El bestiario de Zenda. IV

El Bestiario de Zenda Comentar

La primera incursión en los planes de Jonathan José Pisfil Agapito la había concluido Zenda con un par de frases amables, arguyendo que tenía la cena en el fuego. En realidad lo que se le empezaba a quemar era la sesera.

Había optado por cortar la conversación después de 45 minutos de babeo virtual, en el transcurso de los cuales ella se había revelado tímida y sencilla como una margarita silvestre.

Esto le había costado un poco. Zenda era una persona fuerte y atrevida, amable, pero decidida, y mostrarse apocada le resultaba un ejercicio difícil. Además, se había visto obligada a elogiar la verborrea empalagosa y fraudulenta del aspirante a marido europeo, todo un reto para una amante de las letras, que había tenido que soportar ataques ignominiosos a su lengua materna sin verter sangre por sus malheridos ojos.

También hubo de contenerse para no preguntarle en qué clase de tómbola le habían regalado el supuesto título de periodista que ostentaba. Tiempo atrás, Zenda había elaborado un listado de las tropelías más atroces que leyera en Internet. La más frecuente era la de “haber si nos vemos”, que derrochaba con profusión el de Palacagüina, pero no era la única, ni mucho menos.

En una oración de diez palabras podía tener al menos ocho faltas de ortografía y cuatro de gramática. Obviaba las mayúsculas y las tildes, aunque de éstas últimas más bien pudiera decirse que saltaban como piojos sobre las palabras vecinas, ausentándose de las propias, y finalizaba cada sentencia con una interminable hilera de puntos suspensivos, que según explicaba el propio autor, trataban de expresar su infinita melancolía por la vida.

Pero fue con la frase “asta ke nos convezcamos de nuestra maldad esta tierra sera solo un pedazito de miséria en el ojo de mira de dios” con la que definitivamente se cubriría de gloria. No sabía Zenda qué le había llegado más al alma, si la nueva forma verbal de convencer, la zeta del pedacito, o el ojo de mira. ¿Qué demonios era eso?

-Tal vez quería dejarte claro que no se trataba del ojo del culo, sino del ojo “de mirá”.

El comentario de Perla llegó hasta la cajera del supermercado, que la escrutó brevemente con ojos de huevo, para volver a su concierto de “bips” electrónicos.

-No seas ordinaria hija- la espetó Zenda. Luego rió un chiste privado y agregó: -Dios no tiene orificio anal.

-¿Eso también te lo dijeron las monjas?

-No, las monjas no hablan de temas escatológicos.

Colocaron las bolsas en el maletero del coche de Perla y se pusieron en marcha.

Se dirigían a casa de Amelia, una amiga de Zenda desde sus tiempos escolares, cuando las dos aún llevaban coletas. La madre de Meli -así la llamaban todos- era costurera, y había realizado algunos trabajos para Perla, aunque ésta no era tan íntima de ambas como Zenda.

Meli las había invitado a tomar café, aprovechando que esa tarde estaba sola. Zenda tenía muchas ganas de verla, pues no lo había hecho con demasiada frecuencia desde que su amiga se casara, aunque sí habían hablado mucho por teléfono.

Sentía lástima por su amiga Meli, una chica ya de por sí tímida y sumisa cuyo espíritu había menguado considerablemente desde su boda. Zenda siempre pensó que no debía casarse.

No era aversión al matrimonio en sí; Meli y su novio llevaban ya quince años de relaciones, y lo normal era que acabaran por vivir juntos. Lo que a Zenda le disgustaba era el hombre que su amiga había elegido como compañero.

El sujeto se llamaba Olegario, y en opinión de Zenda ofrecía todo un ramillete de cada cosa que ella consideraba inaguantable.

Era un tipo chaparro, con cierto sobrepeso, de metro sesenta y ocho de estatura, cara cuadrada y ojos hundidos y alargados como dos puñaladas en un cartón. Se peinaba su fino pelo castaño con la raya al lado, y tenía una boca pequeña que auguraba verdades a medias y miserias inconfesables. Cuando Zenda hablaba con Meli, él la miraba con una especie de mueca que pretendía ser sonrisa sin conseguirlo. La ponía de los nervios.

Olegario era profesor de matemáticas en un colegio de secundaria, y probablemente el tío más aburrido, monótono e inexpresivo que Zenda se había cruzado.

Meli le llamaba “Ole”, nombre que, a juicio de Zenda, resultaba totalmente inapropiado. No era lógico jalear con tan castiza interjección a un individuo cuya sola visión causaba grima. Además, cuando Meli le presentaba a alguien, la frase sonaba:

-Ole, mi novio.

Y, a la vista del conjunto, la oración era improcedente toda ella.

No se trataba solamente de que su físico no le acompañara. Su ánimo, su espíritu -o la falta de ambos- se conjugaban con su estampa. En una conversación apenas conseguían sacársele monosílabos, ningún tema parecía interesarle, y resultaba realmente difícil planear cualquier actividad si él estaba de por medio. No bailaba, no bebía, no salía de noche, no le gustaban el cine ni la música, nunca iba a la playa, no practicaba ningún deporte, no viajaba, no conversaba… ¡No vivía!

Perla se refería a él como “la momia”, y la verdad es que el apelativo le iba como anillo al dedo.

A veces Zenda lo había hablado con Noel: ¿Cómo era posible que una chica sensible, amante de la danza y la música, licenciada en bellas artes y, en definitiva, tan llena de vida, saliese con un hombre emocionalmente muerto?

La respuesta probablemente estaba en la temprana edad a la que habían comenzado su relación; A los catorce años cualquier cosa es amor. Tal vez a ella se le habría pasado pronto si no hubiesen tenido que esconder su romance a los ojos de su padre, un hombre anticuado y tirano que controlaba con severidad militar a toda la familia, y que no llegaría a tener conocimiento del asunto -diplomacia materna de por medio- hasta pasados cinco años.

Por esta razón, los encuentros furtivos de los jóvenes amantes no se habían prodigado demasiado; Si acaso, durante el primer lustro de su relación se habrían visto brevemente una vez por semana. Esta circunstancia, unida al hecho de que él cursaría su carrera universitaria a 700 Km. de distancia, y de que con posterioridad se pasaría otros cuatro años trabajando fuera, había dado lugar a un pseudo noviazgo, cuya duración real -matemáticamente hablando- no sería superior a los dos años.

En cualquier caso, la inercia, la rutina o la edad de la pareja ya iban pidiendo a gritos un desenlace, y como quiera que el amancebamiento estaba fuera de toda consideración, tanto por parte de los padres de él como por los de ella, el desposorio se hacía inevitable. Y se casaron, claro.

La boda de Meli se le antojó a Zenda un espectáculo de lo más lamentable. Para empezar, la novia acudía al evento con las mismas expectativas que un pavo el día 23 de diciembre.  No eran nervios lo que se reflejaba en su cara: Era pavor. Frente al espejo, y enfundada en su aparatoso vestido, se había sentido como un alud de nieve;  una gran masa blanca que se precipitaba hacia el suelo para estrellarse con violencia y estrépito.

Zenda había asistido acompañada por Noel, y Perla, según sus propias palabras, “en calidad de candelabro”. La ceremonia fue breve e inaudible, no tanto por la acústica del templo como por los votos en susurro de una Meli acongojada y un Olegario monocorde. A la salida, los asistentes bombardearon a los novios con arroz vaporizado y macarrones. Meli, petrificada como estaba, no fue capaz de sacudirse aquella lluvia de hidratos, y nadie la advirtió de que una de las piezas cilíndricas se había asentado en la parte más frontal de su complicado peinado, por lo que, a lo largo de todo el reportaje, el macarrón aparecería chupando cámara.

Pero no sería ésta la escena más patética del evento.

Ya en el local del banquete, la novia comenzó a manifestar una especie de tic nervioso, propiciado en gran medida por la actitud de la madre de Olegario, una mujer irritante y ordinaria que se empeñaba en obsequiar a los presentes con una información que nadie le había pedido. Describió las dificultades que había tenido Meli para ceñirse el corpiño, porque la muy irresponsable había engordado un kilo dos semanas antes, se explayó en los pormenores del ritual cosmético de la novia, haciendo especial hincapié en las escenas de depilado inguinal del día previo, e insistió en aclarar a los comensales que el jamón era genuino de Jabugo, y que les había costado un ojo de la cara.

En un momento determinado, Meli se levantó de la mesa presidencial, pudiendo apenas balbucear una excusa para ir al baño, y con toda la masa vaporosa que la rodeaba, se abrió paso de manera casi frenética hasta la mesa en la que se encontraba Zenda.

La tomó de la muñeca y poco menos que la obligó a acompañarla al servicio. Estaba roja y tenía los ojos brillantes. Zenda miró a Noel mientras se levantaba, haciendo un gesto interrogante,  y Meli tiró de ella bruscamente, conduciéndola casi en volandas, mientras que Zenda trataba de seguirla en una especie de baile atolondrado, haciendo esfuerzos por no pisarle el blanco vestido.

En el baño no había nadie. En el salón estaban sirviendo el auténtico jamón de Jabugo costeado por los suegros, y los invitados al ágape estaban demasiado ocupados dando cuenta de él como para pensar en orinar o acicalarse.

Meli abrió la puerta de uno de los retretes, arrastrando con ella a Zenda, quien se preguntaba cómo demonios iban a meterse allí los tres, las mujeres y el vestido.

La novia peleó unos segundos con la inmensa falda, sofocada por la carrera, y al final farfulló una especie de súplica:

-Ayúdame por favor.

Estaba como ahogada. Zenda se agachó lo que pudo en el reducido espacio, y cogió la parte trasera del vestido, pasándolo por encima de la cabeza de Meli. Luego hizo lo propio con el cancán, y las dos acabaron cubiertas con la parte exterior de la falda, las cabezas pegadas frente con frente. Meli se agachó para hacer pis, y entonces comenzó a llorar.

Bajo una inmaculada tienda de campaña realizada en gasa y seda, Zenda se hallaba atrapada con una novia desolada que festejaba sus esponsales llorando amargamente, mientras que al otro lado del vaporoso iglú el discurrir del chorrito en el retrete ponía la banda sonora a una escena que por momentos se volvía surrealista.

-Ay Zenda -gemía- Yo no quiero casarme.

Zenda se contuvo para no explicar a la atribulada novia que ya era un poco tarde para eso. No quería ni imaginarse cómo sería un ataque de histeria encerrada en una falda. Sabía que aquella boda era un error, -cualquiera que se casara con Olegario cometía un disparate- pero siempre había creído que Meli no era consciente de ello. Mirándola, comprendió más que nunca que su pobre amiga se había visto arrastrada por las circunstancias. Probablemente, si Meli le hubiese dicho aquello unos meses antes, ella la habría animado a cancelar la boda, pero a esas alturas ya no era plan. Tenía que tranquilizarla como fuera.

-Es normal que estés nerviosa… -comenzó a decir. Meli la interrumpió:

-¡Yo no quiero quedarme a solas con Olegario! ¡Quiero irme a casa!

Mientras que ella resoplaba para darse aire en la cara, Meli se precipitaba por momentos en un balbuceo ininteligible, entre sollozos. La gasa se movía cada vez que resollaba.

Zenda comenzó a temer que iba a quedarse allí toda su vida. Empezaba a sudar bajo aquella especie de mosquitera carísima, y le dolía la espalda de estar en cuclillas. Además, no soportaba los sitios cerrados, y no recordaba haber estado en uno tan pequeño desde que a los cinco años de edad su hermana la encerrara en un baúl. Por si fuera poco, todos los presentes habían visto la estampida con agravante de secuestro protagonizada por la novia, y probablemente estarían especulando sobre el paradero de las dos mujeres.

-Oye Meli – su tono trataba de ser tranquilizador- éste es el día de tu boda. Es una fiesta, y tú eres la protagonista…

-¡No es verdad! – Lloró- ¡Mi suegra es la protagonista! ¡Le ha contado a todo el mundo que me ha venido la regla! ¡Por el amor de Dios, se lo ha contado al camarero!

Con la respiración entrecortada, farfulló algo sobre el ridículo y sobre el peor día de su vida. Zenda se deshacía en palabras dulces, pero viendo que la ternura no la iba a llevar a ninguna parte, optó por cambiar de tercio:

-Bueno, es posible que tu suegra acabe siendo la protagonista si te empeñas en dejarla que campe a sus anchas por el salón, mientras que tú estás aquí conmigo, bajo toda esta tela, y con el culo al aire.

Meli hizo un conato de sonrisa entre su mar de lágrimas, y le pidió el papel higiénico a Zenda, quien realizó una incursión en el mundo exterior con la mano derecha, hasta dar a tientas con el rollo.

-Ya está -le dijo- Sécate esas lágrimas y salgamos de aquí por Dios.

Meli se sonó la nariz, peleó con su ropa interior y volvió a bajarse la falda. Zenda respiró aliviada y ambas salieron del retrete.

Se adecentaron un poco y volvieron al salón, donde algunas personas se giraron al percatarse del regreso de la novia. Ya desde su mesa, Zenda vio cómo Meli se sentaba de nuevo, y también cómo, ante el más que probable interrogatorio de su suegra, se bebía dos copas de rioja de un tirón. Aquello la puso triste; Meli no bebía nunca.

-¿Dónde has estado? -Noel parecía desconcertado.

-De camping -se limitó a decir Zenda, quitándole su cerveza para darle un largo sorbo -luego te explico.

-Estás horrible -dijo Perla al ver que sudaba- ¿Te has estado follando a un camarero en el baño o qué?

Zenda se disponía a contestarle algo borde cuando la orquesta hizo un redoble; Iban a cortar la tarta. El amasijo de merengue, coronado por dos figuritas de plástico, apareció en escena sobre un carrito que empujaba un camarero, en tanto que otro proveía a los recién casados de la típica espada con la que dar el primer corte al pastel, y con la que Zenda de buena gana les habría rebanado el cuello a Olegario y a su madre. Mientras que ella se recreaba mentalmente en una escena de película gore, los novios se hicieron la foto de rigor, y los camareros procedieron a repartir las blancas porciones entre los invitados.

A aquellas alturas del festejo, Zenda ya tenía ganas de irse a casa. Las confidencias de retrete de la novia, los despropósitos de la madrina y la sonrisa de plástico del novio le estaban produciendo una mala digestión.

Pero la noche aún reservaba otro espectáculo; después de la tarta, tocaba abrir el baile con el tradicional vals.

Meli bailaba muy bien, tenía gracia, ritmo y elegancia, y se desenvolvía con soltura ya fuese ejecutando una salsa, un tango o una lambada, pero nadie se imaginaba al almidonado Olegario desplegándose en tales artes. Ver a un zombi deslizándose al son de una melodía no era un espectáculo que se viera todos los días, así que en general podía decirse que todos los presentes aguardaban con expectación el comienzo del baile, que no habría de dejar indiferente a nadie.

Como abrazada a un tronco, la novia trataba de describir algún movimiento con gracia, pero se encontró con un Olegario agarrotado, que no llegó a levantar un pie de la misma baldosa. Más corpulento que ella, los intentos de Meli se tradujeron en una serie de bufidos, en medio de los cuales se adivinaba una súplica al novio para que se moviese, pero lo más que conseguía era menearle los brazos arriba y abajo. Parecía una sesión de rehabilitación fisioterapéutica. Ella comenzó a ponerse roja, y los presentes se dividían entre la mofa y la compasión. Finalmente, algunos de ellos pusieron término a la agonía de la novia, saliendo a la pista y ocultando el patético espectáculo.

Para Zenda fue suficiente. Rogó a Noel que se marcharan, a lo que él accedió de buena gana. Comunicaron su propósito a Perla, quien les instó a marcharse sin ella, pues había decidido quedarse de palique con un tipo bajito que contaba chistes. Al menos alguien estaba disfrutando de todo aquello, pensó Zenda, mientras cogía su bolso de la silla.

Cuando dejaron la fiesta, Meli tenía la que probablemente era la primera borrachera de su vida. Casi con toda seguridad se perdería su propia noche de bodas. Claro que, mirando bien a Olegario, era mejor que estuviese anestesiada.

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