El bestiario de Zenda. VIII

El Bestiario de Zenda Comentar

“La verdad es una sinfonía que parece embelesar únicamente a quien la ejecuta, pero que chirría en los oídos del que ha de escucharla. Nos convierte a todos en malos músicos y pésimos oyentes”.

Zenda estaba dándole vueltas a un nombre que no conseguía recordar. ¿Cómo era…? Ah sí, Garabito. Noelia Garabito.

Le resultaba curioso cómo algunas personas y hechos podían quedarse grabados en la memoria, aún después de muchos años.

Noelia Garabito había compartido con Zenda toda la educación primaria. Se trataba de una chica rubia, gordita, y con unos preciosos ojos azules. A Zenda le encantaban los ojos azules, y se le antojaba que aquella niña tenía aspecto de angelito gordo de pintura antigua, con esa cara redonda y blanca en la que siempre se arrebolaban unas mejillas rojas como un par de manzanas.

Ella y Noelia no eran íntimas, ni mucho menos, tan sólo compañeras de desgracia en la fastidiosa obligación de acudir a clase, si bien, además de verse en el aula, iban al colegio en el mismo autobús escolar, por lo que su presencia formaba parte de la rutina vital de Zenda, en esa época de la vida en la que cada pequeño detalle es tan importante.

El suceso que motivara la búsqueda mental del nombre de la niña, después de tanto tiempo, había sido precisamente aquella reflexión sobre la verdad que ocupaba ahora a Zenda, y que la había llevado al recuerdo de un ocho de enero de hacía más de veinte años.

La Navidad había terminado, lo que para Zenda suponía toda una tragedia. Era su época favorita del año, con todo ese despliegue de luces, canciones, regalos y dulces. La vivía envuelta en un halo de ilusión y magia, más o menos como todos los niños, sólo que a ella el fin de aquella fiesta la sumergía en una depresión que, a sus diez años, le venía grande.

Aquel día, como era tradición, las niñas podían acudir a clase portando uno de los juguetes que les hubiesen traído los Reyes Magos, y el autobús parecía una fiesta.

La señorita Conchi, una chica larguirucha y escuálida, trataba de poner orden entre toda aquella algarabía. Todas las niñas parecían estar encantadas. Se abrazaban y besaban, y enseñaban a sus mejores amigas el juguete que habían traído.

Zenda ocupó su sitio, apretando a Daniela contra su pecho. Era una muñeca pequeña, con una sonrisa preciosa y unos ojos que casi parecían vivos. Se aferraba a ella como si con ello pudiese retener la magia de la Navidad. Su teoría era que el espíritu navideño se quedaba con uno tanto tiempo como los juguetes olían a nuevo. Y de vez en cuando aspiraba el olor de su muñeca, con cuidado de no hacerlo con demasiada intensidad, para que siguiese conservando esa esencia de magia.

Una vez que la última niña se hubo sentado, el autobús reanudó la marcha, y fue entonces cuando recordó que su madre le había dado el dinero para pagar la cuota del transporte. Se levantó y se dirigió a la parte delantera para dárselo a la señorita Conchi, y fue entonces cuando presenció aquel acto deleznable.

En el pasillo, a la altura de los primeros asientos, Julia Garrido, la niña más mayor del autobús, recorría las filas divulgando algún chisme. Zenda no era para nada cotilla, y ni se habría fijado en aquel suceso de no ser porque, cuando Julia se alejaba de cada par de asientos, las más pequeñas comenzaban a llorar desconsoladamente, y ella se marchaba con una sonrisa triunfante hasta la siguiente fila. Así, había conseguido que un tercio del autobús estuviera desolado y sorbiendo mocos.

Zenda, consternada por el llanto de las niñas, terminó por acercarse hasta Julia, intrigada por la naturaleza de su proceder, para comprobar con horror en qué consistía su vileza.

No podía creerlo: La Garrido estaba quebrantando el juramento más sagrado entre los niños grandes; les estaba contando a todas quiénes eran los Reyes Magos.

Zenda le tiró de un brazo indignada, recriminándole su actitud, pero Julia era una niña grandota, al contrario que Zenda, mucho más pequeña de lo que correspondía a su edad. Se zafó de ella fácilmente, arguyendo que si a ella le habían fastidiado el misterio, por qué leches iba a dejar que las demás siguieran ilusionadas.

Era como una especie de venganza. Según supo más tarde, Julia, que ya contaba doce años de edad, había sido sacada casi por la fuerza de su burbuja infantil, en la que su padre viudo la había mantenido durante demasiado tiempo, pero que se rompería a instancias de la nueva esposa, una madrastra no deseada con la que se llevaba a matar. En represalia por su propia desdicha, había decidido robar la navidad a todo el mundo.

El periplo destructivo de la resentida púber se encontraba ya en su ecuador cuando llegó a la altura de Noelia Garabito, quien reaccionó de una manera tan inesperada como contundente. Como si conociera el siniestro propósito de aquel monstruo con uniforme de cuadros, Noelia se tapó rápidamente los oídos con ambas manos, y antes de que la malvada Julia pudiese articular palabra, comenzó a recitar en tono rotundo, clamoroso e insistente:

-¡¡¡No te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho…!!!

La Garrido trató de separarle las manos de las orejas, pero Noelia Garabito era una niña corpulenta, de aspecto inofensivo, pero con la capacidad física de aplastarte con una mano. No fue tal lo que hizo, sino que persistió en su obstinada cantinela, que por momentos aumentaba de tono. Zenda, por su parte, observaba toda la escena con estupefacción, animando mentalmente a la oronda rubita.

Finalmente, la lucha de las dos niñas consiguió llamar la atención de la señorita Conchi, quien se aprestó a separarlas, y a mandar a la perversa Julia a su asiento. Noelia estaba, si cabe, aún más roja que de costumbre, y se quedó mirando a Zenda, que permanecía aún en mitad del pasillo, aliviada de que el peligro hubiese desaparecido, aunque lamentando la irreversible devastación causada entre las otras niñas por el rencor de Julia.

Apenas tres años más tarde, y cuando ya las niñas concluían su educación obligatoria, en una fiesta de despedida Zenda se había acercado a Noelia, y en el transcurso de una conversación había sacado a relucir el suceso acaecido años atrás.

Noelia se sonrió pensando en aquello.

-Ya no me acordaba -dijo- menuda memoria tienes.

-Pues yo jamás lo he olvidado. Me alegré mucho de que aquella niña odiosa no te revelara el secreto.

-Yo ya lo sabía, Zenda -dijo Noelia. La otra se quedó sorprendida. – Mis padres eran muy descuidados. Siempre se dejaban los paquetes a la vista, o hablaban de ello como si yo fuera sorda. Lo supe a los seis años.

Zenda no comprendía nada.

-Entonces… ¿por qué no querías escucharlo?

-Bueno, en cierto modo es como si, al no ponerle palabras, no fuese verdad. A veces sabes algo, pero te das cuenta de que es mejor no saberlo. Es más fácil ignorar lo malo si nadie te obliga a oírlo, y al menos la ilusión dura más tiempo.

La sencillez con la que Noelia había expuesto sus razonamientos, su convicción de las ventajas de permanecer en la ignorancia de una verdad que nos oprime, habría de producir en Zenda sentimientos contradictorios. ¿Cuál era la actitud adecuada?

La reacción de la malvada Julia Garrido ante una realidad que la disgustaba había sido la de bombardear con ella a los demás, propagando su amargura. La de Noelia, por su parte, había consistido en la decisión de ignorar dicha realidad tanto como le fuera posible.

En cualquier caso, ya desde pequeños apuntamos maneras. Casi con toda seguridad, la dulce Noelia Garabito seguiría tapándose los oídos. Tal vez tenía un marido infiel al que no hacía preguntas, o les arrancaba las etiquetas a los pantalones para no ver la talla que usaba, quién sabe. Pero la realidad, a fin de cuentas, es que en tal caso seguiría siendo gorda o cornuda, tanto si lo aceptaba como si no.

Se le antojó que Mara habría tenido una infancia parecida. O al menos había aprendido a eludir la realidad con una maestría asombrosa.

-Es natural -le dijo Perla- Nadie quiere saber quiénes son los Reyes Magos.

-Es distinto -replicó Zenda- Creer en los Reyes Magos, o en Santa Claus es una fantasía inocua, que no daña a nadie. Y a fin de cuentas, tanto si lo sabes como si no, por la mañana el salón estará lleno de juguetes. Pero Mara está viviendo una ilusión irrealizable, porque su Papá Noel, lejos de dejarle regalos, ha venido a saquear su casa.

-Sin embargo, pese a tus buenas intenciones, para ella tú eres la niña perversa del autobús.

Era cierto. Como si de Julia Garrido se tratara, en el asunto de Mara Zenda había pretendido mostrarle una realidad que ella no quería ver. La obsequiaba con la verdad desnuda, pero su amiga no quería tal regalo. Y la manera de rechazar tan delicado presente se asemejaba bastante a la actitud de Noelia Garabito.

Después de algunas semanas de bordear con diplomacia el espinoso asunto, y harta de oír cantar las alabanzas de Jonathan José, Zenda había optado por evitar a Mara todo lo posible, y eso incluía ignorar sus interminables llamadas telefónicas, verdaderos discursos de euforia en los que Zenda apenas conseguía introducir monosílabos de falsa aceptación.

Durante varios días el teléfono sonó con insistencia, y Zenda se sentía fatal por no cogerlo, pero había determinado que prefería eludir a su amiga a colaborar en la fabricación de aquella gran mentira. Sin embargo, no podía ni quería terminar así su relación con ella. Al final, acabó por contestar.

Tras aguantar durante diez minutos una nueva demostración de auténtico fervor hacia el dios viviente del reino del sol, y en un último intento de redimir a su amiga, Zenda volvió a exponerle su postura, ya sin ambages, y añadiendo, además, su conocimiento fehaciente de que la proposición matrimonial del individuo se había producido de manera simultánea hacia más mujeres, que no tenían en común sino un DNI emitido en España.

Furiosa, y antes de dejar que terminara de explicarse, Mara la interrumpió, atropellándola con una colección de improperios digna de las batallas verbales de su infancia.

Intuyendo una realidad demasiado fea, y atribuyendo a Zenda una maldad que sabía que no tenía, la airada enamorada se desplegó en toda una letanía de insultos, coronados por unos augurios nefastos y un deseo ferviente de desdichas para su atónita amiga.

Mara colgó bruscamente, y Zenda se quedó con el auricular en la oreja algunos segundos, mientras el aparato le regalaba una melodía que le resultó terriblemente familiar:

Con un soniquete impertinente, el teléfono le cantaba: “No te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho…”

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