El bestiario de Zenda. II

El Bestiario de Zenda Comentar

“La adulación encuentra su público entre quienes no merecen un auténtico elogio”.

La última historia de Mara había ido tan rápido que casi se podía calificar de efervescente. Y se estaba desbordando, salpicando a todos los que estaban a su alrededor.

Zenda estaba acostumbrada a verse envuelta en todo tipo de problemas a causa de los devaneos de su amiga, pero esto era demasiado hasta para tratarse de Mara.

Para empezar, ella aún estaba casada, y viviendo con su marido.

Tras algunos meses de desavenencias y peleas, y ante la imposibilidad económica de costear cada uno un piso, habían decidido instalarse en habitaciones separadas, cual estudiantes universitarios, llevándose sus pertenencias cada uno a su distrito, en una especie de “ya no te ajunto”.

Por supuesto, ella se quedaba con el ordenador. Esto era innegociable. Él, que precisaba del instrumento y de la valiosa conexión a Internet para encontrar sustituta, tardaría del orden de tres días en disponer de ambas cosas en el interior de su feudo, y ambos comenzaron una frenética carrera de tecleo, ignorándose tanto como les era posible, y evitando cruzarse siquiera. Requerían, eso sí, de cierta habilidad a la hora de compartir el territorio neutral, esto es, el salón, el baño y la cocina.

Ésta última aún seguiría siendo objeto de peleas, ya que ella surtía constantemente la nevera, mientras que él se ocupaba sólo de vaciarla. El asunto habría de solventarse con una nueva división territorial, esta vez del susodicho electrodoméstico, y que se llevó a cabo con precinto de embalar. Al principio, Toni habló de quedarse con la parte superior, pero ella se negó en redondo, argumentando que el frigorífico no enfriaba igual a distintas alturas, así que las dos partes se hicieron de modo vertical. El lado derecho le correspondería a Toni, y el izquierdo a Mara. Por si algún alimento “resbalaba” al territorio enemigo, ella se dedicó a etiquetar las fiambreras, latas y hasta verduras con su nombre. Él, para devolverle la pelota, hizo lo propio. El resultado era un tanto surrealista; Al abrir la puerta se iluminaban decenas de etiquetas y papeles, auténticos carteles en el caso de ella, algunos del tamaño de una cuartilla. La indolencia de Toni, por su parte, le había llevado a usar post-it. El problema era que, con el frío, el ligero pegamento de estas etiquetas de oficina acababa por ceder, y muchas de ellas se despegaban de los alimentos, amontonándose por todas partes. Era una especie de otoño amarillo que inundaba la nevera.

En cualquier caso, la falta de etiquetado de aquellos alimentos tampoco suponía un problema. Ella nunca se habría comido ninguna de las “guarrerías” de microondas que él se compraba, y de todos modos bastaba con sus propios rótulos, debidamente pegados con cinta adhesiva, para determinar por eliminación lo que le pertenecía a él.

Todo estaba arreglado civilizadamente; No tenían encontronazos ni discusiones graves, y el acuerdo funcionaba bien ateniéndose a las normas, basadas fundamentalmente en el respeto a la zona del otro, pero era aquel frigorífico lo que le proporcionaba, cuando menos lo deseaba, una visión un tanto patética de la situación, tal vez por ser una imagen demasiado gráfica del asunto.

Un día en que Mara había vuelto especialmente cansada del trabajo, fue a buscar un poco de leche, y se detuvo con la mirada perdida frente a la absurda obra de arte moderno que parecía ser el interior de su nevera. Hizo una mueca de hastío, y entonces reparó en una enorme morcilla sobre la que rezaba: “Toni”.

Tomó el embutido con la punta de los dedos y, en un pensamiento malvado, se permitió una analogía irónica en la que la pieza porcina salía ganando. Luego cogió la leche y se sirvió un vaso, al que dio pequeños sorbos sentada en un taburete.

Durante unos minutos fijó la mirada en el envase, como queriendo encontrar respuestas trascendentes a preguntas vitales en la información del fabricante. Apuró el vaso y se fue a trabajar en su proyecto, que desde hacía tres semanas no había sido otro que el de adentrarse en los laberintos de la red, buscando nuevo compañero.

Su primer candidato había sido un argentino de su misma edad. Esto había sorprendido a Zenda. Desde hacía años, Mara se empeñaba en salir con tipos más jóvenes que ella, dándose la circunstancia de que sus últimos amantes habían tenido todos justamente diez años menos.

Esta fijación por lo que Zenda llamaba “el descuento del diez por ciento” la tenía un tanto desconcertada. La diferencia no había sido tan significativa con Toni, que tenía 25 años cuando ella le conoció a sus 35, ni tampoco con el peruano, que contaba 27 primaveras frente a las 37 de Mara, pero cuando, a la edad de 27 años, ella comenzó a lucir palmito del brazo de un niñato en la edad del pavo, a Zenda se le cayeron los palos del sombrajo.

La constante del diez por ciento empezaba a ser preocupante. ¿A qué podía deberse? Zenda pensaba que Mara sufría del síndrome de Peter Pan, tratando de ser eternamente joven. Esto era más fácil de lograr relacionándose con individuos cuyo objetivo a corto y medio plazo consistía en comprarse ropa chula y salir de marcha. Nada de hablar de hijos, ni de trabajo, ni de canas. Todo debía ser como en un video clip.

Perla, sin embargo, tenía otra teoría:

-Lo que le pasa a Mara es que constantemente busca fascinar, y esto no puede hacerlo con un hombre maduro. Sus argumentos son bastante infantiles, y ha de encontrar un público menos exigente. Lo que no entiendo es cómo no está ya escarmentada, a tenor de sus resultados. Debería buscarse un tronco de 40 años con una nómina inmensa y un pene enorme, y dejarse de pamplinas.

A Perla no le caía bien Mara. La toleraba por Zenda, porque sabía lo mucho que ésta la quería, pero chocaban constantemente. El sentimiento era mutuo, por supuesto. Eran agua y aceite, y sólo tenían en común el recipiente en el que ambas se mecían; Zenda.

Sin embargo, y preocupada ya en extremo por el cariz que había tomado el asunto con el peruano, Zenda había compartido con su ácida amiga su inquietud al respecto. Perla siempre la escuchaba con atención, y solía ser bastante crítica y clara, aunque trataba de ser justa.

Zenda, más que narrar, parecía que elucubraba en voz alta.

El asunto con el argentino no había ido bien. Se habían conocido en una página Web de corte gótico-oscuro, cuyos miembros parecían ser todos poetas de andar por casa. El sitio se llamaba “Vigilia Perpetua”, y sus afiliados gustaban de nombres pomposos, principalmente de corte aristocrático. De este modo, todas ellas eran Lady Algo: Lady Dark, Lady Morticia, Lady Lucrecia, Lady Godiva o Lady Grecian. También estaban muy cotizados los nombres de películas góticas. Así, había un buen número de Lestats, Louises y Minas, varios Belas Lugosis, y muchos, muchísimos vampiros, todos ellos seguidos de fechas de nacimiento, cifras o guiones, porque claro, los nombres no podían estar repetidos.

El argentino en cuestión era un fontanero de Buenos Aires, conocido en la Web como El Conde de Orlok, y, al igual que todos en aquella comunidad virtual, gustaba de frases enigmáticas, colgaba fotografías de sí mismo en poses místicas, y se congratulaba de morirse un poco todos los días.

Mara le había puesto como titular en la lista de posibles, junto con un periodista peruano, un profesor hondureño y un oficinista de Burgos. El argentino era el primer candidato, con el que cruzó palabras de amor y hasta casi frenesí sexual, pero la cosa no había cuajado. Mara le ofreció a Zenda veladas excusas sobre la brusca interrupción del idilio internáutico, aunque algún tiempo después ella conocería la verdad.

Esto sucedería de modo casual. Mara tenía la poco correcta costumbre de dar la dirección de correo electrónico de sus amigos a las nuevas adquisiciones. Zenda pensaba que esto denotaba una nefasta educación. Ella tenía por norma no facilitar datos de nadie, ni aún entre personas conocidas. Estimaba que, si alguien quería hacerse con el número de teléfono o la dirección de otra persona, debía recurrir al interesado en cuestión, pero Mara pensaba que los remilgos de su amiga eran excesivos, y así, había acabado dando su dirección a varios individuos de la fauna de los perpetuos, uno de ellos el mencionado conde.

Fue así como, unas semanas después de la ruptura de lo que apenas fuera una incipiente relación, el Conde de Orlok abordó en el Messenger a Zenda.

Ella nunca se había interesado mucho por el asunto. Mara se había limitado a decirle que su historia amorosa se había terminado porque él, palabras textuales, “la había decepcionado profundamente”. No entendía muy bien Zenda cómo podía haber sucedido tal cosa, si el romance había durado apenas un par de semanas vía webcam, pero se lo tomó como otra de las niñerías de Mara, y no tuvo interés en indagar en el tema.

Sin embargo, parecía que el aristócrata bonaerense, del legendario linaje de los Orlok, no tenía tanto interés como Mara en esconder los motivos del rollus interruptus.

Con palabras elegantes, como corresponde a la nobleza, vino a explicar a Zenda que no le había quedado otra que apartarse despavorido de los virtuales brazos de su amada, al proponerle ella matrimonio tras diez días de mensajes instantáneos, iconos animados y besos a la cámara.

Zenda se había quedado perpleja; Llevando por bandera la máxima de “A rey muerto, rey puesto”, el carrerón de su amiga describía por momentos una trayectoria frenética, dejando un reguero de amantes a los que su inexplicable prisa no les estaba concediendo ni una lagrimita póstuma.

La progresión a velocidad creciente con la que se buscaba año tras año los repuestos estaba comenzando a escandalizarla. Ni siquiera aguardaba a la muerte del rey, sino que comenzaba a buscar un oportuno sustituto cuando la relación en curso flaqueaba.

Así, y una vez hubo marcado las fronteras de dormitorio y frigorífico, había decidido sustituir al monarca reinante por un conde -sangre azul al fin y al cabo-. En definitiva, que pidió el divorcio de Toni a los pocos días de conocer a Orlok.

La pega es que la aventura argentina no tuvo el desenlace que ella esperaba, y hubo que tirar de suplente.

Lejos de suponer un trauma, la deshonrosa retirada del noble -quien puso pies en polvorosa a golpe de clic- se tradujo en un raudo traspaso de los afectos de Mara hacia otro sujeto.

Un rápido vistazo le bastaría para ascender al segundo candidato de la lista, un vampiro mil y pico con un poncho de colores.

logo-zenda-v3_mini


Etiquetas:

Deja una respuesta