Ritos y dramas

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Apago la tele y me quedo sentada mirando el negro vacío de la pantalla. No soy capaz de dirimir si el reportaje que acabo de ver me produce risa o pena. O las dos cosas.

Me planteo cómo vería la noticia un extraterrestre que hubiese venido a estudiar las costumbres de los terrícolas. O tal vez ni siquiera tendríamos que irnos tan lejos. A lo mejor en una tribu del Amazonas tampoco lo entienden, aunque allí también es posible que tengan ídolos o tótems a los que hagan ofrendas o sacrificios. No sé. No estoy muy puesta en rituales religiosos.

Tal vez sea por eso por lo que el reportaje que acabo de ver me deja a cuadros, aunque se trate de un rito de mi propia cultura.

A saber: una reata de personas en actitud solemne desfila con lentitud, aguardando su objetivo, que no es otro que el de depositar los labios y las manos en un objeto de madera. Esto lo hacen en un clima de reverencia y recogimiento. Unos musitan algo brevemente, tras lo cual efectúan una prosternación y se alejan con aire circunspecto; otros incluso llevan a sus hijos en brazos, y les instan a repetir el ritual. Algunos pequeños dejan un rastro de babas sobre el objeto sacro.

Esto, desde luego, no es un problema: junto al extraño fetiche, hay apostada una señora, la cual se encarga de repartir todos los gérmenes y espumarajos de manera uniforme con un pequeño trozo de tela brocada.

El origen de la noticia no es el rito en sí. Al parecer, el objeto había sido rociado con agua años antes por un señor con túnica, el cual no era el oficiante de rigor, pero parece ser que el encargado de tal menester no consideraba al tótem digno de ser irrigado por su persona, porque no cumplía con los requisitos exigidos. Argumentaba algo sobre que había sido almacenado en un lugar impío, creí entender. Por eso se negaba a rociar la pieza con agua.

Ah, sí: el agua no era del grifo de su casa. Esto es importante. El agua, al parecer, provenía de algún lugar lejano, donde había sido embotellada en garrafas de cinco litros no sin antes haber sido tratada por un proceso pseudo-científico que consistía en recitar unas palabras. Las palabras no las puede decir cualquiera, en plan Alí Babá delante de la cueva, no. Las palabras las dice otro señor que tiene contactos en el más allá. Luego exportan el agua por todo el mundo.

Bueno, la cuestión es que, con esa agua tratada científicamente, los objetos adquieren un poder especial, siempre y cuando sean rociados por unos señores con túnica, (que no vale cualquier túnica ni cualquier señor, ojo. Tampoco vale una señora). La cosa es que el hombre con toga que tenía que hisopear el tarugo tallado estaba disconforme con el ritual y con el tótem, así que los adoradores del ídolo habían recurrido a otro investido con chilaba y clámide, quien sí había accedido a rociar el objeto para que todos pudieran desfilar ante él.

Y como el primer hombre de la túnica no estaba de acuerdo, pues tenían que realizar la ceremonia en el local de una asociación de vecinos, en lugar de hacerlo en el templo habitual en que se celebra este tipo de eventos. Un drama, vamos.

La señora del pañuelo brocado habla ante la cámara: “Yo la noto triste. Se le ve en la cara”. Enfocan al tarugo. “Claro que está triste –pienso yo- si la han tallado así, con esa cara. ¿Es que quieren que cambie de expresión?”. Pero por lo visto, está más triste de lo normal.

¿Cómo no va a estarlo? La llaman “Señora del Prado en sus dolores”, que a mí se me antoja que es una pastorcita que se ha torcido el tobillo, pero no; que es otro prado y otro dolor, por lo visto.

En cualquier caso… ¿Quién dice que no está triste por otra cosa? Con la que está cayendo, no creo yo que se vaya a molestar esa señora, ni la de ningún otro prado, porque la rechupeteen aquí o allá, digo yo.

Hay gente que se está quedando en la calle con sus  hijos porque no pueden pagar la hipoteca. A lo mejor está triste por eso. Aunque puede que no. Puede que de eso se encargue “Nuestra señora del ladrillo afligido”.

Qué sé yo. No entiendo la noticia. No entiendo la congoja de esta gente. No entiendo cómo en pleno siglo XXI, con lo que sabemos, y en plena temporada de gripe, alguien quiera toquetear y relamer las babas ajenas, y lo que es peor, hacérselas chupar a sus hijos. Y tampoco entiendo por qué encierran en psiquiátricos a gente por tener alucinaciones y nadie se haga cargo de esa pobre señora que afirma que un tarugo de madera está triste. ¡No entiendo nada!

Hace  poco, estando en un debate sobre filosofía y pensamiento socrático, sobre la moral y tal, escuché a una de las participantes preguntarse cómo a estas alturas del milenio, en esta edad de la humanidad, podía haber tantos exaltados extremistas que interpretaran el Corán al pie de la letra, y que creyeran realmente que el martirio llevaba a la salvación, y otras cosas por el estilo.

Como si todos los fanáticos estuvieran en Oriente.

A lo mejor, el día en que dejemos de depositar nuestra fe en objetos de superchería, el día en que dejemos de rogar a Dios que haga por nosotros lo que a nosotros nos toca, deja de haber familias en la calle, sin un techo, sin nada que comer. A lo mejor deja de haber políticos corruptos, mujeres golpeadas, niños maltratados, trabajadores explotados. A lo mejor deja de haber hambrientos. A lo mejor, si dejamos de invertir dinero en pagar las faldas doradas de imaginería totémica nos queda para invertir en investigación, en la erradicación de enfermedades. A lo mejor si nos dejamos de pamplinas, tal vez, digo, ya no tengamos miedo.

Y si se acaba el miedo, ya no tendremos que besar las manos ni los pies a nadie. Y mucho menos a los tarugos.

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