El bestiario de Zenda. VI

El Bestiario de Zenda Comentar

-No te enfades, pero yo creo que no deberías meterte en sus asuntos, no sé, me parece…

Siempre que Meli tenía que decir algo que pudiera contrariar a su interlocutor, comenzaba la frase con un “no te enfades”, y la concluía con algún titubeo que se diluía lentamente en el silencio, como una canción melódica.

Estaba sirviendo el café en un juego de porcelana de dudoso gusto, regalo de bodas de su tía abuela Encarna, mientras que las tres departían sobre el último disparate de Mara. Zenda tomó su taza, observando con disgusto el decorado de mariposas en color verde y amarillo que la rodeaba.  Detestaba las mariposas. Detestaba el verde. Detestaba el amarillo. Y decidió que la tía Encarna no le gustaba tampoco.

-No me estoy metiendo en nada. -Contestó Zenda- Sólo expongo mi postura. Ese tío es una buena pieza.

– ¿No te gusta porque es sudamericano?

-¡Claro que no!- Zenda reaccionó un tanto ofendida. -A mí me daría igual que el tipo fuese nórdico, ruso o australiano. La cuestión es que es un aprovechado.

-Pero… ¿es algo que sabes fehacientemente? Quiero decir, ¿tienes alguna prueba de que no esté siendo sincero?

Zenda y Perla se miraron. Habían convenido en no decir nada del experimento que estaba llevando a cabo. Meli era una chica extremadamente prudente, recatada como la lencería de una monja, y capaz de escandalizarse sólo con oír una palabrota. Aquel asunto era demasiado escabroso, y ella demasiado ingenua para oírlo.

-Meli, nena -le dijo Perla- sabemos que lo que siente ese tío no es amor verdadero por una mera cuestión de estadísticas.

-¿Estadísticas?

-Claro. A ver: ¿Qué posibilidades hay de que un gilipollas capaz de casarse con alguien a quien no ha visto nunca se encuentre con otro gilipollas similar? ¡Poquísimas! Si consideramos que Mara sí es una genuina gilipollas, es prácticamente imposible que haya dado tan fácilmente con su media naranja. Está claro que a él le mueven otros intereses.

-Es cierto -apuntó Zenda, tratando de ocultar así el verdadero origen de su convicción- Además, está comprobado que el setenta por ciento de la gente que busca relaciones en Internet miente.

-Imposible -dijo Perla.

-¿No crees que tanta gente pueda mentir?

-No creo que el otro treinta por ciento diga la verdad. Son demasiados.

-Bueno -dijo Meli- yo una vez me conecté en un Chat y no dije ninguna mentira…

Zenda y Perla cruzaron miradas. Meli era tan inocente que resultaba irreal. La observaron servir el café con modales de duquesita. Ella prosiguió:

-Es una pena que existan personas así. Por su culpa luego juzgan mal a todos sus compatriotas. No es justo.

-Bueno, no creo que nadie vaya a juzgar a todo un país de veinte o treinta millones de habitantes por un solo individuo -dijo Perla- Si esto fuera así, sólo con la cantidad de españoles imbéciles que conozco estaríamos todos condenados. El de Palacagüina es un oportunista, pero en su país no tienen la culpa de eso.

Meli fue a decir algo, dudó, dio un sorbo a su café, y finalmente se atrevió a hacer una puntualización:

-Está en Nicaragua.

Las dos se miraron, sin comprender.

-¿Quién o qué está en Nicaragua?

-Palacagüina -dijo Meli tímidamente- Como no paráis de llamar así al peruano…

Zenda sonrió. Se dio cuenta de que a su amiga le había costado trabajo decir aquello.

-Meli, cielo, -se aprestó a responderle Perla- es sólo un chiste malo, por el cantante aquél del poncho.

-Ah, vale, perdona…

-Estás muy puesta en geografía -le dijo Zenda con una sonrisa.

-Bueno, ya sabes que me gusta mucho todo lo que tiene que ver con los países latinoamericanos.

Era cierto. Meli era un espíritu cálido. Desde muy pequeña le chiflaba todo lo relativo a Ibero América, sus gentes, su folklore, y muy especialmente los bailes latinos, en los que era toda una experta. En una conversación, en su lenguaje, en su modo de proceder se revelaba juiciosa, tranquila, exquisita y apocada, pero cuando sonaba una salsa o un merengue, la timidez daba paso a una explosión en la que florecían toda su sensualidad y su pasión. Perla decía de ella que era “un alma caliente encerrada en la esposa de un profesor de matemáticas”.

Después del café, Meli estuvo enseñándoles las fotos de la boda, en un enorme álbum que pesaba una tonelada. Luego les mostró algunos de los regalos recibidos, concediéndoles un apartado especial a los que guardaba en su particular “cámara de los horrores”.

-Éstos son los peores -advirtió- Ni siquiera Olegario me ha obligado a ponerlos, menos mal- Luego se percató de que podía estar pecando de maleducada o desagradecida. Trató de explicarse:

-Es que alguna gente tiene muy buena voluntad, pero poquito dinero, o no saben cuál es el estilo que me gusta.

-¿Estilo? -dijo Perla, mientras sostenía un espeluznante cisne de porcelana en color turquesa con adornos dorados. No creo que esa palabra esté en el vocabulario de la persona que te regaló esto. Mira Meli, no tienes que excusarte. La mayoría de la gente que acude a una boda lo hace sólo para comer y beber gratis, o por lucir modelito. Y ni siquiera se molestan en traer un regalo decente, son unos rácanos. Esta cosa tan fea viene del todo a cien, fijo. En lugar de tenerlos en un rincón ocupándote sitio deberías hacer terapia con ellos.

-¿Terapia?

-Sí, cuando estés cabreada con Olegario, por ejemplo, rompes alguno.

-No puedo hacer eso, tengo que tenerlos a la mano por si viene de visita la persona que me lo regaló.

-¿Y te acuerdas de quién te regaló cada cosa?

-No, pero les he puesto una pegatina identificativa en la base.

Perla comprobó este extremo. Bajo el horrible cisne, Meli había escrito “Prima Matilde”.

-Joder con la prima Matilde.

-Pues esto es peor -dijo Zenda. Sostenía en alto lo que parecía ser la figura de una pastora made in Taiwán. En la falda conservaba una pegatina que indicaba estar pintada a mano.

-¿Pintada a mano? Pues el chino que lo hizo padecía de párkinson- Zenda mostró la pieza a Perla. Ésta se rió.

-Sí, se le ha corrido el rimel. Se habrá llevado algún disgusto la pobre.

Meli no se había dado cuenta de que la pastora tenía los ojos blancos, y que la pintura que debía emular las pestañas y las pupilas se encontraba a la altura de los pómulos. Se echó a reír.

-Anda dame, voy a guardar ese horror -dijo por fin.

Se disponía a meter la pastora en su caja cuando en la entrada de la casa se oyó un ruido. Parecía el tintineo de unas llaves. Zenda se sintió incómoda.

-¿No decías que Olegario estaría fuera todo el fin de semana?

-Y lo está -dijo Meli con un gesto tenso- No es Olegario.

-Huy, los suegrísimos -dijo Perla. Meli la miró. Ella y Zenda se encontraban sentadas en el mismo sofá, de espaldas al recibidor, mientras que Perla se había acomodado en un sillón frente a ellas, encarando la puerta. Las dos primeras giraron la cabeza con expectación, a la espera de ver aparecer a los imprevistos visitantes. Durante unos segundos se oyeron unos pasos, unas palabras en susurro, y finalmente los padres de Olegario entraron en escena.

Parecían sorprendidos, aunque su expresión más bien denotaba estupefacción. Zenda se ofendió por aquello. ¿Por qué demonios tenían ellos que escandalizarse de que Meli tuviera visitas? ¿No era acaso la señora de la casa?

En medio de estas elucubraciones, y antes de que nadie pudiese articular palabra, las dos mujeres se volvieron sobresaltadas al oír el grito de Perla. Ésta se encontraba de pie, dando ridículos saltitos, chillando y… completamente desnuda de cintura para arriba. Fingía buscar su blusa, que estaba oportunamente escondida tras el sillón. Mientras hacía aspavientos con los brazos, sus enormes pechos daban botes arriba y abajo.

Meli se puso roja hasta las orejas, sin comprender lo que estaba pasando, mientras que Zenda se tapaba la cara con ambas manos tratando de aguantar la risa, y adivinando las intenciones de Perla.

De repente sonó un portazo. Los padres de Olegario se habían ido.

Perla rompió entonces a reír, derrumbándose en el sillón, mientras que la pobre Meli, a quien avergonzaba tanto la desnudez ajena como la propia, no sabía hacia dónde mirar. Finalmente, entre risas, Zenda le dijo:

-Perla, por Dios, vístete. -La otra seguía deshaciéndose en carcajadas.

Los padres de Olegario no regresaron aquel día.

Ni al siguiente, ni al otro.

Y aunque no devolvieron las llaves, tampoco volvieron a usarlas nunca.

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