El bestiario de Zenda. X

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“A lo largo de nuestra vida buscamos incesablemente la suerte, y nos lamentamos de su ausencia si no nos tropezamos con ella. Sin embargo, cuando la Fortuna nos sonríe, raramente nos acordamos de devolverle la sonrisa”.

Zenda conocía a unas cuantas personas con suerte. De ésas a las que todo les venía dado, ya fuera gracias a las extremas atenciones de la gente de su entorno, o de misteriosa forma natural.

Estas últimas eran las que más rabia le daban; las que estaban siempre, inexplicablemente, en el lugar adecuado en el momento preciso. Las detestaba.

Su exasperación no podía justificarla la simple envidia; Lo que le causaba fastidio no era la ventura ajena, sino el hecho de que estas personas rara vez admitían tener suerte. Su constante bonanza la achacaban al talento natural, aún cuando éste fuera inexistente, e interpretaban el amable devenir de su existencia como un hecho lógico, algo que ganaban por sus propios méritos, o una especie de derecho de nacimiento. Y nunca, nunca, se mostraban agradecidos por ello; Simplemente lo merecían.

Por asociación, estos seres dotados de buena estrella tendían a pensar que, aquellos menos afortunados, sencillamente no se ganaban su prosperidad, no eran lo bastante inteligentes o trabajadores, o bien habían hecho algo para merecer su infortunio.

Y esto, precisamente esto, era lo que rebotaba a Zenda.

Porque, a la circunstancia de que conocía íntima y personalmente a algunos de estos sujetos, se sumaba la de que ella no había gozado nunca de especial buena suerte.

Tampoco es que se considerara Calimero. Tenía lo que tenía, luchaba por ello, se abatía cuando no conseguía sus objetivos y se volvía a levantar después del golpe, porque, a fin de cuentas, no le quedaba otra. Pero no podía evitar frustrarse cuando escuchaba a algún miembro del “club de la buena estrella” criticar a los que, por la razón que sea, no levantaban cabeza.

Especial irritación le causaban los comentarios veladamente acusatorios, del tipo “fíjate en tu prima, ella tiene un buen trabajo, porque se lo ha ganado” (y tú no), a sabiendas, por ejemplo, de que la chica en cuestión tenía en la empresa un padrino que ni Don Vito Corleone.

Al final, la moraleja silenciosa del urticante comentario era, invariablemente, “tú no lo mereces”. Y se la llevaban los demonios.

Esta reflexión sobre la buena y la mala suerte la había motivado un encontronazo con Nico, un antiguo conocido que despertaba la peor de sus inquinas.

A Nico lo había conocido hacía ya varios años. Era de esas personas que creías haber visto antes en otra parte, y en cierto modo podía ser así. Nico era todo un personaje en la ciudad. Para empezar, se trataba probablemente del tío más feo que se había cruzado en su vida; Nariz prominente, gafas de concha, boca hundida sobre una desafiante barbilla,  y un escaso pelo que comenzaba su andadura por la cabeza más atrás de lo deseable, dejando a la vista una extensa frente que se aventuraba por días en un más que probable viaje hacia la coronilla.

Podría pensarse, a tenor de su aspecto, que Nico era un pobre desgraciado, pero nada más lejos de la realidad. De entrada, gozaba de un gran éxito social, y además ligaba muchísimo; Siempre estaba rodeado de mujeres, cosa bastante inaudita a primer golpe de vista, pero que resultaba comprensible una vez que comenzaba a hablar, pues de su pequeña y escondida boca, florecía, rodeada de aparente gracia espontánea, toda suerte de retórica, adornada de un humor sarcástico, y salpicada de breves requiebros a los dones femeninos que siempre terminaban en un chiste; La medida justa para no ser demasiado ácido ni demasiado empalagoso. Era una fórmula tan exacta, que se diría había sido desarrollada en un tubo de laboratorio.

Con palabras y frases hábilmente ensayadas, este individuo que había tenido la oportunidad de recorrer medio mundo, ofrecía a cualquiera que pululara en torno suyo un extenso repertorio de frases sentenciosas y pensamientos agudos, envueltos en una vis cómica que sabía bien surtía efecto al conjugarse con su bufo aspecto.

Su discurso era, cuando menos, fascinante, teniendo además la habilidad de cortar con público sarcasmo a cualquier parroquiano que, aportando algo divertido o inteligente, amenazase con restarle protagonismo. Como castigo al conato de ingenio, Nico enarcaba una ceja y ejecutaba su sentencia de manera cruel e inmisericorde. Por lo general, en una reunión, quien resultaba humillado por una frase de Nico rara vez se atrevía a volver a abrir la boca. Era el precio a la osadía de intentar hacerle sombra.

En lo laboral, diríase que había sido bendecido por el propio San Pancracio, ya que no sólo no había pisado jamás las oficinas del INEM, sino que además tenía la dicha de trabajar usualmente en proyectos de su gusto e interés, desarrollando a un tiempo más de una actividad profesional, lo que le permitía mantener un estatus económico bastante por encima de la media.

Licenciado en filología inglesa, Nico trabajaba bastantes meses al año como profesor de idiomas en una academia, y combinaba la actividad ocasional como administrativo en el negocio de su padre con su afición al teatro, la cual había llevado hasta lo profesional, a través de algunos oportunos contactos que le habían permitido introducirse en los vericuetos de la empresa pública, para desarrollarse como monitor de artes escénicas, animador turístico y hasta guía en exposiciones temporales, en las que aparecía disfrazado bien de califa bien de romano, dependiendo de la necesidad. Igualmente favorecido por conocidos de la familia, había participado en un spot publicitario disfrazado de galleta. La cara no se le veía, y tampoco pronunciaba frase alguna en el desarrollo del anuncio, pero la experiencia había sido suficiente para alimentar el ya inflamado ego de Nico.

Además, de mala gana y aportando una pequeña cantidad, había accedido a convertirse en socio al cincuenta por ciento de un tugurio situado en una de las peores zonas de la ciudad, pero que al poco tiempo se pondría de moda, al entrar a formar parte de un proyecto de regeneración del casco histórico, y quedar ubicado, sin moverse del sitio, en el núcleo de “la ciudad de los artistas”, una demarcación destinada por el ayuntamiento a locales de artesanía, turismo y tabernas con encanto. El local en cuestión no era más que un bareto de mala muerte, acondicionado con una capa de pintura y muebles rescatados y restaurados, una inversión mínima que se vería ampliamente recompensada con la entrada asidua y en tropel de todo aquel que quisiera considerarse “en la onda artística”. Estaba siempre a tope.

No había que ser ni siquiera envidioso para sentir cierto fastidio ante un sujeto que, sin realizar especiales esfuerzos, se encontraba siempre con la suerte de cara, y que, con una sonrisa jactanciosa en su repelente careto, se paseaba por la vida recogiendo ofrendas florales y saludando a lo reina Sofía.

A Zenda le fascinó desde el principio. Ella admiraba el ingenio, y el de Nico se desbordaba por doquier, provocando la carcajada al primer minuto de conversación. Solía verlo en un grupo que se había formado a partir de un taller de fotografía en el que ambos se habían matriculado. Cuando las clases terminaban, algunos de los alumnos se encontraban en una cafetería cercana, y al final habían acabado por componer una peña bastante animada.

Por aquel entonces Zenda aún tenía veintitantos años, más o menos como el resto, y vivía, como todos ellos, en casa de sus padres. Ésta era una situación bastante común entre la gente de su edad, en una época en la que el desempleo juvenil era algo corriente. No era el caso de Nico, desde luego. Él, no sólo gozaba de buena situación profesional y económica, sino que además tenía su propio piso.

Tardaría algún tiempo Zenda en saber que esta feliz circunstancia se debía al hecho de que los padres de Nico eran gente de posibles, propietarios de una fábrica de celulosa, “Papel higiénico Balten”, que funcionaba de manera más que próspera. Su situación desahogada les había permitido hacerse con varios inmuebles en la ciudad, a modo de inversión. Casualmente, la finca en la que se acomodaba el susodicho había sido una ventajosa adquisición facilitada por sus padres. Vamos, que no le había costado ni un duro.

Ésta fue la coyuntura que propició que el de Nico fuese el domicilio en el que eventualmente se reunían los miembros del grupo. Hacían pequeñas fiestas de cuando en cuando, y realmente se divertían, pues el fulgor de la estrella principal les mantenía encandilados y en constante entretenimiento.

Sin embargo, la asociación que formaban terminaría pronto, y de manera un tanto drástica. Un mal común aunque invisible suscitaría entre ellos las peleas más variadas, de las que, curiosamente, nadie sabía el verdadero origen.

Como si de un veneno inodoro se tratara, como un enemigo silencioso, Nico había ido provocando el malestar y deserción de todos, por una parte, de los chicos, los cuales eran entendidos por él como contendientes, y que poco a poco acabarían de sus comentarios mordaces hasta las narices. Nico disfrutaba zahiriendo al personal, sin que mediase más motivo que su propio disfrute, y en tanto alguien le riera las gracias el mal estaba justificado.

Por otra parte, se deleitaba en lo que él llamaba “revolucionar el gallinero”, siendo éste el concepto que mejor definía su relación con las mujeres. Con éstas sólo había dos clases de trato: El acoso sexual -con correspondiente derribo y exhibición de trofeo- o el despecho ante una negativa. En ambos casos las féminas salían perjudicadas: Las que no sucumbían a sus encantos eran vilipendiadas con saña, y llevadas a la exasperación o a la fuga, mientras que las que caían en sus redes acababan con la sensación de estar sentadas en un charco de ignominia, sin saber muy bien qué había pasado o qué habían hecho mal. Porque el interés de Nico por las representantes del sexo opuesto terminaba tan pronto como conseguía llevarlas al catre.

Esto no habría tenido tanta importancia si a cada relación no le hubiera precedido una promesa de amor formal. Ellas no sabían a lo que iban, y en ello residía el engaño y la maldad de Nico; Todas eran “su novia”.

Lo peor es que nunca llegaba a cortar oficialmente con ellas, por pura cobardía. Tal era el pavor que le producía dar la cara, que se limitaba a eludirlas, a darles vagas excusas, y a esperar a que se cansaran o captaran el mensaje. Así, no tardaría en acumular un buen número de lo que se podría considerar relaciones simultáneas, en las que las interesadas ignoraban por completo que habían sido sustituidas.

Zenda también llegaría a ser objeto de sus pretensiones, si bien ella declinó discretamente el ofrecimiento, arguyendo que tenía una relación estable con Noel. Trató de ser educada, pero el ego de aquel tipo no le permitía ser cortés y retirarse con nobleza, por lo que al acoso carnal le siguió otro verbal, mucho más agresivo y tenaz, que dejó claro a Zenda quién y cómo era realmente aquel personaje. Alejarse le proporcionaría perspectiva, y lo que vio ya no le resultó tan fascinante:

Con sus guiones estudiados, Nico conseguía encandilar a lo que consideraba su público, en una constante representación que, sin embargo, tenía siempre un fin trágico. Porque nadie puede fingir eternamente. Al final, siempre estaba solo. Podía comenzar relaciones nuevas de continuo, dada su facilidad de palabra, pero, tan pronto se le caía la máscara, los espectadores abandonaban el coliseo.

En el espejo del camerino de su intimidad, Nico, lejos de lamentarse por la marcha del auditorio, ensayaba nuevas frases y poses con las que mantener la farándula que era su relajada vida.

Sin embargo, y como toda obra tiene un límite de representaciones, ésta también habría de llegar a su fin.

En una de sus incursiones amorosas, Nico había dado con Berta, una de las alumnas del taller de fotografía, en la que no había puesto sus ojos al no ser físicamente de su agrado. Berta era poco agraciada, circunstancia que había propiciado que, a sus 29 años, aún no se hubiese estrenado. Amenazada con la terrible treintena, se había dispuesto a dar caza a lo que fuera, aunque para ello tuviese que recurrir a la artillería pesada. Tomando una iniciativa que él aceptó con la misma indiferencia con la que se acepta una muestra gratis de detergente, Berta se metió entre las sábanas de Nico, advirtiéndole que era su primera vez, a lo que él, delicado como una lija, le había contestado secamente que no se preocupase: “La mancha saldría en la lavadora”.

La que no salió hasta nueve meses después fue la consecuencia de “un polvo rápido que le había echado a una chica fea”, quien resultó ser la menor de los hermanos en una familia de cinco. Incapaz de despachar a una simple novieta, Nico se encontró con la imposibilidad, dada su cobardía y su pobreza de espíritu, de enfrentarse a una familia potencialmente cabreada, que esperó de él que hiciera lo correcto.

Varios años después, Nico tenía dos hijos y una esposa nuevamente embarazada, junto a los que paseaba con un rictus de hastío cuando se cruzó con Zenda. Estaba más calvo, y en general ya no parecía gran cosa. Berta, en cambio, se había crecido. Se la veía casi guapa. Parloteaba alegremente, llevando a uno de sus hijos de una mano, mientras su flamante esposo empujaba un cochecito de bebé adornado con lazos de color rosa.

Zenda se sonrió con ironía, y pensó en lo caprichosa que era la suerte. O tal vez lo peligroso que puede resultar creer que nos acompañará eternamente.

Evidentemente, Nico había abusado de la suya.

Mientras caminaba de vuelta a casa, Zenda pensó que a ella no le iba tan mal, aunque la Fortuna y ella no fueran íntimas. Al menos ella tenía la cortesía de devolverle la sonrisa cuando se la cruzaba, y en ello encontraba la mayor de sus suertes; La de saber apreciar los dones recibidos.

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Sara y Brenda.

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Cuando abrí la puerta, un haz de luz cruzó la habitación. Había estado a oscuras durante muchos años, pero ella seguía allí, pequeña, indefensa, y con los ojos grandes y expectantes. Por su expresión, nadie diría que llevaba aguardando tanto tiempo.

Me sonrió, y sin embargo, había algo triste en su mirada. Probablemente intuía lo que iba a pasar.

-¿Por qué has tardado tanto? -me dijo con una vocecilla tierna y casi quebrada.

-No sé… -titubeé- supongo que he estado perdida.

-¿Perdida? ¿Dónde?

-Sara, si hubiese sabido dónde estaba, no habría estado perdida- la espeté yo.

En realidad, no estaba enfadada con ella, sino más bien a la defensiva. Sabía que debería haber ido a buscarla mucho tiempo atrás, pero algo no me lo había permitido.

Traté de cambiar el tono.

-Perdona, no quería ser brusca-. Le acaricié el pelo.

La niña mantenía sus ojos clavados en los míos. Su expresión era seria. No había cambiado nada en todos aquellos años; tan pequeña, tan frágil… Me dolía sostener su mirada. ¿Cómo decirle aquello?

Mientras pensaba en las palabras adecuadas, ella se me adelantó:

-¿Por qué quieres hacerme esto?

-No te entiendo.

-Sí que me entiendes -dijo haciendo un mohín de disgusto-  No habrías venido a buscarme por ninguna otra razón. – Se entristeció.

Yo suspiré.

-Sabes que no hay más remedio. Tengo que vivir, tengo que salir de esto.

-Pero yo no tengo la culpa -gimió, dejando que dos pequeñas lagrimitas rodaran por sus mejillas.

-Ya sé que no la tienes, pero esto no puede continuar así. No puedo seguir escondiéndote en esta estancia oscura, pero tampoco puedo llevarte conmigo. Sólo tienes cuatro años, y yo debo continuar mi camino, con pasos más grandes.

-Pues entonces dime lo que has venido a decirme, pero dímelo de verdad, no como hacéis siempre los mayores.

-¿Qué quieres decir?

-Que no me digas mentiras. Soy pequeña, pero no tonta.

Respiré hondo. Tenía razón. Al menos se merecía una explicación digna.

-Sara… …he venido a matarte.

Ella agachó la cabeza.

Durante unos segundos hubo un silencio, roto sólo por un gemido. Yo agarré su mano, pequeñita, suave…

-¿Cómo es? -dijo entonces.

-¿Cómo es qué? – me extrañé yo.

-La vida de Brenda – respondió levantando la cabeza.

-Es diferente a la tuya, Sara.

-Eso ya lo sé pero… ¿es mejor de lo que habría sido la mía? Quiero decir, fuera de esta habitación oscura.

La pregunta me hizo daño, pero se merecía la verdad.

-No Sara. -Dije con tristeza- Mi vida no es mejor de lo que habría sido la tuya.

-Entonces…   …entonces las dos nos habremos muerto un poco.

Salí de la habitación con un nudo en la garganta. Iba a matar a la niña, pero no sería aquel día.

Ella volvió a quedarse a oscuras.

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