La flauta del asno.

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Casi veinte años soñando con lo imposible, y lo imposible va un día y sucede. Así es como me hallo aquí, preguntándome si los sueños estaban equivocados o lo equivocado es la realidad.

Se enfría el té, y al rayar del alba le precede el canto de los gorriones, que parecen tan felices de estrenar el día como si fuera el primero que ven sus ojillos redondos.

“¿Humanidades? ¿Y por qué humanidades?” Con estupor e incredulidad me había mirado Carmen, la directora del centro de adultos en el que me había matriculado, dos años antes, después de que la esperanza le ganara la pugna a la vergüenza.  Tras sacudir la cabeza prosiguió: “La de Humanidades es la carrera en la que se meten las sobras, los que no saben lo que quieren o aquellos a los que no les llega la nota”. ¡Tú no puedes meterte en Humanidades!”

Luego pareció darse cuenta, tal vez por mi expresión de sorpresa, de que aquella era una afirmación un tanto contundente. “Bueno –aclaró- a menos que lo que quieras sea aprender”…

“Eso es justamente lo que quiero”, le había dicho yo, con el tono de un hijo que trata de hacer comprender a sus padres cuáles son sus inquietudes.

Era, en verdad, la explicación más sincera. Durante toda mi vida había soñado con la universidad, con montañas de libros en bibliotecas enormes, con pasillos impolutos en los que el aire olía a cultura y las letras se derramaban por las escaleras, con aulas grandes y compañeros con los que hablar en un registro apropiado… No creo haber soñado algo con tanta ilusión desde que, a los ocho años, me hablaran de Disneylandia.

Mi primera visita a la Facultad de Filosofía y Letras la había hecho durante unas jornadas para dar a conocer la oferta de estudios, y algo en mi pecho se había agitado al comprender que, a tan sólo unos exámenes de esfuerzo, aquello estaría a mi alcance. Como en un zoco, profesores y alumnos se empeñaban en venderme la mejor oferta. Y no podía creerlo: ¡aquella gente quería reclutarme! ¡A mí!

Yo cogía tímidamente los folletos informativos, y los atesoraba en la carpeta contra mi pecho. Aquellos impresos los llevé conmigo como un amuleto, primero, durante los exámenes finales del instituto, y en el proceso de selectividad después. Aún los conservo.

Me recuerdan cómo todo olía a nuevo en aquel patio de suelos relucientes, tal y como yo los había soñado, brillando como un enorme espejo bajo aquella luz maravillosa y primaveral que se colaba a través de las inmensas cristaleras, y en torno a las cuales se distribuían aulas y despachos.

Recuerdo que la profesora de filología clásica me había explicado con entusiasmo las bondades de la carrera en cuestión. También los de filología inglesa y árabe, los de lingüística…

En una de las mesas había una señora menuda y rubita que me sonrió cuando cogí el tríptico de Humanidades. Yo me puse a leerlo: inglés, francés, alemán, historia, literatura, geografía, arte… ¿Realmente existía una carrera en la que se podía aprender todo eso? ¿Todo junto? ¿Y sin números? Aquello fue un flechazo.

Y la directora del centro de adultos no lo había encajado muy bien, aunque, eso sí, había respetado mi decisión.

No necesitaba mucha nota para acceder a la carrera, pero yo me empeñaba en recordarme a mí misma por qué hacía aquello. Y veinte años eran una trayectoria muy larga como para hacerlo mal.

Mis notas fueron, pues, brillantes, y sin dejarme cegar por la luz que desprendían me propuse no olvidar qué era aquello que deseaba por encima de todo; aprender.

A fin de cuentas, a mi edad, y con la competencia que encontraría en las aulas, ante esa barrera infranqueable que la ventaja de la poca edad supone para los empresarios, al menos yo disfrutaría.

O eso pensé.

Hoy me siento aquí, con mi té, que ya está frío, y me pregunto si era esto a lo que se refería Carmen, si habría cambiado la cosa de haberme matriculado en otra carrera, o si el problema no estriba en la carrera en sí, sino en esos veinte años que yo llevo de retraso, y que me han hecho subirme a un tren cuyos pasajeros no comparten mi destino, no hablan mi idioma, y me miran como si me hubiese colado vestida de payaso en una fiesta que al final no era de disfraces.

Una profesora de lengua, en segundo de carrera, presenta un Power Point lleno de faltas de ortografía, y al ser inquirida al respecto contesta, frescamente, que el documento no es suyo. Genial: ni lo ha hecho ella misma ni se ha molestado en corregirlo. Estamos en una carrera de letras, y ella es la profesora de “Lengua Española y Competencias Comunicativas”, pero justifica que en la oración “e ahi que ella llego” haya tres faltas de ortografía porque el texto no es suyo.

Otro profesor, un impresentable a todas luces, se pasa las horas de clase tonteando con niñas de las que podría ser su padre, y a las que, en una singular revisión de exámenes, cambia la nota de cuatro a siete tras hacer un jocoso comentario sobre su escote. Supongo que fue eso, mi escote, lo que falló cuando, al acudir estupefacta a su despacho, ante mi primer e inexplicable suspenso en la carrera, tras lanzarme una despectiva mirada y hacer un comentario grosero sobre mi edad, yo volví a salir con la misma nota y la moral por los suelos.

Algunos profesores llegan a clase y leen. Leen sus apuntes. De forma zumbadora, soñolienta y monocorde. “Yo también sé leer” pienso, mientras pierdo unas horas preciosas de mi tiempo de maruja ilustrada gracias al plan Bolonia.

Y entretanto, he de contemplar cómo algunos de mis compañeros extraen, con una habilidad tan natural como pasmosa, folios enteros de sus sudaderas, con los que sustituyen los que han dejado en blanco en el transcurso de un examen. A alguno habría que hacerle una mención honorífica por el increíble logro de no haber gastado ni una gota de tinta durante las pruebas escritas.

Y en clase algunos preguntan si “apoyo” se escribe con dos eles, en qué consiste “tachar lo que no proceda” o qué significa “coherencia”.

Está claro que este último término les es absolutamente desconocido en fondo y forma pues, de otro modo, ¿qué hacen estudiando una carrera?

Supongo que eso es lo que quieren papá y mamá, que les compran, abnegados, un título con el que poder acudir a una entrevista de trabajo en la que yo, que sí sé tachar lo que no procede, soy tachada por mi edad, o por mi aspecto… o por las dos cosas, vaya.

Pero lo que riza el rizo de mi indignación ocurre cuando, por fin, un profesor en toda la maldita carrera decide trabajar. Y trabajar mucho. Trabajar por nosotros, no sólo en la preparación de los contenidos y ejecución de las clases, sino también al tratar de espolear nuestro talento y nuestra curiosidad.

Pobre. A lo mejor habría que explicarle que, en el mejor de los casos, hay más bien poco que espolear.

A ese profesor, que habla idiomas, que escribe y se expresa correctamente, que conoce el origen de las palabras, el porqué de los hechos, a ese profesor que, contrariamente a lo que hace aquel otro impresentable (el que mira escotes y que ni se molesta en activar el campus virtual), lo plaga de información, enlaces, datos curiosos, vídeos, correos para motivar, a ese, como digo, se le critica porque “quiere que aprendamos”.

Habrase visto semejante osadía. ¿Es que no comprende este señor que, para encontrar trabajo, no se necesita “tachar lo que no proceda, porque vasta con apollar la coerensia”?

Y mis compañeros, esos que apelan a su juventud para justificar su ignorancia, que me dicen que yo no soy culta, sino vieja, me invitan a participar en el linchamiento verbal a un profesor al que pretenden increpar por ejercer, por hacer -¡por fin alguien!- lo que se le presupone, por tomarse la molestia de intentar estimular a borricos vocacionales.

Conmigo que no cuenten.

Si este profesor ha de rendirse a la evidencia, y pasar a engrosar las filas de aquellos otros que, con indolencia y mansedumbre, se someten a la dictadura de la ignorancia heredada de la ESO, si decide, en fin, ir a su bola, no será por mi culpa.

Lo tengo claro meridiano.

La vecina ya se deja oír con su cháchara en la escalera. Llama al telefonillo el del butano. Dejo el teclado, que toca ejercer de ama de casa. Y esta tarde… Esta tarde a sentarse en un rincón del aula, a soñar, no con el futuro, sino con el pasado.

Un pasado en el que, a lo mejor, habría estado bien ser universitaria.

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ESPAÑA 2012: NACIONALCATOLICISMO Y MAMANDURRIAS.

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“¡Alerta ciudadanos del mundo! La familia está siendo destruida. Y se trata nada menos que de un complot a nivel mundial. Hay gobiernos interesados en que los niños mueran y todo el mundo sea marica, lesbiana o pervertido”.

Con tanta contundencia como estupidez la iglesia anunciaba que el fin del mundo vendría de la mano de gays, lesbianas, divorciados y abortistas, esos insensibles fornicadores que propugnan la generalización del modelo familiar “Sodoma y Gomorra”.

Me preguntaba yo, ignorante de los vericuetos y pormenores de tal complot, cómo se las apañarían los gays para destruir a las familias. Y debo ser muy cortita, porque sigo sin entenderlo. En cualquier caso, a mí siempre me ha parecido que una familia se destruye cuando no tiene un hogar donde vivir, una seguridad en la que criar a sus hijos, una educación y una sanidad de calidad, unos derechos básicos, una mínima dignidad, en fin.

Pero resulta que no; resulta que la ausencia de tales bondades no destruye a las familias, como tampoco las destruye, al parecer, que miembros eclesiásticos arrebaten un recién nacido a su madre, para vendérselo “desinteresadamente” –gastos de gestión aparte- a quienes puedan pagárselo y que, con suerte, veinte años después de sufrir y llorar la pérdida, dos familias queden emocionalmente rotas.

Resulta también que el gobierno puede saquear al pueblo de manera vergonzosa, después de haber accedido al poder mediante engaños, quitándole a los trabajadores lo que por derecho les corresponde, privándoles de lo más esencial pero, en tanto no sean familias monoparentales, gays, solteros, o divorciados, mientras las mujeres se pongan a parir como conejas, da igual las condiciones en las que vivan: la iglesia no tiene nada que opinar al respecto. El saqueo reiterado y la represión, la imposibilidad de formar una propia familia, de acceder a una vivienda, de dar una educación y un futuro a los hijos no destruye a las familias; amar a quien te dé la gana, por lo visto, sí.

Debe ser así, porque esos mendas con sotana que aseguraron que “los niños se dejan violar y provocan a los adultos”, o que “si la mujer aborta el marido puede abusar de ella”, están callados como putas en cuaresma mientras que el gobierno despoja a las familias de todo aquello que necesitan para constituirse y mantenerse como tales.

A lo mejor va a ser porque, bajo el régimen, ellos siguen sin ir a la cárcel por robar bebés, por practicar la pederastia, por hacer apología de la violencia de género o por no pagar impuestos.

Con semejante contubernio nacionalcatólico no resulta extraño que, mientras Valencia arde literalmente y el país se incendia virtualmente, nuestro presidente se tome la molestia de ir a “devolver” –como si lo hubiera encontrado él mismo- el Códice Calixtino.

Y también suena ya a cantinela repetida la consabida batalla contra el aborto por parte de aquéllos que en más de una ocasión han enviado a sus hijas a abortar a Londres (será porque, como allí son protestantes, a Dios no le importa).

Pero lo que ya resulta del todo indignante es que, en este contexto histórico y económico venga ahora Gallardón a decir que el aborto no será legal en el supuesto de malformación del feto. ¡Qué ideal, Albertito! Es propio de una facción política como la tuya imponer a gente sin recursos la manutención y cuidados de un futuro hijo minusválido, en el marco de un gobierno que niega el trabajo, la cobertura sanitaria, la educación de calidad y, por supuesto, la ayuda a la dependencia. ¡Qué gran amor a la humanidad debes sentir, qué filantropía la tuya, qué consideración, añadir más trampas al camino de una población que día a día se está viendo abocada a vivir en la calle, buscando comida en los contenedores de basura, y siendo reprimidos a golpe de porra si manifiestan su absurda pretensión de supervivencia!

Pero ya, para remate de los tomates, sale hoy la inenarrable Esperancita a la palestra, para declarar que “hay que eliminar subsidios, subvenciones y mamandurrias en general”.

Controlado ya lo que podemos manifestar, abatidos a golpes por una policía a la que en estos momentos se intenta sobornar devolviéndoles la paga de Navidad, bajo el eufemismo de “su singularidad” dentro del funcionariado, sin prestaciones, pagándonos las medicinas, y con una Gestapo uterina, al más puro estilo Ceaucescu, ya sólo les queda imponer el derecho de pernada.

Y entretanto, la solidaria iglesia, calladita (que como todos sabemos, está más guapa).

Pero eso sí: “Marca una X a favor de la iglesia”. Una M voy a marcar yo.

M de mezquinos, de mafiosos, mentirosos y manipuladores, M de miserables.

Y M también, por qué no, del lugar al que en mi opinión se pueden ir todos ustedes.

Parafraseando al inolvidable Fernán Gómez: “A la mierda. Váyanse todos ustedes a la mierda”.

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LA CAÍDA DEL IMPERIO MARIANO

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Presidente Rajoy-Bashar Al Assad:

Creo que ahora entiendo por qué su primo se siente inmune. Y no me refiero al que dijo que eso del calentamiento global era una chorrada; me refiero al otro, al que gobierna Siria. Ése al que la ONU condena y no condena por enviar tropas armadas a disparar a ciudadanos, hijos, madres, abuelos…

Creo que ahora entiendo por qué, a pesar de saberse no querido, odiado incluso, sigue en su puesto; “Vosotros, occidentales de pro, tan modernos, tan evolucionados, os creéis a salvo de esto que yo hago a mi pueblo, mientras que lo mismo ocurre en vuestras propias narices”. Algo así, digo yo, deberá pensar su primo Bashar entre risitas cuando ve las noticias de España en la televisión.

Los mineros, los profesores, los médicos, los bomberos, los funcionarios, los autónomos, los abuelos, los parados, los estudiantes, los niños, las embarazadas, los desahuciados, los estafados por las preferentes… TODOS salen a la calle, y usted les echa los perros.

En Siria la represión se ejecuta a manos del ejército hacia el pueblo indefenso. Aquí, nos envían policías con porras, escudos y pelotas de goma. ¿Y creemos que nuestra situación es mejor que la de los pobres sirios? Una anciana menudita ha sido detenida por varios policías corpulentos, una niña de once años salió con un brazo roto, otra de doce fue golpeada, derribada y herida con una pelota de goma… Pero yo no tengo nada en contra de la policía, no se equivoque. Yo creo que ellos también son el pueblo. Ellos cumplen órdenes… De momento. Y es que no he visto cosa más tonta que recortar, encima, los derechos de aquellos que conforman la fina línea que les mantiene a ustedes a salvo. Su necedad no tiene límites, oiga. Pero yo me alegro; así también los policías se darán cuenta de que están siendo manipulados. Los policías son personas, por si no lo habían notado usted y sus compinches.

Se lo plantearía en forma de pregunta, pero desgraciadamente no me cabe ninguna duda de que, cuando los defensores de la ley y el orden se den cuenta de que ellos también están en el saco, -y gracias a su codicia y su necedad ya empiezan a notarlo- cuando se den cuenta de que ésas, la ley y el orden, están siendo violadas por ustedes, y no por nosotros, el cobarde gobierno que usted dirige sacará a las calles al ejército, como su primo Al Assad… ¿O no?

Bueno, no estoy muy segura de eso tampoco. Verá: conozco a varios militares de profesión a los que se les ha comunicado que se les va a robar la paga de diciembre, y que si quieren dejar algo a sus hijos en el sofá tendrán que esperar a las rebajas de febrero. Pero oiga: con su poder, lo mismo consigue usted cambiar la fecha de la navidad…

Alguien me ha advertido que, por expresar lo que siento y lo que pienso, me pueden llevar a la cárcel acusada de terrorismo. Pobre de mí, que lo más grave que he hecho, como ama de casa que soy, ha sido a lo sumo dejar quemarse la tortilla de patatas. Yo les digo que hay libertad de expresión, pero, según me explican, para expresarse libremente hay que ser, como poco, diputada. Así, ya puedes mandar joderse a cinco millones de personas, o puedes decir abiertamente, como ha hecho la señora Botella, que es normal que los pobrecitos sufran más, los funcionarios un poco menos, y las esposas de ex presidentes poco o nada. (Bueno, vamos a concederle el beneficio de la duda, y pongamos que ella sufre cuando le depilan las cejas).

De modo que, aquí, en Siriaña, las cosas están así: los derechos, recortados, los ciudadanos de bien viviendo en la calle, los ahorradores con su dinero secuestrado, los niños hacinados en las clases, los pensionistas pagándose las medicinas y las consultas, los funcionarios, estafados, los parados sin protección y encima insultados, los policías, que también son trabajadores con hijos, obligados a cargar injustamente contra sus vecinos… Y luego están nuestros supuestos derechos: a la manifestación, reunión y expresión, reconocidas por la Constitución Española, las llaman terrorismo, y así, como su primo Al Assad, se garantizan ustedes que aquí no chista nadie.

Por si esto fuera poco, a alguno de sus acólitos se le ocurre pedir a los votantes peperos que salgan a la calle a “defender sus decisiones”. ¿Es que quiere una guerra civil? ¿Tan grande es el ego de ustedes que prefieren ver cómo nos matamos entre nosotros antes que renunciar a esos privilegios a los que han accedido con la ilegitimidad de la mentira descarada?

La verdad, si me pueden acusar de terrorismo por esto, no sé de qué les podrán acusar a ustedes. El suyo sí es auténtico terrorismo: estado de terror, gobierno de terror, pero sobre todo de estupefacción; mientras que los que levantamos el país nos vemos sin dinero, sin casa, sin trabajo, sin sanidad, sin educación y sin ayudas, la banca, responsable de todo esto, no solo no paga nada, sino que recibe una recompensa por su gestión en forma de rescate. Un rescate que sale de robarnos todo aquello que legítimamente nos pertenece, un rescate que tiene como consecuencia convertirnos en un país del tercer mundo. Mientras, la Iglesia está exenta de impuestos y recibiendo dinero público, los defraudadores, con amnistía fiscal, los corruptos, en la calle y de rositas, perpetuándose además a través de sus vástagos, que pueden impunemente insultar al pueblo que les ha proporcionado la silla en la que se sientan.

Y todo esto… ¿Por qué?

Porque se ha construido sobre humo. Si los españoles no hemos dejado en ningún momento de trabajar, de producir, si los pescadores pescan, los agricultores siembran y recogen, los panaderos hacen el pan… ¿Por qué de repente todo eso se esfuma? ¿Dónde está el resultado de nuestro trabajo?

Resulta que eso que llaman “economía” es un concepto abstracto. Resulta que hay mucha gente que, sin pagar impuestos por ello, se dedican a algo que no produce nada para nadie, excepto para sí mismos. Como una reputación, que puede hundirse a base de rumores, ese mercado de aire en el que no pueden comprarse frutas, pescado ni pan puede hundirse a base de indirectas. Así, en un minuto un montón de ciudadanos pueden volverse pobres de la noche a la mañana, para que un especulador pueda comprarse un yate nuevo.

Ninguno de esos brillantes malabaristas de lo conceptual sabe nada que tenga que ver con la realidad, con hundir las manos en la tierra, o en la mina, con agarrar las redes. Les resulta absolutamente desconocido que los manjares ante los cuales se sientan para festejar su manifiesta inutilidad han pasado por las manos de aquellos a los que desprecian. Tampoco les es conocida la realidad de aquellos que enseñan a los más pequeños Geografía, Historia o Literatura, o de aquellos que en un hospital, a las tres de la madrugada, cambian un gotero.

No. Ellos han creado una economía ficticia, que ahora nos deja al pueblo llano, a esos que estamos acostumbrados a las cosas reales, golpeando el aire para combatir a sus fantasmas. Su economía es un fraude. Un fraude y un fiasco, porque una hogaza de pan no puede deshacerse con indirectas, pero su mundo imaginario sí. Y de eso saben mucho ustedes, de mundos y amigos imaginarios; mientras que los esclavos construyen la pirámide de un faraón que, aunque él no lo sepa, ya está muerto, mientras que la cripta se llena de joyas y alimentos que no podría disfrutar ni en siete vidas, mientras el pueblo pasa penalidades y carga las piedras de una tumba en la que se entierran sus propios proyectos e ilusiones, ustedes se encomiendan a la Virgen del Rocío, a la Macarena o al propio Dios, que, según sus propias palabras, señor Rajoy, es el jefe, pues hay que hacerlo todo “como él manda”. (Debe ser todo un privilegio recibir órdenes directas de Dios, oiga…).

Entretanto, un crujido hace tambalearse el basamento de ese mundo de mentiras en el que ustedes gozan de sus mal ganados privilegios.

Poco a poco.

Como un topo ciego que roe los cimientos de la casa en la que vive, la codicia de ustedes acabará por echarles encima el techo de mentiras que se han construido.

Ya pueden encomendarse a esos amigos imaginarios que tienen. Me da a mí que les va a hacer falta.

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CARTA DE AMOR A RAJOY

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Señor presidente: YO LE AMO.

Es algo que no puedo ni debo seguir ocultando por más tiempo. Y la verdad, no sin cierto reparo. Porque yo antes no creía en usted. Pero nada nada, ni un poquitín.

Pensaba que era usted un facha de la peor calaña, usted y todo su equipo. Pensé que íbamos a estar por lo menos cuatro años –ocho, si tenemos en cuenta la trayectoria que habitualmente describe el bipartidismo- sufriendo medidas opresivas, a favor de unos cuantos privilegiados, que se comportarían como señoritos de cortijo, como señores feudales, como franquistas en su esplendor.

Me equivocaba.

Me equivocaba y por eso le amo.

Yo le amo porque usted ha hecho algo muy difícil. Ha alcanzado un logro que hasta ahora ningún político en España llegó a soñar siquiera. Usted, mi presi, mi amor… USTED ES UN HÉROE.

Antes de que usted llegara, los ciudadanos nos conformábamos con cualquier cosa. No estábamos acostumbrados a la calidad de vida, ni siquiera soñábamos con ella. Creíamos, pobres ignorantes, que lo máximo a lo que podíamos aspirar era a estar treinta o cuarenta años entregándole a alguna entidad bancaria el fruto de estar doblando el espinazo durante cuarenta horas semanales, a cambio de un agujero en el que vivir y criar nuevos siervos para el Estado. Qué burros que somos. Antes de su llegada, las personas de a pie creíamos que “nuestros sueños” tenían forma de trabajo fijo, una ocupación absorbente que ni siquiera nos gustase, pero que nos proporcionase un estipendio mensual mínimo con el que sentirnos los reyes del mambo pagando un coche a plazos y entregando vales descuento en el Carrefour.

Se necesita ser asno. Y es que el pueblo, en el fondo, precisa de la tutela de alguien como usted.

Menos mal que ha venido a liberarnos.

Ahora ya nadie sueña con esas tonterías. Ahora ya nadie piensa que la política hay que dejársela a los “profesionales del sector”. Gracias a usted, que ha tenido a bien quitarnos esas minucias con las que nos contentábamos, tenemos tiempo y energía suficientes para comportarnos como auténticos ciudadanos, responsables, comprometidos, con sentido de la cohesión, con conciencia social. Ahora nos agrupamos para ayudar a desconocidos a los que van a desahuciar, ponemos en marcha cartas para enviar al Tribunal de la Haya, nos organizamos en frentes cívicos, leemos sobre lo que ocurre en otros países, nos informamos sobre alternativas económicas, sobre política, sobre derechos civiles…

Sí. Definitivamente, habrá un antes y un después del Gobierno Rajoy.

Usted ha hecho historia. Y me temo que yo no le he ayudado mucho.

Verá: yo no le voté. De hecho, mi limitada mente no podía comprender cómo era posible que congregara usted a tanta gente ignorante ondeando esas banderitas azul celeste, con ese hipocorístico cariñoso de José (Pepe) impreso en ellas. Veía que muchos eran ancianos, sí, y otros eran gente que aseguraba que el suyo era “el partido de su familia” (se ve que esas cosas se heredan en su facción, yo, como soy ignorante, decidí tener mis propias creencias políticas, en lugar de preguntarle a mi padre, seré burra).

Como quiera que las encuestas le daban por ganador, me senté una tarde a pensar, y me di cuenta de que usted era lo mejor que le podía pasar al país. Y así, comenté un día en una reunión con unos amigos: “Está bien que Rajoy salga elegido. Lo hará tan mal, que en cosa de un año le odiará todo el mundo”.

Naturalmente, también en eso me equivoqué. Un año, qué bruta. Pero verá, yo es que había incluido en la ecuación el factor “decoro”; pensaba que les daría un poco de apuro, o vergüenza, quitarse la máscara nada más terminar el baile. Qué tonta. Cómo iban a sentir vergüenza, si ustedes de eso no gastan…

Espero que sepa disculparme por haber sido tan estrecha de miras; su desprecio me dolería especialmente porque yo le amo. Le amo de una manera que jamás sospeché, viendo aquellos mítines, no lejanos, en los que su barba prognata recibía invariablemente la visita de su lengua cada diecisiete segundos, entre promesa y promesa de bajada de impuestos, de protección a la sanidad, a la educación… Le veía humedecer su labio inferior como para lubricar las palabras que salían de su boca. Y no creía en usted.

Idiota de mí.

Ahora no pasaré a la historia.

Ahora, cuando gracias a usted el pueblo haya puesto patas arriba el chiringuito político, encarcelando a corruptos, acorralando a las rubias oxigenadas de mirada aviesa que venden España a dueños de casino, o que dedican exabruptos a cinco millones de desdichados, mientras sus papás se pasean en aeropuertos para personas, ahora, cuando todo se acabe, yo no podré decir que contribuí al cambio.

Porque yo, pobre imbécil, no le voté. Así que no puedo beneficiarme de la gloria.

Pero puedo amarle.

Amarle por cumplir la única promesa que importaba de su programa:

EL CAMBIO.

La ilusión ha devuelto el brillo a mis ojos. La ilusión y el deseo.

Usted me pone, señor presidente. Me pone mucho.

En las tórridas noches de julio, antes de cerrar los ojos pienso en usted, en su barba, en su lengua… Y también pienso en su glamoroso séquito, no crea: pienso en las carcajadas de Esperanza Aguirre, en la soberbia de Soraya Sáenz de Santamaría, en las declaraciones paternalistas y perdonavidas de Ana Botella, asegurando que es normal que suframos más que ella. Pienso en sus palmeros del congreso, aplaudiendo y felicitándose por su periplo de destrucción, destrucción de la sanidad y la educación, de las ayudas sociales. Pienso en la grieta que cruje bajo el Congreso… Y me pone toda, oiga.

Me pone saber la velocidad que puede alcanzar la estupidez cuando tiene la perfecta forma redonda que necesita para rodar cuesta abajo.

Me pone mucho, presi.

¡Oh, sí,sí,sí!

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EL TARRO DE BOTONES

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Clin, clin, clin… Los rubíes y esmeraldas bailan de un lado a otro, golpeando el frasco. Hay una perla escondida bajo el redondo azabache que perteneció a la gran duquesa. Seguro que ahora no sabe cómo sujetarse la capa…

La lluvia cae feroz en una aburrida tarde de domingo, y yo juego con mis pequeños tesoros. Levanto el frasco y lo miro; Todo el mundo debería tener uno de éstos. Decididamente.

No hace mucho tiempo, -aunque nuestra mala memoria haga parecer que sí-, reciclar no significaba separar la basura en bidones diferentes, o llevar el aceite usado a un contenedor específico. Cuando yo era niña, en mi casa, como en casi todas, había una vieja lata de caramelos con trocitos de goma de borrar, clips y grapas sueltas, una caja de cartón con gomillas elásticas y alambres de las bolsas del pan de molde, un cajón con clavos, chinchetas y trocitos de cable de cobre, libretas hechas con el dorso de documentos que ya no servían…

De todas esas cosas la que más me fascinaba era el tarro de botones. Era un frasco de cristal, que otrora había contenido café soluble –los frascos también se aprovechaban- y en el que a lo largo de los años se habían ido depositando aquellas pequeñas piezas que yo consideraba mágicas. Cuando una prenda se le quedaba pequeña a una de nosotras, pasaba a la siguiente. Cuando ya no nos servía a ninguna, se regalaba a algún pariente, vecino o conocido al que le hacía falta. Pero si la prenda en cuestión ya estaba muy ajada –éramos tres hermanas- entonces se le daba varios usos, a saber: las puntillas, encajes, ribetes y cremalleras iban a la cesta de costura. Los trozos más nuevos podían convertirse en pequeños pañuelos o vestidos de muñeca. Los que estaban muy viejos, se destinaban para trapos, -trapos que se usaban todo el tiempo posible-. Y los botones… los botones iban al tarro de cristal.

Allí había tesoros increíbles. Recuerdo un enorme botón con un ancla dorada en el centro, otro rojo translúcido que parecía haber sido doblado como una oblea de empanadilla, una colección, que me encantaba, de ocho botones nacarados engarzados en una filigrana dorada…

A veces jugaba con ellos, los desparramaba por la mesa, los agrupaba por formas y colores… Cada uno tenía su historia, y yo le preguntaba a mi madre o a mi abuela a qué prenda habían pertenecido. Algunos databan de antes de mi nacimiento, y para mí aquello era “la antigüedad”.

Aquel tarro permaneció allí como una constante a lo largo de mi vida. Allí sigue, según creo.

Poco a poco las cosas fueron cambiando. Ya no llevábamos una bolsa plegable al supermercado, porque allí te las daban de plástico, y la ropa dejó de heredarse, más que  nada porque las familias numerosas habían pasado a ser algo anecdótico, y también porque la moda cambiaba más rápidamente que nuestro cuerpo, y a nadie le gustaba estar “fuera de onda”. Aquellas cosas que duraban eternamente pasaron a ser algo de otros tiempos, y entramos pomposamente en la era del usar y tirar.

Yo, que me había criado viendo cómo todo tenía más de un uso, y que consideraba normal que las cosas duraran muchos años, me sentía un tanto escandalizada –y en cierto modo entristecida- cuando veía que, al finalizar cada temporada, la gente se deshacía de todo aquello que ya no iba a serle útil en los meses subsiguientes, y comenzaba a ser algo normal encontrarse, a finales de septiembre, los contenedores rodeados de sombrillas y sillas de playa, barbacoas y cubitos de plástico, así como árboles sintéticos de navidad con todos sus adornos el día 7 de enero.

Yo, que había sido educada de otro modo, procuraba, no obstante, obrar con coherencia y en consonancia con los nuevos tiempos. Se me antojaba que, entre el síndrome de Diógenes y el consumo desenfrenado debía haber algún sano término medio.

Cuando me independicé, procuré que en mi hogar no faltara de nada, pues si algo había aprendido con mis padres era a tener bien surtida mi casa. Mi concepto del lujo pasaba por tener bien pertrechados botiquín, cocina, caja de herramientas y costurero. No me podían faltar ninguna de aquellas cosas que yo consideraba imprescindibles.

Tampoco un tarro de botones.

Era como una declaración de intenciones, un modo de expresar cómo yo creía que debía vivirse la vida a ciertos niveles. Había aprendido a ser autosuficiente en muchos aspectos, y lo mismo fabricaba una lámpara, que bordaba un cojín, inventaba una receta, ponía ladrillos o zurcía calcetines.

Y guardaba los botones. Cada botón, una historia, una prenda, una época, una actividad, un regalo…

Tintinearon los primeros en el fondo del tarro de cristal, (yo escogí uno de mermelada de melocotón) y luego otros sobre aquellos. A veces los miraba al trasluz, y me acordaba de cada prenda, de cada situación vivida con ella.

Porque esa era la cuestión.

Un tarro de botones.

Pienso en donde estábamos, en donde hemos estado, en donde estamos ahora, y miro el frasco de cristal como el símbolo que es, la representación de las cosas hechas con honestidad, paciencia y trabajo. Fue ese esfuerzo silencioso el que levantó nuestra economía, no las grandes decisiones europeas, no los decretazos y los recortes. Fue el trabajo diario y enorme de un montón de personas que querían mejorar sus vidas y las de sus hijos, las nuestras.

Todos deberíamos tener algo que nos refrescara la memoria, algo que nos recordara cómo hemos llegado hasta aquí, y que nos hiciera cuestionarnos si es en este lugar donde queremos estar. Y si la respuesta es no, ir hacia otra parte.

Ahora ya no es sólo una cuestión de ecología, y ni siquiera de economía.

Podemos y debemos hacer huelga de consumo. Es una solución que ataca a la causa y a la consecuencia. Nuestro precario poder adquisitivo parte de una política económica que nos asfixia, y que sólo nos quiere en el sistema para nutrirlo, para aprovecharse de nosotros y abandonarnos cuando ya estemos secos. Nos dicen que tenemos unas obligaciones por formar parte de ese sistema, pero nadie habla de nuestros derechos, unos derechos que se han ido viendo misteriosamente mermados, esquilmados con nocturnidad y alevosía por las mismas manos que ahora nos señalan como culpables y nos obligan a pagar por un delito que ellos han cometido.

Y hemos ido perdiendo tanto, y tanto, que ahora nuestra economía no nos permite formar parte del sistema; bien, si el sistema no nos quiere, vayámonos a otra parte (y no estoy hablando de Laponia).

Las pasadas navidades habrían sido un periodo estupendo para ponernos a prueba. Todos tenemos algún amigo artista, alguna amiga que cose, artesanos que fabrican objetos bonitos o útiles, propietarios de pequeños huertos que no precisan de intermediarios, peluqueros en el paro, fontaneros, electricistas…

Nos hacen ver que eso es “economía sumergida”, y que delinquimos al pagar veinte euros a una costurera para que nos haga una blusa sin que el Estado se entere. Nos dicen que si un escayolista en el paro nos arregla el cuarto de baño estamos defraudando. Nos persiguen por no someternos a ese impuesto revolucionario que se sacaron de la manga hace veinte años, el IVA, y que bien podría haberse llamado, pongamos, EPC (excusa para cobrar), porque, por rebuscados que sean los nombres que se busquen, no cambian la realidad. “Hemos de igualarnos con Europa”, nos dijeron, y comenzamos por pagar igual que ellos. Curiosamente, aún estamos esperando cobrar como ellos.

Y eso sólo por hablar del IVA, que no es más que uno de los ejemplos.

¿Defraudar? ¿Delinquir? ¿Delinquen una costurera, un peluquero o un profesor en paro si se buscan por su cuenta una supervivencia que el Estado les niega? ¿Dónde están las obligaciones de los que nos gobiernan?

Insisto: podemos y debemos hacer, en la medida de lo posible, huelga de consumo. No es difícil. Nuestra condición de supervivientes nos ha hecho versátiles y adaptados, hemos aprendido a hacer “casi de todo”. Son ellos, los otros, los que no saben hacer nada sin nos, el pueblo llano.

Me sonrío al pensar qué pasaría si fuésemos a dar con nuestros huesos en sendas islas desiertas, por un lado, un grupo de personas pertenecientes a “la clase política”, es decir, mentirosos de profesión que no saben hacer la o con un canuto, y otro grupo, en otra isla, de personas como nosotros, gente de a pie que ha tenido que aprender a buscarse la vida y a aguzar el ingenio para cada pequeña cosa.

Nosotros sí somos autosuficientes. Ellos no. Ellos nos necesitan a nosotros, qué paradoja. A nosotros, a aquellos a los que tratan con desprecio, y llaman “marionetas” desde la sede de sus bancos, o desde sus escaños en el congreso.

Marionetas, sí, porque estamos en sus manos, esclavizados durante treinta o cuarenta años para pagarnos una cueva mientras que ellos viven en la insultante opulencia que se deriva de sus engaños. Animalitos de carga, vale, pero… ¿qué harían ante una absolutamente legal falta de actividad comercial?

¿De dónde sacarían para abrirse sus cuentas en Suiza, para pagarse sus coches, sus orgías inconfesables, su cocaína, sus aeropuertos vacíos, sus carísimos trajes?

Tal vez tendrían que buscarlos debajo de las piedras de esa isla que se han hecho para ellos solitos, mientras que nosotros, “los desgraciados”, cultivamos con nuestras manos, construimos, cosemos, cocinamos…

Hemos vivido en la ignorancia, pero ellos han abusado, y ahora la gente comienza a ser consciente de su propio poder.

A esos políticos que creen que pueden recortar las libertades, someter a su antojo, robar y despilfarrar hay que recordarles que los que trabajamos con nuestras manos somos autosuficientes, y ellos no.

Hay que recordarles que, por dura que sea la situación, a lo largo de la historia de la humanidad siempre ha acabado por haber una toma de la Bastilla, un Nelson Mandela, una Revolución de los Claveles…

Y es el pueblo el que tiene las verdaderas armas.

Yo… yo tengo un tarro de botones.

¿Qué tienes tú?

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Ritos y dramas

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Apago la tele y me quedo sentada mirando el negro vacío de la pantalla. No soy capaz de dirimir si el reportaje que acabo de ver me produce risa o pena. O las dos cosas.

Me planteo cómo vería la noticia un extraterrestre que hubiese venido a estudiar las costumbres de los terrícolas. O tal vez ni siquiera tendríamos que irnos tan lejos. A lo mejor en una tribu del Amazonas tampoco lo entienden, aunque allí también es posible que tengan ídolos o tótems a los que hagan ofrendas o sacrificios. No sé. No estoy muy puesta en rituales religiosos.

Tal vez sea por eso por lo que el reportaje que acabo de ver me deja a cuadros, aunque se trate de un rito de mi propia cultura.

A saber: una reata de personas en actitud solemne desfila con lentitud, aguardando su objetivo, que no es otro que el de depositar los labios y las manos en un objeto de madera. Esto lo hacen en un clima de reverencia y recogimiento. Unos musitan algo brevemente, tras lo cual efectúan una prosternación y se alejan con aire circunspecto; otros incluso llevan a sus hijos en brazos, y les instan a repetir el ritual. Algunos pequeños dejan un rastro de babas sobre el objeto sacro.

Esto, desde luego, no es un problema: junto al extraño fetiche, hay apostada una señora, la cual se encarga de repartir todos los gérmenes y espumarajos de manera uniforme con un pequeño trozo de tela brocada.

El origen de la noticia no es el rito en sí. Al parecer, el objeto había sido rociado con agua años antes por un señor con túnica, el cual no era el oficiante de rigor, pero parece ser que el encargado de tal menester no consideraba al tótem digno de ser irrigado por su persona, porque no cumplía con los requisitos exigidos. Argumentaba algo sobre que había sido almacenado en un lugar impío, creí entender. Por eso se negaba a rociar la pieza con agua.

Ah, sí: el agua no era del grifo de su casa. Esto es importante. El agua, al parecer, provenía de algún lugar lejano, donde había sido embotellada en garrafas de cinco litros no sin antes haber sido tratada por un proceso pseudo-científico que consistía en recitar unas palabras. Las palabras no las puede decir cualquiera, en plan Alí Babá delante de la cueva, no. Las palabras las dice otro señor que tiene contactos en el más allá. Luego exportan el agua por todo el mundo.

Bueno, la cuestión es que, con esa agua tratada científicamente, los objetos adquieren un poder especial, siempre y cuando sean rociados por unos señores con túnica, (que no vale cualquier túnica ni cualquier señor, ojo. Tampoco vale una señora). La cosa es que el hombre con toga que tenía que hisopear el tarugo tallado estaba disconforme con el ritual y con el tótem, así que los adoradores del ídolo habían recurrido a otro investido con chilaba y clámide, quien sí había accedido a rociar el objeto para que todos pudieran desfilar ante él.

Y como el primer hombre de la túnica no estaba de acuerdo, pues tenían que realizar la ceremonia en el local de una asociación de vecinos, en lugar de hacerlo en el templo habitual en que se celebra este tipo de eventos. Un drama, vamos.

La señora del pañuelo brocado habla ante la cámara: “Yo la noto triste. Se le ve en la cara”. Enfocan al tarugo. “Claro que está triste –pienso yo- si la han tallado así, con esa cara. ¿Es que quieren que cambie de expresión?”. Pero por lo visto, está más triste de lo normal.

¿Cómo no va a estarlo? La llaman “Señora del prado en sus dolores”, que a mí se me antoja que es una pastorcita que se ha torcido el tobillo, pero no; que es otro prado y otro dolor, por lo visto.

En cualquier caso… ¿Quién dice que no está triste por otra cosa? Con la que está cayendo, no creo yo que se vaya a molestar esa señora, ni la de ningún otro prado, porque la rechupeteen aquí o allá, digo yo.

Hay gente que se está quedando en la calle con sus  hijos porque no pueden pagar la hipoteca. A lo mejor está triste por eso. Aunque puede que no. Puede que de eso se encargue “Nuestra señora del ladrillo afligido”.

Qué sé yo. No entiendo la noticia. No entiendo la congoja de esta gente. No entiendo cómo en pleno siglo XXI, con lo que sabemos, y en plena temporada de gripe, alguien quiera toquetear y relamer las babas ajenas, y lo que es peor, hacérselas chupar a sus hijos. Y tampoco entiendo por qué encierran en psiquiátricos a gente por tener alucinaciones y nadie se haga cargo de esa pobre señora que afirma que un tarugo de madera está triste. ¡No entiendo nada!

Hace  poco, estando en un debate sobre filosofía y pensamiento socrático, sobre la moral y tal, escuché a una de las participantes preguntarse cómo a estas alturas del milenio, en esta edad de la humanidad, podía haber tantos exaltados extremistas que interpretaran el Corán al pie de la letra, y que creyeran realmente que el martirio llevaba a la salvación, y otras cosas por el estilo.

Como si todos los fanáticos estuvieran en Oriente.

A lo mejor, el día en que dejemos de depositar nuestra fe en objetos de superchería, el día en que dejemos de rogar a Dios que haga por nosotros lo que a nosotros nos toca, deja de haber familias en la calle, sin un techo, sin nada que comer. A lo mejor deja de haber políticos corruptos, mujeres golpeadas, niños maltratados, trabajadores explotados. A lo mejor deja de haber hambrientos. A lo mejor, si dejamos de invertir dinero en pagar las faldas doradas de imaginería totémica nos queda para invertir en investigación, en la erradicación de enfermedades. A lo mejor si nos dejamos de pamplinas, tal vez, digo, ya no tengamos miedo.

Y si se acaba el miedo, ya no tendremos que besar las manos ni los pies a nadie. Y mucho menos a los tarugos.

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Epístola para una mula.

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Lastimosa bestezuela:

Te dirijo esta misiva tras comprobar que la coraza de tu desdén hace imposible que nos comuniquemos de palabra.

Sé que el método se presta a la mala interpretación, pero antes de que te jactes de haberme amedrentado, te apuntaré lo erróneo de confundir mi actitud con la cobardía, pues si de algo está cansado mi brazo es de blandir la espada en continuas luchas, la mayoría tan injustas como frustrantes, pero, victoriosa o no, siempre he sabido plantar cara a mi enemigo, así que te agradecería que no cuestionases mi valor.

No, no es cobardía; Es mero sentido práctico lo que me lleva a enviarte este escrito, que a buen seguro examinarás minuciosamente en busca de algún indicio acusatorio, algún renuncio que me perjudique, más no hallarás otra cosa que una verdad a la que jamás te has enfrentado, y que ahora se encuentra en tus manos, tras burlar tus defensas como un caballo de Troya que has metido entre tus muros con traicionera codicia.

Tras comprobar, en nuestra última conversación, tus limitaciones verbales, he buscado en mi mente las palabras adecuadas, aquellas que verdaderamente puedan hacerte llegar mi mensaje. ¿Cómo hacerlo? Veamos…

Algunas personas, como tú, mi ignorante criatura, se pasean por el mundo desplegando esa cascada de incomprensible hostilidad, con la que pretenden intimidar a todos cuantos les rodean, sin darse cuenta, -pobres- de que es su propio temor el que resulta manifiesto para cualquiera que posea dos dedos de frente.

Porque, en efecto, cuanto más ladra el perro menos muerde, y el perro que ladra grita su miedo, tiembla tras sus dientes, vibra ante el eco que produce el vacío sonido de su garganta en un cuerpo en el que no hay más que ruido y debilidad.

Dices “soy como soy”, elevando tu mentón y apretando los labios en un irremediable encuentro con tu altiva nariz, y tu actitud chulesca anuncia tan sólo tu propia e injustificada soberbia, pues sólo de eso, de soberbia en sí misma, puedes presumir.

Dime… ¿se puede uno sentir orgulloso de su propia condición anodina, de su vacua existencia?

En plan patriarca gitano, cual señorito de cortijo o ignara maruja arrabalera, enarbolas tus dos dedos preeminentes, y profieres, con tanta inmisericordia como ignorancia, tus sentencias limitadas y banales, rematadas siempre por esa incalificable grosería que te adorna toda.

He tratado de hallar algo, en tu trayectoria, en tu conducta, incluso en tu aspecto, que justifique la convicción casi  religiosa que te lleva a comprender de manera unilateral que el mundo gira en torno a la cicatriz que es tu ombligo, pero por más denuedo que he puesto en mi labor, no he hallado el más mínimo atisbo de don alguno, ya sea a nivel intelectual, espiritual, o meramente físico, que te pueda haber llevado a tan rocambolesca conclusión.

Como un orador que comparece ante los medios luciendo una mancha de mahonesa en la nariz o una hoja de espinaca entre los dientes, extiendes los brazos ante tu público, y sonríes orgullosa, en la solitaria certidumbre, pues es sólo tuya, de que las miradas se posan en tus inexistentes encantos, y no en tus evidentes defectos.

Me hablas de educación. ¿Qué sabes tú de eso?

Algunas personas, mi pequeño animalito, confunden esa gran palabra con otros conceptos.

¿Modales?

Son sólo eso.

He visto monos de circo quitarse el sombrero, y he oído a cacatúas ejecutar brillantemente la aparente vocalización de un “buenos días”. ¿Les convierte eso en educados? Yo creo que no.

Por otro lado, existe el concepto de educación como esa serie de valores bajo los cuales hemos sido instruidos desde la infancia.

No considero yo que poseer las maneras de una duquesita -que por cierto, tú no tienes- convierta a nadie en una persona bien educada, ya que son igualmente modos aprendidos los que mostramos a los demás, en aras de conseguir con un menor esfuerzo aquello que nos proponemos pues, ¿no es acaso cierto que se cazan más moscas con miel que con vinagre?

No, no es eso la buena educación. Hasta las duquesitas pueden ser groseras.

La verdadera educación, ésa que se escribe con mayúsculas, es una actitud. Nace desde el más profundo, sincero y personal respeto del individuo hacia los que le rodean, se orienta a no herir o molestar a los demás con nuestra existencia o nuestras necesidades, y se manifiesta, casi a modo de ternura, más con sonrisas y actitudes positivas que con toda la verborrea protocolaria de la que puedas abastecerte en los más selectos círculos.

Personas iletradas, cabreros, gente criada en la montaña, que jamás tuvieron acceso a un libro, pueden manifestar, con su limitado repertorio, la buena educación en la que se traduce conducirse con respeto hacia los demás.

Tú, en cambio, no puedes.

La naturaleza no ha sido muy buena contigo, pobre bicho.

Entiendo que presumas de soberbia.

Ella te alimenta, ella te da forma, ella te define.

Toda tú eres soberbia.

Y la soberbia no es más que un envoltorio feo que cubre el más absoluto vacío.

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LIBERTAD DE OPRESIÓN.

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Aquella era una ciudad en blanco y negro. Medio siglo de opresión había hecho de sus habitantes ciudadanos silenciosos, sumisos, prudentes hasta la cobardía.

Todo estaba controlado. Había leyes para caminar, leyes para hablar, leyes para pensar.

Por fin el tirano murió, y todos salieron a las calles para festejarlo. Hombres y mujeres sacaron sus tejidos de colores y los expusieron al sol. Cada cual colgó su estandarte, todos diferentes, y todos aceptados. Ya no había yugo en la palabra; expresarse era un derecho.

Para proteger la libertad, se crearon leyes. Leyes para evitar que una palabra oprimiese a otra palabra, leyes para impedir que el libre albedrío ofendiese a los más conservadores, y también para que éstos no manifestasen sus deseos de retorno al control.

Al final, la libertad murió a manos de sus propias reglas.

Y la ciudad volvió a estar en blanco y negro.

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Gusanos de seda

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Pili entró sonriente, con una caja de zapatos entre las manos.
Yo le había abierto la puerta con una expresión adormecida; durante la media hora anterior había estado absorta en la lectura de un libro muy interesante, y el timbre me había sacado de un mundo menos prosaico. Darme cuenta de que me encontraba en el comedor de mi casa, y no en la selva de Horacio Quiroga, me había producido un ligero mareo.

¿Está tu hermana Sonia? -dijo. Y sin esperar la respuesta se fue para el fondo de la casa.

Pili nunca venía a buscarme a mí, y en cierto modo era una cosa normal; yo era una niña “rara y aburrida”, que se pasaba el día sola en un rincón, leyendo libros, dibujando y escuchando música. Y aunque mi vecina, que también era compañera de clase, tenía mi misma edad, se llevaba mejor con mi hermana mayor, con la que tenía cierta afinidad.

Aquel día habían venido mis tíos y, como siempre que había reunión familiar, la algarabía reinaba en el salón, así que yo me había refugiado en la mecedora del comedor para devorar mi nuevo libro. Pero la entrada impetuosa de Pili me hizo seguirla, un poco para justificar de algún modo ante mi madre aquella manifiesta falta de modales de la que hacía gala esa especie de niña-huracán que vivía justo en el piso de al lado.
Mis hermanas salieron al oírla, y puesto que yo la había seguido, acabamos confluyendo todos en el salón, donde mis padres y tíos charlaban animadamente.

-Buenos días -dijo ella con una sonrisa de oreja a oreja- mira, Sonia, lo que tengo.
Destapó la caja, e instintivamente todos miramos lo que había en ella.
Dentro, dos mariposillas color crema se mezclaban entre hojas de morera y una miríada de huevos diminutos.

-”Son gusanos de seda- explicó- bueno; lo eran. Ya han salido del capullo y han puesto un montón de huevos”.

Yo aún sostenía mi libro, el dedo índice marcando la página, pero miraba al interior de la caja, que tenía un olor un tanto desagradable, mezcla de cartón húmedo y heces de gusano. Las hojas de morera estaban mustias, y el conjunto en general me daba cierto asquito.

Mi tío se levantó para verlas.
Las palomitas estaban casi inmóviles, parecían muertas. Mi hermana pequeña preguntó: -¿No se escapan volando?

-No -respondió su propietaria- Estas mariposas no vuelan. Además se están muriendo.

Esto último lo dijo con una naturalidad que me resultó sorprendente.
A mí no me gustaban los “bichos”, pero no podía entender cómo alguien podía demostrar semejante indiferencia ante la inminente muerte de sus mascotas, fueran éstas lo que fuesen.

Pili continuó con su explicación:
-”Cuando los gusanos de seda se hacen mariposas, se juntan, ponen huevos, y se mueren”.

“Hala, mira qué bien”-pensé yo. Pero no dije nada.

Yo tenía nueve años, y pensaba mucho, quizá demasiado. Mi tendencia a reflexionar acerca de la más mínima cosa me ha convertido ante los demás en una adulta “que se come demasiado el coco”, pero a mis nueve años me hacía “rarita”.

Entonces mi tío soltó aquella frase, la de la discordia:

-”Es increíble la misión de estos animalitos. Comen, crecen, se reproducen y se mueren”

-Igual que nosotros, ¿no?

Todos me miraron. Yo seguía sosteniendo el libro, y había dicho esto muy seria, sin saber que había abierto la caja de Pandora.

-Bueno, bueno… igual que nosotros no –dijo mi tío, sonriendo con una especie de suficiencia- Nosotros hacemos más cosas.

-¿Cómo qué? –inquirí yo.

-Pues nosotros trabajamos, por ejemplo.

-Para comer, ¿no?

-Sí, eso es, para comer.

-Pues igual que los gusanos, ¿no?

Mi tío no estaba dispuesto a darse por vencido, y menos por una mocosa.

-Pero también hacemos otras cosas. Tenemos nuestra casa, tenemos hijos…

No necesité repetir la frase, porque mi tío se calló, como observando que, en efecto, ninguno de sus argumentos había conseguido hasta el momento diferenciarnos de los gusanos de Pili.

Entonces mi tía comenzó a dar sus propios argumentos.

-Las personas vivimos mucho más tiempo que los gusanos. ¿No crees que eso será por algo?

-¿Para que comamos más? –aquello lo dije con cierta insolencia. Los razonamientos de mi tía me parecían una bobada. Mi ironía no pasó desapercibida.

-Oye moco, cuando vivas tantos años como nosotros, comprenderás más cosas -dijo con cierto enfado- ¿Pues no nos está comparando con gusanos?

-Bueno –dije yo suavemente- Si los gusanos vivieran tanto como nosotros, pero siguieran comiendo, engordando y poniendo huevos… ¿Sería diferente?

-Pues… sí, supongo, porque les daría tiempo de hacer más cosas…

-¿Qué cosas? ¿Las que hacemos las personas?

-Sí…

-Pues eso; lo mismo de lo mismo: comemos, crecemos, tenemos hijos y nos morimos.

Dicho esto, me fui para el comedor y reanudé mi lectura.

Pili y mis hermanas se fueron a jugar al dormitorio, y yo me metí de nuevo en la selva con Juan Darién, el niño-tigre. Pero algo no me dejaba leer.

En el salón, lo que comenzara como un murmullo había desembocado en una discusión acalorada. Y yo levanté la cabeza del libro para aguzar el oído.

Pude escuchar cómo se hablaba de sueños rotos, de expectativas fallidas, algún reproche, cosas sobre el matrimonio, los hijos, las vueltas que da la vida…

Cuando mis tíos se marcharon todo el mundo tenía la cara seria. Bueno, todos menos Pili, que volvió a salir por donde había venido, con su caja entre las manos y su despedida cantarina y escandalosa.

Pensé que mi madre iba a abroncarme, pero en lugar de eso me miró un momento y se puso a hacer la comida, sin decir palabra.

Jamás volví a pensar en ello, pero…

Más de veinte años después, la mirada de aquella niña “rarita” se posa sobre los viajeros del autobús.
Todos van serios, con un rictus mezcla de hastío y sueño, y yo me pongo a pensar en los gusanos de seda de mi vecina.

Hoy, ahora, me parece más que nunca que nuestra similitud con aquellos bichos es aún mayor que la que apuntaba de pequeña.

Como los gusanos de seda, en efecto, vivimos comiendo y tejiendo, con las esperanzas puestas en un futuro que no va más allá de asegurarnos la hoja de morera para mañana. Como ellos, en efecto, vivimos para perpetuar la especie, y luego desaparecemos.

Pero, además, nos parecemos en otras cosas…
Porque también nosotros tenemos unas alas que probablemente no llegaremos a utilizar nunca.
También vivimos en un pequeño espacio de cartón, que no son sino nuestras propias limitaciones. Las consideramos infranqueables, pero bastaría con levantar la cabeza para ver que arriba hay un cielo, y que la vida es algo más que lo que hay dentro de nuestra caja.

Sin embargo, y cuando tratamos de ver más allá, siempre hay alguien que pone sobre nuestras cabezas una enorme hoja de morera, alguien que nos recuerda que eso es lo máximo a lo que podemos aspirar, y que mientras que no nos falte, no tenemos por qué desear nada más.

Y entretanto, tejemos nuestros sueños, pensando que un día nos harán levantar el vuelo.

Yo no sé si los gusanos sueñan, pero nosotros desde luego sí que lo hacemos.
Al menos yo sueño cada día.

Sueño con un espacio abierto, que no huela al cartón húmedo de la miseria cotidiana.
Sueño con sentir el viento en mi cara, extender los brazos y agarrar la vida con fuerza.

Y sobre todo, sueño con desplegar un día mis alas, y volar lejos, muy lejos, de mi caja de zapatos.

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¿Dónde he caído?

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Enero, tarde de sábado.

Me ducho, me arreglo y salgo a la calle a dar un paseo y a hacer algunas fotografías. Hay animación en la avenida; la gente camina con paso ligero, las tiendas están abiertas y corre una brisa agradable.

A varios metros de distancia, dos niñas de unos ocho o nueve años corretean. Parecen jugar al “que te pillo”, y una esquiva a la otra como puede. Cuando estoy lo suficientemente cerca, las oigo:

-¡Ya verás cuando te pille!- grita la perseguidora. La perseguida replica, a voz en grito:

-¡Te lo advierto! ¡Te voy a denunciar por agresión y lesiones!

Yo me quedo perpleja. Recuerdo esos juegos, pero las frases que lo acompañaban eran más del tipo “a que no me coges”. Sacudo la cabeza y sigo caminando.

En el Paseo Marítimo, una hilera de chicos de unos catorce años parecen estar disfrutando de la compañía mutua… ¿o no?

Se sientan a lo largo de la muralla que da a la playa, de espaldas a la soberbia puesta de sol. Todos parecen formar parte de una extraña coreografía; las cervicales, interrogantes, en reverencia a unos chismes menudos en los que sus propietarios concentran ojos y manos. Son cinco chavales en total. Uno de ellos, en tono monocorde y sin levantar la mirada de la diminuta pantalla, expele cansino:

-Creo que la Sandra y la Paula se están pegando.

Miro hacia la playa, donde dos chicas se tiran mutuamente de los pelos mientras se revuelcan en la arena y gritan palabras que harían sonrojarse a un gomorrita.

Aún sin levantar la vista de sus hipnóticos aparatos, otro apunta, en el mismo tono indiferente.

-Peleas de guarrillas siempre hay…

Entonces recuerdo cuando quedaba con mis amigos en el Paseo Marítimo, y nos faltaba tiempo para contarnos el absolutamente todo que había transcurrido en el interminable lapso de cuatro o cinco horas que llevábamos sin vernos. Risas, abrazos, paseos, intercambio de cintas de casete…

Paso por delante de una tienda de golosinas, y recuerdo un encargo de Franc: “cómprame almendras, anda”. Entro en una estancia de luz blanca y colesterol de colores, y unos chavales de dieciséis, tal vez diecisiete años están hablando con el dependiente, mientras que sacan sus carteras y hacen cuentas. Me sonrío pensando en cuando pagábamos, también, las chucherías a escote, o le dábamos dos o tres duros al amigo o amiga al que le faltaban para comprar palomitas, o patatas, o lo que fuera. Me parece una escena tierna. Entonces uno le dice al otro:

-¿Tienes o no?

-Espera, joder.

Saca un billete de cincuenta euros, y el dependiente pone junto a las bandejas de avellanas y pistachos dos botellas de whisky, una de Coca Cola, una bolsa de hielo, tres litros de cerveza y, eso sí, un paquete de Doritos.

-Me debes treinta euros de ayer, le dice un chico al otro.

Yo flipo en color, y pago las almendras, sintiéndome un poco tonta.

No sé muy bien lo que ha pasado, pero algo ha pasado. Yo creo que me echaron algo en la bebida. Eso es: me tomé algo que me dio sueño y dormí cien años. O ciento uno.

El caso es que, cuando desperté, algo había ocurrido; por alguna razón, ahora los niños se saben el código penal, los adolescentes quedan para no verse y los jóvenes gastan en un finde lo que yo en una semana.

Definitivamente me he vuelto una carca. Uno debe asumir que está anticuado cuando ya no comprende estas cosas. Y yo no las comprendo. O tal vez no las comparto. Lo mismo da.

Sea como fuere, no estoy muy segura de si debería haber salido de la cama.

Tal vez me acueste otra vez.

Sí, será lo mejor.

Dormiré otros cien años.

O ciento uno…

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