El bestiario de Zenda. V

El Bestiario de Zenda Comentar

La casa de Meli estaba en las afueras, en un pueblo a 130 Km. de la capital, donde a su marido le habían dado plaza como profesor tras las oposiciones. Mientras Perla conducía, Zenda la ponía al corriente de las últimas novedades.

Al parecer, la vida de casada no era ni mucho menos como Meli la había imaginado. Olegario se pasaba la mitad del día trabajando, y la otra mitad encerrado en el estudio, navegando por Internet.

-Lo sabía. -Dijo Perla- Tiene cara de pervertido. Los calladitos son los peores. Apuesto a que se mete en sitios porno.

-Peor aún. Eso al menos sería más normal. Lo que hace es trastear por páginas de venta de libros, y se lo pasa pipa el tío. Según Meli, disfruta como un enano.

-No creo que el concepto del disfrute le sea familiar a ese hombre. Ni le he visto reírse. El día que lo haga le saldrán agujetas en la cara.

-Pues sí que se ríe. -Le refutó Zenda- Bueno, yo sólo le he visto hacerlo una vez, pero a carcajadas.

Sin apartar la vista de la carretera, Perla inquirió:

-¿A carcajadas? ¿Olegario?

-Te lo juro.

-No es posible. La risa, según el diccionario, es el acto humano que consiste en la manifestación de la alegría con movimientos del rostro, y que yo sepa, Olegario ni es humano, ni puede manifestar alegría. De hecho, yo a lo que tiene ni le llamaría rostro. Vamos, que fuere lo que fuere, lo que viste no pudo ser risa. A lo mejor fue un ataque epiléptico.

Sin embargo era cierto.

El suceso había tenido lugar una tarde de invierno, mucho antes de los planes de boda, cuando Meli aún vivía con sus padres. Era domingo, y Meli le había pedido a Zenda que fuese a su casa a ayudarla con la decoración de su cuarto. Cuando Zenda entró en la salita, Olegario estaba allí, muy entretenido con la lectura de un libro. Ignoró a Zenda y ella le devolvió el trato, pasando a instancias de Meli hasta el dormitorio.

Las dos chicas se sentaron sobre la cama, mirando revistas de decoración. Mientras charlaban animadamente sobre cortinas y edredones, un sonido extraño llamó la atención de Zenda. Procedía de la salita, y se producía a intervalos irregulares.

Cuando trataba de analizarlo, el ruido se detenía, y volvía a la carga en el momento en que menos lo esperaba. Era algo así como un hipo, una respiración entrecortada, rematada por un ridículo tono agudo, como el chillido de una cobaya.

Al cabo de un rato, ambas se presentaron en el lugar en cuestión, buscando un número atrasado de Nuevo Estilo. En realidad se trataba de una excusa que Zenda había urdido para esclarecer el origen de aquel ruido insólito.

Semi tumbado en el sofá, Olegario seguía inmerso en la lectura del libro, un tomo grueso cuyo título no podía apreciarse, al estar forrado con un papel oscuro.

Se percató entonces Zenda de que los extraños gemidos procedían del propio Olegario, quien hacía algo parecido a reírse, sin despegar la mirada de las páginas. Al principio, trató de disimular su curiosidad e ir a lo suyo, pero, en un momento dado, Olegario explotó en carcajadas.

Ambas se volvieron, para comprobar atónitas cómo el susodicho lloraba de la risa. Zenda se quedó tan perpleja que a punto estuvo de pedirle a Meli una cámara para inmortalizar el momento, pero en lugar de eso se quedó inmóvil, tratando de retener cada detalle en su mente.

Olegario se había tumbado de espaldas en el sofá, sujetando el libro abierto con una mano, mientras que con la otra se tapaba la cara. Éste fue un gesto que Zenda agradeció mentalmente, pues la visión de aquella horrible cara constreñida por la risa le estaba produciendo escalofríos. Sin embargo, y con el mismo morbo con el que se observa un accidente de tráfico, le resultaba imposible apartar la vista de la escena.

A Zenda le era difícil imaginar qué podía provocar una reacción tan extrema en un individuo al que, con toda seguridad, si pinchaban no le sacaban sangre.

Pero ella y su curiosidad estaban de suerte. Mientras hojeaban las revistas, Olegario se levantó para ir al baño, y Zenda aprovechó la ocasión para rogarle a Meli que le trajese un vaso de agua.

Con un gesto rápido, cogió el libro del sofá, intrigada por el contenido y naturaleza de aquello que había conseguido arrancarle carcajadas a un muerto viviente.

Se quedó atónita; La página marcada por Olegario no contenía ni una sola palabra.

-¿Eran fotos, cómics… porno en fin?

-Nada de eso- replicó Zenda.

-¿Entonces?

Le explicó que había tomado el grueso de las páginas, y las había hecho correr rápidamente con el dedo pulgar, provocando un baile en abanico que, por todo el libro, no dejaba ver más que fórmulas matemáticas.

-Me estás vacilando- le dijo Perla.

-En absoluto. Te juro que la momia se estaba descojonando con ecuaciones y logaritmos. Debe ser lo único que le pone.

-Ese tío folla en binario, fijo.

Zenda rió- ¿Y cómo es eso?

-Pueess… Supongo que, en lugar de susurrar frases lascivas, va recitando en voz alta, para no perderse: “palito, cerito, palito, cerito, palito, cerito…”

Zenda rompió a reír. Luego reflexionó en voz alta.

-La verdad es que no me imagino a Olegario participando en ninguna actividad que precise de intimidad con otro ser humano. No es capaz de interactuar a ningún nivel. Es como un hongo. Simplemente está ahí, sin moverse ni hacer ruido, y no sabes cómo ni cuando ha aparecido.

-Eso podría explicar lo de su improbable vida sexual. -dijo Perla- A lo mejor se reproduce por esporas. Seguro que sus padres se lo encontraron un día en un rincón de su cuarto, como una seta en el bosque.

-Uf, sus padres. Ésa es otra… Pobre Meli, la que le ha caído encima.

-¿Y eso?

-Pues resulta que viven a dos manzanas de su casa. Olegario pidió ese destino como primera opción para estar cerca de su mamá, y se pasan el día en su piso, aún cuando él no está. Es como si quisieran vigilarla.

-Pues vaya cuadro flamenco. La familia champiñón al completo. Me acuerdo de la suegra, y de su inenarrable papel en la boda. Menuda pieza. Y el marido parecía un Olegario arrugado. Desde luego, si yo estuviera en el lugar de Meli, ni les abriría la puerta.

-Ese es el problema, -explicó Zenda- que Meli no es la que abre la puerta. Tienen un juego de llaves del piso, y se cuelan todos los días en su casa sin avisar, a cualquier hora. Meli me ha dicho que tiene que estar todo el día correctamente vestida y con el piso arreglado a tope, porque llegan a horas intempestivas a pasar revista. Le ha rogado a Olegario que les pida las llaves, pero él se niega, porque dice que podrían malinterpretar el gesto.

-¿Malinterpretar? ¿Qué hay que malinterpretar? Ella está en su derecho a preservar su intimidad. Lo que no entiendo es por qué tiene que estar arregladita para ellos. Si yo fuera ella, me pasearía en bragas por la casa, para que captaran la indirecta.

-Te creo muy capaz, -se sonrió- pero ya sabes lo tímida que es Meli. No creo que ni su marido la haya visto completamente desnuda.

-¿Follan con túnica, como en la Edad Media?

-No, le echa las esporas por la cabeza -apuntó con sorna- Vamos, que si ves un robellón en la cocina no te lo comas, no vaya a ser un hijo de Olegario.

Las dos rieron.

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