Escoria

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Te odio, aunque no te lo merezcas.

Te odio desde lo más profundo de mi ser, desde los leucocitos y hematíes que recorren mi cuerpo, desde la grácil estructura helicoidal de mi ADN.

Yo te odio.

Y no te lo mereces.

No te lo mereces porque el odio es una molestia enorme, un esfuerzo que supone sentirte mal cuando ves, oyes o tan siquiera dibujas en tu mente a la persona objeto de esa inquina. Y ello en sí es una contradicción porque, si alguien es lo bastante inmundo como para que le odies, no merece ese esfuerzo.

Pero yo te odio. Soy así de imperfecta.

Así, y enraizado en esa malsana aversión, ha crecido el sueño de que llegue el día en el que una poderosa fuerza de la naturaleza te haga implosionar. Sí, implosionar y no sencillamente explotar, de manera que, cuando esa fuerza te destruya, la porquería que toda tú constituyes vaya hacia dentro, y no salpique a los seres decentes que viven a tu alrededor.

Entonces, y del agujero negro que surgirá de tu destrucción, una fuerza poderosa absorberá a toda tu casta, y el universo será un lugar mucho más armonioso y tranquilo.

Naturalmente, esto es sólo un sueño, pero soñar me ayuda a sobrellevar el hecho de que me haya tocado conocerte, me haya tocado verte, oírte, sufrirte.

Tú, que sólo ves telebasura, que disfrutas oyendo a personajes rocambolescos lanzar imprecaciones de guión envueltas en esputos accidentales. Tú, que abres la ventana a las tres de la madrugada para que todos puedan comprobar el nivel ensordecedor que puede alcanzar el volumen de tu televisor, tú, que sacas la basura al descansillo y la dejas ahí durante ocho horas seguidas, para que las moscas puedan darse un festín con tus cáscaras de plátano. Tú, que eres capaz de decir una frase de ocho palabras en la que siete son palabrotas de contenido obsceno y sexual, palabras llenas de pelos y hedores. Tú, que dibujas una aberración goyesca de mandíbula desencajada en risotada grosera y zafia, al ser increpada por alguna incorrección, o solicitada para la buena convivencia…

Tú eres el objeto de mi odio.

Tú y toda tu progenie, la de los escupitajos en la escalera, la del reggaeton a toda leche que hace vibrar las paredes del edificio.

En la expresión máxima de lo que constituye una lacra, una peste para la humanidad, has logrado multiplicarte y dar a luz a toda una estirpe de engendros repugnantes que no aportan nada al mundo, y sí resultan, en cambio, una carga para la sociedad.

Matriarca de una ralea parasitaria, tus hijos y tus nietos, que comparten tus aberrantes modales y tu ignorancia supina, maman de la teta del estado, sin haber completado jamás la educación básica, pero beneficiándose de los subsidios que esta sociedad absurda otorga a yonkis, ex presidiarios y padres adolescentes -porque esa es otra, os reproducís como conejos, en una ignorancia del uso de anticonceptivos impropia del siglo XXI-.

Mientras, padres de familia desempleados, jóvenes con carrera y gente de bien no recibe del estado ni un triste buenos días. Tal es nuestra sociedad, que premia la conducta inapropiada, la falta de ambiciones, la estulticia de seres lobotomizados por la verbena de la tele.

Y así, con mis impuestos, pago tu Sálvame de Luxe, tu reggaeton y tu factura de la luz. Y pago también las naranjas cuyas mondas vas a dejarme al día siguiente en la puerta, orladas por el vuelo de unas moscas que pincelan el retrato perfecto de la inmundicia.

Escoria.

Eres escoria.

Como tú, hay muchas personas que constituyen vías muertas en la trayectoria de la humanidad. Sois abortos de la raza humana, callejones sin salida que terminan en un muro sucio con rincones hediondos de orina y oscuridad.

Sois obstáculos para la evolución, para la comunidad, para el respeto y la armonía.

Vuestras vidas no sirven a nadie, ni siquiera a vosotros mismos.

Sois basura.

Como la que dejas en la puerta.

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El bosque en la ventana

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Vivo en un piso pequeño. Muy pequeño. Cuando compro una caja de zapatos ya sé que tengo que tirar o regalar alguna otra cosa para poder ubicar la nueva adquisición. Así están las cosas. Por eso, y a pesar de que mi sueño sería tener un gran jardín, o mejor, vivir en una cabaña en el bosque, toda la vegetación que me rodea cabe en el alféizar de una ventana.
En ella se apiñan un pino que hace ocho años fue un piñón, una esparraguera, un aloe que me pide a gritos un apartamento más decente que el minúsculo tiesto que constriñe sus raíces y sus aspiraciones, un olivo que se desespera soñando un campo -como yo sueño la lotería- y un granado en la misma penosa situación. Por si fuera poco, cuando Franc y yo descubrimos por la calle algún esqueje arrancado y condenado a morir, lo traemos a casa para darle una oportunidad.
Y claro, acaba en la misma ventana, que es un proyecto de bosque, igual que la mía es un proyecto de vida.

Como un plus de mi pequeña foresta, cada día vienen a visitar el abigarrado rincón vegetal tórtolas y gorriones. Las primeras tienen la manía de ponerse a ulular en la diminuta copa del no menos diminuto pino (como si el pobre no tuviera bastante con estar asentado en esa minúscula parcela). A veces me asomo para debatir con ellas los inconvenientes de someter a ese pequeño árbol a su peso, pero nunca me da tiempo a decirles nada porque -se conoce que no les gusta mi cara- salen volando despavoridas.
Los gorriones en cambio me hacen sonreír. Son más espabilados que las tórtolas -dónde va a parar- y me ven incluso a pesar de los reflejos del cristal. Jamás los pillaré desprevenidos.
Por eso me conformo con mirarlos como una imagen difuminada a través de la lona color marfil del estor. Me gusta que vengan a visitar mi jardín urbano, y no quiero espantarlos.

Es así como he ido observando que últimamente andan revueltos. Claro -me digo- llega la primavera y hay que prepararse.
Esto lo concluí después de observar como un pequeño macho intentaba arrancar las ramas secas que había en una de mis macetas. Dura labor: se trataba de unas largas hojas fibrosas con las que su pico no podía. Pero el muy cabezota iba y venía, tratando de conseguir su objetivo.

Así que decidí jugar a ser Dios y me hice con unas tijeras.

Por supuesto, el testarudo y redondito personaje salió volando apenas percibió movimiento en la cortina, pero no se fue muy lejos. Me piaba desde la azotea de enfrente, protestando quizás por querer apoderarme del Pladur de su futuro nido.
Así, me vi cortando cuidadosamente todas las ramitas secas de la planta en cuestión, en porciones fácilmente transportables, y depositándolas sobre otra maceta. Luego cerré la ventana y esperé.
Nada; ninguna de aquellas bolas con plumas se acercaba. Supongo que la invitación “construya su nido sin coste alguno” les debió parecer sospechosa. Normal. Con tanto especulador suelto, con tanto estafador inmobiliario, cualquier ser inteligente albergaría sus dudas. Y los gorriones son muy inteligentes.

De manera que me fui a prepararme un té, y volví con mi taza al teclado del ordenador. Al rato, percibí un ruido de ramitas, revoloteo, un pequeño jaleo como de señoras en rebajas, y ahí que los vi.
No había un gorrión, sino seis o siete. Todos se apiñaban en el lugar donde yo había depositado las ramas y hojas secas, convenientemente cortadas, formando una algarabía de píos y batir de alas que alegraron mi jardín dormido, mi jardín que sueña con hacerse mayor.

Ahora, cada mañana, dedico unos minutos a cortar las ramitas y hojas secas de mis plantas, y a depositarlas en una especie de stand “sírvase usted mismo”, al que acuden, cuando sólo los veo por el rabillo del ojo, pajarillos saltarines y desvergonzados.

Así que ya puedo incluir algo nuevo en mi currículum: promotora inmobiliaria para gorriones y proveedora de nidos ecológicamente sostenibles.
Me pregunto si podré ponerlo en mi solicitud del INEM…

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Madre no hay más que muchas…

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1.-”Eres una egoísta”.
2.-”¿Te lo vas a perder?”
3.-”Si todo el mundo fuera como tú la humanidad se habría extinguido”.
4.-”Las personas como tú son unas irresponsables”.
5.-”Una mujer que no es madre, no es mujer”.
6.-”No vas a tener quien te cuide cuando seas vieja”.
7.- “Tú tenlos, que luego, si no puedes hacerle frente, tus padres te sacan las castañas del fuego”.
8.-”Los hijos son lo mejor que te puede pasar en la vida. Te lo pierdes todo, pero es lo bonito del sacrificio. Los niños son maravillosos. Niño, deja de dar por culo”.

Estas son algunas de las perlas que he tenido que escuchar desde que tuve edad fértil. Se supone que soy una egoísta, pero una gran cantidad
de las personas con hijos que yo conozco los han tenido por motivos absurdos y egoístas, cuando no por accidente. “Que se parezca a mí”, “vestirlo como yo quiera”, “elegir un nombre precioso, como Yedai, Jonathan-Camilo o Güendolín”, “que no me tengan que meter en una residencia” y cosas similares han llevado a mucha gente que conozco a tener hijos. Eso por no mencionar a quienes los traen al mundo de manera irresponsable, sin tener nada que darles (y no me refiero sólo a lo material), sin pensar en su futuro ni en su seguridad, o planeando ya de antemano que sus padres y sus familiares les saquen de los apuros económicos o les ayuden a cargar con una responsabilidad que sólo a los progenitores corresponde.

Mucha gente, además, piensa que ya “cumple” con la humanidad procreando, y a partir de ahí ya pueden comportarse como unos auténticos hijos de puta con todo el mundo, y eximirse de ofrecer cariño auténtico, amistad verdadera o solidaridad a los que les rodean.

Y se permiten juzgar a las mujeres que no siguen su mismo camino, calificándolas, entre otras cosas, de seres incompletos. Como si la maternidad se perfilase sólo en el paritorio. Pues no.

Se puede parir y no ser madre, como se puede ser madre sin haber parido. O simplemente puedes tener claro que tu aportación a la humanidad puede ser mucho mejor que la de simplemente perpetuar tus genes (lo cual no siempre es positivo), y esperar, como espera mucha gente, que sus hijos hagan por la humanidad lo que ellos no están dispuestos a hacer.

La maternidad, como acto físico, está claramente sobrevalorada; las ratas también paren, y a menudo se comen a sus crías. Yo conozco a muchas madres-rata, (de nuestra misma especie), y también conozco a seres humanos maravillosos que han conseguido ser madres y padres de la gente necesitada a su alrededor, aunque no les hayan engendrado o concebido.

La maternidad no es un acto físico que se desarrolla en la matriz; es una asunción de rol, un ejercicio de mentalidad, un acto de amor hacia otros, -aunque no se comparta el ADN- y, sobre todo, es el resultado de la predisposición amable y solidaria hacia otros seres vivos.

Con más frecuencia de lo deseable -aunque afortunadamente no siempre- las “madres de matriz” sólo siguen sus instintos más primarios, pero en muchos casos ejercen de mala gana las consecuencias de esos instintos.

Por supuesto, hay madres y padres maravillosos, vocacionales, responsables y juiciosos, pero esa actitud no siempre va unida al cargo.

Para finalizar, he de decir que la mayoría de la gente que me ha bombardeado con las frases al principio expuestas, suelen acabar su discurso con la incoherente coletilla de “tú sí que te lo has montado bien”, “tú sí que vives bien” y cosas por el estilo.

¿Hola?

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La infamia de haber vivido.

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Abro Facebook y veo un vídeo de personas mayores bailando. La descripción: “abuelos con marcha”. Y me descubro a mí misma haciendo una mueca de disgusto.
El epígrafe es lo que me molesta, por supuesto.

Cuando vemos estas cosas, solemos decir o escuchar comentarios jocosos, paternalistas, condescendientes y hasta críticos.
Se ve que una persona mayor tiene que demostrar “dignidad”, y no hacer lo que le pida el cuerpo, por más capacidad que tenga para ello. Y aun cuando se trata de comentarios supuestamente positivos, la actitud que observo es la de condescendencia, como la que se tiene ante un niño pequeño, o ante alguien que no rige.

Pero lo de “abuelos” es lo que más me fastidia.
Me cabrea sobremanera que a las personas de cierta edad se les llame de ese modo, como haciendo una gracieta. Yo no tengo hijos, ¿qué pasa? Así que no voy a ser abuela. Además, en esta sociedad etaria, parece ser que sólo eres lo que tu edad dicta. Pues no.

Hay personas mayores que son unas cabronas, y personas mayores que son encantadoras. Hay jóvenes inteligentes y jóvenes gilipollas. Hay racistas y violentos entre los adolescentes, y también los hay entre los octogenarios. Así pues… ¿Cuál es el sentido u objeto de calificar a las personas por su edad?

A menudo, cuando en los medios se da una noticia, se escucha que “un joven ha sido atropellado”, o “un anciano ha matado a su esposa”, por ejemplo, y la importancia del mensaje cambia en función de la edad que tenga la persona.

Considero que, a no ser que estemos hablando de cuestiones en las que la edad juegue un papel fundamental, en cuyo caso se puede mencionar por formar parte importante de la información, (véase, “una mujer de 55 años da a luz”), con la excepción de esos casos, digo, no deberíamos clasificar a las personas por los años que tienen, y mucho menos, incluirlos en franjas definidas de un modo tan abstracto como “anciano” o “joven”. Sobre todo, porque hay ancianos de 15 años y jóvenes de 70, y esto no es un tópico de esos que se dicen para quedar bien; La gente que no aprende nada nuevo, que engulle telebasura, ésa que se cree todo lo que rula por Internet sin cuestionarlo, la gente que se baja el tono machacón de moda en el móvil o que censura cualquier cosa nueva o distinta, ésa sí es vieja, con independencia de su edad. Los otros, los que siguen innovando a pesar de haber superado hace tiempo los sesenta, los que siguen aprendiendo, los que abren su mente, los que son receptivos, tolerantes, alegres, creativos…. Esos son jóvenes, así tengan ochenta, noventa o cien años.

Recuerdo que hace algún tiempo vi en las noticias a una chica a la que estaban entrevistando varios medios. La causa era que habían atropellado y matado a su padre, de 72 años. La desconsolada mujer gritaba ante la cámara, explicando entre lágrimas:
“Lo peor es tener que escuchar en la radio y en la tele que han matado a un ‘anciano’. ¡No era un anciano, era mi padre, mi padre! ¡Una persona! ¡Un buen hombre!”
Yo puedo comprender perfectamente la naturaleza de su clamor. Los que transmitían la noticia estaban desposeyendo a su padre de toda entidad humana, reduciéndolo a un número, el de su edad, una edad que lo clasificaba dentro de un parámetro determinado, de un estereotipo con un valor definido por la sociedad que poco o nada tenía que ver con su propio valor como persona. Además, parece ser que si muere una persona mayor, “importa un poco menos, porque total, ya ha vivido”.

Pienso en cómo me sentiría yo si estuviese en el lugar de esa chica. Yo quiero a mis padres, que son personas activas, buenas, trabajadoras, cariñosas, inteligentes… ¿No puede emplearse cualquiera de esos términos para hacer alusión a ellos? ¿Deben ser definidos en base a su edad? ¿Es imprescindible que los metan en una casilla tan absurda y poco objetiva y que ésta determine su valía, su condición humana? ¿Por qué no dar la noticia como “han atropellado a un voluntario social”, o “han atropellado a un mal vecino”? ¿No son parámetros válidos?
Pues parece ser que no. Por lo visto la edad lo determina casi todo en esta sociedad.

Y a la vista de la situación, no puedo evitar plantearme qué soy yo en función de esta ley no escrita que nos juzga y nos condena según el número de veces que hayamos visto salir el sol. A saber:

Cuando yo era una adolescente era inteligente y despierta, y tenía sentido del humor. Entonces era una chica divertida.

Cuando fui un poco más mayor, era inteligente y despierta, y tenía sentido del humor. Entonces era una mujer interesante.

Unos años más tarde, sigo siendo inteligente y despierta, y tengo sentido del humor. Y ahora soy “una señora muy cachonda”…

Supongo que, con independencia de que no haya tenido hijos, cuando tenga sesenta o setenta, tendré que escuchar que soy una abuela graciosa y medio majara… Pues no.

Una persona es lo que es, y si mi cuerpo envejece es porque no me he muerto todavía. Dado que la alternativa a la vejez no me convence, no me queda otra que asumir el paso de los años por mi cuerpo mortal.

Pero lo que más me fastidia es que, el hecho de que mi mente siga divirtiéndose, abriéndose al aprendizaje y tratando de comprender y mejorar, se traduzca en la desaprobación de los que “se comportan acorde a su edad”, lo que en general significa que hay que lucir un rictus de hastío, un velo de amargura y, en definitiva, la actitud de quien ha sido domesticado por el sistema. Y esto es prácticamente la norma, habida cuenta de que sufrimos -todos- las consecuencias de un lavado de cerebro que comienza apenas tenemos uso de razón.

En el mejor de los casos, es decir, cuando me expreso ante gente más abierta, ya sea haciendo bromas en la cola del súper, imitando voces de dibujos animados en una reunión o, en definitiva, siendo espontánea y creativa, todo lo que consigo es que la gente comente “con simpatía” que me falta un tornillo, y que eso “está bien, porque no hace daño a nadie”.

Pero tanto los zoquetes con mente de ladrillo como los más tolerantes, todos ellos, en función del ya mencionado lavado cerebral, acaban expresando de algún modo que “a mis años, ya debería comportarme de otra manera”.

A lo mejor lo que debería comportarse de otro modo es la sociedad, y asumir de una puñetera vez que la edad la determina una mirada más o menos curiosa, un afán mayor o menor por mejorar uno mismo y por mejorar el mundo, un modo de actuar y conducirse más o menos útil a la comunidad y a uno mismo. Y, en cualquier caso, sea cual sea la edad en cuestión, ésta sólo es un parámetro de los muchos a tener en cuenta a la hora de tratar, juzgar, considerar o referirse a las personas.

Si no encontramos lógico encarcelar a todos los rubios, apalear a todos los morenos, premiar a los pecosos, felicitar a los que cecean, o multar a los que echan cebolla a la tortilla de patatas, si en definitiva, no le vemos sentido a generalizar por un aspecto de la persona, ¿por qué encontramos tan normal hacerlo en base a la edad? ¿Es que son iguales los 68 años de mi vecina, matriarca de una panda de delincuentes, espectadora de Sálvame de Luxe, ordinaria, sucia, repulsiva e irritante, en definitiva, son iguales los 68 años de esta escoria humana a los 68 años de Ted Danson, Mick Fleetwood o David Bowie?

La generalización produce injusticia, y es por ello por lo que esta sociedad de las edades es injusta.

Entre esos “abuelos con marcha” del vídeo apuesto a que habrá algún cabrón impenitente, algún héroe anónimo, algún filántropo y algún maltratador. Puede que incluso algún genio y algún asesino.

Y, como yo, lo mismo hay quien no es ni será nunca un abuelo.

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Amor endogámico en el Cáucaso (canción)

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Lames mi vientre, volcán incandescente,

(te pareces tanto a papá…)

muerdo tu cuello, que ahora tiene vello

(como sé que hacía mamá…)

Amor y endogamia, incesto e infamia

en las llanuras de Azerbaiyán

mientras me enseñas, noto cómo me preñas

y la hemofilia es un castigo de Alá.

Sexo fraterno… ¡pecado eterno!

La culpa y la vergüenza arden en mi pecho,

mientras del Bósforo, tú cruzas el estrecho.

 

Amor endogámico en el Cáucaso… Oh sí…

Amor endogámico en el Cáucaso.

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La flauta del asno.

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Casi veinte años soñando con lo imposible, y lo imposible va un día y sucede. Así es como me hallo aquí, preguntándome si los sueños estaban equivocados o lo equivocado es la realidad.

Se enfría el té, y al rayar del alba le precede el canto de los gorriones, que parecen tan felices de estrenar el día como si fuera el primero que ven sus ojillos redondos.

“¿Humanidades? ¿Y por qué Humanidades?” Con estupor e incredulidad me había mirado Carmen, la directora del centro de adultos en el que me había matriculado, dos años antes, después de que la esperanza le ganara la pugna a la vergüenza.  Tras sacudir la cabeza prosiguió: “La de Humanidades es la carrera en la que se meten las sobras, los que no saben lo que quieren o aquellos a los que no les llega la nota”. ¡Tú no puedes meterte en Humanidades!”

Luego pareció darse cuenta, tal vez por mi expresión de sorpresa, de que aquella era una afirmación un tanto contundente. “Bueno –aclaró- a menos que lo que quieras sea aprender”…

“Eso es justamente lo que quiero”, le había dicho yo, con el tono de un hijo que trata de hacer comprender a sus padres cuáles son sus inquietudes.

Era, en verdad, la explicación más sincera. Durante toda mi vida había soñado con la universidad, con montañas de libros en bibliotecas enormes, con pasillos impolutos en los que el aire olía a cultura y las letras se derramaban por las escaleras, con aulas grandes y compañeros con los que hablar en un registro apropiado… No creo haber soñado algo con tanta ilusión desde que, a los ocho años, me hablaran de Disneylandia.

Mi primera visita a la Facultad de Filosofía y Letras la había hecho durante unas jornadas para dar a conocer la oferta de estudios, y algo en mi pecho se había agitado al comprender que, a tan sólo unos exámenes de esfuerzo, aquello estaría a mi alcance. Como en un zoco, profesores y alumnos se empeñaban en venderme la mejor oferta. Y no podía creerlo: ¡aquella gente quería reclutarme! ¡A mí!

Yo cogía tímidamente los folletos informativos, y los atesoraba en la carpeta contra mi pecho. Aquellos impresos los llevé conmigo como un amuleto, primero, durante los exámenes finales del instituto, y en el proceso de selectividad después. Aún los conservo.

Me recuerdan cómo todo olía a nuevo en aquel patio de suelos relucientes, tal y como yo los había soñado, brillando como un enorme espejo bajo aquella luz maravillosa y primaveral que se colaba a través de las inmensas cristaleras, y en torno a las cuales se distribuían aulas y despachos.

Recuerdo que la profesora de Filología Clásica me había explicado con entusiasmo las bondades de la carrera en cuestión. También los de Filología Inglesa y Árabe, los de Lingüística…

En una de las mesas había una señora menuda y rubita que me sonrió cuando cogí el folleto de Humanidades. Yo me puse a leerlo: Inglés, Francés, Alemán, Historia, Literatura, Geografía, Arte… ¿Realmente existía una carrera en la que se podía aprender todo eso? ¿Todo junto? ¿Y sin números? Aquello fue un flechazo.

Pero la directora del centro de adultos no lo había encajado muy bien, aunque, eso sí, había respetado mi decisión.

No necesitaba mucha nota para acceder a la carrera, pero yo me empeñaba en recordarme a mí misma por qué hacía aquello. Y veinte años eran una trayectoria muy larga como para hacerlo mal.

Mis notas fueron, pues, brillantes, y sin dejarme cegar por la luz que desprendían me propuse no olvidar qué era aquello que deseaba por encima de todo: aprender.

A fin de cuentas, a mi edad, y con la competencia que encontraría en las aulas, ante esa barrera infranqueable que la ventaja de la poca edad supone para los empresarios, al menos yo disfrutaría del camino.

O eso pensé.

Hoy me siento aquí, con mi té, que ya está frío, y me pregunto si era esto a lo que se refería Carmen, si habría cambiado la cosa de haberme matriculado en otra carrera, o si el problema no estriba en la carrera en sí, sino en esos veinte años que yo llevo de retraso, y que me han hecho subirme a un tren cuyos pasajeros no comparten mi destino, no hablan mi idioma, y me miran como si me hubiese colado vestida de payaso en una fiesta que al final no era de disfraces.

Una profesora de lengua, en segundo de carrera, presenta un Power Point lleno de faltas de ortografía, y al ser inquirida al respecto contesta, frescamente, que el documento no es suyo. Genial: ni lo ha hecho ella misma ni se ha molestado en corregirlo. Estamos en una carrera de letras, y ella es la profesora de “Lengua Española y Competencias Comunicativas”, pero justifica que en la oración “e ahi que ella llego” haya tres faltas de ortografía porque el texto no es suyo.

Otro profesor, un impresentable a todas luces, se pasa las horas de clase tonteando con niñas de las que podría ser su padre, y a las que, en una singular revisión de exámenes, cambia la nota de cuatro a siete tras hacer un jocoso comentario sobre su escote. Supongo que fue eso, mi escote, lo que falló cuando, al acudir estupefacta a su despacho, ante mi primer e inexplicable suspenso en la carrera, tras lanzarme una despectiva mirada y hacer un comentario grosero sobre mi edad, yo volví a salir con la misma nota y la moral por los suelos.

Algunos profesores llegan a clase y leen. Leen sus apuntes. De forma zumbadora, soñolienta y monocorde. “Yo también sé leer” pienso, mientras pierdo unas horas preciosas de mi tiempo de maruja ilustrada gracias al Plan Bolonia.

Y entretanto, he de contemplar cómo algunos de mis compañeros extraen, con una habilidad tan natural como pasmosa, folios enteros de sus sudaderas, con los que sustituyen los que han dejado en blanco en el transcurso de un examen. A alguno habría que hacerle una mención honorífica por el increíble logro de no haber gastado ni una gota de tinta durante las pruebas escritas.

Y en clase algunos preguntan si “apoyo” se escribe con dos eles, en qué consiste “tachar lo que no proceda” o qué significa “coherencia”.

Está claro que este último término les es absolutamente desconocido en fondo y forma pues, de otro modo, ¿qué hacen estudiando una carrera?

Supongo que eso es lo que quieren papá y mamá, que les compran, abnegados, un título con el que poder acudir a una entrevista de trabajo en la que yo, que sí sé tachar lo que no procede, soy tachada por mi edad, o por mi aspecto… o por las dos cosas, vaya.

Pero lo que riza el rizo de mi indignación ocurre cuando, por fin, un profesor en toda la maldita carrera decide trabajar. Y trabajar mucho. Trabajar por nosotros, no sólo en la preparación de los contenidos y ejecución de las clases, sino también al tratar de espolear nuestro talento y nuestra curiosidad.

Pobre. A lo mejor habría que explicarle que, en el mejor de los casos, hay más bien poco que espolear.

A ese profesor, que habla idiomas, que escribe y se expresa correctamente, que conoce el origen de las palabras, el porqué de los hechos, a ese profesor que, contrariamente a lo que hace aquel otro impresentable (el que mira escotes y que ni se molesta en activar el campus virtual), lo plaga de información, enlaces, datos curiosos, vídeos, correos para motivar, a ese, como digo, se le critica porque “quiere que aprendamos”.

Habrase visto semejante osadía. ¿Es que no comprende este señor que, para encontrar trabajo, no se necesita “tachar lo que no proceda, porque vasta con apollar la coerensia”?

Y mis compañeros, esos que apelan a su juventud para justificar su ignorancia, que me dicen que yo no soy culta, sino vieja, me invitan a participar en el linchamiento verbal a un profesor al que pretenden increpar por ejercer, por hacer -¡por fin alguien!- lo que se de él se espera, por tomarse la molestia de intentar estimular a borricos vocacionales.

Conmigo que no cuenten.

Si este profesor ha de rendirse a la evidencia, y pasar a engrosar las filas de aquellos otros que, con indolencia y mansedumbre, se someten a la dictadura de la ignorancia heredada de la ESO, si decide, en fin, ir a su bola, no será por mi culpa.

Lo tengo claro meridiano.

La vecina ya se deja oír con su cháchara en la escalera. Llama al telefonillo el del butano. Dejo el teclado, que toca ejercer de ama de casa. Y esta tarde… Esta tarde a sentarse en un rincón del aula, a soñar, no con el futuro, sino con el pasado.

Un pasado en el que, a lo mejor, habría estado bien ser universitaria.

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ESPAÑA 2012: NACIONALCATOLICISMO Y MAMANDURRIAS.

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“¡Alerta ciudadanos del mundo! La familia está siendo destruida. Y se trata nada menos que de un complot a nivel mundial. Hay gobiernos interesados en que los niños mueran y todo el mundo sea marica, lesbiana o pervertido”.

Con tanta contundencia como estupidez la iglesia anunciaba que el fin del mundo vendría de la mano de gays, lesbianas, divorciados y abortistas, esos insensibles fornicadores que propugnan la generalización del modelo familiar “Sodoma y Gomorra”.

Me preguntaba yo, ignorante de los vericuetos y pormenores de tal complot, cómo se las apañarían los gays para destruir a las familias. Y debo ser muy cortita, porque sigo sin entenderlo. En cualquier caso, a mí siempre me ha parecido que una familia se destruye cuando no tiene un hogar donde vivir, una seguridad en la que criar a sus hijos, una educación y una sanidad de calidad, unos derechos básicos, una mínima dignidad, en fin.

Pero resulta que no; resulta que la ausencia de tales bondades no destruye a las familias, como tampoco las destruye, al parecer, que miembros eclesiásticos arrebaten un recién nacido a su madre, para vendérselo “desinteresadamente” –gastos de gestión aparte- a quienes puedan pagárselo y que, con suerte, veinte años después de sufrir y llorar la pérdida, dos familias queden emocionalmente rotas.

Resulta también que el gobierno puede saquear al pueblo de manera vergonzosa, después de haber accedido al poder mediante engaños, quitándole a los trabajadores lo que por derecho les corresponde, privándoles de lo más esencial pero, en tanto no sean familias monoparentales, gays, solteros, o divorciados, mientras las mujeres se pongan a parir como conejas, da igual las condiciones en las que vivan: la iglesia no tiene nada que opinar al respecto. El saqueo reiterado y la represión, la imposibilidad de formar una propia familia, de acceder a una vivienda, de dar una educación y un futuro a los hijos no destruye a las familias; amar a quien te dé la gana, por lo visto, sí.

Debe ser así, porque esos mendas con sotana que aseguraron que “los niños se dejan violar y provocan a los adultos”, o que “si la mujer aborta el marido puede abusar de ella”, están callados como putas en Cuaresma mientras que el gobierno despoja a las familias de todo aquello que necesitan para constituirse y mantenerse como tales.

A lo mejor va a ser porque, bajo el régimen, ellos siguen sin ir a la cárcel por robar bebés, por practicar la pederastia, por hacer apología de la violencia de género o por no pagar impuestos.

Con semejante contubernio nacionalcatólico no resulta extraño que, mientras Valencia arde literalmente y el país se incendia virtualmente, nuestro presidente se tome la molestia de ir a “devolver” –como si lo hubiera encontrado él mismo- el Códice Calixtino.

Y también suena ya a cantinela repetida la consabida batalla contra el aborto por parte de aquéllos que en más de una ocasión han enviado a sus hijas a abortar a Londres (será porque, como allí son protestantes, a Dios no le importa).

Pero lo que ya resulta del todo indignante es que, en este contexto histórico y económico venga ahora Gallardón a decir que el aborto no será legal en el supuesto de malformación del feto. ¡Qué ideal, Albertito! Es propio de una facción política como la tuya imponer a gente sin recursos la manutención y cuidados de un futuro hijo minusválido, en el marco de un gobierno que niega el trabajo, la cobertura sanitaria, la educación de calidad y, por supuesto, la ayuda a la dependencia. ¡Qué gran amor a la humanidad debes sentir, qué filantropía la tuya, qué consideración, añadir más trampas al camino de una población que día a día se está viendo abocada a vivir en la calle, buscando comida en los contenedores de basura, y siendo reprimidos a golpe de porra si manifiestan su absurda pretensión de supervivencia!

Pero ya, para remate de los tomates, sale hoy la inenarrable Esperancita a la palestra, para declarar que “hay que eliminar subsidios, subvenciones y mamandurrias en general”.

Controlado ya lo que podemos manifestar, abatidos a golpes por una policía a la que en estos momentos se intenta sobornar devolviéndoles la paga de Navidad, bajo el eufemismo de “su singularidad” dentro del funcionariado, sin prestaciones, pagándonos las medicinas, y con una Gestapo uterina, al más puro estilo Ceaucescu, ya sólo les queda imponer el derecho de pernada.

Y entretanto, la solidaria Iglesia, calladita (que como todos sabemos, está más guapa).

Pero eso sí: “Marca una X a favor de la iglesia”. Una M voy a marcar yo.

M de mezquinos, de mafiosos, mentirosos y manipuladores, M de miserables.

Y M también, por qué no, del lugar al que en mi opinión se pueden ir todos ustedes.

Parafraseando al inolvidable Fernán Gómez: “A la mierda. Váyanse todos ustedes a la mierda”.

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LA CAÍDA DEL IMPERIO MARIANO

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Presidente Rajoy-Bashar Al Assad:

Creo que ahora entiendo por qué su primo se siente inmune. Y no me refiero al que dijo que eso del calentamiento global era una chorrada; me refiero al otro, al que gobierna Siria. Ése al que la ONU condena y no condena por enviar tropas armadas a disparar a ciudadanos, hijos, madres, abuelos…

Creo que ahora entiendo por qué, a pesar de saberse no querido, odiado incluso, sigue en su puesto; “Vosotros, occidentales de pro, tan modernos, tan evolucionados, os creéis a salvo de esto que yo hago a mi pueblo, mientras que lo mismo ocurre en vuestras propias narices”. Algo así, digo yo, deberá pensar su primo Bashar entre risitas cuando ve las noticias de España en la televisión.

Los mineros, los profesores, los médicos, los bomberos, los funcionarios, los autónomos, los abuelos, los parados, los estudiantes, los niños, las embarazadas, los desahuciados, los estafados por las preferentes… TODOS salen a la calle, y usted les echa los perros.

En Siria la represión se ejecuta a manos del ejército hacia el pueblo indefenso. Aquí, nos envían policías con porras, escudos y pelotas de goma. ¿Y creemos que nuestra situación es mejor que la de los pobres sirios? Una anciana menudita ha sido detenida por varios policías corpulentos, una niña de once años salió con un brazo roto, otra de doce fue golpeada, derribada y herida con una pelota de goma… Pero yo no tengo nada en contra de la policía, no se equivoque. Yo creo que ellos también son el pueblo. Ellos cumplen órdenes… De momento. Y es que no he visto cosa más tonta que recortar, encima, los derechos de aquellos que conforman la fina línea que les mantiene a ustedes a salvo. Su necedad no tiene límites, oiga. Pero yo me alegro; así también los policías se darán cuenta de que están siendo manipulados. Los policías son personas, por si no lo habían notado usted y sus compinches.

Se lo plantearía en forma de pregunta, pero desgraciadamente no me cabe ninguna duda de que, cuando los defensores de la ley y el orden se den cuenta de que ellos también están en el saco, -y gracias a su codicia y su necedad ya empiezan a notarlo- cuando se den cuenta de que ésas, la ley y el orden, están siendo violadas por ustedes, y no por nosotros, el cobarde gobierno que usted dirige sacará a las calles al ejército, como su primo Al Assad… ¿O no?

Bueno, no estoy muy segura de eso tampoco. Verá: conozco a varios militares de profesión a los que se les ha comunicado que se les va a robar la paga de diciembre, y que si quieren dejar algo a sus hijos en el sofá tendrán que esperar a las rebajas de febrero. Pero oiga: con su poder, lo mismo consigue usted cambiar la fecha de la Navidad…

Alguien me ha advertido que, por expresar lo que siento y lo que pienso, me pueden llevar a la cárcel acusada de terrorismo. Pobre de mí, que lo más grave que he hecho, como ama de casa que soy, ha sido a lo sumo dejar quemarse la tortilla de patatas. Yo les digo que hay libertad de expresión, pero, según me explican, para expresarse libremente hay que ser, como poco, diputada. Así, ya puedes mandar joderse a cinco millones de personas, o puedes decir abiertamente, como ha hecho la señora Botella, que es normal que los pobrecitos sufran más, los funcionarios un poco menos, y las esposas de ex presidentes poco o nada. (Bueno, vamos a concederle el beneficio de la duda, y pongamos que ella sufre cuando le depilan las ingles).

De modo que, aquí, en Siriaña, las cosas están así: los derechos, recortados, los ciudadanos de bien viviendo en la calle, los ahorradores con su dinero secuestrado, los niños hacinados en las clases, los pensionistas pagándose las medicinas y las consultas, los funcionarios, estafados, los parados sin protección y encima insultados, los policías, que también son trabajadores con hijos, obligados a cargar injustamente contra sus vecinos… Y luego están nuestros supuestos derechos: a la manifestación, reunión y expresión, reconocidas por la Constitución Española, las llaman terrorismo, y así, como su primo Al Assad, se garantizan ustedes que aquí no chista nadie.

Por si esto fuera poco, a alguno de sus acólitos se le ocurre pedir a los votantes peperos que salgan a la calle a “defender sus decisiones”. ¿Es que quiere una guerra civil? ¿Tan grande es el ego de ustedes que prefieren ver cómo nos matamos entre nosotros antes que renunciar a esos privilegios a los que han accedido con la ilegitimidad de la mentira descarada?

La verdad, si me pueden acusar de terrorismo por esto, no sé de qué les podrán acusar a ustedes. El suyo sí es auténtico terrorismo: estado de terror, gobierno de terror, pero sobre todo de estupefacción; mientras que los que levantamos el país nos vemos sin dinero, sin casa, sin trabajo, sin sanidad, sin educación y sin ayudas, la banca, responsable de todo esto, no solo no paga nada, sino que recibe una recompensa por su gestión en forma de rescate. Un rescate que sale de robarnos todo aquello que legítimamente nos pertenece, un rescate que tiene como consecuencia convertirnos en un país del tercer mundo. Mientras, la Iglesia está exenta de impuestos y recibiendo dinero público, los defraudadores, con amnistía fiscal, los corruptos, en la calle y de rositas, perpetuándose además a través de sus vástagos, que pueden impunemente insultar al pueblo que les ha proporcionado la silla en la que se sientan.

Y todo esto… ¿Por qué?

Porque se ha construido sobre humo. Si los españoles no hemos dejado en ningún momento de trabajar, de producir, si los pescadores pescan, los agricultores siembran y recogen, los panaderos hacen el pan… ¿Por qué de repente todo eso se esfuma? ¿Dónde está el resultado de nuestro trabajo?

Resulta que eso que llaman “economía” es un concepto abstracto. Resulta que hay mucha gente que, sin pagar impuestos por ello, se dedican a algo que no produce nada para nadie, excepto para sí mismos. Como una reputación, que puede hundirse a base de rumores, ese mercado de aire en el que no pueden comprarse frutas, pescado ni pan puede hundirse a base de indirectas. Así, en un minuto un montón de ciudadanos pueden volverse pobres de la noche a la mañana, para que un especulador pueda comprarse un yate nuevo.

Ninguno de esos brillantes malabaristas de lo conceptual sabe nada que tenga que ver con la realidad, con hundir las manos en la tierra, o en la mina, con agarrar las redes. Les resulta absolutamente desconocido que los manjares ante los cuales se sientan para festejar su manifiesta inutilidad han pasado por las manos de aquellos a los que desprecian. Tampoco les es conocida la realidad de aquellos que enseñan a los más pequeños Geografía, Historia o Literatura, o de aquellos que en un hospital, a las tres de la madrugada, cambian un gotero.

No. Ellos han creado una economía ficticia, que ahora nos deja al pueblo llano, a esos que estamos acostumbrados a las cosas reales, golpeando el aire para combatir a sus fantasmas. Su economía es un fraude. Un fraude y un fiasco, porque una hogaza de pan no puede deshacerse con indirectas, pero su mundo imaginario sí. Y de eso saben mucho ustedes, de mundos y amigos imaginarios; mientras que los esclavos construyen la pirámide de un faraón que, aunque él no lo sepa, ya está muerto, mientras que la cripta se llena de joyas y alimentos que no podría disfrutar ni en siete vidas, mientras el pueblo pasa penalidades y carga las piedras de una tumba en la que se entierran sus propios proyectos e ilusiones, ustedes se encomiendan a la Virgen del Rocío, a la Macarena o al propio Dios, que, según sus propias palabras, señor Rajoy, es el jefe, pues hay que hacerlo todo “como él manda”. (Debe ser todo un privilegio recibir órdenes directas de Dios, oiga…).

Entretanto, un crujido hace tambalearse el basamento de ese mundo de mentiras en el que ustedes gozan de sus mal ganados privilegios.

Poco a poco.

Como un topo ciego que roe los cimientos de la casa en la que vive, la codicia de ustedes acabará por echarles encima el techo de mentiras que se han construido.

Ya pueden encomendarse a esos amigos imaginarios que tienen. Me da a mí que les va a hacer falta.

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CARTA DE AMOR A RAJOY

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Señor presidente: YO LE AMO.

Es algo que no puedo ni debo seguir ocultando por más tiempo. Y la verdad, no sin cierto reparo. Porque yo antes no creía en usted. Pero nada nada, ni un poquitín.

Pensaba que era usted un facha de la peor calaña, usted y todo su equipo. Pensé que íbamos a estar por lo menos cuatro años –ocho, si tenemos en cuenta la trayectoria que habitualmente describe el bipartidismo- sufriendo medidas opresivas, a favor de unos cuantos privilegiados, que se comportarían como señoritos de cortijo, como señores feudales, como franquistas en su esplendor.

Me equivocaba.

Me equivocaba y por eso le amo.

Yo le amo porque usted ha hecho algo muy difícil. Ha alcanzado un logro que hasta ahora ningún político en España llegó a soñar siquiera. Usted, mi presi, mi amor… USTED ES UN HÉROE.

Antes de que usted llegara, los ciudadanos nos conformábamos con cualquier cosa. No estábamos acostumbrados a la calidad de vida, ni siquiera soñábamos con ella. Creíamos, pobres ignorantes, que lo máximo a lo que podíamos aspirar era a estar treinta o cuarenta años entregándole a alguna entidad bancaria el fruto de estar doblando el espinazo durante cuarenta horas semanales, a cambio de un agujero en el que vivir y criar nuevos siervos para el Estado. Qué burros que somos. Antes de su llegada, las personas de a pie creíamos que “nuestros sueños” tenían forma de trabajo fijo, una ocupación absorbente que ni siquiera nos gustase, pero que nos proporcionase un estipendio mensual mínimo con el que sentirnos los reyes del mambo pagando un coche a plazos y entregando vales descuento en el Carrefour.

Se necesita ser asno. Y es que el pueblo, en el fondo, precisa de la tutela de alguien como usted.

Menos mal que ha venido a liberarnos.

Ahora ya nadie sueña con esas tonterías. Ahora ya nadie piensa que la política hay que dejársela a los “profesionales del sector”. Gracias a usted, que ha tenido a bien quitarnos esas minucias con las que nos contentábamos, tenemos tiempo y energía suficientes para comportarnos como auténticos ciudadanos, responsables, comprometidos, con sentido de la cohesión, con conciencia social. Ahora nos agrupamos para ayudar a desconocidos a los que van a desahuciar, ponemos en marcha cartas para enviar al Tribunal de la Haya, nos organizamos en frentes cívicos, leemos sobre lo que ocurre en otros países, nos informamos sobre alternativas económicas, sobre política, sobre derechos civiles…

Sí. Definitivamente, habrá un antes y un después del Gobierno Rajoy.

Usted ha hecho historia. Y me temo que yo no le he ayudado mucho.

Verá: yo no le voté. De hecho, mi limitada mente no podía comprender cómo era posible que congregara usted a tanta gente ignorante ondeando esas banderitas azul celeste, con ese hipocorístico cariñoso de José (Pepe) impreso en ellas. Veía que muchos eran ancianos, sí, y otros eran gente que aseguraba que el suyo era “el partido de su familia” (se ve que esas cosas se heredan en su facción, yo, como soy ignorante, decidí tener mis propias creencias políticas, en lugar de preguntarle a mi padre, seré burra).

Como quiera que las encuestas le daban por ganador, me senté una tarde a pensar, y me di cuenta de que usted era lo mejor que le podía pasar al país. Y así, comenté un día en una reunión con unos amigos: “Está bien que Rajoy salga elegido. Lo hará tan mal, que en cosa de un año le odiará todo el mundo”.

Naturalmente, también en eso me equivoqué. Un año, qué bruta. Pero verá, yo es que había incluido en la ecuación el factor “decoro”; pensaba que les daría un poco de apuro, o vergüenza, quitarse la máscara nada más terminar el baile. Qué tonta. Cómo iban a sentir vergüenza, si ustedes de eso no gastan…

Espero que sepa disculparme por haber sido tan estrecha de miras. Su desprecio me dolería especialmente porque yo le amo. Le amo de una manera que jamás sospeché, viendo aquellos mítines, no lejanos, en los que su barba prognata recibía invariablemente la visita de su lengua cada diecisiete segundos, entre promesa y promesa de bajada de impuestos, de protección a la sanidad, a la educación… Le veía humedecer su labio inferior como para lubricar las palabras que salían de su boca. Y no creía en usted.

Idiota de mí.

Ahora no pasaré a la historia.

Ahora, cuando gracias a usted el pueblo haya puesto patas arriba el chiringuito político, encarcelando a corruptos, acorralando a las rubias oxigenadas de mirada aviesa que venden España a dueños de casino, o que dedican exabruptos a cinco millones de desdichados, mientras sus papás se pasean en aeropuertos para personas, ahora, cuando todo se acabe, yo no podré decir que contribuí al cambio.

Porque yo, pobre imbécil, no le voté. Así que no puedo beneficiarme de la gloria.

Pero puedo amarle.

Amarle por cumplir la única promesa que importaba de su programa:

EL CAMBIO.

La ilusión ha devuelto el brillo a mis ojos. La ilusión y el deseo.

Usted me pone, señor presidente. Me pone mucho.

En las tórridas noches de julio, antes de cerrar los ojos pienso en usted, en su barba, en su lengua… Y también pienso en su glamoroso séquito, no crea: pienso en las carcajadas de Esperanza Aguirre, en la soberbia de Soraya Sáenz de Santamaría, en las declaraciones paternalistas y perdonavidas de Ana Botella, asegurando que es normal que suframos más que ella. Pienso en sus palmeros del congreso, aplaudiendo y felicitándose por su periplo de destrucción, destrucción de la sanidad y la educación, de las ayudas sociales. Pienso en la grieta que cruje bajo el Congreso… Y me pone toda, oiga.

Me pone saber la velocidad que puede alcanzar la estupidez cuando tiene la perfecta forma redonda que necesita para rodar cuesta abajo.

Me pone mucho, presi.

¡Oh, sí,sí,sí!

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EL TARRO DE BOTONES

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Clin, clin, clin… Los rubíes y esmeraldas bailan de un lado a otro, golpeando el frasco. Hay una perla escondida bajo el redondo azabache que perteneció a la gran duquesa. Seguro que ahora no sabe cómo sujetarse la capa…

La lluvia cae feroz en una aburrida tarde de domingo, y yo juego con mis pequeños tesoros. Levanto el frasco y lo miro; Todo el mundo debería tener uno de éstos. Decididamente.

No hace mucho tiempo, -aunque nuestra mala memoria haga parecer que sí-, reciclar no significaba separar la basura en bidones diferentes, o llevar el aceite usado a un contenedor específico. Cuando yo era niña, en mi casa, como en casi todas, había una vieja lata de caramelos con trocitos de goma de borrar, clips y grapas sueltas, una caja de cartón con gomillas elásticas y alambres de las bolsas del pan de molde, un cajón con clavos, chinchetas y trocitos de cable de cobre, libretas hechas con el dorso de documentos que ya no servían…

De todas esas cosas la que más me fascinaba era el tarro de botones. Era un frasco de cristal, que otrora había contenido café soluble –los frascos también se aprovechaban- y en el que a lo largo de los años se habían ido depositando aquellas pequeñas piezas que yo consideraba mágicas. Cuando una prenda se le quedaba pequeña a una de nosotras, pasaba a la siguiente. Cuando ya no nos servía a ninguna, se regalaba a algún pariente, vecino o conocido al que le hacía falta. Pero si la prenda en cuestión ya estaba muy ajada –éramos tres hermanas- entonces se le daba varios usos, a saber: las puntillas, encajes, ribetes y cremalleras iban a la cesta de costura. Los trozos más nuevos podían convertirse en pequeños pañuelos o vestidos de muñeca. Los que estaban muy viejos, se destinaban para trapos, -trapos que se usaban todo el tiempo posible-. Y los botones… los botones iban al tarro de cristal.

Allí había tesoros increíbles. Recuerdo un enorme botón con un ancla dorada en el centro, otro rojo translúcido que parecía haber sido doblado como una oblea de empanadilla, una colección, que me encantaba, de ocho botones nacarados engarzados en una filigrana dorada…

A veces jugaba con ellos, los desparramaba por la mesa, los agrupaba por formas y colores… Cada uno tenía su historia, y yo le preguntaba a mi madre o a mi abuela a qué prenda habían pertenecido. Algunos databan de antes de mi nacimiento, y para mí aquello era “la antigüedad”.

Aquel tarro permaneció allí como una constante a lo largo de mi vida. Allí sigue, según creo.

Poco a poco las cosas fueron cambiando. Ya no llevábamos una bolsa plegable al supermercado, porque allí te las daban de plástico, y la ropa dejó de heredarse, más que  nada porque las familias numerosas habían pasado a ser algo anecdótico, y también porque la moda cambiaba más rápidamente que nuestro cuerpo, y a nadie le gustaba estar “fuera de onda”. Aquellas cosas que duraban eternamente pasaron a ser algo de otros tiempos, y entramos pomposamente en la era del usar y tirar.

Yo, que me había criado viendo cómo todo tenía más de un uso, y que consideraba normal que las cosas duraran muchos años, me sentía un tanto escandalizada –y en cierto modo entristecida- cuando veía que, al finalizar cada temporada, la gente se deshacía de todo aquello que ya no iba a serle útil en los meses subsiguientes, y comenzaba a ser algo normal encontrarse, a finales de septiembre, los contenedores rodeados de sombrillas y sillas de playa, barbacoas y cubitos de plástico, así como árboles sintéticos de navidad con todos sus adornos el día 7 de enero.

Yo, que había sido educada de otro modo, procuraba alcanzar un equilibrio entre lo aprendido y lo que traían los nuevos tiempos, pues se me antojaba que, entre el síndrome de Diógenes y el consumo desenfrenado debía haber algún sano término medio.

Cuando me independicé, procuré que en mi hogar no faltara de nada, pues si algo había aprendido con mis padres era a tener bien surtida mi casa. Mi concepto del lujo pasaba por tener bien pertrechados botiquín, cocina, costurero y caja de herramientas. No me podían faltar ninguna de aquellas cosas que yo consideraba imprescindibles, por haberlas tenido siempre.

Tampoco un tarro de botones.

Era como una declaración de intenciones, un modo de expresar cómo yo creía que debía vivirse la vida a ciertos niveles. Había aprendido a ser autosuficiente en muchos aspectos, y lo mismo fabricaba una lámpara, que bordaba un cojín, inventaba una receta, ponía ladrillos o zurcía calcetines.

Y guardaba los botones.

Cada botón, una historia, una prenda, una época, una actividad, un regalo…

Tintinearon los primeros en el fondo del tarro de cristal, (yo escogí uno de mermelada de melocotón) y luego otros sobre aquellos. A veces los miraba al trasluz, y me acordaba de cada prenda, de cada situación vivida con ella.

Porque esa era la cuestión.

Un tarro de botones.

Pienso en donde estábamos, pienso en donde estamos ahora, y miro el frasco de cristal como el símbolo que es, la representación de las cosas hechas con honestidad, paciencia y trabajo. Fue ese esfuerzo silencioso el que levantó nuestra economía en los años sesenta y setenta, y no las grandes decisiones europeas, ni los decretazos o los recortes. Fue el trabajo diario y enorme de un montón de personas que querían mejorar sus vidas y las de sus hijos, las nuestras.

Todos deberíamos tener algo que nos refrescara la memoria, algo que nos recordara cómo hemos llegado hasta aquí, y que nos hiciera cuestionarnos si es en este lugar donde queremos estar. Y si la respuesta es no, ir hacia otra parte.

Ahora ya no es sólo una cuestión de ecología, y ni siquiera de economía.

Podemos y debemos hacer huelga de consumo. Es una solución que ataca a la causa y a la consecuencia. Nuestro precario poder adquisitivo parte de una política económica que nos asfixia, y que sólo nos quiere en el sistema para nutrirlo, para aprovecharse de nosotros y abandonarnos cuando ya estemos secos. Nos dicen que tenemos unas obligaciones por formar parte de ese sistema, pero nadie habla de nuestros derechos, unos derechos que se han ido viendo misteriosamente mermados, esquilmados con nocturnidad y alevosía por las mismas manos que ahora nos señalan como culpables y nos obligan a pagar por un delito que ellos han cometido.

Y hemos ido perdiendo tanto, y tanto, que ahora nuestra economía no nos permite formar parte del sistema; bien, si el sistema no nos quiere, vayámonos a otra parte (y no estoy hablando de Laponia).

Las pasadas navidades habrían sido un periodo estupendo para ponernos a prueba. Todos tenemos algún amigo artista, alguna amiga que cose, artesanos que fabrican objetos bonitos o útiles, propietarios de pequeños huertos que no precisan de intermediarios, peluqueros en el paro, fontaneros, electricistas…

Nos hacen ver que eso es “economía sumergida”, y que delinquimos al pagar veinte euros a una costurera para que nos haga una blusa sin que el Estado se entere. Nos dicen que si un escayolista en el paro nos arregla el cuarto de baño estamos defraudando. Nos persiguen por no someternos a ese impuesto revolucionario que se sacaron de la manga hace veinte años, el IVA, y que bien podría haberse llamado, pongamos, EPC (excusa para cobrar), porque, por rebuscados que sean los nombres que les pongan, no cambian la realidad. “Hemos de igualarnos con Europa”, nos dijeron, y comenzamos por pagar igual que ellos. Curiosamente, aún estamos esperando cobrar como ellos.

Y eso sólo por hablar del IVA, que no es más que uno de los ejemplos.

¿Defraudar? ¿Delinquir? ¿Delinquen una costurera, un peluquero o un profesor en paro si se buscan por su cuenta una supervivencia que el Estado les niega? ¿Dónde están las obligaciones de los que nos gobiernan?

Insisto: podemos y debemos hacer, en la medida de lo posible, huelga de consumo. No es difícil. Nuestra condición de supervivientes nos ha hecho versátiles y adaptados, hemos aprendido a hacer “casi de todo”. Son ellos, los otros, los que no saben hacer nada sin nos, el pueblo llano.

Me sonrío al pensar qué pasaría si fuésemos a dar con nuestros huesos en sendas islas desiertas, por un lado, un grupo de personas pertenecientes a “la clase política”, es decir, mentirosos de profesión que no saben hacer la o con un canuto, y otro grupo, en otra isla, de personas como nosotros, gente de a pie que ha tenido que aprender a buscarse la vida y a aguzar el ingenio para cada pequeña cosa.

Nosotros sí somos autosuficientes. Ellos no. Ellos nos necesitan a nosotros, qué paradoja. A nosotros, a aquellos a los que tratan con desprecio, y llaman “marionetas” desde la sede de sus bancos, o desde sus escaños en el congreso.

Marionetas, sí, porque estamos en sus manos, esclavizados durante treinta o cuarenta años para pagarnos una cueva mientras que ellos viven en la insultante opulencia que se deriva de sus engaños. Animalitos de carga, vale, pero… ¿qué harían ante una absolutamente legal falta de actividad comercial?

¿De dónde sacarían para abrirse sus cuentas en Suiza, para pagarse sus coches, sus orgías inconfesables, su cocaína, sus aeropuertos vacíos, sus carísimos trajes?

Tal vez tendrían que buscarlos debajo de las piedras de esa isla que se han hecho para ellos solitos, mientras que nosotros, “los desgraciados”, cultivamos con nuestras manos, construimos, cosemos, cocinamos…

Hemos vivido en la ignorancia, pero ellos han abusado, y ahora la gente comienza a ser consciente de su propio poder.

A esos políticos que creen que pueden recortar las libertades, someter a su antojo, robar y despilfarrar hay que recordarles que los que trabajamos con nuestras manos somos autosuficientes, y ellos no.

Hay que recordarles que, por dura que sea la situación, a lo largo de la historia de la humanidad siempre ha acabado por haber una toma de la Bastilla, un Nelson Mandela, una Revolución de los Claveles…

Y es el pueblo el que tiene las verdaderas armas.

Yo… yo tengo un tarro de botones.

¿Qué tienes tú?

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