El bestiario de Zenda. VII

El Bestiario de Zenda Comentar

De vuelta a casa, Zenda pensó en el consejo de Meli acerca de no intervenir más en el asunto de Mara.

-Tú ya has cumplido con tu obligación al advertirla -le había dicho- el resto es cosa suya.

Meli tenía razón, aunque claro, a ella le faltaba parte de la información. Probablemente no habría pensado lo mismo de conocer el doble juego del tipo. Aún así, le asaltaban las dudas. ¿Estaba sobrepasando sus competencias como amiga? ¿Existía realmente un límite? ¿Hasta qué punto sus buenas intenciones podían estar incurriendo en la invasión del libre albedrío?

Hizo un recorrido a través de los amoríos que Mara había mantenido a lo largo de los últimos veinte años, y en el papel que ella había tenido que asumir en algún momento de aquellas relaciones. Casi siempre había tenido que salvarla de la quema. Y no habían sido pocas las ocasiones. Mara había sido novia o rollete de una veintena de tíos, había convivido con un par de ellos, y se había casado con uno. Pero lo que todos tenían en común es que cada uno de ellos había sido “el definitivo”.

Sólo con Toni llegó a firmar los papeles, aunque no fue precisamente porque ella le identificara como el hombre de su vida, sino porque la edad ya la apremiaba. Por encima de cualquier cosa, Mara siempre había soñado con un marido, un hombre que estuviese legal y moralmente obligado a acompañarla de por vida.

La relación había sido una versión filmada de lo que para cualquier otro habría sido una novela; una historia transformada en un guión rápido y resumido, en el que todo se producía de una manera espídica. Así, y a los siete días de conocerle por Internet, Mara se citó con él en una cafetería. Aunque ya se habían visto antes a través de la cámara, ella pensó que se imponía un detalle romántico para aquel primer encuentro, así que convino con Toni en que llevaría una rosa en la mano. Él, por su parte, debía llevar un libro.

Lo que Mara no sabía es que el chico no era precisamente un amante de la literatura. Después de afeitarse, ducharse y ponerse gayumbos nuevos, en el último momento se percató de que en su casa no tenía nada que se pareciera al objeto que debía ser su señal identificativa, y así, durante veinte minutos, se estuvo debatiendo entre llevar un cómic de Spiderman, una revista informática o el listín telefónico. Mara se quedó de piedra cuando lo vio aparecer con un ejemplar de las páginas amarillas.

La cita, no obstante, funcionó, y cuatro encuentros sexuales más tarde ya estaban buscando piso. Mara dejó el apartamento que compartía con otras dos amigas, quienes, además de advertirla sobre la inconveniencia de convivir con un extraño, se mostraron bastante contrariadas por tener que asumir su parte del alquiler. Le pidieron que esperase a que otra persona ocupase su puesto, pero ella se mostró inflexible sobre la fecha de su partida, argumentando que “cuando el amor llama, no hay que hacerle esperar”, de modo que hizo las maletas y se trasladó a su nueva casa, un pisito amueblado que ella y su amor habían alquilado en una zona modesta.

A pesar de no aprobar la premura con la que su amiga había tomado tan importante decisión, después de varias semanas de oír cantar alabanzas sobre Toni, Zenda estaba ansiosa por conocerle. Mara le había descrito como un ser sensible, detallista, cariñoso y encantador.

-Tiene unos ojos preciosos, Zenda, y una carita de niño, y un olor tan agradable… ¡Es tan guapo! Tienes que conocerle. Quiero que vengáis tan pronto como lo tengamos todo listo.

-Claro que sí -le había contestado Zenda- Lo estoy deseando.

Esto lo había dicho con los dedos cruzados. Deseaba realmente que la nueva historia de Mara funcionase, pero las experiencias previas no auguraban buenos resultados. De cualquier forma, se alegraba de que su amiga estuviese nuevamente ilusionada, después de la agónica ruptura que había sufrido con su último amante.

Una vez Toni y ella se hubieron instalado, Mara invitó a Noel y a Zenda a una cena de inauguración, en la que además les presentaría formalmente a su romeo.

Era la segunda semana de Diciembre. Las calles estaban iluminadas y el ambiente era ya festivo y agitado, lo que también implicaba más tráfico. Después de dar varias vueltas con el coche, Noel consiguió aparcar a un par de manzanas de la calle en cuestión. Mientras caminaban, Zenda le explicaba lo poco que sabía del nuevo novio.

-Tiene diez años menos que ella, o sea, veinticinco, se llama Toni y por lo que cuenta Mara es un hombre bastante guapo, y adornado con todas las virtudes posibles, por dentro y por fuera.

-Debe serlo, -dijo Noel- a tenor de la prisa que se ha dado en cazarlo.

-Bueno, lo de la prisa no indica nada. Ya sabes cómo es Mara. Cuando se trata de hombres es como una maruja en el primer día de rebajas; No es que esté buscando una cosa en concreto, sólo sabe que quiere llevarse algo pagando lo menos posible, y en cuanto tiene un candidato aceptable, se tira en plancha, arrasando con lo que sea menester.

-Pues esperemos que el novio no sea de saldo. Normalmente vienen con alguna tara.

Llegaron por fin al portal, y Noel pulsó el botón del portero automático. Por toda respuesta, la puerta se abrió de un timbrazo, para darles acceso a un zaguán sombrío que se iluminaba con la triste luz que ofrecía, con más pena que gloria, una bombilla desnuda que colgaba de un cable sucio.

En la puerta del ascensor, un cartel escrito a bolígrafo les invitaba a subir cuatro pisos a pie, bajo la escueta fórmula de “No Funciona”. A la vista de lo ajado del papel, debía hacer ya algún tiempo que los vecinos ejercitaban sus piernas con regularidad. Ambos se miraron con un gesto de resignación y comenzaron la escalada. Resoplando, llegaron al 4º D, y Noel tocó el timbre mientras que Zenda se derrumbaba sobre la pared. Al otro lado se detectó movimiento.

Un tipo rechoncho y bajito les abrió la puerta. Llevaba puesto un delantal, y se quedó mirándoles sin decir nada, como si estuviese esperando un discurso de los Testigos de Jehová. Zenda estuvo a punto de preguntar por los señores de la casa, pero conociendo el poder adquisitivo de su amiga estaba claro que aquél no era el mayordomo. Empezó a temerse lo peor.

-Pasad -dijo secamente.

Tras recuperar la respiración escrutó al individuo, que distaba mucho de parecerse al adonis que su amiga le había descrito. Para empezar, y a pesar del frío, el sujeto recibía a sus invitados con los pies descalzos. Y eso que en la casa no había moqueta. Al hacer un rápido recorrido visual, en la búsqueda del supuesto Brad Pitt que se escondía en alguna parte, Zenda no pudo evitar fijarse en aquel par de pezuñas. Eran probablemente los pies más grandes que había visto en su vida, peludos como los de un oso, y con unos largos dedos rematados por unas uñas que pedían a gritos una sesión de pedicura. Resultaban especialmente grotescos por lo desproporcionados en relación con el cuerpo del muchacho, que no debía superar el metro sesenta y cinco de estatura, pero que resultaba suficiente para albergar unos cien kilos de peso.

Las escasas dudas que aún conservaba sobre la identidad del individuo desaparecieron en cuanto Mara se incorporó a la escena, rodeando con sus brazos a la versión en pasta del amo de casa, y presentándolo inmediatamente como “su Toni”. Después del ritual de besos y abrazos pasaron al interior.

La entrada a la vivienda era estrecha y oscura. Mara explicó que faltaba la bombilla del recibidor, aunque en realidad también faltaba la lámpara. A instancias de los anfitriones, hicieron un pequeño recorrido por el piso.

Lo primero que vieron fue la cocina, un habitáculo minúsculo y cochambroso en el que apenas cabían dos personas. Los escasos muebles, que se adivinaban blancos, estaban desvencijados, y algunos incluso habían perdido los tiradores de las puertas. A Zenda se le antojó que aquella cocina parecía una de esas escenas de película en las que se evocaba un recuerdo lejano, porque todo el conjunto se hallaba envuelto en una espesa niebla. El motivo se hallaba en el fuego; Sobre un destartalado fogón, una olla de acero despedía una abundante nube de vapor, que provocaba el baile de una tapadera de aluminio.

-Es la cena -dijo Mara- Toni va a hacer hoy su salsa especial. Ya veréis.

La vivienda en general presentaba ese aspecto mixto y descuidado propio de los pisos de alquiler cuyos propietarios carecen del más mínimo sentido de la decencia, el decoro o el ridículo. Para empezar, las habitaciones eran inusitadamente pequeñas. En ellas apenas encontraban hueco los mínimos muebles necesarios para hacerla habitable, y acceder a algunos de ellos, por ejemplo a la cama, requería de cierta habilidad física. Además, la decoración era una mezcla imposible de arte minimalista y kitsch. Así, unos delirantes estampados, que parecían la obra de un hippie extemporáneo, se desplegaban sobre un viejo papel pintado que vestía las paredes del dormitorio principal, mientras que una mano de pintura blanca demasiado aguada convertía la habitación contigua, que por todo mobiliario tenía una vieja mesa plegable y una silla, en una especie de dispensario de posguerra.

Pero lo que realmente indignó a Zenda fue el habitáculo que ejercía de cuarto de baño, un cuchitril en el que los aparatos sanitarios se disputaban tres metros cuadrados de espacio, retando al usuario a buscar un modo de utilizarlos sin menoscabo de su integridad física. Se adivinaba que la colocación de lavabo, bidé, retrete y placa de ducha había constituido un reto para el arrendador, quien sin duda era todo un experto jugando al Tetris.

Después de una corta visita que había llevado a Zenda de vuelta a los años setenta, los cuatro pasaron al salón, la única estancia medianamente amplia de la casa, en la que un enorme sofá de flores marrones y amarillas los recibía a gritos. El mobiliario era tremendamente cutre, pero al menos se observaba que Mara había tratado de poner su toque personal. Zenda reconoció algunos objetos que llevaban con ella bastante tiempo: Quemadores de esencias, minerales, palmatorias y figuras que habían decorado su dormitorio cuando aún vivía con sus padres.

-Todavía necesita algunos arreglos -explicó Mara- pero tenemos lo principal.

Miró a Toni y añadió: “Mucho amor”.

Con una sonrisa piadosa, Zenda deseó mentalmente que el amor fuese de veras suficiente para Mara, porque, más que arreglos, la vivienda precisaba de la visita urgente de un bulldozer.

-La cena estará lista enseguida -dijo Toni. -Voy a terminar la salsa.

Mientras el joven estaba en la cocina, Mara inquirió:

-¿Y bien?

Zenda se quedó en silencio. Sabía muy bien lo que su amiga le estaba preguntando, pero necesitaba tiempo para confeccionar una frase amable. Aquel lugar era horrible, desde el portal hasta el dormitorio, y aún no había tenido tiempo de descubrir los encantos ocultos de Toni, que ansiaba encontrar con rapidez, para poder decir algo sobre él que hiciera irrelevante su tosco aspecto.

-Es encantador -dijo finalmente, sin atreverse a especificar si se refería al piso o al novio. No sabía cuál de las dos cosas hubiera sido una mentira más gorda.

Adivinando su debatir interno, Noel se apresuró a cambiar de tema, inquiriendo acerca de algunas cuestiones domésticas, en las que pudieron sumergirse hasta que Toni anunció que ya podían sentarse a la mesa.

Para pasmo de Zenda, que siempre cuidaba las formas hasta el extremo, el chico se presentó en el salón con la olla de acero, que soltó con cierta contundencia sobre la mesa. Entonces sacó un cazo, con el que sirvió a los comensales lo que parecían ser Spaghetti con salsa de tomate.

Mara sirvió el vino y brindaron.

Empezaron a comer, y entonces Zenda tuvo una horrible revelación; la salsa especial de Toni no era sino ketchup en cantidades ingentes. Ella odiaba el ketchup, y la pasta se encontraba sumergida en un profundo pantano rojo.

-Es una innovación de Toni -explicó Mara- fríe cebolla y encima le vierte dos botes grandes de ketchup. ¿A qué es original?

Zenda sonrió con indulgencia, asintiendo mientras trataba de tragarse la pasta. Noel parecía divertido. Sabía que su chica detestaba esa salsa dulzona, como también sabía que no iba a hacerles un feo a sus anfitriones expresando su disgusto. Ambos se miraron y él tomó su copa en un gesto de brindis. Zenda lo fulminó con la mirada.

Estaba enrollando despacio los spaghetti, procurando que en su rostro nada denotase la aversión que sentía por aquel hermano bastardo del tomate, cuando se percató de que en la mesa se producía un espectáculo que desde luego habría eclipsado cualquiera de sus gestos.

Sentado junto a Mara, Toni engullía la pasta con fruición, envolviendo el tenedor en cantidades excesivas que a duras penas conseguía introducirse en la boca. Mientras masticaba, y para no perder el tiempo, untaba trozos de pan con paté de hígado que Mara había servido en una bandejita, y los colocaba en su plato, para tragarlos de un solo bocado apenas la pasta le dejaba un huequito en sus fauces. A ratos, sorbía el vino, y aprovechaba la mano libre para colocar más pan sobre los spaghetti, como queriendo asegurarse el abastecimiento cual acaparador en época de estraperlo.

Pero por lo visto aquella deglución masiva no era suficiente. En un momento dado, el chico se levantó y fue a la cocina, de la que volvió portando una pieza de embutido. Al parecer era una barra de fuet. La cortó por la mitad, dejando un trozo sobre la mesa, y comenzó a darle mordiscos al otro con piel incluida. La sostenía con la mano izquierda, y con la derecha seguía enrollando la pasta. Todo esto iba acompasado de un desagradable sonido, una especie de gruñidos que emitía por la nariz; Toni estaba sorbiendo mocos, o tal vez algo peor. Fuera lo que fuera, pretendía salir por sus fosas nasales, pero él no se lo permitía.

Zenda estaba perpleja y asqueada, y no sabía qué hacer para evitar una visión que le estaba produciendo amagos de arcadas. Aquella cena se le estaba haciendo interminable. Afortunadamente, la ingesta masiva y frenética de Toni puso fin a las viandas enseguida, y Zenda consiguió sobrevivir al trance.

Pasaron al sofá, mientras que Mara ponía una bandeja con turrones y mazapanes sobre una mesita. Sus anfitriones se sentaron frente a ellos.

Toni estaba descorchando una botella de cava cuando Zenda reparó en aquella cosa.

Frente a ella, y sobre un mueble similar al de una vieja máquina de coser, se erguía lo que parecía ser un árbol de navidad. A Zenda le encantaba la navidad, y todos los años colocaba en su casa un belén y un enorme árbol, que decoraba con centenares de luces y finos adornos de cristal, algunos de los cuales se remontaban a su más tierna infancia. La mayoría de sus visitas se quedaban admiradas de su obra, en la que empleaba más de cuatro horas. Para ella era una tradición importante.

Sin embargo, Mara y Toni no parecían compartir su entusiasmo, o al menos carecían de su sentido del detalle. El escuchimizado proyecto de árbol navideño que se mostraba ante ella plantaba sus escasos encantos en lo que parecía ser una demostración de denuncia social o algo parecido. El abeto no debía medir más de ochenta centímetros, y en sus pelonas ramas artificiales, que acusaban haber conocido tiempos mejores, una escasa media docena de adornos se repartían el espacio ampliamente. Pero lo que realmente llamó la atención de Zenda fue la colocación de la solitaria tira de luces que lo iluminaba. Al parecer, tratando de aprovechar el único enchufe disponible, el cable había sido orientado desde abajo hacia arriba, con lo que la parte que ya no disponía de bombillas salía por la copa del árbol tras haberlo estrangulado en una simple espiral de corto recorrido. Aún así, la distancia entre la toma de corriente y el mueble resultaba demasiado extensa para la longitud de la tira de luces, las cuales, además de producir un extraño chirrido al encenderse y apagarse, obligaban al árbol a inclinarse por la parte superior. Sometido a la tiranía del cable, el pobre abeto se asemejaba a una especie de ramo de flores mustio, que con cada nuevo crepitar lumínico parecía suplicar que pusieran fin a su agonía.

Salió de su abstracción para tomar un poco de cava. Al inclinarse para coger su copa, Toni, que se hallaba sentado en el otro sofá, cruzó las piernas, lo que permitió a Zenda tener un encuentro tan inesperado como desagradable.

Frente a ella, y a medio metro escaso de su nariz, una enorme planta desnuda del  número 45 ofrecía a los dos invitados todo un muestrario representativo de cualquier cosa que se hallase depositada en el suelo de la casa, en forma de un pastiche hecho a base de pelos, pelusas y manchas de origen tan desconocido como inquietante. Mientras hablaba, copa en mano, el ennegrecido pie del tipo se balanceaba arriba y abajo, provocando que un pequeño trozo de lo que parecía ser un spaghetti aplastado se cimbrease peligrosamente, en un intento de suicidio hacia la bandeja en la que se encontraban los dulces.

Antes de que tal cosa pudiese ocurrir, Zenda se levantó bruscamente, excusándose para ir al baño. Tuvo el tiempo justo para cerrar la puerta tras de sí y echar la pota.

Al menos no tendría que digerir el ketchup.

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