El bestiario de Zenda. IX

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-El amor es una gilipollez inventada por los curas para justificar la lujuria animal que en realidad sentimos. Nos relacionamos para fornicar, nos comprometemos para garantizarnos la compañía, y luego tenemos hijos porque “es lo que toca”. Al final, un día miras a tu alrededor, y te encuentras en un escenario completamente distinto al que habías imaginado de pequeño; Ya no eres el protagonista de tu historia, sólo una víctima más de un engaño bien orquestado entre la naturaleza y la sociedad. Los auténticos protas son esos pequeños monstruos tiranos, esas bocas enormes que sólo se abren para engullir y exigir, y que, según tu pareja, son hijos tuyos.

Y entonces, te miras en el espejo y te preguntas quién es el calvorota ése de mierda que te mira con cara de pavo.

Es todo una conspiración. De pequeño te dicen que tienes toda la vida por delante, y cuando vienes a darte cuenta, la tienes por detrás, y encima, dándote por culo.

Zenda miraba a su amigo, dibujando en su rostro una mezcolanza de ternura y consternación que se traducía en una sonrisa suave. Perla, en cambio, se reía abiertamente. A ella le parecía que ese tío era el pupas.

La frustración de Mario no provenía exclusivamente de sus constantes desaciertos en el amor; Otras muchas facetas de su vida también iban de culo. Según él, de pequeño lo había mirado un tuerto; es más, a menudo, entre refunfuños, comentaba que a la matrona que asistió a su madre a buen seguro le faltaba un ojo, porque aquello -se lamentaba- había comenzado nada más nacer.

Pequeñito, delgado y con una lustrosa calva rematando su cabeza, Mario era la apariencia misma de la “poca cosa”, según palabras de Perla. Arropado en exceso por una madre que quería compensarle por su espíritu desdichado, su infancia había transcurrido entre los juegos solitarios propios de un hijo único y los pescozones propinados por Alfredo Cascales, alias “el Tarugo”, un niño de su clase que parecía experimentar una violenta reacción alérgica a su presencia, y que se traducía en ocasionales hostias “por mirarme” “por no mirarme”, o, simplemente, “por existir”.

“El Tarugo” era un repetidor, lo que ya de por sí le convertía en un individuo a evitar, pues, con dos años más que el resto de la clase, estaba provisto de mayor malicia, pero se daba la circunstancia, además, de que era especialmente corpulento. No ya gordo, no ya alto, simplemente enorme. Su mala leche hacía de cualquier niño un buen objetivo, pero Mario sentía que aquella desdichada circunstancia formaba parte de su particular mal de ojo.

La realidad era que Mario se empeñaba en explicarle al Tarugo, con argumentos científicos y palabras enrevesadas, el origen de su agresividad, y cómo canalizarla. Todo eso lo había leído en algunos de los muchos libros que devoraba, y tenía la ingenua pretensión de conseguir con sus explicaciones que aquel tipo dejara de zurrarle, pero el efecto era completamente el opuesto; al tal Alfredo Cascales le daba igual de dónde provenía su mala uva, y cada vez que Mario le exponía sus razonamientos sólo conseguía llevarse otra castaña.

Tres años duró la insufrible convivencia escolar con aquel matón, pero a Mario le pareció que fueron treinta.

Por fortuna, le perdió la pista cuando terminó la educación obligatoria. Sintió como si, por primera vez, hubiese conseguido vencerle, ya que, al concluir el último curso, El Tarugo volvió a repetir, y Mario pudo, así, recrearse en una escena, absolutamente onírica y privada, en la que, triunfante, se elevaba a los cielos portando un pergamino, -su certificado escolar- que blandía con la misma pose gloriosa con la que los atletas vencedores elevan su trofeo, mientras que un cada vez más diminuto Alfredo Cascales lo contemplaba atónito, desde el suelo, y desaparecía de su vista como una hormiga en la arena.

Esta liberación supuso un alivio para la atormentada moral de Mario, que logró así cursar el Bachillerato con la sensación de que su vida no era tan mala. A pesar de todo, aquel matón le había hecho un favor, aún sin saberlo.

Algunos años después, y tras obtener el título de Bachiller, Mario sorprendió a su familia anunciando que quería ser actor. Su aspiración era interpretar a los clásicos, y convertirse en una estrella del drama. Al parecer, había descubierto esta vocación al participar en una obra del instituto, en la que había tenido ocasión de recitar unos fragmentos de “Macbeth”.

Naturalmente, sus padres se opusieron a lo que consideraban un disparate, y le instaron a estudiar algo más práctico. Las negociaciones posteriores les llevaron a convenir que Mario estudiaría empresariales, y que, en tanto aprobase, durante el verano podría matricularse en cuantos cursos de interpretación, dicción y expresión corporal fuesen de su agrado.

Como era un chico aplicado, acabó pronto sus estudios, y durante un tiempo se dedicó a participar en pequeñas obras, tales como pasacalles infantiles, actuaciones en fiestas de barrio y recitales en residencias de jubilados. Nunca cobró un duro, y tampoco es que le fueran pidiendo autógrafos por la calle, pero, como quiera que tampoco hallaba trabajo de contable o similar, al menos podía envolver su realidad en algo de glamour, presentándose a sí mismo como un “actor en paro”.

Aunque buscaba trabajo de lo que fuera, seguía empeñado en desarrollar su carrera artística, y todos los días se empapaba  de las ofertas de trabajo del periódico, en la esperanza de que su gran oportunidad apareciera. Fue así como, respondiendo a un anuncio en el que se pedían personas con “expresividad corporal”, acabó trabajando para “La Sombra”, una empresa de cobro de morosos.

Como en todas las empresas de su clase, el sistema de La Sombra se basaba en entrenar a una serie de empleados para que persiguieran a los deudores, previo compromiso con la empresa acreedora. Su labor la desempeñaban ataviados, como suele ser habitual, con una vestimenta peculiar, en este caso, de “sombra”.

En efecto, la firma proveía a los trabajadores de un uniforme consistente en unas mallas, un jersey ceñido y un pasamontañas, todo ello negro. Eran una especie de mimos, que caminaban a una distancia prudencial de su objetivo, imitando sus movimientos. Probablemente el disfraz era menos vistoso que los de otras empresas, pero su éxito estribaba en dos pilares fundamentales: El primero, que al imitar los movimientos de la persona, todo el mundo sabía quién era el moroso, aún cuando estuviera entre mucha gente, y  el segundo, y tal vez más importante, que todo el mundo detesta que le imiten.

Para disgusto propio y de su familia, Mario se paseaba por la calle vestido de sombra, y sombra se sentía. Percibía que aquello era todo lo lejos que iba a llegar en su carrera artística, y la visión de su propia imagen, reflejada en el espejo, se le antojaba la perfecta ilustración de lo que era su vida. Sus conocidos, en cambio, encontraban todo el asunto de lo más cómico, y le llamaban jocosamente “El Fantomimas”, un cruce entre pantomima y Fantomas, el famoso criminal, que en los cómics y películas también vestía de negro.

Dos años llevaba Mario paseando su palmito, enfundado en las mallas, y rascándose la nariz y el culo cada vez que su moroso lo hacía. Algunos se tocaban las gónadas obscenamente, tratando de desanimar y poner en fuga a su sombra. Mario cumplía entonces como un campeón, y se agarraba igualmente las pelotas, provocando las risas de cuantos le rodeaban. En estos casos, el pasamontañas se convertía en su mejor aliado. Correcto y discreto como un luto, Mario detestaba las ordinarieces, pero, sacando al actor que llevaba dentro, se ajustaba a las exigencias del guión, para desesperación de sus perseguidos. Algunos le increpaban, otros trataban de escabullirse, y otros, simplemente, le ignoraban, aunque también los había peligrosos.

En una ocasión, Mario se llevó un estupendo puñetazo en la cara, de la mano de un deudor con poco sentido del humor, que al parecer llevaba semanas siendo perseguido por distintas sombras. Posiblemente fue cuestión de mala suerte, o tal vez el individuo esperó a tener una sombra poco corpulenta, aunque para Mario, naturalmente, la explicación estaba en la maldición de la comadrona tuerta.

En cualquier caso, el agresor fue imputado en un delito de lesiones, y un año y medio más tarde se producía el juicio, en el que varias personas declararon como testigos del suceso. Visto para sentencia, Mario se sentó en un banco del juzgado.

Estaba en un bonito patio iluminado por un gran tragaluz. Era un edificio antiguo, restaurado y reconvertido en sede de los Juzgados y del Registro Civil. Las baldosas eran blancas y negras, dispuestas en ajedrez, y había Kentias y palmeras en las esquinas. Era un lugar agradable y luminoso, y Mario decidió relajarse un momento. Se apoyó en la pared, con la vista puesta en el cielo.

Allí estaba, mirando los grandes cristales, cuando una chica menuda y vestida de negro se le acercó para preguntarle la hora.

Fue así como conoció a Zenda.

Ella había acudido para asistir como intérprete a un ciudadano británico, acusado de un delito de narcotráfico. Se puso a charlar alegremente con el desconocido, y entonces le preguntó por su presencia allí. Mario relató entonces su experiencia, y Zenda le escuchaba con sorpresa y un gesto divertido.

-Me estás vacilando. -le dijo ella, que no había oído jamás hablar de “La Sombra”.

-En absoluto -se estiró el otro- Trabajo como sombra, y es un empleo muy digno y honrado.

Zenda se apresuró a explicarle que para nada había pretendido insinuar que su trabajo fuese indigno, sólo original y divertido. Mario la escrutó, tratando de encontrar sorna en sus palabras, pero no percibió tal en absoluto; la chica parecía realmente fascinada.

Para Zenda, cuyo concepto del éxito profesional iba más allá de las ganancias económicas o el reconocimiento social, tener un trabajo original daba caché. Ella misma se consideraba afortunada, aunque ganase una miseria, porque su trabajo la llevaba de un sitio para otro, y le permitía conocer historias y personas fascinantes.

Detectando auténtico interés en su interlocutora, Mario comenzó a explayarse en los pormenores de su labor, relatando las situaciones rocambolescas en las que se había visto envuelto, y provocando a ratos las carcajadas de Zenda. Cuando tuvo que marcharse, Zenda le propuso tomar algún día una copa, en la esperanza de hacer un nuevo amigo de aquel tipo tan extraño.

-Soy homosexual -se apresuró a decir el otro.

-Yo no -respondió Zenda con una sonrisa. -Por eso tengo novio. -Luego añadió: -Sólo quería tener la oportunidad de volver a charlar contigo.

-Me parece bien. Yo sólo quería dejar las cosas claras desde el principio.

Tratando de quitar tensión a la situación, añadió:

-¿Está bueno tu novio?

Zenda rió, y prometió presentárselo si acudía a la cita. Dos días después, Noel y Perla conocieron a Mario en el Baviera.

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“A lo largo de nuestra vida buscamos incesablemente la suerte, y nos lamentamos de su ausencia si no nos tropezamos con ella. Sin embargo, cuando la Fortuna nos sonríe, raramente nos acordamos de devolverle la sonrisa”.

Zenda conocía a unas cuantas personas con suerte. De ésas a las que todo les venía dado, ya fuera gracias a las extremas atenciones de la gente de su entorno, o de misteriosa forma natural.

Estas últimas eran las que más rabia le daban; las que estaban siempre, inexplicablemente, en el lugar adecuado en el momento preciso. Las detestaba.

Su exasperación no podía justificarla la simple envidia; Lo que le causaba fastidio no era la ventura ajena, sino el hecho de que estas personas rara vez admitían tener suerte. Su constante bonanza la achacaban al talento natural, aún cuando éste fuera inexistente, e interpretaban el amable devenir de su existencia como un hecho lógico, algo que ganaban por sus propios méritos, o una especie de derecho de nacimiento. Y nunca, nunca, se mostraban agradecidos por ello; Simplemente lo merecían.

Por asociación, estos seres dotados de buena estrella tendían a pensar que, aquellos menos afortunados, sencillamente no se ganaban su prosperidad, no eran lo bastante inteligentes o trabajadores, o bien habían hecho algo para merecer su infortunio.

Y esto, precisamente esto, era lo que rebotaba a Zenda.

Porque, a la circunstancia de que conocía íntima y personalmente a algunos de estos sujetos, se sumaba la de que ella no había gozado nunca de especial buena suerte.

Tampoco es que se considerara Calimero. Tenía lo que tenía, luchaba por ello, se abatía cuando no conseguía sus objetivos y se volvía a levantar después del golpe, porque, a fin de cuentas, no le quedaba otra. Pero no podía evitar frustrarse cuando escuchaba a algún miembro del “club de la buena estrella” criticar a los que, por la razón que sea, no levantaban cabeza.

Especial irritación le causaban los comentarios veladamente acusatorios, del tipo “fíjate en tu prima, ella tiene un buen trabajo, porque se lo ha ganado” (y tú no), a sabiendas, por ejemplo, de que la chica en cuestión tenía en la empresa un padrino que ni Don Vito Corleone.

Al final, la moraleja silenciosa del urticante comentario era, invariablemente, “tú no lo mereces”. Y se la llevaban los demonios.

Esta reflexión sobre la buena y la mala suerte la había motivado un encontronazo con Nico, un antiguo conocido que despertaba la peor de sus inquinas.

A Nico lo había conocido hacía ya varios años. Era de esas personas que creías haber visto antes en otra parte, y en cierto modo podía ser así. Nico era todo un personaje en la ciudad. Para empezar, se trataba probablemente del tío más feo que se había cruzado en su vida; Nariz prominente, gafas de concha, boca hundida sobre una desafiante barbilla,  y un escaso pelo que comenzaba su andadura por la cabeza más atrás de lo deseable, dejando a la vista una extensa frente que se aventuraba por días en un más que probable viaje hacia la coronilla.

Podría pensarse, a tenor de su aspecto, que Nico era un pobre desgraciado, pero nada más lejos de la realidad. De entrada, gozaba de un gran éxito social, y además ligaba muchísimo; Siempre estaba rodeado de mujeres, cosa bastante inaudita a primer golpe de vista, pero que resultaba comprensible una vez que comenzaba a hablar, pues de su pequeña y escondida boca, florecía, rodeada de aparente gracia espontánea, toda suerte de retórica, adornada de un humor sarcástico, y salpicada de breves requiebros a los dones femeninos que siempre terminaban en un chiste; La medida justa para no ser demasiado ácido ni demasiado empalagoso. Era una fórmula tan exacta, que se diría había sido desarrollada en un tubo de laboratorio.

Con palabras y frases hábilmente ensayadas, este individuo que había tenido la oportunidad de recorrer medio mundo, ofrecía a cualquiera que pululara en torno suyo un extenso repertorio de frases sentenciosas y pensamientos agudos, envueltos en una vis cómica que sabía bien surtía efecto al conjugarse con su bufo aspecto.

Su discurso era, cuando menos, fascinante, teniendo además la habilidad de cortar con público sarcasmo a cualquier parroquiano que, aportando algo divertido o inteligente, amenazase con restarle protagonismo. Como castigo al conato de ingenio, Nico enarcaba una ceja y ejecutaba su sentencia de manera cruel e inmisericorde. Por lo general, en una reunión, quien resultaba humillado por una frase de Nico rara vez se atrevía a volver a abrir la boca. Era el precio a la osadía de intentar hacerle sombra.

En lo laboral, diríase que había sido bendecido por el propio San Pancracio, ya que no sólo no había pisado jamás las oficinas del INEM, sino que además tenía la dicha de trabajar usualmente en proyectos de su gusto e interés, desarrollando a un tiempo más de una actividad profesional, lo que le permitía mantener un estatus económico bastante por encima de la media.

Licenciado en filología inglesa, Nico trabajaba bastantes meses al año como profesor de idiomas en una academia, y combinaba la actividad ocasional como administrativo en el negocio de su padre con su afición al teatro, la cual había llevado hasta lo profesional, a través de algunos oportunos contactos que le habían permitido introducirse en los vericuetos de la empresa pública, para desarrollarse como monitor de artes escénicas, animador turístico y hasta guía en exposiciones temporales, en las que aparecía disfrazado bien de califa bien de romano, dependiendo de la necesidad. Igualmente favorecido por conocidos de la familia, había participado en un spot publicitario disfrazado de galleta. La cara no se le veía, y tampoco pronunciaba frase alguna en el desarrollo del anuncio, pero la experiencia había sido suficiente para alimentar el ya inflamado ego de Nico.

Además, de mala gana y aportando una pequeña cantidad, había accedido a convertirse en socio al cincuenta por ciento de un tugurio situado en una de las peores zonas de la ciudad, pero que al poco tiempo se pondría de moda, al entrar a formar parte de un proyecto de regeneración del casco histórico, y quedar ubicado, sin moverse del sitio, en el núcleo de “la ciudad de los artistas”, una demarcación destinada por el ayuntamiento a locales de artesanía, turismo y tabernas con encanto. El local en cuestión no era más que un bareto de mala muerte, acondicionado con una capa de pintura y muebles rescatados y restaurados, una inversión mínima que se vería ampliamente recompensada con la entrada asidua y en tropel de todo aquel que quisiera considerarse “en la onda artística”. Estaba siempre a tope.

No había que ser ni siquiera envidioso para sentir cierto fastidio ante un sujeto que, sin realizar especiales esfuerzos, se encontraba siempre con la suerte de cara, y que, con una sonrisa jactanciosa en su repelente careto, se paseaba por la vida recogiendo ofrendas florales y saludando a lo reina Sofía.

A Zenda le fascinó desde el principio. Ella admiraba el ingenio, y el de Nico se desbordaba por doquier, provocando la carcajada al primer minuto de conversación. Solía verlo en un grupo que se había formado a partir de un taller de fotografía en el que ambos se habían matriculado. Cuando las clases terminaban, algunos de los alumnos se encontraban en una cafetería cercana, y al final habían acabado por componer una peña bastante animada.

Por aquel entonces Zenda aún tenía veintitantos años, más o menos como el resto, y vivía, como todos ellos, en casa de sus padres. Ésta era una situación bastante común entre la gente de su edad, en una época en la que el desempleo juvenil era algo corriente. No era el caso de Nico, desde luego. Él, no sólo gozaba de buena situación profesional y económica, sino que además tenía su propio piso.

Tardaría algún tiempo Zenda en saber que esta feliz circunstancia se debía al hecho de que los padres de Nico eran gente de posibles, propietarios de una fábrica de celulosa, “Papel higiénico Balten”, que funcionaba de manera más que próspera. Su situación desahogada les había permitido hacerse con varios inmuebles en la ciudad, a modo de inversión. Casualmente, la finca en la que se acomodaba el susodicho había sido una ventajosa adquisición facilitada por sus padres. Vamos, que no le había costado ni un duro.

Ésta fue la coyuntura que propició que el de Nico fuese el domicilio en el que eventualmente se reunían los miembros del grupo. Hacían pequeñas fiestas de cuando en cuando, y realmente se divertían, pues el fulgor de la estrella principal les mantenía encandilados y en constante entretenimiento.

Sin embargo, la asociación que formaban terminaría pronto, y de manera un tanto drástica. Un mal común aunque invisible suscitaría entre ellos las peleas más variadas, de las que, curiosamente, nadie sabía el verdadero origen.

Como si de un veneno inodoro se tratara, como un enemigo silencioso, Nico había ido provocando el malestar y deserción de todos, por una parte, de los chicos, los cuales eran entendidos por él como contendientes, y que poco a poco acabarían de sus comentarios mordaces hasta las narices. Nico disfrutaba zahiriendo al personal, sin que mediase más motivo que su propio disfrute, y en tanto alguien le riera las gracias el mal estaba justificado.

Por otra parte, se deleitaba en lo que él llamaba “revolucionar el gallinero”, siendo éste el concepto que mejor definía su relación con las mujeres. Con éstas sólo había dos clases de trato: El acoso sexual -con correspondiente derribo y exhibición de trofeo- o el despecho ante una negativa. En ambos casos las féminas salían perjudicadas: Las que no sucumbían a sus encantos eran vilipendiadas con saña, y llevadas a la exasperación o a la fuga, mientras que las que caían en sus redes acababan con la sensación de estar sentadas en un charco de ignominia, sin saber muy bien qué había pasado o qué habían hecho mal. Porque el interés de Nico por las representantes del sexo opuesto terminaba tan pronto como conseguía llevarlas al catre.

Esto no habría tenido tanta importancia si a cada relación no le hubiera precedido una promesa de amor formal. Ellas no sabían a lo que iban, y en ello residía el engaño y la maldad de Nico; Todas eran “su novia”.

Lo peor es que nunca llegaba a cortar oficialmente con ellas, por pura cobardía. Tal era el pavor que le producía dar la cara, que se limitaba a eludirlas, a darles vagas excusas, y a esperar a que se cansaran o captaran el mensaje. Así, no tardaría en acumular un buen número de lo que se podría considerar relaciones simultáneas, en las que las interesadas ignoraban por completo que habían sido sustituidas.

Zenda también llegaría a ser objeto de sus pretensiones, si bien ella declinó discretamente el ofrecimiento, arguyendo que tenía una relación estable con Noel. Trató de ser educada, pero el ego de aquel tipo no le permitía ser cortés y retirarse con nobleza, por lo que al acoso carnal le siguió otro verbal, mucho más agresivo y tenaz, que dejó claro a Zenda quién y cómo era realmente aquel personaje. Alejarse le proporcionaría perspectiva, y lo que vio ya no le resultó tan fascinante:

Con sus guiones estudiados, Nico conseguía encandilar a lo que consideraba su público, en una constante representación que, sin embargo, tenía siempre un fin trágico. Porque nadie puede fingir eternamente. Al final, siempre estaba solo. Podía comenzar relaciones nuevas de continuo, dada su facilidad de palabra, pero, tan pronto se le caía la máscara, los espectadores abandonaban el coliseo.

En el espejo del camerino de su intimidad, Nico, lejos de lamentarse por la marcha del auditorio, ensayaba nuevas frases y poses con las que mantener la farándula que era su relajada vida.

Sin embargo, y como toda obra tiene un límite de representaciones, ésta también habría de llegar a su fin.

En una de sus incursiones amorosas, Nico había dado con Berta, una de las alumnas del taller de fotografía, en la que no había puesto sus ojos al no ser físicamente de su agrado. Berta era poco agraciada, circunstancia que había propiciado que, a sus 29 años, aún no se hubiese estrenado. Amenazada con la terrible treintena, se había dispuesto a dar caza a lo que fuera, aunque para ello tuviese que recurrir a la artillería pesada. Tomando una iniciativa que él aceptó con la misma indiferencia con la que se acepta una muestra gratis de detergente, Berta se metió entre las sábanas de Nico, advirtiéndole que era su primera vez, a lo que él, delicado como una lija, le había contestado secamente que no se preocupase: “La mancha saldría en la lavadora”.

La que no salió hasta nueve meses después fue la consecuencia de “un polvo rápido que le había echado a una chica fea”, quien resultó ser la menor de los hermanos en una familia de cinco. Incapaz de despachar a una simple novieta, Nico se encontró con la imposibilidad, dada su cobardía y su pobreza de espíritu, de enfrentarse a una familia potencialmente cabreada, que esperó de él que hiciera lo correcto.

Varios años después, Nico tenía dos hijos y una esposa nuevamente embarazada, junto a los que paseaba con un rictus de hastío cuando se cruzó con Zenda. Estaba más calvo, y en general ya no parecía gran cosa. Berta, en cambio, se había crecido. Se la veía casi guapa. Parloteaba alegremente, llevando a uno de sus hijos de una mano, mientras su flamante esposo empujaba un cochecito de bebé adornado con lazos de color rosa.

Zenda se sonrió con ironía, y pensó en lo caprichosa que era la suerte. O tal vez lo peligroso que puede resultar creer que nos acompañará eternamente.

Evidentemente, Nico había abusado de la suya.

Mientras caminaba de vuelta a casa, Zenda pensó que a ella no le iba tan mal, aunque la Fortuna y ella no fueran íntimas. Al menos ella tenía la cortesía de devolverle la sonrisa cuando se la cruzaba, y en ello encontraba la mayor de sus suertes; La de saber apreciar los dones recibidos.

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