La rendición

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Te miro con una media sonrisa que es más bien una mueca.

No eres más que una cosa pequeñita, y ni siquiera puedes entender lo que te digo, pero, aún así, me empeño en explicarte esto.
No sé, tal vez intento entenderlo yo misma.

¿Sabes?  Hace mucho tiempo, cuando tú ni por asomo entrabas en mis planes, yo albergaba grandes proyectos de futuro. Estaba ilusionada con mil cosas, y la vida se plantaba ante mí como una promesa optimista e infinita.
Tenía la firme convicción de que, cuando uno trabaja duro y bien, cuando uno se esfuerza lo suficiente, acaba por conseguir lo que se propone. Y también creía que tratar bien a los demás te hacía acreedor de lo propio. Era casi una fe religiosa, ya sabes: los buenos van al cielo y tal…

Pues resulta que no. O por lo menos, a mí no me ha llevado a ninguna parte.
Bueno, eso sí; hemos tenido la oportunidad de conocernos pero, como ya te he dicho antes, -y no te ofendas- tú no entrabas en mis planes.
Llegas diciendo que te necesito, y me propones, como si la incoherencia fuese la mía, que acabe con mi sufrimiento, cuando es lo único de todo esto que tiene sentido.

A fin de cuentas… ¿No es lo más normal del mundo estar afligido cuando todos te han fallado? ¿No es acaso legítimo acurrucarte en tu propia pesadumbre cuando ya no te queda otra cosa?

Mira, yo siento simpatía por mi tristeza; Creo que ha venido a verme cuando le tocaba, y eso es más de lo que puede decirse de todos los que me rodean. Además, es lo único auténtico que tengo;  los amigos, la familia, el trabajo… Todo mentira, pero mi tristeza es genuina, pura y sincera.

Y tú me pides que se vaya.

¿Con qué derecho?

Pero claro, no puedo culparte. Tú no has inventado las normas.
Y las normas dicen que esto es lo que hay.

Por lo visto, sufrir no está de moda. Lástima de siglo equivocado. De haber nacido durante el Romanticismo, al menos se me permitiría morir digna y melancólicamente en algún rincón umbrío, pero en el siglo XXI hay que estar alegre por narices. Me dicen que lo contrario sería insano. Pues no sé qué tiene de salubre sonreír cuando la vida te va de culo, la verdad.
Eso sí que lo encuentro enfermizo.

Pero qué vas a entender tú, si no eres más que una maldita pastilla de Prozac.

Suspiro y saco una copa de las buenas, que la ocasión hay que adornarla, aunque el recipiente sea un tanto ostentoso para un simple agua mineral. Al fin y al cabo, una no claudica todos los días.
No todos los días vende una su alma al diablo, y en realidad, es así como me siento.

Te sujeto con dos dedos, y mi tristeza te regala una mirada digna de un poema de Bécquer.

Luego, levanto mi copa, como en una especie de ritual de sacrificio, y dejo que una parte de mí se muera.

Es el mundo en que vivimos. Un mundo en el que el egoísmo se receta como garantía de longevidad y de salud, un mundo en el que el engaño y la maldad se festejan abiertamente, y en el que a la gente corriente no nos queda otra que tomar píldoras para combatir la cordura.

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Una respuesta to “La rendición”

  1. RobSmith dice: | Responder

    Me quedo con el último párrafo. Es la conclusión perfecta a una situación imperfecta.
    Te animo a que sigas escribiendo así como lo haces, bien para algunos o mal para otros, triste o alegre, pero en definitiva, con esa chispa de inteligencia que rezuma en lo que escribes.

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