El bestiario de Zenda. I

El Bestiario de Zenda Comentar

“La soberbia es como un potro descontrolado a cuya grupa se empeñan en montar los necios. Ellos creen cabalgar con dignidad, pero sólo hacen el más espantoso de los ridículos, destrozando sus posaderas y su credibilidad. Al final siempre caen de culo”.

La imagen de Mara despatarrada en el ignominioso suelo, con la cara roja y el trasero dolorido, se le vino a la cabeza. Y se dio cuenta de que en cierto modo lo deseaba.

Tenía sentimientos contradictorios. No quería que sufriese, pero en realidad aquella tonta insolente e inmadura se merecía una lección. “¿Me estoy volviendo mala?”

Recordó algo que le había dicho una vez su amiga Perla: “Eso de perdonar a los que nos hieren es una patología muy común entre los ingenuos, y de la que tú adoleces, por cierto. Cuando por fin consigas reírte de las desgracias de tus enemigos significará que estás curada.”

Perla era toda una filósofa, y una experta en poner el dedo en la llaga. Dulce como un limón, y fina como una piedra pómez, su mera presencia hacía temblar a más de uno. Asomándose peligrosamente al balcón de la grosería, lograba en cambio quedarse siempre en el extremo de la mordacidad, con una puntería que sólo justificaba la práctica, y que sin embargo era absolutamente espontánea.

Perla debía su nombre a una desafortunada elección por parte de su madre, quien opinaba que evocar algo precioso y exquisito al llamar a la niña, la conduciría a un estado de armonía entre nombre y actitud. Aquello, en opinión de Zenda, demostraba que a los hijos no debían ponérsele nombres demasiado significativos: Luego cada niño salía como salía, y los nombrecitos daban lugar a paradojas y anécdotas de lo más variado; De pequeña, había conocido a una Bella con ojos estrábicos y nariz aguileña, y a una Blanca que a juzgar por su tez podría haber sido pariente de Pelé. En su clase de quinto había una Felicidad que siempre estaba deprimida, y su vecina tenía un hijo malcriado, cruel y camorrista llamado Abel, que habría sido capaz de redimir por mera comparación a su hermano bíblico.

Lo mejor, sin duda, era ponerle a los niños Manolo, Pepe o Carmela. Eran nombres que no comprometían a nada, no creaban falsas expectativas y, lo más importante, no daban lugar a chistes malos.

En cualquier caso, y considerando que una perla no es más que el resultado de un grano de arena al que la ostra cubre de nácar para su propia protección, el nombre le iba divino. Ella conseguía sacar partido de las peores circunstancias, y casi siempre salía victoriosa. Solía decir de sí misma que era el resultado de las putadas fallidas de sus enemigos, y en cierto modo era verdad; Su experiencia la había hecho fuerte y potencialmente peligrosa, por lo que, si te ponía en su punto de mira, estabas perdido. Era mejor no ser enemiga suya.

Por suerte para ella, Zenda se encontraba entre los escasos especímenes a los que Perla consideraba “inofensivos y encantadores”. Algo así como una ardilla enana en peligro de extinción.

-Pequeñita y glamorosa -solía decirle- pero capaz de dar un buen mordisco si la situación lo requiere. Lástima que tengas tantos escrúpulos a la hora de sacudir una patada en la entrepierna de tus adversarios.

Zenda le explicaba que era una cuestión de principios; ignorar a las malas personas era, en su opinión, suficiente. No había que rebajarse a su nivel. Y en cualquier caso, perdonar también era una opción. Perla no estaba de acuerdo, y por eso, cuando Zenda trataba de hacer lo correcto, ella se desesperaba.

-Nena, tienes que superar los estigmas de tu colegio de monjas. Poner la otra mejilla es, en el mejor de los casos, abonarte para que te hostien por segunda vez.

Según ella, en la educación religiosa estaba el origen de muchos de los problemas que llevaban a la gente al diván del psicoanalista. Esos dogmas iban contra el instinto natural de supervivencia, y provocaban dilemas morales que desembocaban en angustia.

Zenda discrepaba en ese punto. Tal vez ése fuera el problema de otros, pero desde luego no era el suyo, pues ella no se consideraba creyente, o al menos no en el sentido tradicional de la palabra.

Porque creer, lo que se dice creer, creía en muchas cosas.

Interpretaba sus propios sueños recién levantada, encontrándoles casi siempre un significado oculto o una finalidad premonitoria, ocasionalmente se echaba las cartas, aunque sólo fuera para reírse un rato, y leía el horóscopo siempre que tenía un periódico a la mano. Eso sí; sólo se lo tomaba en serio cuando auguraba cosas buenas. Ella se consideraba una “supersticiosa positiva”, vamos, que seleccionaba y escogía las supersticiones en función de sus necesidades. Así, por ejemplo, romper un espejo conllevaba simplemente llamar a la compañía aseguradora, cruzarse con un gato negro, significaba lo mismo que cruzarse con uno a rayas, o sea, cruzarse con un gato, y adoraba los días trece. Además, recogía las monedas de céntimo y los botones que se encontraba por la calle, interpretándolos como un buen presagio. Si se le derramaba la sal, pues la recogía, y pisar una deposición canina, además de significar forzosamente que tendría que limpiarse los zapatos, comportaba de manera ineludible comprar un número de lotería.

Ya en un plan más trascendente, rendía un poético culto a la luna, lanzaba plegarias a las estrellas, y tenía una fe absoluta en el poder del tiempo y el destino, haciéndose eco de aquello de que el tiempo lo pone todo en su sitio.

-El tiempo no pone nada en ninguna parte. – Le decía Perla- Ni que estuviese ahí para arreglarte los armarios. Si quieres que algo esté en su sitio, tienes que ponerlo tú misma.

Perla explicaba que esa fe acusada por muchos en el poder del tiempo era también una consecuencia de la educación religiosa.

-Viene a ser lo mismo que eso de que los buenos irán al cielo y los malos al infierno, -decía- sólo que ocurrirá después de que éstos últimos hayan estado viviendo siempre de puta madre y los primeros se hayan pasado toda su vida aguantando palos. Chica, yo prefiero encargarme personalmente.

Zenda coincidía con Perla en muchos de sus planteamientos, pero consideraba que su amiga pecaba de exceso de acidez. En alguna ocasión había hecho daño a personas que no lo merecían, sólo porque su previsión sobre la maldad ajena acababa siendo superada por la suya propia, en un intento de que no le ganaran la partida.

En cualquier caso, y aunque Perla la tachara de ingenua, Zenda no se consideraba tal en absoluto. Tenía los pies firmes en el suelo, y sabía poner a la gente a raya cuando la situación lo requería, aunque su sentimentalismo la llevara con frecuencia a consentir ciertos desmanes a aquellos a los que estimaba que debía lealtad.

Mara era un buen ejemplo de ello.

Hizo un recuento mental de las tropelías cometidas por su amiga “en el nombre del amor”.

Porque era el amor verdadero, por supuesto, el que había llevado a Mara a relacionarse con una extensa fauna de lo más variado, en una serie de tormentosos idilios que la habían conducido a situaciones incalificables e inauditas. Por asociación, por amistad, o por narices, Zenda se había visto metida en más de un embrollo a causa de aquellos amoríos. Por eso, cada vez que su amiga comenzaba otro romance, a ella le temblaban las canillas.

El interminable plantel de novios, rollos o amantes de Mara, a cual más impresentable, se veía ahora coronado por lo que Zenda consideraba la guinda de un enorme pastel, hecho a base de una amalgama de relaciones sentimentales de lo más rocambolescas que su amiga había ido amasando durante años. Mara se había superado a sí misma de largo. Porque ni salir con un adolescente, ni volverse una radical anarquista, ni convertirse de la noche a la mañana en una devota seguidora del Dalai Lama, estaban, a su entender, a la altura del hecho de casarse con un señor al que no había visto nunca.

Y lo de señor era un decir.

Todas las alarmas de Zenda se dispararon el día en que Mara le confesó, emocionada y trémula, que había conocido -por enésima vez- al definitivo amor de su vida. No le habría dado mayor importancia si no hubiera sido porque el individuo en cuestión no era más que una aparición en la pantalla de su ordenador, en la que figuraba la que supuestamente era su foto, acompañada de una serie de ñoñerías demasiado básicas para haber sido escritas por un individuo de veintisiete años.

Individuo que, por otra parte, se encontraba a 9999 kilómetros de distancia, al otro lado de un océano ligeramente más extenso de lo aconsejable para establecer intimidad alguna.

Insignificante mención merecía el hecho de que el susodicho vivía en un poblado de Perú, acompañado de su madre viuda y de seis hermanos a los que había de mantener, como también carecía de importancia, en opinión de Mara, que el sujeto le hubiese declarado su amor incondicional y sus deseos de contraer matrimonio a la semana de chateo.

Y lo peor no era eso.

Lo peor es que ella le había dicho que sí.

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