El bestiario de Zenda. III

El Bestiario de Zenda Comentar

“Quien pesca por placer lleva una caña. Quien lo hace por hambre, usa la red“.

Lo del poncho había sido un comentario mordaz de Perla, tras referirse Zenda al peruano y su cuadrilla como “Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina”. La otra se había deshecho en carcajadas.

-¿Cómo es un gótico con poncho? -le había preguntado.

-Qué sé yo -dijo Zenda, riendo la ocurrencia.

Estaban tomando una copa en la terraza del Baviera, una cervecería genuinamente alemana regentada por un ubriqueño que ceceaba. Tomás, que así se llamaba el hombre, explicaba que ese era el acento de los Alpes bávaros. Tenía un morro que se lo pisaba, pero charlar con él garantizaba la carcajada.

Perla la había llamado para tomar algo a la salida del trabajo, y quedaron a las diez de la noche en el Paseo Marítimo. Como casi siempre, acabaron recalando en el Baviera, atraídas por el “encanto alpino” del local y su propietario.

Aquella noche no había mucho público en la terraza. Soplaba viento fresco de Poniente, que a Zenda le encantaba, pero que remitía inexplicablemente a la gente al interior del local, donde el viento se llamaba Fujitsu y te destrozaba la garganta.

-Bueno guapa- le dijo Perla- explícame bien eso del ensayo ultramarino, que por teléfono has sido de lo más enigmática.

Zenda puntualizó la frase. Sus palabras textuales habían sido “experimento transoceánico”, pero Perla siempre hacía sus propias versiones de todo.

-Vamos por partes. Te lo cuento si me invitas a otra cerveza.

Perla hizo un gesto a Mario, el primo de Tomás. Una vez servidas, Zenda comenzó a relatar.

Había sido un impulso repentino. Contra todo consejo, Zenda había decidido tomar cartas en el asunto del casamiento relámpago de Mara.

La idea no era, en sí, obstaculizar el camino a la “enésima felicidad definitiva” de su amiga, ni intervenir en manera alguna en el resultado, sino constatar, en su caso, que aquello era amor sincero -gilipollas, pero sincero- o si el sujeto, tal y como pensaba Zenda, no era más que un oportunista tratando de conseguir pasaporte europeo.

-Eso te lo habría podido decir yo sin experimento- interrumpió Perla -pero sigue.

Para elaborar su plan, Zenda había creado una nueva cuenta de mensajería instantánea, en la que había añadido, como único contacto, la dirección del peruano. Ésta se encontraba a disposición de cualquiera que entrase en la página de “Vigilia Perpetua”, cosa poco recomendable si se desea controlar el correo entrante y evitar virus, pero necesaria si el objetivo personal es el de tener más cancha para actuar, más océano para pescar.

También halló en su espacio virtual alguna información de interés, aunque claro, siempre cuestionable. Al parecer, su nombre real era Jonathan José Pisfil Agapito, nacido veintisiete años atrás, y natural de Chachapoyas. Lo de “natural” era un decir, porque en la galería de fotos en la que el referido se mostraba al mundo no había ni una sola postura o actitud que pudiese merecer tal adjetivo.

En poses casi místicas, plasmadas en un estudiado blanco y negro, el Drácula de Chachapoyas parecía haber estado en contacto con el mismísimo Dios en el momento de ser sorprendido por el objetivo. Era algo así como la versión masculina de Santa Teresa, sólo que con exceso de gomina. Al pie de cada foto, el tipo había escrito algunas palabras, que al parecer trataban de explicar los sentimientos supuestamente plasmados en las instantáneas. “Abismo”, “Mi alma perdida”, “Encuentros” y leyendas del estilo “aclaraban” una misma pose pastelosa de las diferentes fotos, en las que el susodicho nunca miraba de frente.

La investigación de Zenda estaba orientada a introducirse en el círculo del sujeto. Ella pretendía formar parte del que presumía más que posible catálogo de novias del peruano. Sin embargo, en el cebo de su propia trampa no quería poner nada que pudiese resultar apetecible a nivel físico, emocional o intelectual. Si realmente el tipo era un aprovechado, bastaría con ser mujer, soltera y boba. Y, por supuesto, tener un documento que garantizase haber nacido dentro de la piel de toro.

No fue difícil contactar con él; El halago a unos textos infantiles y anodinos incluidos en la página, y realizados por un “periodista” para el que escribir un poema significaba aglomerar palabras pomposas, encontraron eco fácil en el ego de una persona aparentemente acostumbrada a relacionarse con personas de escaso intelecto.

El vampiro mil nosecuantos había escrito: “Las langidas columnas que se apollan triunfadoras sobre tu pelo ausente y hermoso, ebocan la libertad de un reino oscuro que murió para renacer en los dedos de  tus pies”.

Más allá de las garrafales faltas ortográficas en las palabras “lánguida”, “apoyan” y “evocan”, que le habían producido una especie de reacción alérgica, Zenda se devanaba los sesos para entender el mensaje. Se esforzaba por comprender, por ejemplo, cómo unas columnas podían ser lánguidas y triunfadoras, qué artes empleaban éstas para apoyarse sobre el pelo de alguien, -especialmente cuando la persona, al parecer, era calva- y cuál era la fórmula para que un reino renaciese en los dedos de los pies de nadie. A lo mejor se trataba de hongos.

Lo peor para Zenda fue fingir admiración por semejante agresión a la lengua española, pero teniendo en cuenta que para caer supuestamente en sus redes tenía que emular la simpleza de una ameba, el elogio al talento literario del sujeto resultaba ineludible.

Haciendo de tripas corazón, le dejó una nota de alabanza en su espacio virtual, para poder contactarle por mensajería instantánea.

Llegados a este punto, Perla la interrumpió:

-No has hecho eso… ¿lo has hecho?

-¿Repruebas mi proceder? -preguntó Zenda.

Perla soltó una risotada que atrajo las miradas de algunos paseantes.

-¿Reprobarla? ¡Qué va, es genial!  Tú, mi pequeña catequista, ejerciendo de Mata Hari… – volvió a reír-  Me parto.

Zenda ignoró el apelativo religioso. Sabía que a Perla le gustaba pincharla con lo de su educación en un colegio de monjas, como también sabía que su amiga estaba al corriente de que ella era más atea que un ladrillo.

Cuando Perla terminó de reír, y de secarse las lágrimas, ella continuó.

Tal y como era de esperar, Jonathan José la admitiría enseguida en su lista de contactos. La curiosidad, la oportunidad, o el ego le podían.

Lo malo es que la premura con la que el individuo la había abordado en el Messenger no había permitido a Zenda buscar una foto apropiada, que pretendía sacar de Internet para no poner la propia, así que en su primera conversación con él aparecerían, por un lado, la foto en pose ascética de él, y por otro, la de  un pato amarillo de goma que por defecto agregaba el programa.

No había podido preparar estrategia alguna, así que se limitó a dejar que él llevara la conversación.

Lo que le siguió la dejó atónita; En un alarde de retórica melosa, el de Chachapoyas se desplegó en una sucesión de exagerados requiebros, tanto más absurdos en cuanto que iban dirigidos hacia una persona de la que no sabía nada, y que tuvo su colmo en una frase en la que el tipo se refirió a ella como “dulce dama de ojos tristes y expresión melancólica”.

Zenda miró al pato de goma con estupefacción, tratando de encontrar la melancolía en sus ojos, y preguntándose cómo demonios podía soltarle semejante gilipollez, pero no dijo nada. Se alegró, eso sí, de poder contar con los valiosos segundos que le proporcionaba su conversación escrita, porque de otro modo no habría podido por menos que deshacerse en un exhaustivo interrogatorio en la búsqueda de la única neurona que aquel impresentable parecía tener operativa. ¿Acaso no se le había ocurrido a aquel mendrugo que su supuesta bella interlocutora podía ser un tabernero con bigote? ¿Qué se supone que debe decírsele a una persona que acaba de elogiar tu mirada de caucho? Y, lo más importante: ¿Qué mujer con dos dedos de frente sucumbiría ante semejante demostración de simpleza? Estaba claro que el tipo no era precisamente un gran estratega del amor pero, ¿tan tonta era su amiga?

Zenda aguardó unos segundos, en la esperanza de que el individuo soltase otra chorrada y así poder eludir la inevitable réplica al piropo prefabricado, pero el Don Juan de ultramar esperaba su premio, como una foca que hace una pirueta y reclama su pescado, y al parecer no estaba dispuesto a escribir nada más hasta que Zenda reaccionara.

Probablemente anhelaba una señal, una respuesta que de algún modo dejase ver el efecto arrebatador que su inefable encanto producía en las féminas, mientras que Zenda, por su parte, se debatía con su propia integridad, reprimiéndose para no desintegrarlo con una auténtica demostración de elocuencia fulminante.

Considerando la dificultad implícita, fue para ella todo un logro teclear un escueto “gracias”, si bien el esfuerzo determinaría el fin de aquella primera conversación, a la que puso término de una manera tan cortés como veloz. Había tenido suficiente.

A esas alturas del relato, a Perla le dolía la tripa de reírse.

Y eso que Zenda lo estaba contando todo muy seria.

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