Sara y Brenda.

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Cuando abrí la puerta, un haz de luz cruzó la habitación. Había estado a oscuras durante muchos años, pero ella seguía allí, pequeña, indefensa, y con los ojos grandes y expectantes. Por su expresión, nadie diría que llevaba aguardando tanto tiempo.

Me sonrió, y sin embargo, había algo triste en su mirada. Probablemente intuía lo que iba a pasar.

-¿Por qué has tardado tanto? -me dijo con una vocecilla tierna y casi quebrada.

-No sé… -titubeé- supongo que he estado perdida.

-¿Perdida? ¿Dónde?

-Sara, si hubiese sabido dónde estaba, no habría estado perdida- la espeté yo.

En realidad, no estaba enfadada con ella, sino más bien a la defensiva. Sabía que debería haber ido a buscarla mucho tiempo atrás, pero algo no me lo había permitido.

Traté de cambiar el tono.

-Perdona, no quería ser brusca-. Le acaricié el pelo.

La niña mantenía sus ojos clavados en los míos. Su expresión era seria. No había cambiado nada en todos aquellos años; tan pequeña, tan frágil… Me dolía sostener su mirada. ¿Cómo decirle aquello?

Mientras pensaba en las palabras adecuadas, ella se me adelantó:

-¿Por qué quieres hacerme esto?

-No te entiendo.

-Sí que me entiendes -dijo haciendo un mohín de disgusto-  No habrías venido a buscarme por ninguna otra razón. – Se entristeció.

Yo suspiré.

-Sabes que no hay más remedio. Tengo que vivir, tengo que salir de esto.

-Pero yo no tengo la culpa -gimió, dejando que dos pequeñas lagrimitas rodaran por sus mejillas.

-Ya sé que no la tienes, pero esto no puede continuar así. No puedo seguir escondiéndote en esta estancia oscura, pero tampoco puedo llevarte conmigo. Sólo tienes cuatro años, y yo debo continuar mi camino, con pasos más grandes.

-Pues entonces dime lo que has venido a decirme, pero dímelo de verdad, no como hacéis siempre los mayores.

-¿Qué quieres decir?

-Que no me digas mentiras. Soy pequeña, pero no tonta.

Respiré hondo. Tenía razón. Al menos se merecía una explicación digna.

-Sara… …he venido a matarte.

Ella agachó la cabeza.

Durante unos segundos hubo un silencio, roto sólo por un gemido. Yo agarré su mano, pequeñita, suave…

-¿Cómo es? -dijo entonces.

-¿Cómo es qué? – me extrañé yo.

-La vida de Brenda – respondió levantando la cabeza.

-Es diferente a la tuya, Sara.

-Eso ya lo sé pero… ¿es mejor de lo que habría sido la mía? Quiero decir, fuera de esta habitación oscura.

La pregunta me hizo daño, pero se merecía la verdad.

-No Sara. -Dije con tristeza- Mi vida no es mejor de lo que habría sido la tuya.

-Entonces…   …entonces las dos nos habremos muerto un poco.

Salí de la habitación con un nudo en la garganta. Iba a matar a la niña, pero no sería aquel día.

Ella volvió a quedarse a oscuras.

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