: | Responder

    ¿Crees que es inteligente tener fe en la inteligencia de la gente? Recuerda quien ha ganado las elecciones por mayoría absoluta :).

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